(Imagen tomada del reportaje “Salvador Dalí”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII.- El legado de Cristo

(Última actualización: 20-04-2017)

 

La Iglesia de Dios

 

La Iglesia que Cristo fundó, según la versión del propio clero y su tradición, lo hizo sobre la persona de Pedro, el discípulo. Eso es lo que siempre te han contado; pero ahora, con la ayuda de los lingüistas, la cosa es diferente. No sé cuál será tu impresión acerca de este hecho (me refiero a la fundación sobre Pedro). La mía, desde luego, siempre ha sido de extrañeza. Algo tan sublime como la Iglesia de Dios, depositada sobre una persona concreta, montada sobre las espaldas de un mortal, por muy significativo que éste fuera, resulta chocante. Entre los discípulos de Jesús es innegable que hubo tres figuras preeminentes, y de entre los tres uno más que los otros dos, Pedro, aquél a quien el Maestro hizo pescador de hombres y cuyo nombre aparece cien veces más que los de Juan o Santiago en los Evangelios. Sin duda que fue el más significativo de los discípulos en todo, incluida también la hora de la desbandada y de las negaciones. Pero, aun así, insisto: ¿Es creíble que Cristo fundara su Santa Iglesia sobre la figura de un hombre determinado? Resulta chocante, decía, y es que hay motivos para ello.

 

Como sabes, el “acta” de fundación está recogida en Mateo 16, 15-18, con estas palabras: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. A esto replicó Jesús: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Como ves, le cambia al discípulo el nombre de Simón por el de Pedro. Si tomas únicamente las palabras finales: “…tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” y teniendo en cuenta que Pedro es la traducción de piedra en griego (Petros), parece enteramente que la Iglesia la instituyó sobre su discípulo, que es la versión parcial y sobre todo interesada que la tradición eclesial ha venido haciendo desde siempre.

 

Pero aquí surge, una vez más, el lamentable inconveniente de que la lengua de Jesús era el arameo, y que esas oscuras y antiguas palabras han sido recopiladas, refundidas, reinterpretadas, “retraducidas” y todos los “res” que puedas imaginar, hasta acabar, a veces, en un discurso inimaginable en la boca del Maestro. Y este es un caso ejemplar de ese problema. “¿Es creíble que Cristo fundara su Santa Iglesia sobre la figura de un hombre determinado?”, me preguntaba yo mismo en el primer párrafo. “Resulta chocante” Me contestaba a la vez. Y realmente me quedaba muy corto: no es que sea chocante, es que es del todo inverosímil. Pero en esta ocasión, más que por la oscuridad de las palabras y sus traducciones, por la inaudita simpleza (en el mejor de los casos) o por la sesgada intencionalidad (en el peor de los casos) de la interpretación que secularmente se le ha venido prestando a esas palabras por la propia Iglesia. Sigamos primero las huellas de los acontecimientos, tal y como se produjeron, y luego opinas:

 

1. En esa fundación de la Iglesia aparece, lo primero de todo, un rotundo acto de fe de Simón (Pedro) cuando contesta, de forma espontánea y sin titubeo ninguno: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

 

2. Entonces Jesús alaba abiertamente esa enorme fe de Pedro: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

 

3. Y acto seguido instituye su Iglesia con estas palabras en las versiones originales: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Kefás (piedra o roca, en lengua aramea), y que sobre esta misma kefás edificaré mi Iglesia”.

4. Al ser traducidas estas palabras al griego en la versión más antigua que se conserva, resulta que al vocablo kefás (piedra o roca) del arameo corresponde, en griego, petra, y como al traductor no le pareció adecuado nombrar a un hombre en femenino, decidió cambiarlo por Petros, que, según parece, no era nombre conocido, sino simplemente la masculinización de petra. Esta es la explicación de los hechos más coherente de cuantas he leído.

 

5. El texto, por tanto, en la traducción griega quedó así: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Petros (nombre nuevo y desconocido, adjudicado a Simón), y que sobre esta misma petra (roca) edificaré mi Iglesia”. Ya tenemos la primera de las excusas para sembrar confusión los amantes de la confusión: Petros y petra.

 

6. Por otra parte, San Pablo nunca llamó a su compañero ni Simón ni Kefás ni Petros, sino que, helenizando el término arameo Kefás, lo sustituyó por Cefas, cuyo significado no es el mismo de kefás (piedra), sino cabeza, contribuyendo así a coronar el embrollo.

 

Comienzo por declarar que yo no soy lingüista, por lo que dejo en cuarentena cuanto voy a decir sobre esto; pero, de lo mucho leído sobre el particular, creo tener bastante claro que si comenzamos por deslindar lo sustancial de lo accesorio, si comenzamos por distinguir lo esencial (las palabras de Jesús) de todos los demás añadidos, es decir, separar las palabras originales de Jesús, dichas en arameo, de la traducción que de ellas se hizo al griego y del modo sui géneris de interpretarlas Pablo; si hacemos todo esto, el “embrollo” desaparece, porque, aunque absolutamente intrascendentes, han sido estos dos añadidos los que han enredado a tantos estudiosos y han producido un sinnúmero de discusiones estériles. Las califico de estériles porque es en la textualidad de las palabras de Jesús donde está la clave exacta de la fundación de la Iglesia, y no en esos dos añadidos, fuente de las discusiones que a continuación detallo:

 

·               La primera de estas controversias estériles se refiere a la manipulación en torno a los vocablos Petros y petra. Efectivamente, tal y como mantienen los defensores de esta teoría, Jesús no fundó su Iglesia sobre el discípulo Pedro (Petros), sino sobre la gran roca de la fe de todos los hombres (petra), distinción en la que acertó sin querer el traductor al separar en dos el único nombre expresado por Jesús: kefás. Pero es evidente que este acierto involuntario del traductor no autoriza a basarse en él para intentar demostrar que ya el mismo Jesús hizo tal distinción. Lingüísticamente no hizo tal distinción, ni podía hacerla, porque en su lengua aramea solamente existía un nombre para referirse a todo tipo de piedra, kefás, y kefás fue lo único que dijo.

 

-                En arameo no existe diferencia ninguna entre “roca” y “piedra pequeña”, todo ello es llamado indistintamente kefás. Jesús, por tanto, no podía hacer distinción oral ninguna entre estos dos conceptos, incluso suponiendo que sí hubiera tenido intención de hacerlo.

 

-                En griego, sin embargo, sí que existen dos voces para distinguir ambos conceptos: roca firme es petra y piedra pequeña y suelta es lithos. Pero lithos nada tiene que ver con Petros, que, como ha quedado dicho antes, es el vocablo utilizado por el traductor para no llamar al discípulo en femenino, es una mera masculinización de petra

 

-                En consecuencia, si al traducir al griego se hubiera intentado distinguir semánticamente la única palabra aramea usada por Jesús, kefás, el texto habría quedado así: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Lithos (no Petros), y que sobre esta misma petra edificaré mi Iglesia”.

 

-                La pretensión, por tanto, de quienes niegan, aunque sea hecho cierto, el primado de Pedro, pero basando su demostración en la diferencia semántica entre Petros y petra, tal pretensión resulta infundada, puesto que esa diferencia ha sido introducida por el traductor al griego, no por Jesús, que solamente dijo kefás.

 

·               Más absurda aún es la segunda de las cuestiones suscitadas en este tema: la manipulación en torno a los vocablos Kefás y Cefas. Quienes argumentan que Jesús fundó su Iglesia sobre Cefas, y que Cefas no significa piedra, sino cabeza, para demostrar así que Pedro no fue la piedra fundamental de la institución de la Iglesia, sino sólo el líder, la cabeza directora, cometen la misma falsedad de los defensores del punto anterior, puesto que Jesús solamente dijo Kefás. Cefas, como antes he dicho, parece ser que fue un nombre aparecido más tarde en boca de Pablo y sin fundamento ninguno.

 

Una vez rebatidos estos dos entuertos, procede analizar el significado exacto de las palabras pronunciadas por Jesús, que es la clave de la cuestión. ¿Qué quiso decir Jesús exactamente al señalar cuál era el fundamento concreto de su Iglesia? No constituye ningún misterio, la suya fue una alocución clarísima, tan clara que así fue interpretada por algunos de los Santos Padres, como San Agustín, y, por supuesto, también por la rama Ortodoxa de la propia Iglesia Cristiana, que siempre ha negado las pretensiones del Papado romano de ser el auténtico representante de Cristo en la tierra. El razonamiento es este:

 

·               Las palabras centrales de la fundación de la Iglesia están en el anterior punto 3, cuando Jesús, ante la muestra de fe tan categórica de Simón (he subrayado esto último porque constituye la clave que todo lo explica), proclamó: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Kefás (piedra o roca, en lengua aramea), y que sobre esta misma kefás edificaré mi Iglesia”.

 

·               Tomada esta última declaración de Jesús así, de forma aislada, sacada del contexto que la precede y que antes he subrayado (la fe de Pedro), parece decir lo que exclusivamente dice, que el Maestro fundó su Iglesia sobre el discípulo, que es la versión simplona e interesada que Roma ha elegido siempre.

 

·               Pero es que en la exégesis correcta de un texto no puede abstraerse una parte del conjunto, porque pierde su sentido. Estas palabras del punto 3 no pueden ser interpretadas aisladas, sino en referencia a lo que acababa de decir inmediatamente antes de proferirlas, es decir, en relación a lo que acababa de decir en el punto 2, que es lo que constituye la clave de todo el relato: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

 

·               Es esta exaltación tan rotunda que Jesús hace de la virtud de la fe, es este dedo puesto por Cristo sobre la idea central del pasaje que se narra, la gracia de la fe, la que descubre a qué cosa estaba refiriéndose Jesús a continuación, cuando fundó la Iglesia. Porque cuando Jesús calificó al discípulo Simón de piedra resulta claro que no lo hizo por puro capricho, le llamó piedra en alusión a la firmeza de las piedras, es decir, a la enorme firmeza, a la firmeza pétrea de la fe del discípulo. Resulta patente que lo que realmente le llamó no fue sólo piedra, sino piedra de fe, y es esta puntualización que Jesús dio por sobreentendida en su lengua aramea, pero que la Iglesia no ha querido entender nunca, la que deja la fundación de la Iglesia en su auténtico sentido: Y yo a mi vez te digo que tú eres una piedra de fe (un hombre de fe firme), y que sobre esta misma firmeza pétrea de la fe edificaré mi Iglesia.

 

Jesús no llamó al discípulo Simón “Piedra” por capricho, lo hizo ante la fe mostrada por el discípulo. Jesús dio por sobreentendido que realmente le llamaba “Piedra de la fe”, parte de esa misma fe sobre la que fundaba su Iglesia.

 

A este argumento central, el del análisis directo de las palabras del fundador, que tan claramente señalaban cuál era la piedra angular sobre la que dejaría descansar su Iglesia, cabe, además, añadir otros dos argumentos lógicos:

 

·               Si la intención de Jesús, al señalar el fundamento sobre el que instituía su Iglesia, hubiera sido el discípulo Simón, al cual tenía delante y con el cual estaba hablando, no había razón alguna para no decírselo directa y abiertamente. El innecesario rodeo utilizado “… y sobre esta misma piedra…”, en alusión precisamente a la persona que tiene delante y con la que está hablando, en vez de decir “… y sobre ti…” carece absolutamente de sentido. Si la Iglesia la fundaba sobre Pedro y estaba hablando con Pedro, las palabras lógicas habrían sido: Y yo a mi vez te digo que tú eres Kefas (Pedro), y que sobre ti edificaré mi Iglesia”

 

·               El segundo argumento se refiere a algo verdaderamente llamativo, a pesar de que los fieles lo admiten, al parecer, sin estupor. Aceptar que Cristo, ese Cristo hijo del Padre eterno y redentor del hombre, deja al marcharse del mundo su Iglesia gravitando sobre las pobres espaldas de un pecador cualquiera, en este caso Simón, el pescador de Galilea, el mismo que le negaría poco después tres veces, hombre lleno de fe, pero débil como todos somos, constituye un hecho del todo inverosímil. Ya lo expuse en el primer párrafo. Ahora, sin embargo, aceptando el verdadero sentido de las palabras de Jesús, todo toma un significado mucho más profundo y creíble. La Iglesia no ha sido fundada sobre un hombre cualquiera lleno de fe, sino sobre la gran roca de la fe de la humanidad entera, sobre la fe como el don de Dios que a todos identifica y reúne, sobre la fe como vínculo que constituye a los hombres en miembros de la casa común. Por tanto, el fundamento de la Iglesia, en lo temporal, es la fe en Cristo, y en la eternidad es el propio Cristo.

 

En el mundo, la Iglesia de Cristo no descansa sobre pecador ninguno, descansa sobre la gran roca de la fe de todos; y en la eternidad, sobre el propio Cristo.

 

Los datos que apoyan esta verdad, además, son abrumadores y están ampliamente recogidos en tantos estudios como hoy hay sobre el origen de la Iglesia. Muy singularmente, San Agustín se ratificó más de una vez (Tratado 124 sobre Juan, Sermón 13 a los fieles, etc) en su interpretación de que el fundamento de la Iglesia nunca fue Pedro, sino la fe en Cristo, el propio Cristo. Pero más que lo que en su día pudieron opinar en este mismo sentido San Agustín, San Juan Crisóstomo o San Hilario de Poitiers, lo más esclarecedor son los pequeños “detalles” que aparecen en la propia Escritura y que demuestran a las claras la ausencia de ese pretendido liderazgo de Pedro sobre los demás.

 

·               Nunca, en ninguna de las páginas de la Escritura, aparece referencia a ese pretendido papado de Pedro sobre los demás discípulos de Jesús.

 

·               El propio Pedro, en sus epístolas, nunca se dirige a los fieles como sería lo lógico si fuera cabeza de la Iglesia, sino como un pastor más entre los demás pastores.

 

·               En Hechos de los Apóstoles (8, 14), se narra que los apóstoles mandaron ir a Samaria a Pedro y a Juan para asistir a los recién convertidos de aquella tierra. Si Pedro era el “jefe”, no se entiende cómo es que recibía órdenes de los que estaban por debajo de él.

 

·               Quizás, lo más significativo es esto: San Pablo, en su Carta a los Gálatas (2, 11-14), hace alarde de autoridad sobre Pedro con estas palabras: “Cuando vino Cefas (Pedro) a Antioquia, me enfrenté a él porque su actitud era censurable… y le dije, en presencia de todos…” ¿Puedes figurarte hoy a un obispo o cardenal enfrentándose al Papa, por el motivo que sea, y censurando su actitud en público? Pues tampoco puede entenderse que Pablo pudiera hacer lo propio con Pedro si este fuera cabeza y fundamento de la Iglesia, como se pretende. Y no solamente la autoridad de Pablo sobre él se muestra en este pasaje, sino que es habitual en todo lo que se narra sobre ellos.

 

Te he llevado a la conclusión, que espero hayas aceptado, de que Cristo no fundó su Iglesia sobre ningún hombre determinado en lo temporal, en el mundo, sino sobre la fe que el Padre inspira en los corazones de todos y encarnada en sí mismo como Hijo de Dios; y que, precisamente por eso, por ser inspiración divina, tiene garantizada su perseverancia en la tierra hasta el final de los tiempos, porque siempre existirán hombres que crean. La relación, pues, del creyente con el Padre es directa, es íntima, es como la enseñó el propio Jesús en el Padrenuestro, oración que constituye otra prueba más de que la criatura no precisa intermediarios para relacionarse con su Creador.

 

La relación de las criaturas con su Creador es como la enseñó Jesús en el Padrenuestro, directa, sin intermediarios oficiales.

 

La única misión del sacerdote en medio de los hombres no es la de administrador de la Nueva Alianza, es la de evangelizador, la de predicador en el desierto, haciendo con la palabra y con el ejemplo de vida hijos de Dios hasta de las piedras. Y no tiene ninguna otra misión en el texto evangélico. La doctrina oficial, sin embargo, insiste en el primado de Pedro porque, acto seguido de esa institución de la Iglesia, Jesús le otorgó el poder de atar y desatar en la tierra (Mt 16,19), pero olvida que, poco después, en Mt 18,18, dejó claro que ese poder se lo había otorgado a todos los discípulos por igual, no en exclusiva a Pedro. Además, enseguida te mostraré como ese poder tan insólito no le fue otorgado, por ninguna suerte de extensión tácita, a los sucesores de aquellos primeros discípulos, ni menos a ningún sucesor de aquel pretendido primer Papa.

Esta Iglesia auténtica, la Iglesia de Dios, la que alienta en el corazón de los hombres rectos, es la que se manifiesta en tus actos íntimos y heroicos, esos que pasan desapercibidos para los demás que te rodean. Los dramas de tu vida los conoces tú y solamente tú, además de Él, y solamente con Él los hablas. Cuando no comprendes tu destino (y en esto tengo experiencia) y lo abandonas en las manos de tu Creador estás sufriendo, en tu corazón, la misma escena del Jesús orante en el Huerto de los Olivos, horas antes de la Pasión, porque también tú sabes decir en esos momentos“Pase de mí este cáliz, si es posible. Pero hágase tu voluntad y no la mía”. Cuando te sientes abandonado, fracasado, cuando la angustia y el miedo cercan tu corazón y te refugias en Él, preguntando con tristeza y con sumisión “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, como Él hizo, colgado de la cruz, también tú estás sufriendo en tu corazón esa misma soledad de Cristo en el Calvario. Cada vez que renuncias al mundo por la estima de ti mismo, por ser fiel a la palabra dada, por el amor de los tuyos, cada vez que sabes decir no a lo fácil, también tú estás sufriendo en tu corazón la renuncia de Jesús a los halagos de Satanás en el desierto: “No sólo de pan vive el hombre”. En todos esos momentos tú eres una pequeña piedra de la fe universal, eres miembro de la gran roca de la Iglesia de Dios.

 

Esta Iglesia de la que acabo de hablarte, la de los hombres que le buscan a Él sin descanso, incluso a veces sin saber bien qué es lo que buscan, es la Iglesia de Dios, la única y legítima Iglesia en la tierra. Es la Iglesia de muchos sacerdotes humildes, esos que viven la fe sin sucumbir en medio del oleaje de esta sociedad desdichada, transparentando a Jesús en la pobreza, la sencillez y la castidad de sus vidas. Es la Iglesia de los que todo lo abandonan, a los suyos y a su patria, para ir a morir con los desheredados en las misiones del tercer mundo, a cambio de nada. Es la Iglesia de los que, hastiados, saben cerrar la puerta tras de sí y prefieren consumirla en la soledad de los monasterios, pidiendo perdón a Dios en nombre de la locura de fuera. Es la Iglesia de tantos hombres rectos en medio del carnaval del mundo, como supongo que eres tú, puesto que has sentido curiosidad por leer este libro. Esta es la Iglesia de Dios, hecha con hombres, pero hombres que son, siquiera alguna vez en su vida, como la levadura, como la espiga en medio de la cizaña.

 

La Iglesia de Dios es la de los sacerdotes humildes, la de los misioneros, la de los monjes, la de los hombre y mujeres que son espiga en medio de la cizaña.

 

Esta es la Iglesia de Dios, la asamblea de los resignados que son más del cielo que de la tierra, que creen en Cristo y esperan la eternidad. Pero para creer hace falta primero conocer, tener noticia del Redentor. ¿Quiénes podrían dar testimonio de Él en el mundo? Parece que nadie. Sus discípulos, los que habían compartido esa misma vida marginada y pobre durante tres años, la noche misma del prendimiento en Getsemaní huyeron en desbandada en un solo minuto, llenos de pánico. ¿Quiénes podrían dar testimonio de Él? Sólo doce hombres nuevos. Estando las puertas cerradas y ellos escondidos y muertos de miedo, apareció Jesús en medio, el mismo al que habían abandonado y había muerto, les comunicó el Espíritu exhalando sobre ellos el aliento y les dijo: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). y les encomendó la única misión que debían cumplir en la tierra: Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19) Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación” (Mc 16,15)

 

Esta es, por tanto, la gran misión de todos los hombres de Dios en la tierra, la evangelización, y más señaladamente, por supuesto, la misión específica de los hombres consagrados a Dios, el Clero: congregar a los fieles, extender la Palabra, bautizar y celebrar la Eucaristía. La Iglesia de Dios sigue cumpliendo este mandato en medio del pueblo, con la pluma, con la palabra y con la entrega personal; en la docencia, en los hospitales, en las cárceles, en el tercer mundo, en los circuitos sociales, como aquí hago…. Pero te toparás en todas partes con la otra Iglesia, la oficial, la que llamo aquí Iglesia de los hombres, la jerarquizada, la burocratizada, la Iglesia parásita, la del Poder, la del buen Alonso de Quijano (“Con la Iglesia hemos topado, Sancho”), la que dejo, en fin, para hablarte de ella en el apartado que sigue.

 

La Iglesia de los hombres

 

Los hombres secularizan todo lo que cae en sus manos, y han hecho de la Iglesia otra Iglesia que ya no es la de Dios, sino la de los hombres. “Si me adoras te daré todos los reinos del mundo, porque a mí me han sido dados y yo se los doy a quien quiero” (Lc 4,6). Esta tentación la resistió Jesús, pero no hay Papa, ni católico ni ortodoxo, que la resista. Obviamente, ningún Papa ha llegado al extremo impensable de adorar a Satanás, lo digo solamente en el sentido de que se han convertido en un centro de poder fáctico, no por la trascendencia de su cometido y su ejemplo de vida, como sería de desear, sino por su significado político. Esta es la Iglesia que produce tanta desazón en quienes, esperándolo todo del Reino prometido después del paso de Jesús por la tierra, se han encontrado solamente con el regalo de esta institución secularizada.

 

Jesús, después de tentado así por Satanás, siguió siendo el mismo de antes, siguió caminando en sandalias y orando sobre las piedras del desierto, a solas con el Padre. Sin embargo, algún Papa, en algún momento, aceptó la tentación, interpretó las palabras del Maestro a su conveniencia, se autoerigió en heredero y cabeza visible de Él, abandonó las sandalias de peregrino y se sentó en un trono dorado en el centro del mundo de los hombres. No puedo decirte cuál Papa fue ése, puesto que Pedro, que era un hombre humilde, jamás ejerció como tal, y los cuatro siguientes ni siquiera la historia eclesiástica sabe a carta cabal quiénes fueron. Incluso puede ser que no fuera ninguno en concreto quien, sucumbiendo a la tentación del poder, cambió el signo del Papado para siempre, porque la herrumbre empieza en casi nada y se extiende poco a poco con el tiempo. Lo que sí sabemos, desgraciadamente, es cómo la herrumbre ha llegado al día de hoy en todas las iglesias cristianas.

 

Mira a la Iglesia oficial, comprueba si hay la misma ejemplaridad, mira a las cúpulas de los cleros de las Iglesias cristianas. Las verás emerger entre una nube de pompa y boato, envueltos en los brillos de sus vestiduras, sentados en tronos regios, viviendo en palacios, rodeados de un séquito de aduladores. Han convertido a los doce apóstoles en una pirámide jerarquizada, en una maquinaria burocrática de cargos y carguitos, desde el humilde diácono hasta el imponente cardenal. Los verás conversando amigablemente con los personajes-icono de está sociedad corrupta, los verás recibiendo en audiencia a los embajadores de los países, pactando con los gobiernos todo tipo de asuntos políticos y fiscales. Jesús, a quien pretenden representar, haría hoy un látigo, como hizo entonces, y los arrojaría del templo: “La Casa de mi Padre es Casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos” (Mt 21,13).

 

La Iglesia del palacio, sentada en trono de oro, con mitra, báculo y anillo, la que recibe embajadores y mercadea con los gobiernos, la del poder mundano, es la misma que la de aquellos a quienes Jesús arrojó del templo a latigazos.

 

Esta es la Iglesia de los hombres, la que escandalizó al Papa Angélico hasta el extremo de renunciar al trono de Pedro en 1294, sólo cinco meses después de haber sido investido. Aquel Pietro di Murrone, San Celestino V, horrorizado por las luchas palaciegas, hastiado de la cúpula eclesial, abdicó y retornó a su anterior vida monacal, en la cual fue perseguido por su sucesor, el Papa Bonifacio VIII, hasta morir encarcelado. Esta es la Iglesia de los hombres, la que hace sólo unos años hastió tanto al padre Ramón Buxarráis que renunció al obispado y se volvió a su parroquia de nuevo. Esta es la Iglesia de los hombres, la de sus altas esferas que se limitan a deplorar las leyes abortivas, pero no movilizan sus poderosos recursos contra los gobiernos por “prudencia política”; la que sabe que la autoridad y las leyes vienen de Dios, no de los hombres, pero comparte la barbarie de las leyes de las mayorías parlamentarias por interés y por miedo….. Esta es la Cúpula Eclesial que pretende ser la heredera de Jesús de Nazaret, el que vivió en la pobreza y en la marginación, el que pasó por el mundo en continua desavenencia con el poder corrupto establecido.

 

De la pretensión de legitimidad del Primado de Pedro ya te he hablado antes, pero la Iglesia oficial mantiene, también como signo de legitimidad, que el Papado se ha renovado desde entonces sin solución de continuidad, lo cual tampoco es cierto. En primer lugar, porque parece que la historia eclesial nunca ha llegado a ponerse de acuerdo totalmente sobre cuales fueron los cuatro primeros Papas, a pesar de que tenga elaborada una lista oficial. Pero sobre todo, porque esa historia eclesiástica está repleta de cismas entre Papas y Antipapas, hecho tan objetivo como sombrío que viene a demostrar la nula fiabilidad en un Papado que, según se pretende, fue instituido directamente por Jesús y debería estar, por tanto, inspirado y bendecido por Él. La historia del Papado resulta tan descarnadamente humana, tan llena de guerras intestinas y pésimos ejemplos, que resulta escandalosa la pretensión de ser sucesora de una institución hecha por el propio Jesús.

 

Los poderes “heredados”

 

En esto de las herencias de Cristo, es cierto que legó algunos poderes sobrenaturales a sus discípulos, los que le habían acompañado tres años (a todos, no sólo a Pedro). Antes de enviarles a su misión, “Convocó a los Doce y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y curar toda dolencia” (Mt 10,1) Todo esto regaló a aquellos primeros discípulos, y así quedó refrendado en Los hechos de los apóstoles, donde se relatan algunos de esos milagros y hechos sobrenaturales. Después de haber recibido la fuerza del Espíritu en Pentecostés, aquellos mismos discípulos que antes le habían abandonado, presas de pánico la noche de la Pasión, se llenaron de pronto de arrojo y comenzaron el ministerio que Cristo les tenía reservado, el de la evangelización. Y así se narra en Hechos 3, 1-10, que habiendo subido Pedro y Juan al Templo para orar, les pidió limosna un tullido que estaba en la puerta. Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy. En nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar”. Y tomándole de la mano, lo ayudó a incorporarse y el tullido comenzó a andar solo.

 

Más señalado aún que esto de hacer curaciones milagrosas en los cuerpos, fue el don de curar también las almas del pecado, como aparece en Mateo 18,18, que refiere el don que les otorgó de atar y desatar, y en Juan 20,22-23, sobre el don de perdonar. Pero es de sentido común que todos estos dones tan excepcionales, tanto los materiales como los espirituales, se los otorgó de forma directa, personal y exclusiva a sus discípulos y a nadie más. Y aquí surge el segundo abuso interpretativo de la Iglesia oficial, que es consecuencia natural del otro abuso, el primero, el de considerarse sucesora de un primer Papa que nunca existió. Este infundado y nuevo abuso consiste en pretender que esas facultades sobrenaturales, conferidas por Cristo a sus discípulos directos, también han sido heredadas por ellos, los sucesores de la Institución Eclesial, por los siglos de los siglos, y de ahí viene la arrogancia de considerarse dispensadores de la Palabra, la Verdad y la Justicia divinas. Y no es así.

 

1.             El don de atar y desatar (Mt 18,18: “Yo os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”), no se refiere, en absoluto, a la facultad de perdonar o no perdonar las faltas particulares de cada penitente, sino a la facultad de establecer, con carácter general y en cada momento histórico, aquello que moralmente es lícito o ilícito para todos los fieles, porque en la evolución del hombre y de su entorno es lógico que se planteen situaciones y problemas morales nuevos. No solamente es este el significado exacto de esas dos palabras conceptualmente, es que además es el significado que siempre tuvo en la tradición rabínica heredada por Jesús. Atar y desatar se refiere sólo a determinar lo que es lícito y lo que es ilícito para todos.

 

2.             El que principalmente ha dado pie a una interpretación lamentable y arrogante de la Iglesia es el otro don, el de perdonar. Cuando Jesús resucitado se apareció a sus discípulos, estando las puertas cerradas, exhaló sobre ellos el Espíritu y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23) Es indudable que dice lo que dice, que donó a sus discípulos, allí congregados, el poder de perdonar pecados.......Pero a sus discípulos, allí congregados,a nadie más; y por consiguiente, no a todos los sacerdotes del mundo mundial, que ni han tenido la dicha de ser discípulos de Jesús ni estaban allí congregados.

 

3.             Pero es de advertir que, tanto en un caso como en el otro, tanto en lo de atar y desatar como en lo de perdonar los pecados, fueron poderes que otorgó a los discípulos que le escuchaban personalmente. Jesús no dijo, en ninguno de los dos casos, “vosotros y vuestros sucesores”, como parece de rigor que procedía haber dicho si en la mente del Salvador hubiera estado instituir esos poderes para siempre.

 

4.             Es cierto que esa extensión en el tiempo nunca la hizo, ni en esta ocasión ni tampoco cuando instituyó la Eucaristía. Pero hay una clara diferencia entre lo uno y lo otro, porque en la Eucaristía Jesús no otorgó ningún poder a sus discípulos de forma expresa, solamente les ordenó que repitieran esa celebración: “Haced esto en memoria mía”, mientras que en los otros casos les confirió expresamente el poder sobrenatural de sanar cuerpos y almas. Parece que una concesión tan sumamente extraordinaria merecía que Jesús hubiera detallado que era una concesión para siempre, también para sus sucesores, si esa hubiera sido su decisión.

 

5.             La cuestión se plantea cuando la Iglesia oficial pretende ser heredera legítima de esos poderes que Cristo otorgó personalmente a sus discípulos, basada en que es sucesora directa de Pedro (lo cual no es cierto) y en que Pedro fue el fundamento elegido por Jesús para su Iglesia (que es aún menos cierto). Recapitulemos cuales eran esos poderes donados: antes de enviarles a su misión de evangelización, “Convocó a los Doce y les dio poder para expulsar espíritus inmundos y curar toda dolencia” (Mt 10,1), y más tarde, al regresar del sepulcro, “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). En resumen, les invistió del poder de curar los cuerpos y las almas.

 

6.             No se te escapa que hay una señalada diferencia entre lo uno y lo otro, a los efectos que ahora tratamos, y es la siguiente: el primero de los poderes, el de hacer milagros y curar enfermos, es comprobable si tal poder se produce o no se produce en el paciente; mientras que el segundo, el de perdonar los pecados, nadie puede comprobar si el poder se ha producido o no se ha producido, porque es algo que no se materializa en ningún signo físico, como en el caso de la salud corporal, y solamente Dios lo sabe.

 

7.             Hecha esta distinción (que es capital, porque es la clave que todo lo explica), observa ahora cual poder de esos dos pretende la Iglesia haber heredado y cual no. ¿Cuál? ¡Cuál habría de ser!, justamente el único poder cuyo ejercicio no puede verificarse si ha surtido efecto o no ha surtido efecto: el poder de perdonar pecados en nombre de Cristo. Es un poder incomprobable. En el penitente no se manifiesta ningún signo, ni físico ni moral, que lo acredite.

 

8.             Sin embargo, sobre el otro poder, el de hacer milagros y curar enfermedades, que también le fue concedido a los discípulos, el Clero jamás ha tenido pretensión ninguna, jamás ha osado haberlo heredado; sería inútil, porque resulta evidente que los sacerdotes no van por el mundo sanando enfermos y haciendo todo tipo de prodigios. Sobre este poder, también otorgado a los discípulos, la Iglesia no hace reivindicación ninguna porque es comprobable que no lo ha heredado.

 

9.             El corolario de este breve razonamiento es el siguiente, y es irrefragable: si el sacerdocio no ha heredado el poder de sanar cuerpos y hacer milagros, esto constituye prueba fehaciente de que tampoco ha heredado el poder de perdonar pecados, porque esos dos poderes fueron otorgados, por igual, a los doce discípulos por Jesucristo. Se trató, por tanto, de una donación única y restringida a los que fueron entonces sus seguidores directos, desaparecidos los cuales, las culpas han de ser confesadas ante el único que las perdona siempre, ante Dios.

 

Si el sacerdocio no ha heredado el poder de sanar cuerpos y hacer milagros, esto es prueba de que tampoco ha heredado el poder de perdonar pecados, porque esos dos poderes fueron otorgados juntos a los doce discípulos por Jesucristo.

 

Esto, además, concuerda con todo lo que se lee en la Escritura. El propio Cristo nunca pidió cuentas a nadie por lo hecho, perdonó, perdonó directamente y sin más; y resulta que sus ministros de hoy se sienten facultados para exigirte que les cuentes tu vida. Pero, como siempre, la Iglesia oficial tiene una justificación adecuada al caso. Esa renuncia de Jesús a la confesión de las culpas concretas cometidas, la Iglesia lo justifica en el hecho de que el juzgador evangélico era el propio Dios hecho hombre, conocedor, por tanto, de los pecados de quien tenía delante sin necesidad de que fueran relatados. Esto es cierto, Jesús ya conocía las culpas de antemano, pero también es cierto que el confesor humano no las perdona por sí mismo, sino en el nombre de Dios, y Dios, acabamos de decir, nunca las pregunta, ya las conoce. ¿En nombre de quién, entonces, te pregunta el confesor cuáles son tus culpas con todo detalle y cuántas veces las has cometido?

 

El relato pormenorizado de las miserias íntimas ante otro hombre, no sólo constituye la mayor de las humillaciones imaginable, es además absolutamente estéril, puesto que el Padre ya las conoce. Por eso nadie sentimos ningún rubor al reconocerlas ante Él de forma directa y en la intimidad, precisamente por eso, porque no supone desvelar ningún vergonzoso secreto ante nadie, supone sólo admitir lo ya sabido por Él y por ti. Solamente así, en la intimidad y con sincero arrepentimiento, es cómo consigues avanzar en la expulsión de tus lacras morales. Lo sabes por experiencia. Como igualmente por experiencia sabes que el paso por los confesionarios no añade ni un ápice de gracia en tu diaria y difícil lucha con el pecado. En los confesionarios están siempre los mismos y contando las mismas cosas. una y otra vez, prueba de que no se consigue gracia ninguna. Puestos a admitir un papel conveniente del sacerdocio y de los confesionarios, papel que yo no niego, este debería limitarse a la consulta del penitente que tiene dudas, quiere orientación o precisa desahogarse. En cualquiera de los tres casos, un sacerdote es un consuelo, pero nada más.

 

Solamente en la intimidad con Dios se consigue avanzar en la virtud. En los confesionarios están siempre los mismos y contando las mismas cosas, una y otra vez, prueba de que no se consigue gracia ninguna.

 

Los sacramentos

 

La Iglesia se ha llenado de sacramentos cuyos fundamentos no aparecen en la palabra evangélica. Según ésta, sólo quedaron instituidos, de forma clara, el Bautismo y la Eucaristía. Otros aparecen rodeados de cierto halo interpretativo, como el Matrimonio, y de alguno más la Iglesia cree tener fundamento en referencias evangélicas que interpreta a su gusto. De ahí que los sacramentos hayan sido fuente de discordia permanente a lo largo de la historia del cristianismo, lo cual constituye la mayor prueba de la escasa fiabilidad de la mayoría de ellos.

 

El teólogo Pedro Lombardo rechazó el carácter sacramental de la Confirmación y de la Extremaunción. Los protestantes, desde el propio Lutero (Confesiones de Augsburgo), mantienen que los sacramentos son “signos de gracia”, pero niegan de forma absoluta que “causen la gracia”, doctrina que es compartida por los calvinistas, y consideran realmente instituidos por Jesús solamente el Bautismo y la Cena, y ésta como una conmemoración sin presencia real de Cristo. Y es cierto que, de las palabras de Jesús esa última noche, no se desprende otra cosa que el mero mandato de seguir conmemorando el ritual eucarístico, no que el hacerlo tanga la misma trascendencia milagrosa que él personalmente le dio aquella noche. Sin embargo, que esto sea cierto no impide que Cristo esté real y personalmente presente para aquel creyente que, lleno de fe y amor, así lo desea. Esta ha sido siempre mi creencia: el Hijo de la Trinidad no está presente de forma física, necesaria y siempre en la Sagrada Forma, como la Iglesia mantiene (contra las palabras del propio Jesucristo en la última cena), sino de forma trascendente y sólo para el creyente que así lo cree y lo desea.

 

Sobre la validez de los sacramentos se han vertido ríos de tinta, desde dentro y desde fuera del cristianismo. Plantea dos cuestiones diferentes y superpuestas. La primera es si los sacramentos son la única y necesaria vía para alcanzar la gracia de Dios y, por lo mismo, necesarios para la salvación. Y evidentemente no es así, porque esto te llevaría a la conclusión de que los no bautizados, a pesar de no ser responsabilidad suya tal situación, no estarían en la gloria de Dios, lo cual sería una flagrante injusticia. Punto primero, por tanto, es que los sacramentos no son imprescindibles para la salvación de nadie, son simplemente un regalo a disposición de los que, afortunadamente, somos creyentes.

 

La segunda cuestión es inferior a la anterior, porque se refiere al aspecto sólo formal. Por sacramento se entiende la ceremonia material, el ritual mediante el cual el creyente recibe una gracia determinada del Señor. Esto plantea la pregunta de si esa ceremonia religiosa es ineludible para recibir esa gracia determinada o, simplemente, basta la petición y la disposición interior del creyente para recibir la gracia, sin ceremonia ninguna. Esta pregunta va a ser contestada a propósito del sacramento del matrimonio, en el sentido de que los actos externos sacramentales, como todos los actos externos de los hombres, tienen poco valor ante Dios. Los que contraen matrimonio lo contraen ante Dios, ante el altar y ante los hombres, pero pudiera ser que Dios se hubiera ausentado de la ceremonia por la falta de compromiso limpio y sincero de los contrayentes, lo cual sólo él ve; y también pudiera ser que Dios, sin altar y sin testigos, acepte el compromiso limpio y sincero de quienes optan por casarse solamente ante él.

 

Dios no es un notario, no da fe de las ceremonias sacramentales. Dios ve el color de las conciencias y escucha el rumor de los corazones de quienes las celebran. Puede que se ausente de la ceremonia y puede que se persone donde no hay ceremonia.

 

Esto, aunque te parezca tan atrevido, está reconocido por la Iglesia. La doctrina acepta (como no podría ser de otra forma) que la gracia es otorgada a la criatura únicamente por Dios, no por ninguna clase de rito o ceremonia externa del hombre (sacramentos), y admite, de hecho, que Dios puede otorgar la gracia a la criatura sin sacramentos. Esto lo reconoce porque negarlo sería escandaloso. Pero, a continuación, retuerce la lógica hasta descubrir necesidad en lo que no es necesario, contradiciéndose a sí misma de esta manera:

 

·               Es doctrina de la Iglesia que, aunque el rito externo, por sí solo, efectivamente no causa la gracia, sin embargo esto no impide que Dios, que es el único que la causa, se valga de ese rito o ceremonia para causarla…. Aunque también pueda causar la gracia sin ceremonia ninguna.

 

·               Resumiendo (por si te has perdido): los sacramentos no son necesarios para que Dios otorgue la gracia, y de hecho puede otorgarla sin ellos; pero si se utilizan, lo que la Iglesia viene a decir es que ya no son meros símbolos innecesarios, sino que se convierten, por el simple hecho de usarlos, en vehículos necesarios y causantes de la gracia.

 

Con retórica todo es posible, incluso lo imposible. Cuando no se busca la verdad, sino la verdad al servicio de una idea predeterminada, siempre se acaba por hallar sólido fundamento a lo que está construido en el aire. Esa idea predeterminada que todo lo mancha, fundamento de todos los errores de la doctrina oficial, consiste en partir de la realidad incuestionable de la materia y, por lo mismo, de todo acto o hecho material. El conocimiento de la verdad no cesa de progresar, pero la silla de Pedro sigue donde siempre ha estado, en la rutina, la misma rutina que se rebeló en su día ante Copérnico y Galileo. La Iglesia es incapaz de desprenderse de la constancia sensorial, material y mundana de las cosas, incluida la pura materialidad de los actos sacramentales. La Iglesia predica la espiritualidad, pero una espiritualidad del todo trasnochada, aristotélica, inseparable y a caballo de la materia sensible (resurrección de los cuerpos, materialidad de los sacramentos….), a pesar de que ese inmundo caballo ya ha sido finiquitado hasta por la propia ciencia.

 

No otra causa puede tener el significado radicalmente literal que da a las palabras de Jesús acerca del matrimonio. En el Evangelio de Marcos se relata como unos fariseos le plantearon la validez o no del divorcio, y Jesús les contestó, como siempre, de una forma para ellos desconcertante e inesperada: primero, por la prolija contestación, a todas luces excesiva y minuciosa; y por otro lado, por ser la contestación de un auténtico visionario que tiene toda la verdad en su mente. Les dijo esto: Desde el comienzo de la Creación Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mc 10,2-9). Como ves, en sólo un párrafo lo expuso absolutamente todo, nada se dejó:

 

·               El marco del matrimonio: La ley natural.

Habla de la Creación y de que Dios los hizo varón y hembra, con lo que está refiriéndose a sus naturalezas diferentes y complementarias, hechas para unirse. Esto desbarata, por un lado, toda necesidad de ceremonias, y por otro, toda unión no heterosexual.

 

·               La raíz del matrimonio: El amor.

Dice que, por esa atracción natural entre ellos, “dejarán a su padre y a su madre”. Las palabras utilizadas son durísima, rozan lo dramático en una sociedad en la que los vínculos familiares y tribales lo eran todo. Esas palabras de Jesús para describir la unión de un hombre y una mujer no son las palabras propias de una determinación libre, lúcida, meditada y responsable (como oficialmente se pretende y aconseja); todo lo contrario, son las palabras propias de una atracción natural e irresistible impresa en el corazón del hombre y de la mujer por el Creador mismo (el fenómeno tan sublime como irracional que conocemos por enamorarse). Han de casarse los que se enamoran, así de simple, porque por esa atracción tan fuerte y natural “dejarán a su padre y a su madre”, que es lo mismo que decir, en aquella cultura, “prescindirán de todo”.

 

·               La consumación del matrimonio: La unión personal.

Dice que esos que se aman se harán “una sola carne” por el hecho mismo de amarse, no cita ningún otro vínculo ni formalismo, incide nuevamente en el vínculo natural sin más. Estas palabras tan descriptivas suyas “una sola carne”, en el lenguaje técnico de la ciencia psicológica de hoy significarían la caída de las barreras personales que se produce en el fenómeno de enamorarse, la aceptación y donación mutua de la intimidad; lo cual, a lo largo de la vida de un ser humano, única y exclusivamente se produce cuando se enamora.

 

·               El único oficiante del matrimonio: Dios.

Si quedan unidos por un amor irrenunciable, en cumplimiento de una ley impuesta a la naturaleza, el único oficiante de esa unión es quien ha establecido esa ley natural y ha inspirado ese amor en ellos, es decir, el Creador.

 

·               Vigencia del matrimonio: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”.

Hubiera sido más fácil, más claro y más determinante que Jesús hubiera llamado a las cosas por su nombre, más o menos así: “La unión es indisoluble, es para siempre”…. si eso fuera lo que estaba en su mente. Con esto, el mandato habría quedado explicito y sin vuelta de hoja. Pero es que Jesús no dijo eso, no era eso lo que estaba en su mente, por lo que se ve, Jesús dio un rodeo, aparentemente innecesario, y condicionó la vigencia a la unión que el Padre hizo, y esa unión no fue otra cosa que el vínculo necesario y natural del amor. Jesús no dijo categóricamente y sin más que el “hombre no lo separe”, añadió algo más que determina y cambia el sentido de la frase, dijo que “el hombre no separe lo que está unido por Dios”, y la unión que Dios hace entre hombre y mujer es únicamente la unión natural del amor, no hay otra. Las ceremonias nupciales nada significan. Muerto el amor, por tanto, nada hay que divorciar, se ha deshecho la unión de forma tan natural como se formó en su día.

 

Esta interpretación sobre la vigencia del matrimonio, compartida por otras iglesias cristianas, sé que te escandaliza si eres católico, y lo comprendo. También a mí me escandalizó en su momento. Pero la verdad está por encima de los escándalos. Todo arranca de esas inquietantes palabras: Lo que Dios unió no lo separe el hombre. Son palabras inquietantes, difíciles de encajar…. menos para la doctrina oficial, que con la simpleza habitual interpreta que Dios une al hombre y a la mujer mediante la palabra dada entre ellos en la ceremonia nupcial, a la cual ha ensalzado hasta convertirla nada menos que en sacramento inamovible. Ya dije antes que la palabra de los contrayentes son válidas para el sacerdote y para los invitados, pero no para Dios, que ve lo que hay en los corazones. Dios únicamente une a quienes de verdad se aman, no a quienes juran amarse en público.

 

Si el hombre y la mujer quedan unidos por algo tan profundo como el amor y no por lo que puedan declarar ante el altar y la sociedad, ¿cómo puede ser que quieran luego separarse? Esta pregunta, aunque tan lógica, sería obviamente una pregunta propia de niña quinceañera y sobra contestarla, porque, apenas pasada esa edad, todo el mundo sabe que pueden querer separarse, los que se juraron amor, porque el amor no es para siempre. Si así no fuera, esas precisas palabras de Jesús sobrarían, no tendrían sentido ninguno, puesto que el hombre y la mujer serían los primeros en no desear jamás la ruptura. No existe mayor paraíso en el mundo que un adán y una eva enamorados. Sin duda, el Maestro estaba refiriéndose a ese día desdichado en el que, algún tiempo después, el amor dice adiós y desaparece. No todo desaparece ese día, desde luego. De su paso quedan otros vínculos indestructibles que enseguida señalaré.

 

El amor, como absolutamente todo en la vida del mundo, no es para siempre. En la finitud, nada es eterno; tampoco el amor. Lo mismo que el amor es inevitable que nazca, incluso contra la voluntad del hombre, también el amor es inevitable que muera, incluso contra la voluntad del hombre. Hay una frase de Jacinto Benavente que resume esto de forma magistral: “Dadles a Romeo y Julieta treinta años de feliz matrimonio y habréis acabado con su amor para siempre”. Lo imperecedero solamente existe en la eternidad. Otra cosa diferente es que la pareja se esfuerce en superar esa ruptura sentimental y perpetúe la unión con ese “otro amor” de la comprensión y la ternura (que puede ser dulcísimo, dulcísimo, pero que no es al que se refiere Jesús cuando describe la unión con tanta fuerza: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre”).

 

De estas sentenciosas palabras de Jesús: Lo que Dios unió no lo separe el hombre, según el significado literal que a primera vista parecen tener y que tanto chifla a la Iglesia, da la sensación de que no hay escapatoria. El matrimonio es presentado como unión indisoluble, a pesar, incluso, de que la verdadera unión, la espiritual, haya ya desaparecido. Pero al margen de que aceptes la interpretación antes hecha por mí sobre las palabras del Maestro o prefieras esta exégesis defendida por la doctrina oficial, voy a presentarte dos motivos más para aceptar la interpretación mía: el primero va mucho más allá de las puras especulaciones, consiste en un dato objetivo; y el segundo es un razonamiento difícil de refutar:

 

1.             Jesús mismo estableció excepciones en la indisolubilidad matrimonial que la doctrina pretende.

 

De esa ley de la presunta indisolubilidad tenida por tan intocable, el propio Jesús se apresuró en colgar, al menos, una señalada excepción, con lo cual vino a quitarle el carácter absoluto que la Iglesia pretende. “… todo aquel que repudia a su mujer– excepto en caso de fornicación-, la hace ser adúltera…” (Mt 5,32). No existe ley sin excepción, y he aquí una que el propio Maestro reconoció en la indisolubilidad del matrimonio: la legitimidad del repudio si la mujer es infiel. Si Jesús reconoció esa única causa de repudio (la fornicación adúltera) se debió, exclusivamente, al contexto legal y cultural de aquella generación para la que hablaba; pero es incuestionable que si hubiera hablado para la civilización occidental de hoy, hubiera reconocido otras excepciones más racionales que la pura materialidad de la fornicación. El clima de desamor e incluso de violencia en el hogar, con daño irreparable en los hijos (por poner un ejemplo notorio), es una causa infinitamente más justificada que el adulterio para disolver la unión en la cultura de ahora (no en la de entonces), y así lo hubiera reconocido Jesús hoy. La Iglesia no puede dar a la indisolubilidad del matrimonio el carácter absoluto que el Maestro mismo no le dio.

 

Ni el propio Jesús consideró indisoluble el matrimonio. Si en vez de para aquella cultura hubiera hablado para la de hoy, ¿cuántas causas de repudio hubiera admitido, en vez de la infidelidad de la mujer?

 

2.             No puede ser que Dios quiera para el hombre lo que en la naturaleza humana, que él mismo ha creado, es imposible.

 

Tan imposible es conservar siempre la llama del amor como imposible también es conservar la unión cuando ese amor, con harta frecuencia, llega a convertirse en odio. Dios une al hombre y a la mujer mediante la ley natural del amor, pero no menos evidente es que también Dios los separa mediante su otra ley natural e inviolable, la de la muerte del amor con el paso del tiempo, porque todas las leyes naturales son autoría de Dios. La pérdida del amor no es algo que el hombre quiera, es algo que está en la naturaleza humana. Y si a esa inevitable pérdida le siguen, en tantos y tantos casos, la indiferencia, el hastío y la continua discordia, no es aceptable descargar en Dios el sinsentido de mantener la unión a toda costa.

 

Acaba así de plantearse un conflicto entre dos leyes igual de naturales e igualmente establecidas por el Creador: nacimiento primero y pérdida después del amor. Y en la solución de ese conflicto no puede arbitrarse la prevalencia de una de esas leyes sobre la otra siempre e indefectiblemente, como la Iglesia pretende y como es prueba que el propio Jesús nunca pretendió, reconociendo excepciones.

 

Si de estas afirmaciones tan rotundas sacas la conclusión de que, después de pasar ese cálido amor inicial luego ya nada queda en la pareja, tampoco es eso lo que he querido decir. Por donde ha pasado ese fantástico fuego que ilumina queda luego la entrañable luz de la ternura, del agradecimiento y de la comprensión. Los lazos del alma pueden ser infinitos, y el más grande de ellos es la ilusión por perpetuarlos a todos, es decir, el lazo maravilloso de la fidelidad. La conclusión a la que he querido llegar consiste en que es preciso esforzarse en mantener hasta el final la unión que un día fue sellada con el amor. Por esforzarte o no esforzarte es por lo que Él te pedirá cuentas. El hombre se casa, de hecho y ante Dios, cuando se une por amor, y se divorcia, de hecho y ante Dios, cuando es abandonado por el amor, aunque nunca haya pasado por el altar ni por el juzgado ni para lo uno ni para lo otro. Lo que Él te pide no es ningún imposible, te pide que pongas todo tu esfuerzo en no abdicar, en mantenerte perseverante en la palabra dada aquel día maravilloso en el que todo empezó y que ya nunca más se repetirá igual.

 

La huida del amor es inevitable, pero deja muchos lazos tras de sí. De esforzarte en conservar esos lazos es de lo que tendrás que responder, porque de lo inevitable nadie va a pedirte cuentas.

 

Y ahora vamos con los formalismos, que es lo que tanto subyuga a la Iglesia. En esa genial contestación de Jesús a los fariseos nada dejó en el aire …. salvo una sola cosa, la que los fariseos le habían sometido precisamente, la mera formalidad de las ceremonias de casarse y divorciarse ante los hombres. Eso ni lo nombró. No se refirió para nada a los actos formales de hacer o deshacer matrimonios ante autoridad eclesial ni civil, para nada, ni tampoco hay motivo para darlo por sobreentendido; dijo, sencillamente, que la unión la hace Dios en el cielo de los que se aman, lo cual nada tiene que ver con lo que un hombre y una mujer puedan declarar ante el altar o ante la sociedad, porque las razones de los mortales para hacer algo pueden ser infinitas y, a menudo, inconfesables. Con frecuencia, los contrayentes se acercan al altar no movidos por el amor, sino por toda clase de intereses (conveniencia, miedo a la soledad, prestigio, riqueza, posición social, deseo carnal…) y es obvio que Dios no los une en el cielo, por mucho que lo haga el sacerdote en la tierra, porque Dios no santifica actos de prostitución, y prostitución hace quien se casa por razones bastardas. Solamente une a los que se casan por amor.

 

Dios tiene dispuesto que la unión en una sola carne, entre hombre y mujer, se ejecute por la ley natural del amor, porque así fueron creados desde el principio, antes de la institución de ningún sacramento.

 

Otra de las arrogancias de la Iglesia oficial consiste en la pretendida infalibilidad del Papa en determinados asuntos y momentos. Ser infalible supone, de forma necesaria, estar iluminado por el Espíritu, porque solamente viniendo la idea de Él queda garantizada la verdad. Todo lo que sale de la cosecha del hombre es susceptible de error, no es fiable. Cuando te hablé del profetismo, te dije que uno de los caracteres esenciales de la iluminación del profeta es la seguridad plena que tiene de que esa luz le viene de Dios. Todo hombre infalible, por tanto, es infalible porque está iluminado, y todo iluminado está seguro porque distingue perfectamente de donde le viene el don…. menos el Papa, por lo visto. En el Concilio Vaticano de mil ochocientos cincuenta y cuatro, Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, pero después de consultar con todos los obispos del mundo. Si en asunto tan señalado el Papa precisa consultar con todos su decisión, si no está seguro porque no ha sido iluminado, ¿dónde está la pretendida infalibilidad y asistencia del Espíritu? Pío nono acertó (gracias a Dios), pero no por infalibilidad, porque lo que hizo lo hizo como cualquier mortal que no está seguro. Lo que viene de Dios no ofrece dudas y no precisa consultas. Los profetas no consultan con nadie.

 

Como comentario final a esta Iglesia de los hombres, la de las cúpulas eclesiales, que se marchita día a día por falta de la asistencia del Espíritu, es importante señalar que la gangrena es percibida perfectamente desde dentro del propio cuerpo eclesial. Hace unos días ha caído en mis manos copia de una carta dirigida por Henri Boulad, jesuita egipcio, al Papa, carta que el autor titula “La Iglesia en el abismo”, nada menos que eso, y no constituye ninguna exageración alarmista, responde fielmente al abismo que la cúpula eclesial viene cavando con ojos cerrados bajo los fundamentos del legado de Cristo. Este bienintencionado y valiente jesuita hace en su misiva un detallado recuento de los signos denunciadores de ese “abismo”, y no le falta razón. En lo que Henri Boulad se equivoca, después de hacer tan abismático diagnóstico, es en pedir luz y solución al mismo ciego que bendice, día tras día, la confortable rampa de descenso.

 

La salvación no está en una reforma catequética y pastoral, es decir, una reforma desde las puertas de la Iglesia hacia fuera, hacia los fieles, como Henri Boulad propone ingenuamente al Papa, la salvación está en la remoción profunda de la propia institución eclesial, una reforma de puertas para dentro, y una vez que se haga la luz en el interior, esa luz se irradiará incontenible hacia el exterior con la fuerza de la verdad, del testimonio y del ejemplo. Los hombres están abandonando los templos porque dentro de sus muros no aciertan a descubrir la Iglesia de Dios, esa Iglesia callada y humilde que sigue existiendo, pero a la que la púrpura y la cátedra de Roma eclipsan. La fuerza del Profeta de profetas, el Jesús bíblico, radicaba en que descansaba su palabra en el ejemplo de vida personal. Para la resurrección de esta Iglesia que se ha extraviado en el camino no existe otro que el de vuelta a los orígenes.

 

Los Diez Mandamientos del Retorno

 

·      Abandonar la desafortunada herencia teológica del pueblo judío. Profesar fe sólo en el Dios Padre que nos mandó a Jesús, el Redentor universal, el que derogó de facto el Antiguo Testamento y estableció la Nueva Alianza para la salvación de todos los hombres y naciones.

 

·      Reconocer la Gran Roca de la Fe Compartida, inspirada por Dios en el corazón de toda la humanidad, como único sillar sobre el que Jesús instituyó su Iglesia. La Iglesia no descansó ni descansa sobre ningún hombre ni nadie está iluminado por Dios a tal fin.

 

·      Abdicar del mundo, volver a la marginación social y a la denuncia valiente, como Cristo hizo. Evangelizar no es sermonear mientras se cohabita en armonía con esa misma sociedad corrupta a la que se sermonea.

 

·      Renunciar al Estado Vaticano, a los honores protocolarios y relaciones diplomáticas. El Reino de Dios no es de este mundo. Secularizarlo es sacrílego.

 

·      Renunciar al palacio, a la púrpura, la pompa y el boato. La cúpula eclesial no puede seguir negando a Jesús en las formas. El Santo Padre parecerá verdaderamente santo sólo cuando se presente ante el mundo como un santo franciscano. Y lo mismo en la Iglesia Ortodoxa.

 

·      Abandonar el dogmatismo jerárquico. Jesús predicaba la Palabra directamente a los fieles, no la predicaba interpretada por los apóstoles, no utilizaba traductores autorizados y únicos, hablaba directamente a los hombres, también a los de hoy.

 

·      Volver a los únicos sacramentos instituidos personalmente por Jesucristo como signos externos de la gracia. Deslindar el legado de Cristo del legado posterior de la historia y la tradición eclesial.

 

·      Restablecer la verdadera vocación sacerdotal, la de los discípulos de Jesús. Urge sacar la austeridad conventual a la tarea del día a día en la calle y en los templos, urge vivir sólo de la caridad de los fieles o del trabajo personal.

 

·      Profundizar en la espiritualidad, en la intimidad de la relación personal con Dios. La fe no se eleva a Dios en inciensos y espectáculos públicos, aunque también esté allí Él para los limpios de corazón.

 

·      Reconocer la nueva verdad científica de la no existencia real de la materia y derogar, en consecuencia, tantos mitos teologales, doctrinales y sacramentales. Porque no existen verdades científicas nuevas capaces de sepultar la Palabra, lo que existe es el miedo de una Iglesia sin fe a afrontarlas.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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