(Imagen tomada del reportaje “Salvador Dalí”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V.- El hombre y su destino

(última actualización: 20-04-2017)

 

La muerte.... ¿fin o sólo tránsito?

 

El concepto muerte, cesación de vida, puede ser objeto de dos interpretaciones, según se refiera a la individual o a la universal. En torno a estos dos hechos clave se ha tejido toda una maraña de especulaciones en escatología. El primero de estos hechos es el de la muerte como fin del episodio de vida de cada uno en el mundo, hecho que nos consta por experiencia. Sin embargo, de este hecho no puede testimoniarse otra cosa que la defunción del cuerpo físico, que queda inanimado y se corrompe, pero ninguna certeza sobre la suerte que pueda correr el alma o principio vital que ha estado animando ese cuerpo durante su vida física. El segundo de los hechos clave, el de la muerte entendida como fin del mundo vivo, sólo es abordable desde las hipótesis científicas, desde la especulación filosófica y desde la fe religiosa, y te contaré lo que de él sé en el último capítulo. Ahora toca ocuparnos de la muerte individual.

 

Para un ateo materialista está claro que la única realidad relevante es que un día dejará de existir él personalmente y que todo lo que pueda acontecer desde ese momento, incluido el hecho de si habrá o no habrá fin del mundo algún día, no le inquieta lo más mínimo, por la simple razón de que él ya no estará en parte alguna. Para él, la muerte, en cuanto a su conciencia personal, es la disolución en la nada (si la nada existiese, lo malo es que no existe, de manera que su creencia no tiene sentido). Para el resto de la humanidad, es decir, para la inmensa mayor parte de los mortales, que no somos tan ingenuos y sí que comulgamos con esa certeza de que al alma tiene que ir a parar a alguna parte, para esa gran mayoría es lícito el interés en saber en qué puede consistir ese más allá del mundo. ¿Qué es lo que te espera al morir?

 

Ateniéndote a lo que has leído al principio del libro, queda claro que eso que te aguarda no será otra cosa que la vida auténtica y para toda la eternidad. Pero lo primero que te interesa como lector es una referencia, siquiera a brochazos, de lo que el hombre ha pensado, a lo largo de los siglos, sobre su propia muerte.

 

En Oriente no hay grandes escuelas de pensamiento, como en el mundo clásico de Occidente, lo que hay son grandes religiones que resumen todo el saber cultural. El hinduismo existía ya veinte siglos antes de Jesucristo, y ocurre con él lo mismo que ocurre con el judaísmo, que marcan el camino de todo el pensamiento colectivo. El budismo es posterior (VI antes de Cristo), pero en lo esencial es continuación del hinduismo, hasta el punto de que por los hindúes fue visto como una secta hereje y provocó su éxodo y arraigo en el Tíbet y en Mongolia. En esta corriente religiosa común a todo Oriente, el yo realmente no existe, es una mera apariencia esclavizada por el cuerpo y por los deseos. Su única meta, por tanto, es la liberación, la cual puede lograrse por sucesivas purificaciones, a través de reencarnaciones sucesivas, hasta conseguir el retorno al origen, al “Todo universal y trascendente”, del cual es una parte y en el cual se diluye al morir definitivamente. La muerte significa, por consiguiente, vista hacia atrás, una liberación del cuerpo y del mundo, y vista hacia delante, una desaparición o disolución en el “Todo”. No significa, por tanto y a pesar de su profunda espiritualidad, ninguna pervivencia personal en la eternidad, ninguna salvación personal al estilo de las religiones monoteístas.

 

En nuestra cultura, la inmortalidad del alma y su separación sin problemas del cuerpo, al que concebían unida de forma accidental, fue defendida por filósofos como Platón. Epicuro, positivista donde los haya, iniciador del hedonismo, se refugió en un puro artificio mental para defenderse de ese perfecto aguafiestas que es el morir, con un razonamiento más o menos así: “Cuando yo existo, la muerte no, y cuando la muerte existe, yo ya no, luego no me inquieta”. Es ingenioso, pero auténticamente estéril, porque únicamente vale para un ser que no tenga conciencia de que la muerte le ha de llegar algún día, es decir, vale para mi perro, pero no para mí.

 

Otro artilugio mental no menos absurdo, saltando, desde luego, bastantes siglos, es el del materialismo ateo de Marx, que solamente postula la inmortalidad del alma en cuanto “alma humana”, es decir, de toda la especie (un mundo y una especie humana que jamás se agotarán), pero no inmortalidad del alma de cada individuo, a la cual no reconoce y considera sólo como epifenómeno de la materia. Habría que preguntarle al señor Marx, entonces, cómo es posible que la suma de muchas no-almas individuales lleguen a producir un alma colectiva. Esta vanidad simplista de que, como especie, la humanidad sí que es inmortal, resulta obvio que, para cada individuo que muere y se diluye en la nada (según ellos), la inmortalidad de la humanidad entera como especie le trae absolutamente al fresco y no le sirve de nada.

 

En la tradición judeo-cristiana, este tema de la muerte y sus consecuencias ha tenido una clara raíz religiosa, de manera que ha sido la creencia la que ha arrastrado y marcado la evolución del pensamiento. Esa creencia, para nada materialista, nunca mantuvo la expectativa de la disolución en la nada como único fin. La cultura judía mantenía la existencia de un “lugar”, más o menos misterioso, arcano, oscuro y poco definido, al que llamaban “sehol” (también conocido como “los infiernos”), en el cual continuaban existiendo “los muertos”, mientras que sus cuerpos se corrompían en el sepulcro. Parece claro que esta creencia discernía ya entre el cuerpo y otra cosa diferente a la que designaba con el nombre genérico de “el muerto”, es decir, con la identidad de la persona en su conjunto.

 

Es en los Salmos donde aparece ya la idea de la justicia de Dios liberando del sehol a los justos, donde solamente permanecerían indefinidamente los impíos, mientras de los cuerpos nada se añade a su destino corruptible del sepulcro. Y es en el judaísmo tardío, es decir, el que corresponde al tiempo de Jesús, cuando aparece ya en clara dualidad la realidad alma-cuerpo, pero de forma radicalmente inseparable, de manera que cuando se muere, muere el hombre entero, no solamente su cuerpo. Esta idea imperante entonces de una muerte total es decisiva a la hora de interpretar las enseñanzas de Jesús, en el sentido de que la idea de un más allá eterno tenía que pasar por una previa resurrección del hombre, pero del hombre completo, puesto que completo había muerto, una resurrección personalizada en la que lo primero que tenía que ocurrir era la vuelta del cuerpo desde el sepulcro.

 

Con esto último se ha producido un paso hacia delante en la concepción integral del hombre, pero también se ha dado un paso atrás en cuanto a la posible eternidad del espíritu, puesto que no lo concebían como separable del cuerpo. Como acabo de escribir y como luego verás en el capítulo de la Redención, la resurrección solamente era concebida de forma integral, como un levantamiento del cuerpo desde el sepulcro, otra vez animado por el alma. Y esto, que no pasaba de ser una simple creencia de una cultura determinada en un tiempo histórico determinado, iba a tener, por desdicha, una influencia absolutamente decisiva y nefasta en torno a los temas escatológicos. La resurrección corporal, la cual Cristo quiso protagonizar con el único fin de que le creyeran, porque era una necesidad impuesta por la cultura del pueblo, y también para que se cumpliera la Escritura, ha sido interpretada por la Iglesia al pie de la letra y para siempre, olvidando esa mera finalidad de hacer comprobable la resurrección (capítulo siguiente La Redención).

 

Extendiendo la experiencia de la resurrección física del Salvador (a pesar de ser un hecho excepcional y con fines prácticos de fe) a todo el género humano, la Iglesia no solamente defiende el error de la vuelta a la vida de los cuerpos, sino que, a veces, lo ha hecho de una forma absolutamente estricta, es decir, con la misma carne con la que se ha vivido. En el capítulo anterior he hecho mención de un Concilio, el VI de Toledo, que así lo declaró: “... no se trata de una carne aérea o etérea, porque esto supondría una nueva creación corporal y no se correspondería con la resurrección de Cristo”. Esta defensa a ultranza de la resurrección carnal fue la causa de que la modificación posterior del Credo, en el sentido de que la resurrección es “de los muertos” y no “de la carne”, provocase una fuerte critica y rechazo dentro de la propia Iglesia.

 

Por otra parte, los Padres de la Iglesia justificaban este tipo de “resurrección al pie de la letra” fundamentándola en la pura lógica, de esta guisa: “… si los cuerpos han sido creados por Dios, redimidos por Cristo y alimentados por la Eucaristía, es de cajón que los cuerpos han de ser resucitados”. Nada más y nada menos. Lo malo es que ninguna de las tres premisas es cierta. Lo que Dios crea, Cristo redime y la Eucaristía alimenta son almas, no cuerpos. Y tan al pie de la letra cundió la creencia que Atenágoras llegó a asegurar que, en el caso de que el cadáver hubiera sido devorado por las alimañas, Dios recuperaría las partículas desde dentro de los devoradores para recomponer exactamente el mismo cuerpo anterior del muerto. Solamente el hombre puede ser capaz de urdir absurdos de este tamaño.

 

Convicciones, posturas y doctrinas como las del párrafo anterior resultan tan pintorescas que se comentan por sí mismas, a pesar de que pertenezcan, o hayan pertenecido en algún momento, al magisterio de la Iglesia oficial. Pero lo cierto es que en ese magisterio oficial también se encuentran abundantes contradicciones con lo anterior. En definitiva, la propia Iglesia tampoco ha acabado de definirse, de forma clara y terminante, sobre este tema de la pretendida resurrección física. Tan pronto la resurrección de la carne, tal cual era antes de la muerte, constituye una verdad dogmática inapelable (Cc IV de Letrán, Cc VI de Toledo), como todo lo contrario, la resurrección se produce en cuerpo glorioso, espiritualizado, nada de carnal (Flp3,21; 1Co15,44; Catecismo Iglesia Católica 999).

 

Un caso aparte, como siempre, lo constituye el gnosticismo. Si la doctrina de nuestra Iglesia ha sido en ocasiones pintoresca, la del gnosticismo lo ha sido desde el principio. Leerla constituye un auténtico aterrizaje en lo absurdo. Esta secta religiosa, iniciada por Simón el Mago, segregada dentro de la tradición judeo-cristiana, fue una víctima más, entre otras cosas, del problema Dios, el Bien y el Mal expuesto en el capítulo anterior. No acertó a resolver ese dualismo insalvable y maniqueo entre el bien y el mal, personificado en el hombre bajo la paradoja carne-espíritu. Después de una concepción de la Divinidad (a la que llama Pléroma) tan fantasiosa como compleja e innecesaria, más aún, delirante, acabó defendiendo que basta que cada hombre tenga conciencia clara de la procedencia divina de su espíritu para alcanzar la salvación, es decir, el retorno a la divinidad, su patria En definitiva, constituye una salvación que no atañe al cuerpo (en esto acierta) y que se alcanza exclusivamente por el conocimiento de la verdad (en esto, desde luego, no).

 

En este tráfico tan intenso de ideas de ida y vuelta, se impone que recuerdes la verdad básica expuesta en el capítulo I de este libro. Si el universo de la materia es un puro espejismo de los sentidos, resulta obvio que cuanto haya sido dicho por la teología y la doctrina, sustentado sobre la realidad de los cuerpos como materia, carece de fundamento, puesto que los cuerpos no tienen otra realidad que la puramente formal (capítulo IV). Discutir sobre la hipotética resurrección de los cuerpos solamente puede ser admisible en cuanto puras formas corpóreas, pero no en cuanto efectividad carnal, porque si ésta no era realidad ni siquiera en vida, menos puede serlo una vez que se ha descompuesto en el sepulcro (el caso excepcional de Cristo corresponde al capítulo que sigue a éste).

 

Unas páginas atrás acabo de escribir esto, refiriéndome a la muerte: “Sin embargo, de este hecho de la muerte no puede testimoniarse otra cosa que la defunción del cuerpo, que queda inanimado y se corrompe, pero ninguna certeza sobre la suerte que pueda correr el alma o principio vital que ha estado animando ese cuerpo durante su vida física”. El cuerpo se desintegra y retorna a su origen, la naturaleza, pero el alma.... ¿Qué ocurre con el alma, si no es materia? Al margen de las diferentes creencias a lo largo de la historia, que es de lo que he hecho un brevísimo esbozo, ¿no hay ninguna otra cosa que añadir? Voy a transcribir, a continuación, lo que en mi libro La otra filosofía dije sobre la finitud espiritual, que no otra cosa es el alma, para saber qué ocurre con ella.

 

Hablando sobre la indiscutible realidad del espíritu, dije en ese libro que lo más cercano y evidente para el hombre no es su cuerpo, sino su espíritu, tanto, tanto, que lo confunde consigo mismo. Si yo soy algo, soy precisamente mi intimidad. Antes de lo que veo, lo que toco y lo que oigo (incluido ver, tocar y oír mi propio cuerpo), antes de ninguna sensación llegada de fuera de mi conciencia, está mi propia conciencia, convivo inseparablemente con mis propias vivencias. Pueden aislarme de todo estímulo exterior, pero resulta imposible que me aíslen de mí mismo. No se trata solamente de que yo sea capaz de pensar y sentir, no se reduce sólo a que yo tenga pensamientos, emociones, recuerdos y anhelos, se trata de algo más, se trata de que no soy esencialmente otra cosa que eso mismo, mis pensamientos, emociones, recuerdos y anhelos. ¿Qué cosa soy yo, sino la máquina imparable de mis cavilaciones y sentimientos? Pues eso justamente es mi espíritu.

 

Lo más cercano y evidente para ti no es tu cuerpo, es tu espíritu. Si tú eres algo, eres precisamente tu intimidad. Pueden aislarte de todo estímulo sensorial, pero resulta imposible que te aíslen de tu intimidad. Tu conciencia eres tú.

 

Mis manos o mis pies son una anécdota, un accidente que puedo tener o no tener, usar o no usar. Sin embargo, es inseparable de mí el juicio ininterrumpido con el que escruto cuanto me rodea, el pensamiento que me enlaza con mi pasado y me pone delante mi intransferible identidad, el pensamiento que me proyecta hacia un hipotético después para adelantarme al mismo con los actos de mi voluntad. Lo más inmediato a uno mismo no es el cuerpo, sino esa otra realidad no física llamada identidad, intimidad, alma, espíritu…. cómo se quiera. El materialismo, sin embargo, en su terrible simpleza, ha pretendido que todo eso que acabo de llamar espíritu no es otra cosa que una mera manifestación de la materia (para no repetirme, te recuerdo que puedes volver al capítulo I, a su apartado La solución materialista, para consultar sobre esto).

 

No sólo la mayor y mejor parte del propio hombre es espíritu, es que además todas sus obras engruesan esa vasta realidad de lo espiritual, infinitamente mayor que la realidad física. Si lo espiritual ocupara espacio, el universo material, con sus gigantescas distancias siderales, pasaría a ser un insignificante juguete. Todo lo que materialmente sale de la mano del hombre ha salido antes, espiritualmente, como idea, de su mente, todo, no solamente El Quijote o el Acueducto de Segovia, hasta la más humilde de las manufacturas lleva en sí el espíritu del hombre que la ha creado, porque lo ha hecho de forma libre e intencionada, conforme a un proyecto y con un fin. La materia es sólo materia, pero la idea que la moldea hasta convertirla en algo inteligible es únicamente espíritu.

 

Una vez afirmada la ineluctable realidad llamada espíritu, el segundo paso es demostrar que, por su propia naturaleza, lo espiritual es imposible que desaparezca con la muerte física. Sobre esto de la eternidad del espíritu se han presentado multitud de razonamientos, pero yo prefiero poner bajo tu mirada una verdad tan olvidada de todos como sencilla y evidente, ésta: si lo espiritual es ajeno al espacio (verdad obvia), también lo es al tiempo, porque espacio y tiempo no son realidades independientes, constituyen una única realidad espacio-temporal que no puede ser escindida, no sólo porque lo haya comprobado así Einstein, sino simplemente porque esa realidad estaba ya contenida en la partícula inicial y lo que ha hecho ha sido desplegarse en el Gran Desencadenamiento. Aquí tienes la prueba definitiva de la eternidad del alma: ser ajena al espacio significa, inevitablemente, ser ajena también al tiempo, y ser ajena al tiempo significa, inevitablemente, ser eterna, ya que no existe ninguna otra posibilidad intermedia entre lo uno y lo otro, tiempo y eternidad.

 

Si lo espiritual es ajeno al espacio, también lo es al tiempo, porque espacio y tiempo constituyen una única realidad. Todo lo espiritual es eterno.

 

¿Seguro que lo espiritual no ocupa tiempo? Seguro. Es cierto que las cosas espirituales de aquí abajo están en el tiempo, pero también es cierto que no son tiempo. No es lo mismo estar que ser. Están en el tiempo porque la realidad vida (es decir, espíritu) se desarrolla a través de los cuerpos físicos, pero esto no pasa de ser una mera localización en el tiempo, nunca una consumición de tiempo. No es lo mismo consumir espacio-tiempo, que es lo propio de lo material, que estar localizado en el espacio-tiempo mientras se permanece unido a la materia, que es lo propio de lo espiritual; diferencia que es capital, porque lo primero conlleva forzosamente caducidad y a lo segundo, en cambio, nada le impide ser eterno.

 

Ahora, amigo que me lees, deduce tú mismo las trascendentales consecuencias de esto que he sometido a tu consideración. Por espiritual viene entendiéndose, comúnmente, sólo lo que es relativo al alma superior del hombre, que es la más perfecta de las almas de la Creación, capaz de distinguir el bien del mal y capaz de conciencia y libertad. Pero que sea la más perfecta de las criaturas no impide que otras muchas criaturas también estén, y de hecho están, dotadas de un alma capaz de cierta espiritualidad, en su sentido más amplio. Hay en la Creación del Padre animales capaces de experimentar sufrimiento, afecto, agradecimiento y un sinfin de manifestaciones puramente espirituales, no sé si todas esas manifestaciones con la misma intensidad con que las experimentamos los hombres, pero desde luego sí sé que algunas con mayor intensidad. La lealtad, la adhesión incondicional, casi religiosa, del perro hacia su amo, es una virtud a la que el hombre es incapaz de corresponder.

 

Porque lo espiritual es tan ajeno al tiempo como al espacio, ni la muerte es el fin de nada (muere sólo el cuerpo), ni sólo el hombre es inmortal. Todo lo espiritual vive para siempre porque es obra del Creador.

 

Juicio, condena e infierno

 

Salvo para los materialistas acérrimos, todo lo que acabo de contarte sobre la pervivencia sin fin de tu alma, es decir, de ti mismo, no es ninguna novedad. Aunque no seas muy aficionado a plantearte grandes temas, probablemente goces de ese otro talento tan natural y tan certero que la ciencia psicológica llama intuición, que no es otra cosa que conocer, de forma expedita e instantánea, lo que a los pensadores les cuesta tantos razonamientos, y que tú, sin embargo, conoces porque sí, porque te lo dice el “corazón”. Intuir es precisamente la forma más pura y auténtica de conocer, es aprehender la cosa instantáneamente, por iluminación directa de quien es la fuente de todo conocimiento, es decir, de Dios, el que te ha hecho. Quizás tú no precises, por tanto, que te aclaren con razones que eres mucho más que tu mísero cuerpo y que sólo éste es el que se acaba al morir. Sin embargo, he introducido toda esa explicación anterior porque albergo la esperanza de que siempre habrá alguien a quien estos argumentos les siembre la duda en su cerril descreimiento y les mueva, al menos, a la curiosidad.

 

Bien, ya estamos situados los dos en la eternidad de las almas. Y ahora….. ¿Qué? ¿Qué ocurre con ese alma? ¿Es igual la muerte de un bigardo que la de un santo, los dos llegan a la eternidad y ya está? ¿O realmente hay algo más? Se han pasado la vida diciéndote que efectivamente hay mucho más…. y lo hay, pero te lo han dicho de forma, cuando menos, inquietante, cuando no preocupante y hasta tenebrosa. Te han contado esta vida de aquí como una fugaz partida de naipes en la que te juegas toda tu fortuna para siempre y sin posibilidad de enmienda, te han pintado la eternidad como un tribunal que sentencia y ante el que ya no caben recursos ni lágrimas. O eres inocente, o eres culpable. En esa historia que te han contado no hay medias tintas, hay buenos y hay malos, hay gloria y hay infierno. Si eres, como antes supuse, una persona sensata, sabes que no puede ser así, sabes que, además de que la vida sigue después de la muerte, no puede ser que te juegues esa eternidad por este estúpido episodio de ochenta años de vida en el mundo…. quizás menos, solo cuarenta….. incluso puede que solamente diez… o que unos pocos días. ¡Qué injusto todo, si así fuera!

 

Lo más importante ya está dicho: todo lo que es espíritu, todo lo que no es materia, vive para siempre, es eterno, estás creado para no morir jamás porque eres creación de Dios, y Dios no otorga la vida para una curiosa experiencia de un fin de semana. Esto primero es lo más trascendente, pero lo que viene detrás no se queda a la zaga: además de vivir eternamente, ¿qué te espera en esa vida interminable? ¿Es todo tan justiciero y tan duro como te han contado? Encima de la incertidumbre que, por muy sereno que seas, es inevitable que te suscite la muerte, se amontona esta segunda incertidumbre de qué es lo que allí te espera. Pues verás, solamente hay dos caminos a seguir para intentar saberlo, y no es que sean alternativos, no tienes por qué elegir, son complementarios y los dos los debes recorrer. Uno es lo que dice la Escritura del monoteísmo más arraigado y universal, el cristianismo, y el otro es lo que te dice la luz natural que el Creador te ha instalado en el alma, tu pensamiento.

 

Lo que dice la Escritura

 

La reiteración de Jesús sobre el juicio que sufrirá cada hombre y la posible condena que seguirá, según sus obras, es abrumadora. En la explicación que da a los discípulos sobre la parábola del sembrador (Mt 13,37-43 y 49), así como en las parábolas de las diez jóvenes, de los talentos y del juicio final (Mt 25), como también en la narración del rico y Lázaro (Lc 16,19-31), insiste, una y otra vez, en que serás juzgados por tus obras, y lo hace duramente, hablando de fuego eterno y de rechinar de dientes, utilizando palabras y expresiones que recuerdan en todo al Dios justiciero y temible de la Antigua Alianza. Es más, incluso la imagen de un infierno en llamas está literalmente tomada de Isaías (Is 66,24). Se trata sin duda del Jesús judío, instruido en la destemplanza de Yahvé.

 

Esta reiteración tan desesperanzadora supongo que te habrá producido siempre el mismo estupor que a mí me ha producido, y sigue produciéndome, cada vez que lo leo. ¿Cómo es posible? Constituye un hecho verdaderamente sorprendente y contradictorio dentro del contexto en el que aparece, por cuanto discurre en sentido inverso al resto del Evangelio, que va justamente en el sentido del amor y el perdón. Este Jesús que así habla, haciéndose innegable eco de las enseñanzas recibidas desde niño y después en la sinagoga, pidiendo cuentas al hombre por los errores, nada tiene que ver con el otro Jesús, el que también proclamó solemnemente “El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). Esto también aparece en sus labios y no exige, para nada, conductas intachables, exige solamente fe en el corazón; y es natural, porque el hombre puede pecar incesantemente a pesar de creer en Dios y amarlo, como todos los creyentes sabemos por propia experiencia.

 

¿Es que Jesús se contradice a sí mismo? ¿A quién condenará? ¿Al que no fue amante del prójimo, pero tenía fe, o al que no la tenía, pero era amante? ¿A quién salvará? ¿Al que cumplía, aunque era incrédulo, o al que tenía fe, aunque era pecador? Este desconcierto es inevitable si encaras la Escritura con espíritu neutral y desapasionado, prescindiendo de las interpretaciones dogmáticas de la Iglesia. La Palabra fue escrita para todos los cristianos, para ti personalmente, no para que te la impongan filtrada e interpretada por ninguna cúpula eclesial, y menos por una cúpula que se ha alejado tanto de la herencia de Cristo (sobre este tema de la Iglesia te hablaré más adelante)

 

Si lees la Escritura con ojos críticos e independientes, vas a sacar dos inequívocas conclusiones. Una es que, palabra a palabra y juicio a juicio, el texto sagrado está abarrotado de contradicciones. Otra es que, prescindiendo de esa literalidad contradictoria, contiene un innegable mensaje de amor, perdón y esperanza. El resultado final debe ser, en buena lógica, que esa literalidad, a veces contradictoria, es de menor importancia y probablemente no se debió al propio autor de las palabras, Jesús, sino al trabajo humano de cuantos participaron en la trascripción de sus enseñanzas. Lo lógico es quedarse sólo con el espíritu que alienta a lo largo y ancho de todas las páginas. Es un error ingenuo asumir al pie de la letra discursos que fueron pronunciados bastantes años antes de ser recogidos en los textos y después de haber pasado por añadidos, referencias y traducciones de unos y otros.

 

La contradicción entre el Jesús del amor y el perdón y el Jesús rabino y justiciero, entre el mensaje de fondo y la literalidad del texto, es la contradicción más clamorosa de la obra de los evangelistas.

 

No te pierdas, por tanto, en consideraciones sobre si es aceptable o no un destino tan duro para el hombre. La certeza de que serás juzgado ya es dura en sí, independientemente de cual sea el veredicto. Céntrate en la más que evidente discordancia de estas afirmaciones con la línea general del relato, que rezuma todo lo contrario: piedad, amor, comprensión y perdón infinito. Este turbador anuncio de justicia implacable (me refiero no a que haya justicia, que la habrá, sino a que sea para toda la eternidad), en medio de un texto de esperanza, suena igual de irreconciliable que una delirante tempestad en medio de una mañana luminosa. Si la mañana está realmente luminosa es obvio que lo ilusorio consiste en el ruido de tempestad, y no al contrario.

 

Este manifiesto desacuerdo de la literalidad de muchos pasajes con el fondo general del mensaje, puestos a salvar la responsabilidad de los evangelistas, puedes aceptar que se deba a que todo ello sea realmente compatible y verdadero a la vez. Según esto, para llegar a la salvación hay muchos caminos y ninguno de ellos excluye a los demás. La vida intachable es uno de esos caminos. ¡Cuántos no creyentes alcanzarán misericordia por haber sido justos y haber amado al prójimo, a pesar de su falta de fe! Estos son los rectos. Pero también ¡cuántos pecadores la alcanzarán sólo por haber mantenido inquebrantable la llama de la fe en el fondo de su corazón, a pesar de una vida desordenada! Son los confiados en Dios. Sería terrible tener que pronunciarse entre estos dos tipos de hombre. Sólo Dios sabe si la rectitud está movida, en el fondo del corazón, por la vanidad y la soberbia más que por el amor a Él; y sólo Él sabe si la confianza en su perdón está generada por el oportunismo y la desfachatez, más que por la debilidad ante la tentación.

 

Acabo de tocar el tema del “buenismo”, tema en el que siempre he desconfiado. Siento la necesidad de decirte que bondad es hacer el bien, obviamente, pero pudiera ser que por delante de ti, hombre santo, estén los que llevan vida desordenada porque rechazan el mundo y lo patean en todas direcciones, buscando, sin saberlo, lo que nunca han encontrado, a Dios; o dicho de otra manera, buscando la razón por la cual hacer el bien, eso que tú pareces hacer de forma tan natural, si eres un buenazo. Son buenas las obras buenas, qué duda cabe; pero si lo has convertido en un estilo de vida en el que te sientes cómodo y satisfecho y por el cual todos te alaban, si es este tu caso, entonces siento decirte que tu bondad está en entredicho, que revises a fondo si eres realmente tan bueno como pareces o quizás es que te encanta ese “papel de bueno” que alimenta tu vanidad ante el mundo. Solamente desconfiando de ti mismo y buscando el verdadero motivo de tus actos será como des la medida. No hay hombres buenos, hay hombres que hacen el bien a veces; como tampoco los hay malos, sino los que hacen el mal a veces. Los buenos y malos sólo están en las películas.

 

Solamente desconfiando de ti mismo y buscando el verdadero motivo de tus actos será como des la medida. El bien, además de poco, suele permanecer oculto.

 

La bondad auténtica no tiene escaparate, no consiste en sonrisas y pequeños favores que nada cuestan. “¡Ay cuándo todos hablen bien de vosotros, pues así hablaron también de los falsos profetas!” (Lc 6,26). Desconfía de aquel a quien todo el mundo alaba, desconfía del que pasea su innato modo de ser bonachón por la plaza pública. Crecí junto a uno así, y era un buenazo, desde luego, pero también era un despreciable cobarde llegada la hora de la verdad, un buenazo que no dudaba en darte la espalda si la lealtad hacia ti tenía algún precio ante la sociedad que le reverenciaba. Si todos los tenidos por buenos fueran realmente buenos, no existirían hipócritas, y es cierto que los hipócritas existen, luego están entre ellos. Bueno no es sinónimo de bonachón, ni de buenazo, ni la bondad verdadera es asunto de genética ni llueve del cielo. La bondad verdadera se trabaja y se conquista, como todo en el hombre. No consiste en un modo de ser, no despliega pancarta ni es aplaudida. Como todo lo verdadero, es sincera y es callada, abunda poco, y lo poco que abunda sólo se revela en los momentos críticos, en las situaciones límite, solamente en la adversidad, no en la cotidianidad de las cosas que ruedan bien. Esta es la clave que revela la auténtica bondad, la de quien te da la mano a riesgo de hundirse contigo. Los hay, pero tan pocos que yo no he conocido ni uno.

 

Huye, por tanto, de ese barniz de bondad facilona con el que intentan adoctrinarte. Pese a lo que te repiten incansablemente, no es cierto que la bondad sea cosa de diario, de sonrisas amables y favores que no cuestan, porque lo que no exige sacrificio no sirve para nada. La bondad no es un “estilo”. Es habitual oír a los predicadores elogiar esa bondad gazmoña y casera, limadora de roces en el día a día, idéntica al aceite de máquinas que permite el buen funcionamiento… mientras no ocurra algo excepcional, claro. La bondad es mucho más que eso que tanto te repiten: “condescendencia, amabilidad y disculpa fraterna”; la verdadera bondad sólo aparece cuando se abre la tierra a tus pies y alguien renuncia a sí mismo por darte la mano, por muy caro que pueda resultarle. Eso es bondad. Es en la excepción, y no en la rutina, donde se aprecia lo que hay en el corazón de cada cual. La bondad facilona, casera y diaria resulta agradable; pero cuidado, porque suele ser precisamente ese tipo de persona el que te dará la espalda cuando ocurra lo inesperado y grave.

 

Contra lo que te han enseñado, la bondad no está en el escaparate social de cada día, no es sonriente, condescendiente y facilona, la bondad sólo se conoce en los momentos difíciles, en las situaciones adversas, en la renuncia.

 

“Hay muchos caminos y ninguno de ellos excluye a los demás”, acabo de escribir más arriba. Sin embargo, según la Escritura, ninguno será válido si no va acompañado de obras, como te he recordado antes en las parábolas del sembrador, de las diez jóvenes, de los talentos y del juicio final, como también en la narración del rico y Lázaro. Tomando esto al pie de la letra, parece que el hombre de fe nada tiene que esperar si no ha sido capaz de llevar su fe al cumplimiento concreto de cada día con actos justos. Y sin embargo, también está escrito todo lo contrario y con igual claridad: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 25-26), dicho tal cual, con esa rotundidad, no morirá jamás, sin poner por condición conducta ninguna y sin que deba sobreentenderse que quien tiene auténtica fe es necesariamente intachable, porque todos sabemos que esto no es así. Si ahora unes estas contradicciones literales a la gran contradicción de fondo, esto es, la inserción de este lenguaje exigente en un texto que, por lo demás, es de piedad y perdón, levantarás la mirada del libro evangélico desconcertado, sin saber a qué atenerte.

 

Tanta discordia puedes resumirla en dos bloques de mensajes, tan bien definidos como desiguales entre sí: los que anuncian estricta justicia y los que hablan de amor sin límites, desiguales porque la justicia es ciega y no conoce al amor, y el amor sí que conoce la justicia, pero prefiere ignorarla. Es inevitable que la justicia desoiga al amor, y es notorio que el amor se olvide de hacer justicia. ¿Qué hacer con las palabras del Maestro? Si en su boca no podía haber sino verdad, ¿dónde buscar la clave que explique esta aparente confusión? Como la voz mayoritaria en sus enseñanzas es la del amor y el perdón, y esa otra voz discordante y justiciera constituye la excepción, te invito a que me sigas en busca de alguna explicación de esta última, la voz discordante y apocalíptica, que es la que parece sobrar en el texto evangélico:

 

1.      Puedes pensar que Jesús tenía, ante todo, el conocimiento propio de la cultura de su pueblo y de su tiempo. Puedes pensar que decía esto porque así había sido instruido desde niño. Y en apoyo de esta tesis vuelvo a recordar la imagen concreta del infierno como un lugar de fuego eterno, imagen descrita por Isaías (Is 66,24), que Jesús habría leído y escuchado tantas veces en la sinagoga y que luego repetía en sus enseñanzas (suponiendo que realmente las repitiera, porque siempre estamos partiendo de lo que los evangelistas han escrito).

 

Este supuesto es cierto en general. Por descontado que Jesús desconocería la redondez del planeta o la evolución de las especies, porque en todo lo referente al mundo era uno más del mundo y no alcanzaría aquello que estuviera fuera de los conocimientos de su época. Pero este criterio, aunque correcto en general, resulta muy duro aplicarlo a temas tan trascendentes como el destino del hombre al morir, porque un desconocimiento así parecería poner en duda la naturaleza divina de Jesús. Resulta verdaderamente difícil aceptar que Jesús hablara así solamente por la cultura recibida.

 

2.      Puedes pensar que Jesús conocía, desde luego, la verdad, pero prefería adaptarla a la mentalidad del pueblo que le escuchaba y a la cultura singular de ese pueblo. Este pudiera ser el motivo de que se plegara tanto a las severas palabras del Antiguo Testamento. Prueba de que este puede ser un camino correcto para desentrañar el misterio de las continuas contradicciones se evidencia en Mateo 5,17. Ahí Jesús asegura “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento”; y sin embargo, resulta palmario que, de hecho, la abolió enteramente, sustituyendo la ley del talión por la ley del perdón. Este es uno de los pasajes que demuestra que Jesús rehusaba aparecer como el enemigo de la tradición, como el derogador de la ley tan firmemente anclada en el pueblo, aunque era su misión derrumbarla, y prefería presentar su nueva verdad sin ofender el espíritu judío.

 

Según esta tesis, en algunas ocasiones sus palabras no estaban orientadas a la información desnuda de la verdad, sino que tenían un enorme componente didáctico, estaban orientadas a la exhortación moral, pero siempre dentro del marco cultural de las gentes para las que hablaba. Esta pudiera ser una explicación de por qué insistía (si es que de verdad insistía) en esa terrible posibilidad de condenación y de infierno, absolutamente inverosímil dentro de un discurso henchido de perdón sin límites (“No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” Mt 18, 23). ¿En qué quedamos? ¿Hay que perdonar siempre o el perdón tiene límites?

 

Esa cultura de su pueblo, tan tenida en cuenta por Jesús, consistía en la creencia de un lugar indefinido, llamado sehol, en el que permanecían para siempre los “muertos”, mientras que los cuerpos se corrompían en los sepulcros, y que no era posible una vuelta a la vida del “muerto” si no iba acompañada de la resurrección del cuerpo como prueba. Según esta tesis, cuando Jesús repetía la durísima justicia de la Antigua Alianza, lo hacía hablando de un sehol convertido en infierno permanente y de una salvación convertida en resurrección de los cuerpos. Pudiera ser esta la explicación, pero una insistencia tan reiterada en lo contradictorio no parece justificable.

 

3.      También puedes pensar que esa parte tan justiciera (y tan discordante), dentro de las enseñanzas de Jesús, ha sido añadida al mensaje original desde fuera o, cuando menos, enfatizada y manifiestamente exagerada por las sucesivas manos y voces que han intervenido en los relatos evangélicos, con el fin, nunca justificable, de contribuir a un mayor poder de persuasión entre los fieles. Es una teoría que ha sido ya propuesta entre los exegetas y que aparece, en determinados pasajes, como la más probable.

 

Es preciso tener en cuenta que desde las palabras pronunciadas por el Maestro hasta su vertido en los textos transcurrió un larguísimo recorrido en el tiempo, en las fuentes utilizadas (como el famoso documento “Q”) y en las traducciones. Todo este tortuoso y largo camino, como siempre que algo es demasiado manoseado y alquitarado en el tiempo, tiñe de colores interesados la verdad histórica, aunque eso no desacredite el fondo sustancial del mensaje, que en este caso es de amor y perdón. Lo que sí pone en duda, precisamente, es la veracidad de todo lo que aparezca en manifiesto sentido contrario al de ese fondo sustancial, aquí representado en este tipo de mensajes justicieros.

 

Ante estas tres hipótesis, mi posición es diferente. Considero absurdo suponer que Jesús desconociese la imposibilidad de un infierno eterno, así es que la primera la descarto. Acepto con trabajo la segunda. Me cuesta pensar que repitiese tanto y tan vivamente la condenación sólo por respeto a la tradición de su pueblo, aunque acepto que se sirviese en ocasiones de las profecías de Isaías y de la Escritura en general como exhortación. Sin embargo y en cuanto a la tercera, estoy persuadido de que esas imágenes proféticas del infierno y todas las demás referencias terroríficas que tanto desafinan en el seno de sus enseñanzas, nunca fueron dichas por Jesús tal cual aparecen. He creído y creeré siempre en esta tercera y última hipótesis, la que tiene en cuenta, ante todo, el medio siglo transcurrido desde la muerte de Jesús, la transmisión oral de sus enseñanzas y el deseo de dotarlas de mayor persuasión (especialmente esto último) como la causa que ha llevado a unos y otros a añadir, exagerar y adulterar el fondo heredado de sus palabras. Lo que sí sé es que, por supuesto, en la eternidad de Dios no existe el mal, y menos una mazmorra eterna llamada infierno.

 

La Iglesia de hoy sigue insistiendo en la existencia de la condenación y del infierno eternos, pero ha admitido cambios significativos. Ya no reconoce, por ejemplo, que el infierno sea un “lugar” determinado y menos aún que consista en “fuego”. Estas palabras son textuales en la Escritura y la Iglesia las mantuvo antaño. Sin embargo y aunque dichas por el propio Jesús (según los evangelistas), no ha tenido problemas de conciencia en pasar a considerarlas ahora como un valor puramente simbólico. El infierno ya no es un “lugar” concreto según la Iglesia, ya no consiste en la tortura del “fuego”..... Pero por esa misma razón de que estos caracteres del infierno, a pesar de tan literales en la Escritura, no tienen más valor que el simbólico, ¿por qué no ha de tener el mismo carácter simbólico la pretendida “eternidad” de la condenación?

 

Es más fácil aceptar que el infierno consista en fuego, lo cual ya no predica la Iglesia, que aceptar que sea eterno, lo cual sigue predicando. La eternidad no es un sitio donde está Dios, la eternidad es Dios mismo, y en Dios no puede haber infiernos.

 

El hecho clave

 

He intentado someter a tu consideración lo que entiendo que son graves contradicciones, y también he intentado buscar alguna explicación a ese “cisma interno” de la Escritura. Pero al margen de que haya conseguido dar con la explicación o no, se advierte un hecho que es clave, porque supera la controversia y sitúa el problema en el plano de lo objetivo. Esa clave la encontró un hombre agudo, Von Balthasar, teólogo suizo.

 

Von Balthasar fijó la atención en un hecho tan elocuente como poco considerado por los exegetas, y es éste: las contradicciones no se producen de forma aleatoria y a lo largo de toda la enseñanza pública, sino que hay un momento claro de inflexión en el discurso de Jesús, momento que marca un cambio en el sentido de sus enseñanzas, antes de ese momento orientadas al cumplimiento riguroso de la ley mosaica y la posible condenación eterna, y a partir de ese momento orientadas a la redención de todos los hombres sin excepciones. Ese momento de inflexión es el inmediato anterior a la subida a Jerusalén y a la inmolación en la cruz, es decir, al capítulo definitivo de su vida, la Redención. Hasta ese momento habló principalmente como el predicador del Antiguo Testamento. A partir de ese momento habló como el redentor de la Nueva Alianza. Esta es la clave definitiva en este problema.

 

Este hecho observado por Von Balthasar es la clave que desbarata la interpretación que la Iglesia y la teología oficial han hecho de la suerte del hombre en el más allá, acogiéndose prioritariamente a las palabras del Jesús-predicador y apocalíptico, en vez de priorizar las del Jesús-redentor. El primer Jesús hablaba conforme a la Antigua Alianza de Yahvé con el pueblo judío (suponiendo que aceptáramos tal alianza), que eran su pueblo y su cultura. El segundo hablaba conforme a la Nueva Alianza instaurada por Dios para la humanidad entera, no para un pueblo. ¿Cabe alguna duda sobre cuál de los dos testamentos es el último y definitivo en el tiempo? ¿Y cabe alguna duda sobre cuál de los dos criterios es el válido, si el dirigido al pueblo hebreo o el dirigido a la humanidad entera, a la hora de priorizar dentro de las palabras de Jesús?

 

La contradicción entre el Jesús-rabino y el Jesús-redentor no fue continua, tuvo un momento claro de inflexión, el de la subida a Jerusalén y su inminente inmolación. Ahí, el Jesús del Viejo Testamento judío dio paso al Jesús de la Nueva Salvación Universal.

 

En apoyo de esta tesis del descubrimiento de un hecho primordial suficiente para cambiar la exégesis, tengo que recordarte que ya se produjo un caso similar en cuanto al Génesis. La aceptación de ese texto como verdad sobre el origen y formación del universo sólo pudo tenerse en pie hasta que la ciencia demostró la falacia de tal explicación. ¿Significó esto, sin embargo, que toda la Escritura quedase invalidada y desacreditada? No, claro que no. La desmoralización sólo duró lo que se tardó en descubrir un hecho igual de clave que este de ahora. En aquel caso, el hecho fue el de la existencia de los diferentes géneros literarios. El Génesis no es un libro de cosmología y, por lo mismo, no está obligado a brindarnos una explicación verdadera del orden en que se produjo la evolución del universo. Lo que el Génesis pretende decirnos es que, en definitiva, todo ha sido creado por Dios (incluso la evolución del universo), solamente eso. Pues bien, en este caso de ahora, en vez de distinguir entre géneros literarios, se trata de distinguir entre dos facetas diferentes de Jesús: la del predicador de lo ya establecido en el Viejo Testamento y la del instaurador de la Nueva Alianza.

 

Para fundamentar su tesis, Von Balthasar se apoya singularmente en los versículos 31 y 32 del capítulo 12 de Juan, que literalmente dicen así: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí”. De estas palabras saca la misma conclusión que cualquiera que las lea puede sacar, esto es, que el mundo está gobernado por el mal y que, cuando Jesús sea crucificado, el mal será vencido y todos los hombres serán de Jesús, serán salvados, porque “ser atraídos por Jesús” no puede significar otra cosa que ser salvados.

 

Von Balthasar tiene toda la razón. La posibilidad de una condenación eterna aparece implícitamente negada. Jesús proclama que, mediante el derramamiento de su sangre en la cruz, todos los hombres quedarán redimidos. Está tan claramente dicho que no precisa interpretación especial de ninguna clase, salvo, obviamente, que el gobernador del mundo al que se refiere es el mal y que el “ser levantado de la tierra” es una metáfora de la elevación en la cruz. Este pasaje dice textual e intencionalmente una sola cosa, la única que cabe entender: salvación universal. Pero es que tampoco se limitó a decirlo en esa ocasión, porque un poco después, en la última cena, volvió a afirmar con toda solemnidad lo mismo en el momento de instaurar la Eucaristía: “… sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”(Mt 26, 26-29) (en el texto, en vez de “por todos”, aparece “por muchos”, pero es que este término era utilizado en aquel lenguaje para referirse a todos en general).

 

La Iglesia, sin embargo, incapaz de aceptar la derogación de facto del Antiguo Testamento por Jesús, incapaz de desligarle de una vez por todas de esa historia judía, se obstina en desviar el significado de este pasaje entero hacia un único elemento de los que contiene, concretamente el de la victoria de la cruz sobre el mal que sojuzga a los hombres. Y en consecuencia de esta caprichosa restricción, sostiene que la expresión “atraeré a todos a mí” ha de ser interpretada en el sentido de que, una vez liberados los hombres de ese yugo por la victoria de la cruz, serán libres y capaces de buscar su particular destino, es decir, sitúa la acción en el plano temporal del mundo. La Iglesia comete el error, ya habitual, de dar prioridad a las realidades tangibles del mundo y del tiempo, cuando Jesús no estaba hablando de tal cosa, sino de algo infinitamente más ambicioso y trascendente, hablaba de lo que ocurre en la eternidad, según el siguiente análisis:

 

-       Establece un hecho cierto: es el mal quien gobierna el mundo.

-       Predice un hecho inminente: la crucifixión.

-       Anuncia dos hechos más como resultado de la crucifixión: la expulsión del mal y la atracción de todos los hombres hacia Él…. (¿En el mundo o en la eternidad? Esta es la cuestión clave).

 

El primer punto es una certeza que todos podemos testificar. El segundo se cumplió enseguida. Pero los dos hechos anunciados en el punto tercero, si los situamos en el mundo, ni se produjeron ni se van a producir nunca. El mal ha seguido y sigue campando a sus anchas, y los hombres, lejos de ser “atraídos”, viven cada día más de espaldas a la memoria del Redentor. La sociedad se ha envilecido y se ha secularizado. ¿Significa esto un error manifiesto en las sentencias proféticas del Maestro? No, en absoluto. Significa que habla en otro plano muy diferente, el plano escatológico, significa que el juicio del mundo de que Jesús habla es en la eternidad, significa que es en la eternidad donde el mal no tendrá sitio, y significa que es en la eternidad donde, por su crucifixión, la humanidad entera será reunida por él. Todo ello en la eternidad, no en el mundo. Por eso en el mundo ni se ha cumplido ni se va a cumplir nunca, a pesar del empecinamiento de la Iglesia en considerar el Reino de Dios una realidad ya aquí desde la institución de la Eucaristía.

 

Cuando Jesús así hablaba, no estaba refiriéndose a un hecho enmarcable dentro del tiempo, sino a una verdad trascendente, eterna, porque lo contrario sería injusto. El atraeré a todos a mí no es algo situable en la vida del mundo, no se refiere a la mera posibilidad de orientarse hacia Jesús los hombres de las generaciones posteriores a su crucifixión, por haber vencido al opresor en la cruz, no se refiere a ningún “reino” iniciado en este mundo (verdadera obsesión de la Iglesia), posibilidad que el mismo Jesús denegó con toda rotundidad: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Se refiere al reino de todos las criaturas de todos los tiempos en la eternidad, se refiere a la Creación entera, que es invulnerable.

 

“Atraeré a todos a mí” (Jn. 12,31-32) no anuncia un Reino de Dios en el mundo, a partir de la crucifixión, ni anuncia una opción libre del hombre; anuncia el Reino de la Creación entera en la eternidad.

 

Este Hombre que así hablaba, al acercarse el fin para el que había bajado al mundo, era el Jesús-redentor, dejando su definitivo testamento sobre el alcance de su próxima inmolación en la cruz, a pesar y en contra de todo lo que antes hubiera podido decir como el Jesús-predicador del Antiguo Testamente. Cuando llega al final de su misión en el mundo, la Redención, Jesús proclama que esa será la victoria sobre el mal que reina en el mundo, victoria que elevará a todos los hombres, anteriores y posteriores, al reino del bien en la eternidad. La interpretación reduccionista que la Iglesia ha venido defendiendo es probable que pueda ser refutada por un montón de consideraciones. Voy a exponer una sola:

 

·        Aceptando que, según la exégesis oficial, el único significado de esos versículos sea la victoria sobre el mal en el tiempo del mundo, iniciando así un nuevo reino aquí abajo, aceptando esto (a pesar de que la experiencia que vivimos demuestra que no es cierto en modo alguno), resulta entonces que ese pretendido reino comenzó en el momento de la crucifixión, y siendo así ¿qué sucede con los millones de hombres de los veintiocho mil años de historia humana anterior a la crucifixión? ¿No merecían ser ciudadanos del nuevo reino, instaurado en la tierra con tan exagerado retraso de siglos? Por supuesto que no es así. La inmolación en la cruz sucedió, como hecho físico, en el tiempo del mundo, pero sucedió, como Redención, en la eternidad, y es en la eternidad donde está el único reino existente de Dios, el del bien. El mundo ha sido, es y seguirá siendo el reino del mal hasta su destrucción definitiva. Aquí, ni ha reinado Jesús ni ha pretendido reinar nunca (“Mi reino no es de este mundo” Jn 18, 36 ).

 

Pero el pasaje de las palabras concretas de Jesús analizado por Von Balthasar tampoco es el más significativo en defensa de esta tesis suya; es, simplemente, el pasaje iniciador de la nueva enseñanza, el punto de inflexión en el discurso, el punto en el que el Jesús de Galilea deja paso al Cristo universal. En el corto espacio de tiempo entre la subida a Jerusalén y el Gólgota, todas la palabras del nuevo sermón de Cristo van a confluir en un nuevo anuncio, el de la universalidad de su misión de salvación. Ahí están sus palabras en el cenáculo, o en la cruz, en las que proclama de forma inequívoca la salvación de todos los hombres sin excepción, y que dejo ahora para abordarlas en el capítulo siguiente a éste, el VI. El atraeré a todos a mí no se trata de una mera atracción mundana a la que el hombre pueda oponer su voluntad y rechazarla, se trata de la atracción irrenunciable del Creador sobre sus criaturas.

 

Lo que dice el pensamiento

 

Si eres creyente, pero de los creyentes por herencia y sin libertad ninguna, imagino la pregunta que me harías si estuviera frente a ti: ¿Qué importa lo que diga el pensamiento si existe el Evangelio, que es la voz de Jesús? Así expuesto, a brochazos gruesos, tienes toda la razón y estoy de acuerdo contigo. El pensamiento es una pobre herramienta que jamás podrá alcanzar por sí sola la inaccesible profundidad de la verdad. Por encima está la revelación. Estoy de acuerdo. Pero reconoce que es la única herramienta de que disponemos, por lo cual tampoco se puede pretender alcanzar la verdad prescindiendo de ella totalmente, porque, incluso para asimilar lo que en el Evangelio se dice, tendrás que valerte del pensamiento ¿no? Todo lo que entre en tu conciencia tendrá que hacerlo a través del pensamiento, incluida la palabra de Jesús. El pensamiento es una pobre herramienta, pero imprescindible, así es que te propongo que la usemos los dos juntos en estos razonamientos que siguen sobre la imposibilidad de que exista esa terrible losa de una condenación para siempre. En esto, la línea del pensamiento es verdaderamente abrumadora.

 

1.      En la eternidad no existe el mal.

 

Con estas siete palabras se dinamita toda posibilidad de una condenación y un infierno eternos. Este argumento, tan simple y tan elemental, lo expongo el primero y ante todos los demás porque constituye el argumento más determinante. Aceptar que el mal puede prevalecer eternamente es irracional, es imposible por definición y es un atentado contra la esencia de Dios, que es la eternidad en sí mismo. Una condenación para siempre, con su correspondiente infierno, constituye la quintaesencia del mal, la sede misma del mal, allí donde todo el mal se reúne en medio de la desesperación y el horror, entonando un inacabable miserere entre tinieblas, bajo la siniestra batuta de Satanás. No sé si he cargado las tintas lo suficiente. Supongo que no, porque el rostro del mal es difícil de ser imaginado en toda su fealdad.

 

Esta terrorífica realidad del infierno debe ser aceptada como precio del pecado, puesto que la dimensión del pecado también es terrorífica, pero lo que no puede ser aceptado, en modo alguno, es que la duración de ese desastre sea sin límites, sea eterna. Hablar de eternidad es, simple y llanamente, hablar del mismísimo Dios. Él es la eternidad, Él es la infinitud. Lo infinito no es un espacio tan grande que nunca se acaba, ni lo eterno es un tiempo tan largo que nunca se acaba, ni Dios es una persona que está instalada en ese espacio infinito y eterno. El espacio y el tiempo son cosa del universo nada más. Ni Dios es una persona en el sentido físico, ni está en ningún lugar físico concreto. Dios es, en sí mismo, la infinitud eternidad.

 

Aceptar, por tanto, que la condenación y su infierno son eternos es lo mismo que aceptar que en Dios también cohabita el mal para siempre. En la eternidad, que es el reino de Dios, que es Dios mismo, es imposible que perdure el mal, no hay sitio para el mal. Las pretendidas afirmaciones de Jesús sobre la condenación y el infierno eterno no las hemos oído de su boca, nos han sido transmitidas a través de textos y traducciones, a lo largo de los primeros setenta años de nuestra era. ¿Fueron realmente dichas así? Metafísicamente es imposible que dentro de la eternidad, es decir, dentro de Dios, cohabite el mal en su forma más escalofriante, el infierno. Lo único que cohabita es su obra, la Creación.

 

Defender la cohabitación del infierno en la eternidad es tan imposible como defender la cohabitación del infierno en Dios, porque Dios es la eternidad en sí mismo.

 

2.     El don no solicitado.

 

Sabes que el fundamento sobre el que se asienta esta posibilidad de salvación o condenación eterna es la tan manoseada libertad del hombre. Según la doctrina, será juzgado y el veredicto realmente se lo habrá impuesto él mismo, ya antes de la muerte, con sus actos, según el uso que haya hecho de su libertad para delinquir o no y arrepentirse o no. Pues bien, este fundamento es una clarísima sobreponderación de la pobre y vulnerable criatura llamada humana, porque para ser responsable hasta ese punto extremo de jugarse la eternidad necesitaría, primero, ser una criatura verdaderamente sabia y verdaderamente libre, esto es, conocer la verdad y actuar sin determinismos, y ni se cumple lo uno ni se cumple lo otro.

 

Que no conoce la verdad sería necio ponerlo en duda. Ante un mismo hecho, hay tantos cientos de miles de millones de opiniones contrarias como hombres pasan por el planeta. Todo en el hombre es subjetivismo. ¿Dónde está la verdad? ¿Cómo puede ser juzgado quién no es enteramente consciente de lo que tiene ante sí? Y en cuanto a la libertad, el hecho de ser capaz de elegir, dentro de esa nebulosa que le ofrece el pensamiento, es de escaso valor cuando su voluntad está condicionada por un sinfín de predeterminismos, desde los puramente psíquicos hasta los educacionales, culturales, etc, etc. Hacer pender un efecto tan trascendental, la salvación-condenación eterna nada menos, de unas facultades personales tan precarias, ni es justo ni puede ser asumido por la razón.

 

Es cierto que, puesto Dios a juzgar, como ve lo que el propio interesado no ve, hasta los pliegues más íntimos del alma que le condicionan, en su juicio no faltará la ponderación de esas profundas limitaciones del juzgado. El juez infinito no puede equivocarse. Este es el argumento de los que rechazan que la torpeza de la criatura sea suficiente motivo para eximirla de responsabilidad, y es un argumento correcto. Démoslo por bueno. Pero es que hay otra razón irrefutable, palmaria, que demuele la posibilidad de que la criatura sea juzgada tan duramente como para jugarse la eternidad, y consiste en que se la juzgue en virtud de un don que no ha solicitado, que le ha sido impuesto, la libertad. Por eso acabo de titular este apartado como “El don no solicitado”.

 

El hombre no se ha hecho a sí mismo, y resulta obvio que, de haber podido hacerse a sí mismo, habría elegido no poseer ese don tan nefasto como estúpidamente alabado por la sociedad, la libertad, que puede servirle para hacer el mal y condenarse. La suya es una naturaleza enteramente recibida. Reconocer, por consiguiente, que el Creador ha hecho al hombre libre porque así lo ha querido, y luego añadir que si se condena el hombre, en uso de esa libertad que le ha sido impuesta, la culpa es exclusivamente del hombre y no del Creador que así le ha diseñado, no puede ser cierto en modo alguno. No puede defenderse, como así lo hace la doctrina oficial, que el Creador “respeta” la libertad del hombre, porque respetar el resultado final y lamentable de un ser que él mismo ha creado cómo ha querido crearlo, constituye un sarcasmo.

 

El fin al que quiero llegar no es, obviamente, el que algún despistado estará suponiendo, contra toda lógica, al leer lo anterior: que Dios es arbitrario y se divierte creando seres limitados, a los que luego pide cuentas por sus limitaciones. Este no es mi corolario, sino el de la doctrina oficial, que predica la posibilidad de condenación eterna para la criatura, a pesar de sus limitaciones. Mi corolario es justamente el contrario, el esperanzador, el lleno de fe en la justicia y la bondad del Creador, éste: precisamente porque hizo a la criatura limitada, porque no la hizo ni sabia ni enteramente libre, el Creador la juzga de forma proporcionada, no eterna, la ama cómo es, cómo la hizo, y la salva para siempre.

 

Inhabilitar en cierta medida la libertad, como acabo de hacer aquí por considerarla relativa y precaria, conduce a habilitar, en la misma medida, la predestinación, lo cual ya sé que es motivo de escándalo. Los defensores de la supuesta autonomía responsable del hombre se llevarán las manos a la cabeza, indignados, al leer estos renglones. Pero claro, se indignan porque tienen metido en su cabecita el concepto predestinación como algo asociado tanto a salvación como a condenación, lo cual nos conduce al Dios arbitrario que salva a unos y condena a otros de forma caprichosa. Es que no se trata de esto, se trata de que yo afirmo, con toda solemnidad, que Dios, efectivamente, ha predestinado a todas sus criaturas, pero las ha predestinado no para salvarlas o condenarlas caprichosamente, sino única y exclusivamente para salvarlas a todas. Si la predestinación de que yo hablo, instituida por el Creador para el hombre, es siempre de salvación, porque le hizo y le ama cual le hizo, ¿cuál es el escándalo? Estar predestinado a salvarse es la mayor de las bendiciones, no un escándalo.

 

La criatura no puede ser condenada eternamente por el mal uso de un “don” que nunca solicitó, que le fue impuesto. Si la libertad puede servir para condenarse, la criatura habría elegido no ser libre.

 

3.     La gratuidad condicionada

 

¿Qué entiendes por gratuito? Supongo que como yo y como todos, un bien que se dona sin contraprestación ninguna. Y por contraprestación, ¿qué entiendes? Esta respuesta va incluida en la anterior: lo que se satisface a cambio del bien recibido cuando el bien no ha sido donado gratuitamente. ¿Y si la donación se supedita al cumplimiento de una condición determinada? Es evidente que dicho “cumplimiento de condición” constituye una contraprestación exigida a cambio del bien, por lo cual éste deja de ser gratuito. Gratuito, por tanto, es aquello que se regala sin exigir absolutamente nada a cambio.

 

La teología debería aplicar este mismo razonamiento al don incuestionablemente gratuito de la salvación. La criatura es radicalmente incapaz de autosalvarse, es más, nace ya condenada según la doctrina del pecado original, y únicamente puede ser su Creador el que lave la mancha con la gracia de la Redención. Gracia conlleva gratuidad. Dicho de otra forma, la criatura no puede ofrecer nada a cambio de ser salvada, no puede pagar con contraprestación ninguna. El pecado, la vulneración de la ley divina, tiene una dimensión trascendente que la criatura, que es pura finitud, resulta incapaz de restablecer. No tiene otra alternativa que esperar de la clemencia de su Creador que la rehabilite, que le done la salvación enteramente gratis, sin mérito ni precio ninguno.

 

Sin embargo, los teólogos, los Santos Padres, la Iglesia toda y su doctrina, ateniéndose a lo que literalmente aparece en algunos versículos de los textos evangélicos, versículos que hieren la vista leerlos, mantiene que, efectivamente, la salvación es recibida gratuitamente de la mano de Dios (no pueden decir otra cosa)….. pero con una salvedad que todo lo cambia: sólo la alcanza aquél que reconoce su pecado y ofrece su arrepentimiento. Aquí tienes la contraprestación, es obvio. Ya no se trata de recibir, se trata de alcanzar. Es como si el Creador hubiera cambiado de pronto su mensaje de amor sin límites por este otro: “No te regalo el perdón siempre, aunque te exijo que tú sí que lo hagas con tu hermano, te lo regalo sólo si cumples una condición inexcusable, la del arrepentimiento”.

 

Una salvación así sigue siendo gratuita sólo en parte, en cuanto a que es recibida graciosamente de la mano de Dios, puesto que el hombre no tiene capacidad de alcanzarla por sí mismo; pero deja de ser gratuita en cuanto a que no se la regala a todos, sino solamente a los que pagan un precio determinado, el del arrepentimiento. Evidentemente, éstas no son palabras del Jesús-redentor, el de la institución de la Eucaristía y el de la inmolación en la cruz, son palabras del Jesús-bíblico predicando a judíos, no son las de la Nueva Alianza, las del perdón universal, son las implacables del Antiguo Testamento. A mi Jesús me lo han cambiado de pronto, no lo reconozco, y no pueden haber sido otros que los evangelistas. No sé si cambiaron el sentido de sus palabras, no sé si enfatizaron lo dicho hasta desfigurarlo, no sé si lo añadieron por su cuenta para que se ajustase a la Escritura; pero me lo han cambiado.

 

No pueden ser defendidas, al mismo tiempo, la gratuidad de la salvación regalada por Dios y la autocondenación del hombre en uso de su libertad, porque son cosas que resultan contradictorias. El hombre está radicalmente incapacitado para interferir en la gracia recibida, y si fuera capaz, ya no sería gracia, sería merecimiento. Si la salvación se recibe del único que puede donarla a la criatura, su Creador, se recibe y nada más. Lo que se recibe de él no se gana, ni se merece, y tanto es así que ni siquiera cabe la posibilidad de rechazarlo, hasta ahí llega la gratuidad de lo que Dios manda. Convendría que la Iglesia se pusiera a releer otra vez las experiencias de su mística de Ávila, a quien un desafortunado confesor aconsejó que rechazase los arrobamientos, y la pobre monja se desesperaba, tanto en empeñarse en rechazarlos, sin éxito, como en explicarle al torpe confesor que le resultaba imposible rechazarlos.

 

La criatura está incapacitada para rechazar ni interferir en los dones gratuitos de su Creador, y menos en el don supremo, la salvación. Nada puede hacer para evitarla.

 

4.     La ley ajena.

 

El espíritu de la ley no puede ser traicionado por el propio legislador, no es justo que imponga a los demás lo que no quiere para sí mismo. Aquí el Legislador es el que ha hecho la Creación y la ha sometido a una única ley, la del bien. Luego vino Jesús a recordar al hombre que bien y amor son la misma cosa, que la antigua ley del talión, la de la justicia, no es ley de Dios, no es la ley del bien, que la ley que el Padre quiere para el hombre es la del amor sin límite. Y cuando le preguntaron cuántas veces se ha de perdonar contestó: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 23), que es una forma gentil de decir que se ha de perdonar sin condiciones, sin descanso, siempre. La misericordia por encima de la justicia. Esto es lo que prescribe Dios para el hombre, la piedad sin límites..... pero resulta que no lo prescribe para sí mismo (según la doctrina oficial). Aceptar como cierta esta inmisericorde posibilidad de que condene a su criatura al fuego eterno, supone admitir que Dios no cumple aquello que exige cumplir a sus criaturas, el perdón sin condiciones y siempre.

 

La justicia de un infierno para siempre, la justicia que deniega el perdón a la criatura que no se arrepiente, estará repetida todas las veces que se quiera en la Escritura, pero, por muy repetida que esté, no dejará de ser una justicia escandalosa, la justicia de un legislador que se exime a sí mismo del mandato que impone a sus criaturas. El ajusticiado, a pesar de imperfecto y mísero, ha de comportarse heroicamente perdonando a sus hermanos siempre, aunque no le pidan perdón y sigan ofendiéndole. Y sin embargo, el Creador perfectísimo no, el Padre celestial de la criatura puede ser que deniegue el perdón con un infierno que jamás acaba, justamente porque su criatura no se arrepiente de lo hecho y no pide perdón….. todo esto según la doctrina oficial, claro. Juzga tú mismo si puede ser cierto.

 

La Justicia ajena lo he titulado porque el mandato del perdón sin límites solamente rige para los ajusticiados, pero no para el legislador, según la literalidad de las palabras presuntamente dichas por el Jesús-predicador. Qué dijo realmente, o qué quiso decir, si es que lo dijo, es algo que, sin lugar a dudas, no nos ha sido transmitido verazmente. En el punto inmediatamente siguiente a éste cito una de las expresiones más hermosas de Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), pero dicho precisamente en referencia a sus verdugos, unos verdugos que jamás se arrepintieron. Adelanto aquí esas palabras porque constituyen la prueba irrefutable de que la disyuntiva “arrepentimiento o condenación eterna” no es cierta, comenzó por no cumplirse en los propios verdugos de la cruz. El perdón del Creador es gratuito y universal, como expondré enseguida.

 

El Dios que exige a la criatura que perdone siempre y sin condiciones, no puede convertirse en trasgresor de su propia ley al juzgar.

 

5.     La justicia incongruente.

 

Este aspecto de la incongruencia de una justicia estricta, insertada en medio de una predicación que abunda en lo contrario, en el amor y el perdón, ya lo he desarrollado en páginas anteriores. Ya te he recordado que, hasta ese momento trascendental de encaminarse a Jerusalén para culminar su misión en el mundo con la cruz, las palabras del Jesús-predicador han repetido (según las transcripciones evangélicas) el antiguo mensaje del Yahvé implacable, que administrará justicia conforme a los actos de cada uno. Y también te he recordado que estas palabras, tan intransigentes y justicieras, constituyen una auténtica excepción en el conjunto de sus enseñanzas, en las que Jesús se muestra cómo realmente es, como el Dios de la misericordia sin límites, el Dios que ama al hombre y ha venido al mundo a salvarlo, sólo a eso.

 

Este hecho es doblemente excepcional si tienes en cuenta que, durante ese mismo tiempo prepascual de sus predicaciones, Jesús ya había dado la vuelta a la ley enteramente, no había dejado un solo precepto en pie, había dado la vuelta a todo.... menos precisamente a esto, seguía repitiendo las inclemencias del Antiguo Testamento en cuanto a la posible condenación para siempre. ¿Por qué? ¿Por qué dentro de un mensaje de amor, perdón y esperanza, con el que había derogado de facto la Antigua Alianza, seguía manteniendo la impiedad de un juicio en el que el hombre puede acabar con sus huesos en condenación eterna? El Evangelio encierra una incoherencia interna que no puede ser eliminada si no se desconfía de la literalidad que contiene sobre la condenación.

 

Al tratar el tema de la salvación, un poco más adelante, volveré a hablar sobre este problema de la justicia y la misericordia. De momento, valga una verdad axiomática: quien es estricto aplicando justicia, no ejerce misericordia ninguna, puesto que se limita a dar lo debido y nada más; y quien ejerce la misericordia, incumple la justicia, porque dar más de lo debido es una forma de injusticia por exceso (lo cual no empece que esta forma de injusticia por exceso constituya una maravillosa virtud). Por tanto, las referencias a una justicia estricta, dentro de una ley de misericordia, constituye una incongruencia que ha de tener una explicación causal ajena a la propia ley. Algo no ha sido fidedignamente transmitido.

 

La justicia implacable de una condenación eterna constituye la filtración más repudiable de la Vieja Alianza en el Nuevo Orden.... o mejor, en el “testimonio” que los evangelistas nos han dejado del Nuevo Orden.

 

6.     La justicia injusta.

 

Hasta en la pobre justicia humana es condición indispensable que el procesado tenga conocimiento cabal de sus actos y libertad al ejecutarlos. De forma casi invariable, los abogados basan las defensas de los reos en la imposibilidad del conocimiento de la ley, la incapacidad mental, la ceguera de las pasiones, los estados transitorios de pérdida de lucidez, el consumo de drogas, etc, etc; en definitiva, la irresponsabilidad del reo por falta de conciencia exacta del alcance de sus actos o falta de libertad al ejecutarlos, de forma que es habitual que los procedimientos judiciales comiencen por una valoración pericial del estado mental del reo, o de otras causas que pudieran perturbar su claridad de conciencia. Si esto aplican los humanos en sus leyes y en sus juicios, ¿cómo cabe que el Padre eterno no tenga en cuenta la incapacidad congénita de todo hombre para estar seguro de la verdad? Hasta el más cuerdo de los humanos duda y se equivoca, y hasta el más íntegro flaquea.

 

Ante las monstruosidades de los demás, hay una estúpida inclinación social a pensar que se debe a que el autor es diferente, es de otra estirpe, es un engendro de Satanás, es realmente un monstruo genético. Luego todos se sorprenden cuando alguien que conoce al reo testifica que se trata de una persona normalísima. Incomprensible. Resulta que el terrorista duerme tranquilo esa misma noche, pensando que ha cumplido su deber al servicio de un ideal político que, según él, está por encima de la vida humana. La abortista piensa que tiene derecho a hacer lo que hace, porque la vida del “feto” es una propiedad suya y a nadie ha de dar cuentas. Resulta que no son monstruos, no son de otra casta, simplemente son necios que encuentran argumentos para desviar su conciencia.

 

Tú, que ves a los dos, terrorista y abortista, desde fuera, te das cuenta de que necesariamente tiene que haber una ofuscación insuperable en sus mentes para confundir de ese modo la verdad, aunque ningún psiquiatra lo certifique. Un tribunal humano los condenará o no, depende de lo que tengan establecido las leyes. Pero Dios no necesita leyes, Dios ve lo que hay en el fondo de sus conciencias, las ve envueltas en la oscuridad, en la necedad, en la incapacidad para descubrir la verdad clamorosa que tienen delante de los ojos. Sólo cuando el hombre, con la muerte, se libera de su naturaleza temporal y limitada, sólo entonces contempla, de pronto, la inmensa fealdad del mal y sufre en proporción a lo que hizo. Ese será su terrible infierno antes de recibir el perdón para siempre. Mientras tanto:

-       ¿Es el hombre enteramente libre frente a sus actos? Para eso tendría que haber nacido desprovisto de pasiones, haber crecido incontaminado, haber permanecido ajeno a toda cultura, solamente así se le podría colocar ante el bien y el mal con garantías. Si no es así, esa libertad suya tan precaria, tan predeterminada, ¿es merecedora de castigo nada menos que eterno?

 

-       ¿Es el hombre verdaderamente sabio? El hombre conoce el bien y el mal y, obviamente, anhela el bien y detesta el mal, nadie hay que busque al contrario; pero ¿acierta a identificar lo que ve como bueno con el bien objetivo y lo que le parece malo con el mal objetivo, o solamente cree haber acertado? La contestación a esta pregunta se resuelve con otra pregunta que no deja lugar a dudas: ¿Están todos los hombres de acuerdo en lo que es bueno y lo que es malo? No, de ninguna manera. Ni siquiera ante el derecho a la vida y la prohibición de matar se ponen de acuerdo (véase aborto, véase pena de muerte). Entonces, una razón humana tan confusa, tan ofuscada, ¿es merecedora de castigo nada menos que eterno?

 

Pobre en sabiduría y predeterminado en voluntad. Así es el hombre. Si su responsabilidad es tan limitada, ¿cómo puede ser castigado por toda una eternidad?

 

7.     El Dios “abuelo”.

 

Algunos teólogos despistados defiende una tesis verdaderamente pintoresca que reza así: “Defender el Dios-abuelo que todo lo perdona es desconocer la terrible hondura del pecado”. En esto se basan para justificar la eternidad de la condenación y del infierno.

 

Que la Iglesia invoque la eternidad del castigo, tal y como aparece literalmente en el texto evangélico, a pesar de la profunda incoherencia con el resto del contenido del mismo texto, es disculpable quizás; pero que además intente fundamentarlo en buena lógica con teorías como la anterior del Dios “abuelo”, resulta ridículo. A continuación someto a tu criterio lo que cabría calificar de despiste en el razonar de un hombre cualquiera, pero que, escrito en un docto libro de escatología, resulta un error inadmisible y da una cabal idea de la clase de pensadores que hay en la casta oficial. En el libro Escatología del doctor en teología José Antonio Sayés, he leído (aunque no recuerdo si de la cosecha del propio Sayés o como cita que se hace en su libro de otros teólogos) justo lo que acabo de exponer en el párrafo anterior, el rechazo a la peregrina tesis del Dios-abuelo para justificar la condenación eterna.

 

Lo primero es puntualizar que esto de “desconocer la terrible hondura del pecado”, que dice el señor Sayés, es común a todos los hombres, no es que algunos la conozcan y otros no, no existen listos (tampoco usted, señor Sayés) que conozcan esa terrible hondura. Una vez aclarado esto, es decir, que tú que me lees, yo y todos los hombres no tenemos conciencia exacta de la terrible hondura del pecado, tengo que comentar que el juicio que expone este desafortunado teólogo constituye un manifiesto desenfoque de la relación causa-efecto, lo cual sería admisible en un ciudadano de profesión músico, por ejemplo, pero no en un doctor en teología. El resultado correcto de esa deducción es justamente el contrario del que pretende el señor Sayés, y es este:

 

§          Precisamente porque el hombre desconoce la terrible hondura del pecado, precisamente por eso, por su falta de conciencia clara de la iniquidad de lo que hace, es merecedor de piedad y no de castigo, señor Sayés, precisamente por eso. El fundamento es justamente al revés de cómo usted lo aplica. Si hasta los hombres perdonan a quien no sabe realmente lo que hace, menos lo va a condenar Dios. El hombre ni es sabio ni libérrimo ni malísimo cuando peca, cualquiera de las razones que podrían merecerle el patíbulo. El hombre es, simplemente, necio.

 

Las últimas palabras de Cristo en la cruz desvelan, de una vez por todas, la solemne torpeza y estupidez del hombre, no la maldad, sino la solemne torpeza y estupidez, porque incluso haciendo el mal no se entera de que está haciendo el mal.“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Le habían flagelado, coronado de espinas, abofeteado, escupido, se habían ensañado con él y habían acabado colgándole en una cruz.... y sin embargo, Cristo seguía viendo al hombre tal cual realmente es: pequeño, necio, torpe, digno de piedad, no de justicia.

 

El hombre no es sabio ni enteramente libre ni enteramente malo cuando peca, el hombre es, por encima de todo eso, necio. Así es como vio Jesús a sus verdugos en la cruz.

 

8.     El hijo pródigo del hombre.

 

Si hay alguna parábola en boca de Jesús que da la medida exacta del amor humano, esa es la del Hijo pródigo. El protagonista en ella no es el “hijo pródigo”, a pesar de que así se titula, porque la historia del hijo es del todo vulgar. El verdadero protagonista es el amante padre que da la “medida exacta del amor humano”, es decir, la medida que está por encima de toda medida, la de un padre. Ese es el paradigma de amor humano que Jesús invoca, el del amor responsable e infinito del hombre hacia su descendencia. Sin duda que ese padre de la parábola, cuando vio que el hijo volvía, se quedó con ganas de juzgar y castigar con el destierro de la casa paterna para siempre a un hijo así; pero le venció su inmenso amor y sólo acertó a enloquecer de alegría por la vuelta del hijo que consideraba perdido. ¿Y el Padre eterno ha de ser menos que el padre carnal en eso? ¿El Padre eterno es capaz de desterrar al hijo no arrepentido?

 

El teólogo de turno que pudiera leer esto se frotaría las manos pensando que me ha pillado, que he ido a poner un ejemplo de la Escritura cuya moraleja es, a su juicio, la contraria de la que pretendo. Según él, en la base del perdón del padre de la parábola hay que situar la vuelta del hijo, porque eso supone, según él, cumplir el requisito previo e inexcusable de arrepentimiento por parte del hijo pecador. Pero no es así. Ese hijo no volvió de forma espontánea y libre, no volvió cuando todo le iba bien, no volvió antes de fracasar, volvió cuando la miseria le obligó a volver; no volvió por arrepentimiento sincero, volvió como único recurso para subsistir, como así se refleja en el texto con todo detalle. Y sin embargo, el padre todo lo pasó por alto con tal de recuperarle. Esto hace un padre del mundo. ¿Y el Padre eterno ha de ser menos que el padre del mundo en eso? ¿El Padre eterno no perdona al hijo no arrepentido?

 

Aceptar que la misericordia divina tiene un límite, el de la falta de arrepentimiento del pecador, es rebajar el amor del Padre eterno por debajo del amor del padre carnal.

 

9.     La salvación incompleta.

 

A alguien, quizás, un día se le ocurrió algo que es obvio, tan obvio, tan obvio que seguro que no se le ocurrió a alguien concreto, sino a media humanidad a la vez. Se trata de que cualquiera, además de amar a Dios por encima de todo (si es creyente, claro), está en el mundo y también ama al prójimo (“cómo a ti mismo”, dice el mandamiento). Acabo de poner el ejemplo del amor del padre en el punto anterior. Ahora figúrate que ese padre, que por amor lo perdonó todo en su hijo, al llegar a la gloria de Dios se encontrase con que allí no está su hijo amadísimo, el que retornó después de estar perdido, debido a que, lejos de rectificar, el hijo siguió pecando y jamás se arrepintió. ¡De qué le había servido todo su amor paternal y su perdón sin condiciones, si al final resulta que el Padre eterno no había tenido la misma clemencia que él y había desterrado de la casa celestial al hijo!

 

La doctrina oficial, maestra en tejer razonamientos inútiles en defensa de sus “verdades dogmáticas”, también tiene una respuesta para este problema tan angustioso, el problema de quien se salva y se encuentra con que allí no están aquellos a los que tanto amó en la tierra, porque murieron en pecado. Los doctos de la Iglesia dicen que ese angustioso problema no existe en modo alguno por una razón muy simple, porque, según ellos, la visión de Dios colmará de tal felicidad al hombre que borrará todo motivo de tristeza. Según esta inhumana tesis, el amor inmenso de un padre por su hijo en la tierra ni es realmente nada ni sirve de nada, porque todo será “barrido” por la presencia de Dios.

 

En algún lugar de este libro he dejado escrito que todo lo que es espiritual es lo que constituye la única y verdadera Creación de Dios y que, como tal, jamás desaparece y estará contigo en la eternidad. Contigo también estarán tus amores del mundo, por tanto, si fueron amores verdaderos. Y daba entre otros un fundamento irrebatible: si lo espiritual no ocupa espacio, tampoco ocupa tiempo, porque el espacio y el tiempo no son realidades independientes, constituyen una única realidad espacio-temporal, consecuencia de la expansión universal. Lo espiritual es tan ajeno al espacio (lo cual nadie discute, obviamente) como lo es al tiempo, no muere, no se descompone, pervive eternamente. En la eternidad de la Creación, por tanto, volverás a encontrarte con todo lo que aquí has amado limpiamente, con todos los seres vivos a los que has amado, porque amor y bien son la misma cosa, son espíritu, son vida, son la obra del Creador. Lo único que no volverás a encontrar, al doblar la puerta liberadora de la muerte, será la maldad del mundo, porque eso no es obra de Dios, no es obra de nadie, solamente lo has soñado.

 

Esa felicidad absoluta en presencia de Dios que la Iglesia defiende es, por supuesto, cierta, pero resulta patente que la Iglesia que así habla no ha llegado a comprender en qué consiste. Esa felicidad absoluta, la que no echa nada en falta, la que no conoce la tristeza, se fundamenta, como es obvio, en el bien absoluto. Sólo en presencia del Bien Absoluto (Dios) la criatura se siente absolutamente feliz. Hasta ahí, el razonamiento de la Iglesia es correcto. Lo que no es correcto es olvidar que toda forma de bien, por pequeño que sea, es manifestación del Bien Absoluto. Cuando tú has amado a cualquier criatura viva de la naturaleza, a cualquiera, por humilde e insignificante que sea, en tu amor se ha manifestado el amor absoluto de Dios por su Creación, con lo cual esa forma humilde tuya de hacer el bien ha quedado incorporada al Bien Absoluto.

 

El error, por tanto, consiste en pensar que todo bien anterior (el amor en el mundo, por ejemplo), al llegar a la presencia de Dios será “barrido”, será eclipsado por el Bien Absoluto, como si tu amor y el de Dios fueran cosas diferentes y ajenas la una a la otra, de manera que la grande, la de Dios, eclipsara a la inferior, la tuya. No es así. Tu amor por alguien, cuando es amor sincero, forma parte del amor de quien a ti te hizo capaz de amar y pervive con Él en la eternidad, porque si amas, amas inspirado por Él. Una eternidad sin el amor de los tuyos sería una felicidad incompleta, porque el bien, a pesar del mal (el mal de la ausencia de quien amaste), ya no sería “bien absoluto”.

 

Si los hombres pudieran condenarse, su condena también la pagarían los justos que en el mundo los amaron y en la eternidad los perdieron. Todo amor viene de Dios y ningún amor se pierde. Todo amor perdura en la eternidad.

 

10. La condena por un sueño.

 

En el argumento capital, el del punto 1, te he contado que la condena a un infierno eterno no es posible por algo muy elemental: en la eternidad (la eternidad no es un “sitio” donde está Dios, la eternidad es, sencillamente, Dios mismo) no existe el mal, porque en Dios no puede cohabitar el mal. Y si allí no existe ninguna clase de mal menos puede existir el infierno, que es la quintaesencia del mal. Pero esto no debe conducirte a confusión. Aunque el Padre celestial ama, comprende y perdona a su criatura, es obvio que la justicia ha de restablecer el orden eterno, el bien, de manera que la criatura no puede retornar a su Creador si no se purifica primero de sus pecados. En eso consiste el llamado infierno, en una purificación dolorosa en la que el hombre se enfrenta al mal cometido, pero un infierno que ni es eterno ni su fin es castigar, sino purificar, restablecer el bien, en el mismo sentido en el que la Iglesia concibe el purgatorio.

 

Efectivamente. Según el punto 1, en la eternidad no existe el mal, no existe ningún infierno. El mal sólo es cosa del mundo, el mal cohabita en la materia, es inseparable de la materia, como ya he contado en páginas anteriores. Pero si ahora vuelves al capítulo primero, La verdad básica, y recuerdas que la materia realmente es un espejismo de los sentidos, que la realidad que percibes es únicamente un mundo formal hecho a la medida de los sentidos, que, en consecuencia, este mundo fastuoso que observas es una pura quimera en la que tu alma (o sea, tú) sueña estar viviendo, después de recordar todo esto, resulta que el mal, como ya entonces dije, al ser cosa del mundo y de la materia, tampoco se comete de facto, se comete sólo en la conciencia del que sueña que peca.

 

Con esta verdad, todos los enigmas que la existencia del mal ha venido planteando en el pensamiento del hombre, a lo largo de la historia, quedan resueltos de una sola vez. Lo mismo que el mundo físico es realidad solamente en nuestra percepción, también el mal que engendra ese mundo es realidad solamente en nuestra conciencia, mientras creemos estar en el mundo. No existe objetivamente como no existe objetivamente el mundo, y desaparecerá para siempre con la desaparición del mundo. No existe más realidad que la infinitud de Dios y su Creación eterna, de la cual formamos parte. Adiós a la herejía de Manes y a los desvelos de San Agustín. Adiós a la angustia del hombre terrenal. Únicamente existe el bien y no otra cosa.

 

Pero a los efectos del pecado, como el hombre protagoniza en su conciencia esa vida soñada, si en su conciencia peca, el mal es enteramente real en su conciencia. Poco importa, a los efectos del pecado, que esa conciencia suya crea estar viviendo lo que es nada más un sueño, como sueño es la tierra que cree estar pisando. El pecado es pecado como la tierra es tierra…. mientras no despierte. Aquí es donde conoce el mal y del mal habrá de purificarse al despertar de la pesadilla, antes de volver a la casa del Padre. Pero volverá. Condenar para siempre por un mal sueño de libertad no lo hizo siquiera el padre de la parábola con su hijo pródigo, que también se marchó de la casa paterna pensando que era libre.

 

Lo que nunca hará el Padre será proscribir a su criatura para siempre porque optó por el mal mientras soñaba ser libre.

 

Dios no juzga. Dios no condena.

 

En el mundo se juzga, pero a menudo el reo ni reconoce su culpa ni se arrepiente, siempre está dispuesto a encontrar algún tipo de justificación a sus actos. La razón es maestra en hallar montones de argumentos para justificarlo todo, incluidos los más monstruosos de los crímenes, los de seres inocentes. Si se le pregunta a una mujer que aborta voluntariamente o a un terrorista, nos darán multitud de razones para justificar su proceder. Sólo cuando el hombre ve el mal tal cual realmente es, sólo cuando la verdad le ilumina la conciencia se queda mudo ante la iniquidad de sus actos. Esto exactamente es lo que sucede en lo que histórica y universalmente viene llamándose “Juicio de Dios”. No hay tal juicio, hay iluminación en la mente de quien antes era pecador. El Dios omnipotente no necesita juzgar. Juzgar es cosa exclusiva de los hombres, por su limitación.

 

La violación de la ley no se ha producido de forma objetiva, puesto que no ha sido en la eternidad de la Creación, que es la única realidad existente y es, además, inviolable. Los hechos a juzgar han ocurrido en un escenario ficticio, el mundo físico en el que creemos estar. Objetivamente, por tanto, no ha ocurrido nada, la Creación sigue intacta. La infracción se ha cometido sólo en el ámbito subjetivo de la conciencia, el escenario personal donde se desarrolla la vida de cada uno. El hombre no es responsable de vivir esa ficción, pero sí es responsable de los actos, en alguna medida “libres”, que decide mientras cree vivirla, y esa deslealtad pide a gritos ser reparada, por supuesto.

 

Sin embargo Dios no juzga, ni mucho menos aún castiga, no es necesario, porque todo en Dios es perfección. La ley que gobierna la Creación no es una ley cualquiera, es ley de Dios, de forma que su violación lleva inherente, inseparable, la pena que corresponde sin necesidad de la intervención del autor de la ley. Ni juzga ni fija la pena. Su justicia es perfecta, es autónoma: coloca al hombre ante el despojo de sí mismo, en el espejo, para que descubra con sus propios ojos todo el horror del pecado, le coloca ante la Verdad para que la comprenda en todo su esplendor. Es el hombre mismo el que se juzga al contemplar, descarnada, su propia maldad. No es preciso que nadie le acuse ni le pida cuentas, él mismo ejerce de fiscal contra sí mismo. No es necesario juez que sentencie, él mismo se juzga y se condena en el acto de adquirir conciencia exacta de su culpa. Así es la justicia de Dios, perfecta, como no podría ser de otra manera. Perfecta es su obra y perfecta su justicia.

 

Soy consciente de que las palabras de Jesús sobre la real existencia de los juicios divinos son numerosas, pero igual de cierto es que, en tantas otras ocasiones, dejó constancia bien clara de por quién y cómo es ejercida esa justicia, aclaraciones que justifican cuanto acabo de afirmar en el anterior párrafo. La ruta a seguir en el esclarecimiento de esta verdad es ésta:

 

·               Juan 5,22: “El Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo toda potestad de juzgar”.

·               Juan 3,17: “Pero Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por Él”.

·               Juan 12,47: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”.

·               Juan 12,48: “El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado lo juzgará el último día”

 

En las dos primeras citas se pone de manifiesto exactamente lo que vengo manteniendo en estas páginas: la magnanimidad de un Dios paternal que no quiere juzgar a su criatura porque la ha hecho, la comprende y la ama; verdad que refrenda el propio Jesús en la tercera de las citas: No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Pero lo verdaderamente esclarecedor de estos pasajes es lo que se vierte en la cuarta y última de las citas (Juan 12,48), en la cual el propio Hijo de Dios nos explica en qué consistirá el juicio. Ahí no se habla de ninguna exposición de terribles cargos contra la criatura convertida en reo, no se habla de severísimas imputaciones pronunciadas por un Dios-Juez sobre su indigna criatura, no, no es así, el mal llamado Juicio de Dios consistirá en la repentina y luminosa claridad con que la Palabra divina se presentará ante la conciencia del hombre tras la muerte, consistirá en el reconocimiento inequívoco de donde está la Luz y donde la fealdad del pecado. “El hombre se verá como en espejo”, decía yo antes, y comprenderá, de pronto, toda la miseria que anida en su corazón, se autojuzgará ante el resplandor de la Palabra de Dios.

 

Si ahora recuerdas cual era la forma de juzgar del propio Jesús de Nazaret en su paso por el mundo, comprenderás mejor esa mentira sobre la pretendida severidad de los juicios divinos, añadida a su Nuevo Testamento, sin duda, con el único fin de emparentar todo con la dureza del otro, del Antiguo Testamento judío. El Nazareno protagonizó, a veces, episodios de severa indignación ante al pecado, como el día en que expulsó a los mercaderes del templo, pero no te molestes en buscar precedentes de condenación personal de nadie en los tres años de su magisterio. Siempre que emitió veredicto lo hizo de perdón; más aún, no solamente perdonó siempre, es que además lo hizo sin condiciones, sin imponer expreso arrepentimiento, sin exigir confesión relatada de las culpas, sin vincularlo a penitencia ninguna, porque era consciente de la pequeñez y torpeza del hombre. Estos son los juicios del Dios amoroso hecho hombre, como no podrían ser de otra manera: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11). “Tus pecados te son perdonados” (Lc 7, 48).

 

Dios es padre, no es juez. Al morir, te iluminará ante tus miserias para que descubras por ti mismo desnuda toda la bajeza de tu corazón. Ese inmenso dolor personal es el llamado “Juicio de Dios”.

 

Sin embargo, atiende bien: si estás pensando que lo que afirmo es que no hay justicia ninguna, te equivocas. La hay. La vulneración de la ley divina impuesta en la Creación, la ley del bien, no puede quedar impune, aunque haya sido transgredida en “sueños”. Lo que sucede es que el peso de la pena la asumió el propio juzgador en la cruz, y las secuelas que todo mal deja tras su paso las padece el propio hombre en la tierra (sufrimiento). Y no sólo se restablece la justicia con el cumplimiento de la pena, es que además, aunque la salvación sea para todos, no todas las salvaciones son iguales. “En la casa del Padre hay muchas moradas” (Jn 14, 2 ), de modo que cada uno ocupará la que proceda en justicia.

 

Contado así el “Juicio de Dios”, supongo que estarás pensando qué pasa después con la condenación, esa terrible condenación eterna que te han inculcado. Pues pasa que si el pecado es el mayor de los males del mundo porque vulnera el orden divino (aunque únicamente sea en la conciencia), la condenación del alma por ese pecado también es el mayor de los sufrimientos imaginables del mundo, tal y como siempre te lo han contado….. pero no exactamente cómo te lo han contado, porque en esa explicación, los que así te han informado desde que eras un colegial, han cometido el imperdonable error de incluir la eternidad en la condena, lo cual no es cierto, a pesar de que los evangelistas mantengan que así lo dijo el propio Redentor. Nada de lo que ocurre en el mundo es transportable a la eternidad, y menos el mal, verdad rotunda e inamovible que no me canso de repetir. Hay condenación, por supuesto, pero no de esa forma, sino de ésta:

 

·               Cuando al desprenderte del cuerpo adquieras la clarividencia que le es propia a tu naturaleza de criatura de Dios, ese día tan crucial en el que Él te iluminará frente al espejo y contemplarás desnuda la fealdad de tu vida, ese día caerás en la terrible condenación-desesperación de no poder borrar ya tu pasado. ¿Existe angustia mayor que la de contemplar la iniquidad de tu vida y no poder hacer ya nada por borrar ese pasado? La condenación, por lo tanto, existe, claro que existe, consiste en un sufrimiento tan lacerante como indigna ha sido tu vida….. pero no eternices esa condena, en eso es en lo que te han engañado, no la eternices, porque en la eternidad de Dios no existe el mal, y vivir condenado es el mayor de los males.

 

La temida condenación, por tanto, ni es sentenciada por el Dios del amor ni es eterna, que son los dos caracteres esenciales del concepto condenación en la doctrina oficial. No es sentenciada porque nadie le ha hecho previamente reo al hombre ni nadie se la ha impuesta desde fuera; es una asunción, por parte del propio hombre, del dolor inherente a su pecado. No es eterna porque suponer que allí, en la eternidad del Padre, también hay sótanos donde extiende su reino Satanás, donde habita con la mayor de sus pretendidas obras, el infierno, constituye un terrible pecado de irreverencia, de desconfianza y de falta de fe en su amor.

 

Ni es sentenciada ni es eterna, pero sí es doble y constituye el mayor sufrimiento que el ser humano pueda imaginar. Solamente es necesario pasar el umbral de la muerte, pasar el umbral de la ficción (mundo) a la realidad (eternidad), para que el hombre descubra con toda crudeza la terrible iniquidad de su corazón, la fealdad extrema de esas mismas tentaciones que en vida tanto le sedujeron. Así padecerás la primera de las condenas, la del dolor sin límite ante la visión de la verdad. Pero la certeza de que no existe camino de retorno por el que regresar al pasado para escribir la historia de otra manera, barriendo toda esa miseria, constituye la segunda condena, más terrible aún que la anterior, porque es la condena a la desesperación por toda la eternidad (“por toda la eternidad”…. si no existiese la Redención).

 

La conciencia exacta de la indignidad con la que has vivido en el mundo y la desesperación de no poder ya cancelar lo hecho provocan, al morir, tu propia autocondenación.

 

También me figuro que ahora estarás pensando, escandalizado, que la eternidad de la condena y del infierno la anunció el propio Jesús. El problema de lo que dijo o no dijo Jesús (o mejor, de lo que se pretende que dijo y no puede ser que dijera) te lo contaré más adelante, en uno de los apartados del capítulo VI, Jesús en manos de los evangelistas. Las contradicciones de los Evangelios son tan clamorosas que, o prescindes de la divinidad de Jesús, o prescindes de la exactitud de los evangelistas, ambas cosas juntas son imposibles. Por supuesto, yo prescindo de la exactitud y fidelidad de los evangelistas, y no creo, por tanto, que Jesús traicionase su propia doctrina de amor y de perdón sin límites amenazando con una condenación eterna a quien no se arrepiente. Pero, sea cómo fuere y además de eso, hay un hecho absolutamente trascendental que ya recogí y que ahora te recuerdo:

 

·               La condenación eterna, el infierno y, en definitiva, el reinado de la justicia por encima del reinado del amor, es algo absolutamente incongruente con el resto de las enseñanzas de Jesús y, además, únicamente aparece en la primera parte de su vida pública, cuando todavía hablaba como rabino judío. Jesús era consciente de haber sido engendrado por Dios y de haber venido al mundo para redimirlo, pero en todo lo demás era un hombre de su pueblo y de la cultura de su tiempo. Esto no debe olvidarse.

 

·               A partir de la subida a Jerusalén para cumplir el destino que le había traído al mundo, todas sus palabras, absolutamente todas, desde el anuncio de su muerte hasta expirar en la cruz, pasando por la institución de la Eucaristía, todas sus palabras fueron las del reinado del amor por encima del reinado de la justicia, las de la Redención universal, la Redención de todo el género humano sin excepciones, con lo cual sobran todos los infiernos y condenaciones eternas del Antiguo Testamento judío.

 

El reinado de la justicia por encima del reinado del amor sólo aparece en el Jesús-rabino. El Jesús-redentor sólo habló del reinado del amor por encima del reinado de la justicia. Decide tú cuál es el verdadero.

 

Tratando de aclarar estas dos confusiones tan universales sobre el temido “Juicio de Dios” y la posible “condenación”, hemos ido a caer en el mito de los mitos, en ese sombrío “infierno” que tanto acongoja el alma, ese pretendido “infierno” que ni decide Dios ni está en ninguna parte ni rige ningún diablo, sino que se infringe el propio hombre al atentar contra el bien, que es el orden establecido por el Creador en su conciencia, y que se resuelve con la visión de la verdad, la autocondenación del propio hombre y la redención de Cristo. Un infierno eterno constituye un imposible porque en la eternidad del Creador solamente existe Él, que es el Bien, no hay sitio para esa espantosa realidad de dolor y desesperación llamada infierno, búnker de todos los males. Si el Redentor no hubiera salvado al mundo en la cruz, resulta imposible saber cuál hubiera sido el destino atormentado del hombre, pero desde luego nunca la eternidad de Dios, porque allí no hay sitio para el mal.

 

Colocado ante el espejo, al morir, descubrirás la vaciedad de tu vida. Esa lacerante desesperación es el único infierno que existe, y no es eterno.

 

Llevado de consideraciones como éstas, Orígenes (Orígenes fue estigmatizado de hereje en el Concilio de Constantinopla) también defendió, como hago yo aquí, una salvación universal. Pero él concibió el tránsito del infierno como una purificación temporal, al final de la cual todas las almas retornarían al Creador; es decir, en todo similar a lo que viene llamándose “purgatorio”. Esto equivale a situar la condenación en el tiempo del mundo. Definitivamente, el hombre es incapaz de desprenderse de la noción espacio-tiempo, incluso cuando trata de lo escatológico. La purificación del alma para presentarse ante el Creador no debe ser entendida de forma extensiva, como tiempo, como la concibió Orígenes, debe ser entendida de forma intensiva, como acto purificador, aunque esto del “no-tiempo” constituya una realidad que nos resulta imposible de imaginar.

 

En el extremo opuesto de Orígenes estaba aquella Iglesia de entonces y sigue estando la de ahora. En el monasterio benedictino de El Paular, durante el recorrido por el monasterio de un grupo de visitantes, el fraile que hacía de guía, al llegar a un lugar determinado del huerto, se detuvo y nos dijo: “Aquí exactamente descansará mi cuerpo dentro de unos pocos años. Pero tal cuestión es lo de menos, lo único importante es que ese día a mí no me pille el Señor en números rojos. Porque esto es como una rendición de cuentas cuando menos lo esperas, y si no están en caja los fondos que deberían estar, vas a la cárcel. A todos nos harán balance el día menos pensado, y al incauto que le pillen en números rojos irá a la caldera de Pedro Botero para siempre”. Una visión tan trivial y mezquina del Padre eterno y, por si fuera poco, en boca de un fraile benedictino, resulta de una ignorancia tan estremecedora que uno se pregunta en qué siglo de la prehistoria sigue habitando la Iglesia de hoy.

 

Una cuestión última, a propósito de la condenación, es la distinción tan pintoresca entre pecados veniales y capitales que hace la doctrina y que Jesús jamás hizo, motivando esta distinción en la gravedad, con la pretensión de que los unos son de poca trascendencia, pero los otros son capaces de matar el alma. El fundamento de esta distinción no está en parte alguna. Todos los pecados son pecados, y el que unos sean enormemente más graves que otros solamente significa que unos han de ser enormemente más purgados que otros, pero no que algunos sean capaces de “matar el alma”, porque el alma es obra del Creador y su obra es invulnerable, jamás muere. El grado de ahogamiento del alma en el mal tiene escalones descendentes, pero en una escala única en la que todos los peldaños permiten el regreso, no en dos escalas diferentes, una con regreso y otra sin él, según la gravedad del pecado en “veniales y mortales”.

 

Salvación.

 

La Salvación en la doctrina

 

En cuanto a la salvación, Jesús, y la Iglesia con él, heredó los Diez Mandamientos de las Tablas, entregadas (según dice el Antiguo Testamento) a Moisés en el Sinaí como ley a cumplir para salvarse. Sin embargo la historia ha demostrado que, en el caso de aceptar esta imagen bíblica de la “entrega personal” de Dios a Moisés, la misma nada tendría de original, porque los preceptos de las Tablas del Sinaí no eran en absoluto cosa nueva, ya figuraban en la tradición de los pueblos más antiguos de Mesopotamia. La única novedad que aportaban era únicamente lo que concierne al monoteísmo, la observancia del sábado y la prohibición de adorar imágenes. Por tanto, el protagonismo que se da en el A. Testamento a este pasaje de las Tablas en el Sinaí, presentándolo como una entrega personal del propio Dios a Moisés y acompañado de efectos físicos espectaculares, resulta a todas luces melodramático, puesto que el contenido, en nada novedoso, era ya patrimonio de culturas anteriores.

 

Textualmente consiste en una serie de prohibiciones escuetas. No habla para nada de directriz de vida, de actitud personal frente a la libertad, de aceptación del destino; sólo tasa qué actos concretos no deben cometerse para no caer en la condenación eterna. Es, por tanto, una norma prohibicionista, negativa, conminatoria y enfocada, además, a los actos puntuales que puedas ejecutar, no a la trayectoria de vida, no a la intención, no al esfuerzo diario por cambiar, sino a los hechos concretos y desnudos cometidos, sin más paliativos. A favor de esta evidente precariedad ha de tenerse en cuenta, sin embargo, en qué época histórica se produjo y a qué nivel cultural estaba dirigido.

 

Por otra parte, esta herencia, defendida como tan santa e intocable, resulta que ha sido manipulada por la propia Iglesia para adaptarla a su conveniencia. En el texto original (Deuteronomio) eran efectivamente diez los mandamientos, pero había uno, el segundo, que resultaba altamente molesto, porque rezaba: “No te harás ídolos, figura ninguna…. no te postrarás ante ellos ni les darás culto….”, lo cual se daba de bruces con la tradición cristiana y con la realidad de sus templos, repletos los muros de iconografía a la que se rinde culto. Había que suprimirlo y se suprimió. Y para que siguieran siendo diez, se recurrió a desdoblar el último en dos, quedando así: 9º No desearás la mujer de tu prójimo, y 10º No codiciarás los bienes ajenos, cuando en el texto original los dos eran uno solo que prohibía, de forma conjunta, ambas cosas.

 

Esta denuncia de alteración de la ley original judía no la hago porque no esté yo de acuerdo con tal alteración, todo lo contrario, me parece muy afortunada la supresión de ese segundo mandamiento. Pero esto es coherente en mí, que niego ese pretendido cordón umbilical entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la realidad del Yahvé judío y la realidad del Cristo universal. Lo que denuncio es la incoherencia en la que incurre la Iglesia cuando, aquello mismo que predica como raíz intocable del cristianismo, el Decálogo judío, lo somete luego a revisión en lo que no le gusta; denuncio que esa adhesión inquebrantable que profesa al Antiguo Testamento, en cuanto raíz inseparable del Nuevo, luego la transgrede en los casos que le conviene.

 

Cuando la doctrina analiza ese conjunto de mandamientos lo resume en solamente dos, cuyo sentido, afortunadamente, cambia radicalmente de signo: Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo. En este nuevo y valioso enfoque, ya no se habla de lo prohibido bajo sanción infernal, sino de lo que debe hacerse en el camino esperanzado hacia la salvación. La antigua ley judía queda así adaptada al nuevo y amoroso mensaje de Jesús. Como puedes ver, la esencia última de toda la Ley queda resumida en una sola palabra, en un solo y único mensaje, el amor; si bien antepone, como es lógico, el amor a Dios (lo cual lleva implícita la fe) sobre el amor a los demás y a uno mismo.

 

No obstante, en esta Ley heredada por el cristianismo se observa una omisión clamorosa en cuanto al amor. Tanto en los Diez Mandatos originales como en los dos resumidos, ni una sola palabra se dice sobre el amor debido a la Creación entera. Además del amor al Creador, parece que solamente es digno de amor el prójimo, ni una sola criatura más de la inmensa obra (inmensa y fastuosa, aunque ficticia), clamorosa omisión que apunta al origen secular del texto y al desconocimiento esencial de lo que la Creación fue, si aceptamos como “Creación” el universo material. En cualquier caso, siempre se tratará de una ley meramente prohibitiva que hunde sus raíces en culturas antiquísimas y que el pueblo judío hizo suya, como tantos otros capítulos del Antiguo Testamento.

 

Bastante más importante que esta Ley heredada es la doctrina personalmente impartida por el propio Jesús. Sin dejar de respetar la Ley en lo esencial, sus enseñanzas rectificaron los dos defectos antes señalados: el carácter prohibitivo y el carácter puntual (actos). Jesús cita los Mandamientos, pero rebajándolos del rango de ley suprema del concepto judío a “mínimo exigible”. Las enseñanzas de Jesús en las que fundamento esto que acabo de escribir son abrumadoras, pero especialmente representadas en la conversación con el joven que le pidió consejo para salvarse. En Mateo 19,16-22 se narra como Jesús le recordó, simplemente, que guardase los Mandamientos (el mínimo exigible), pero ante la insistencia del joven, fue más allá y le recomendó todo un programa de vida: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes y dáselo a los pobres”. Aquí, el Maestro ha saltado desde la simple prohibición de actos concretos a señalar un rumbo, un estilo de vida, que es lo que el Padre tendrá en cuenta.

 

No pienses en qué pecado pueda pillarte la muerte. Todo hombre está en continuo pecado. Piensa si te has esforzado siempre en no pecar, aunque nunca lo hayas conseguido del todo.

 

Para un auténtico creyente, sin embargo, nada de todo lo anterior tiene mucho que ver con el verdadero significado Salvación. Sí, has leído bien, no te escandalices. Una serie cualquiera de preceptos a cumplir para alcanzar algo encierra, exclusivamente, el esfuerzo personal y meritorio de quien pretende hacer suyo eso que desea, no encierra en absoluto el carácter gratuito de aquello que recibe por donación. La Salvación, entendida como el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley, se convierte en un derecho, en un salvarse uno mismo, no en una gracia, no en un ser salvado, y es justamente al revés: la SALVACIÓN (con mayúsculas) consiste en el don de dones, en aquello que está del todo fuera de tu alcance y te es regalado por quien subió a la cruz a expiar tus miserias. La Salvación no se gana ni con todos los Mandamientos del mundo. Hagas lo que hagas, tus actos justos nunca podrán redimir tu naturaleza pecadora, esclavizada por la carne. Sólo la inmolación de Cristo te devuelve a la eternidad. (Y si alguien saca de esto la conclusión de que, haga lo que haga, tiene la salvación asegurada, tal conclusión solamente demuestra la necedad de quien así piense. Obviamente, quien entiende de verdad la Salvación está henchido de agradecimiento y se aleja del pecado).

 

Un solo mandamiento te impone Dios: que te encamines hacia Él. Pero nunca te contará los pasos. La Salvación no la alcanzas tú, la recibes de Él.

 

Naturaleza moral del hombre

 

En mi libro La otra filosofía puedes consultar lo referente a los dos grados de intelección: el del simple conocimiento de la existencia e identificación del objeto singular que se contempla, lo cual está al alcance de cualquier inteligencia, y el de la abstracción o comprensión de la esencia o forma sustancial de ese mismo objeto, propio únicamente de la inteligencia humana. De ahí que cuando se ha intentado establecer qué es aquello que difiere esencialmente entre el hombre y las demás criaturas, se haya caído en la trampa fácil de atribuir a esta facultad de abstracción la diferencia. Buscando la raíz de la dignidad del hombre frente a las demás criaturas, se ha pensado secularmente que nada mejor que esa superior inteligencia. Más aún, siempre has oído al hombre vanagloriarse de ser racional, y evidentemente es el único ser que razona, pero cuando esto se afirma se olvida que ese discurso complejo, conocido como razonamiento, no es sino una simple herramienta de la facultad abstractiva, consistente en poner en relación unos conceptos con otros hasta obtener conclusiones, y que por encima de ese método discursivo y lento está la abstracción en su forma pura, es decir, la comprensión directa e instantánea de las cosas sin utilizar herramientas, forma pura conocida como intuición,

 

Sea por la vía intuitiva o por la discursiva, mediante la capacidad de la abstracción el hombre llega a conocer la esencia o forma sustancial de las cosas, te decía antes, capacidad que le conduce al hallazgo del bien y del mal, por un lado, y por otro a la auto objetivación de sí mismo desde fuera y formación de la conciencia personal. Las más cualificadas de las restantes criaturas, los animales llamados superiores, al no ser capaces de la abstracción, existen, pero no saben que existen; practican el bien y el mal objetivos, pero no saben que lo practican porque lo desconocen; viven en sí mismos, pero no tienen conciencia de sí mismos.

 

Por la conciencia personal eres capaz de adquirir conocimiento de tu propia existencia, de tu propia identidad, eres capaz de objetivarte a ti mismo desde fuera de ti como ser espiritual que habita en un cuerpo y que un día, como todos los demás seres vivos, te desarraigarás de ese cuerpo en el acto de morir, de lo cual ni el más inteligente de los animales superiores tiene la más mínima noticia. Los animales ven morir a otros, pero carecen de ese grado superior de inteligencia para concebir que eso mismo ha de pasarles a ellos; existen, pero no tienen conciencia objetiva de su propia existencia. Esta es la conciencia personal que distingue al hombre.

 

Bien. Pero, a pesar de tan brillantes logros, la relumbrante inteligencia del hombre no le ha sacado de la pirámide animal, le ha situado en la cima, pero no le ha sacado de esa escala única, la escala que representa la mayor o menor inteligencia de las criaturas; esa excelencia intelectiva no constituye diferencia cualitativa que sitúe al hombre en una escala determinada y al resto en otra escala diferente. Atendiendo sólo a la inteligencia, el hombre no es esencialmente distinto a las demás criaturas, es, simplemente, más inteligente (bastante más inteligente) y, por lo mismo, capaz de alcanzar todos esos hitos enumerados en los párrafos anteriores que a los demás les están vedados. ¿Cuál es entonces la diferencia esencial, aquello que le distingue cualitativamente de las demás criaturas?

 

La diferencia esencial es, sin lugar a dudas, su naturaleza moral, esto es lo que distingue al hombre del resto de lo creado. Esta sí es una diferencia verdaderamente cualitativa, porque adentra al ser humano en la esfera de lo trascendente. La mayor inteligencia está, sin duda, en la base como elemento indispensable (si no se tiene conocimiento de eso, del bien y del mal, es imposible que se pueda tener naturaleza moral), pero lo moral es de tal trascendencia en el hombre que le inserta en otra realidad diferente y superior al mundo, por encima del grado de perfección como criatura animal.

 

Según esto que acabo de exponer, lo que diferencia esencialmente tu naturaleza de la de tu mascota no es tu evidente superioridad en el orden natural, la excelencia de tus facultades intelectuales frente a las suyas, no es tu “racionalidad” (a pesar de que sigan contándote este cuento desde siempre); la verdadera diferencia consiste en que tú estás inscrito en otra esfera no solamente distinta, sino además absolutamente contraria a la esfera de las leyes naturales, que es la que rige exclusivamente a tu mascota. Tú perteneces a lo trascendente, a lo que, ya aquí, dentro del mundo, trasciende al mundo y tiene conciencia del más allá, cosa que a tu mascota le es imposible concebir, aunque él también esté llamado a esa eternidad, como está llamada toda forma de vida dentro de la Creación (cosa que tampoco te han dicho nunca).

 

La racionalidad humana es sólo un grado más de perfección cuantitativa en la escala natural. La diferencia cualitativa del hombre con las demás criaturas está en otra escala solamente suya, la que le inserta en la esfera de lo trascendente, la escala moral.

 

Al tratar de la naturaleza moral del hombre, nuestro recorrido ha de comenzar en el paso siguiente al conocimiento del bien y del mal que antes te anuncié. Gracias a la abstracción, la mente del observador es capaz, no solamente de descubrir la esencia del objeto que tiene delante, sino también las realidades abstractas que se manifiestan a través de él (vida, adecuación, independencia, corrupción, valor….). Inmediatamente, en un nuevo e inevitable paso de abstracción, discierne si estas realidades inherentes a la cosa contribuyen a la realización o a la destrucción de la cosa misma, agrupándolas en buenas y malas en cada caso. Acaba de nacer así el concepto general del bien y del mal, pero escrito con minúsculas, ceñido sólo al plano de lo meramente ontológico, que es el orden que rige en la Naturaleza. Constituye, por tanto, un bien-mal relativo a cada cosa particular, lo que es bueno o malo para el fin de esa cosa concreta. En el orden natural, por ejemplo, la predación es buena para el predador porque mediante ella cumple su fin en la naturaleza; pero es mala para la víctima porque por ella no cumple el fin para el que fue creada. El bien-mal ontológico es siempre relativo a la cosa o sujeto en el que aparece.

 

La concepción del bien y del mal tiene su origen en la capacidad de distinguir entre lo que contribuye a la realización o contribuye a la frustración del fin natural de cada cosa (bien-mal ontológico).

 

Pero hay otro Bien-Mal (con mayúsculas) que sobrepasa la esfera natural, el Bien-Mal de carácter absoluto o sustantivo, es decir, no relativo a lo que es bueno o malo particularmente para cada cosa, no lo que es bueno o malo para que cada cosa cumpla el fin para el que ha sido creada. Este Bien-Mal sustantivo consiste en lo que es bueno o malo considerado en sí mismo y siempre, de forma objetiva, como resultado o suceso desnudo y ajeno a la cosa de la que emana o al sujeto que la propicia. Para mejor entenderlo y volviendo al ejemplo de la predación, con independencia de que ontológicamente sea buena para el predador y mala para la víctima, la predación, en sí misma, consiste en un acto violento de destrucción del débil por el fuerte; por lo cual constituye, objetivamente, un mal sustantivo que repugna la sensibilidad y la razón siempre.

 

Es este Bien-Mal sustantivo, contenido en la esencia de las cosas y de los actos y percibido únicamente por el hombre, el que desarrolla en su conciencia la más alta expresión de perfección entre todo lo creado, la concepción del Bien y del Mal como valores absolutos, conforme a un canon diferente y ajeno al orden natural por el que se rige el mundo (que es el orden del bien-mal ontológico, el orden de lo que es bueno o malo para cada sujeto en particular). El hombre, en cambio, con este nuevo hallazgo de lo que es bueno o malo, no para un fin determinado de un sujeto determinado, sino lo que es bueno o malo en sí mismo y siempre, se inserta en un nuevo y diferente orden, el de lo verdaderamente espiritual, el de lo trascendente, orden que trae grabado desde el nacimiento en su naturaleza humana.

 

Mientras la naturaleza se rige por lo que es bueno o malo para cada sujeto (bien-mal ontológico o relativo), sólo en el alma humana ha grabado el Creador la ley del Bien y del Mal absolutos, lo que es bueno o malo en sí mismo y siempre.

 

Es el conocimiento y el ejercicio de este bien-mal sustantivo lo que trasciende el orden temporal y se adentra en la esfera que le es propia al alma humana, la esfera que se aleja de lo meramente cuantitativo que le diferencia de los animales (grados de perfección natural) y se adentra en lo cualitativo (espiritualidad) que hace del ser humano una criatura superior y ajena al mundo. Esto concuerda (aquí sí) con la explicación del Génesis bíblico. Pudiera decirse que Dios hizo dos Creaciones, no una: primero el cosmos con todas sus criaturas, y luego una segunda y especial Creación con el hombre a su imagen y semejanza, tal como figura en la Escritura. Éste es el ser moral que distingue entre valores positivos (generosidad, heroísmo, paciencia, sinceridad, clemencia, honestidad…) y negativos (egoísmo, cobardía, mendacidad, inmisericordia, ira, violencia, lujuria…), orden moral o espiritual que es diferente y precisamente opuesto al orden natural.

 

Este bien-mal sustantivo que campea por el mundo, sin embargo, puede no tener autor intencional, constituyendo entonces algo muy difícil de ser comprendido por el hombre, precisamente por ese carácter de cosa absurda y gratuita. Un accidente mortal producido por un agente físico de forma fortuita, o una catástrofe natural, no dejan de ser males objetivos, aunque sin autor consciente; como es igualmente mal objetivo el producido por los actos de los animales, carentes de conciencia. Pero, a pesar de tan aparente orfandad de autor y tan difícil de ser entendida, esta forma de mal tiene, como todo mal, su filiación en la materia y morirá con la materia, con el mundo. La explicación doctrinal de que todo mal, incluso éste fortuito, tiene su origen en el pecado de Adán resulta muy sugestiva como maldición bíblica, pero la verdad es que el mal ya estaba antes de Adán y su pecado en el árbol del Paraíso, según la propia Escritura, y es evidente que no estaba de adorno, porque este mal fortuito ya existía antes de la aparición del hombre, desde el principio del universo.

 

Aunque un poco prolijo todo lo anterior, y quizás hasta molesto de seguir si no te sientes inclinado a la especulación filosófica, ya tenemos de donde le viene al hombre esa capacidad de distinguir el Bien y el Mal y la necesidad de ajustar su actuación a los mismos, actuación que los creyentes llaman moral (aludiendo con este término a que se trata de un don recibido del Dios-Creador) y que los no creyentes prefieren llamar ética (en referencia no a un don sobrenatural recibido, sino a una mera capacidad racional), aunque objetivamente ambas, moral y ética, son una misma y única cosa. Las dos condiciones que han de darse para que un acto humano sea o no sea moral-ético son:

 

-       La primera condición es que el sujeto tenga entero conocimiento del bien o mal sustantivo que su acto encierra, es decir, que tenga capacidad de conocer la verdad de su acto.

 

-       La segunda es que, además de conocer la verdad de su acto, consienta en él con voluntad enteramente libre.

 

Estas dos condiciones, como puedes ver, limitan la responsabilidad del pecador de manera esencial en el plano subjetivo, porque la precariedad del hombre, tanto en conocimiento como en libertad, es verdaderamente escandalosa. Todo en el hombre es mísero, incluidas sus capacidades de ser consciente realmente de lo que hace (¿quién conoce enteramente la verdad?) y de hacerlo con total independencia (¿quién es enteramente libre?); y prueba de esta ceguera congénita es, entre otras, el giro copernicano de los grandes conversos. Si todo estuviese tan claro ante el bien y el mal como se pretende, habría buenos y malos, pero nunca habría tránsfugas. Un vuelco inesperado en la vida del hombre no puede ser explicable sólo desde el propio individuo, porque su inclinación natural le empuja a ser indefinidamente cómo es, no a cambiar. Es explicable sólo si el hombre desconoce la verdad y un buen día la descubre. Son su indigencia, y sobre todo su necedad, las que le hacen pecador.

 

Sin embargo, dentro del oscuro mundo del yo, del cómo me veo y cómo me justifico yo mismo lo que hago, es decir, pasando del plano de lo puntual de los actos concretos del párrafo anterior al voluntarismo de la conciencia y la conducta, al hombre le es exigible entera responsabilidad, no por sus actos aislados, en los que tanto influyen las limitaciones dichas, sino por el deseo permanente de dignificarse modificando su actuación o no. Tú no eres enteramente pecador por tus pecados, por mucho que así te lo digan, eres pecador por gastar tu vida sin intentar, a diario, poner otro rumbo a la misma. Es el deseo de cambio (laborioso, doloroso y lento) de lo que hay en ti de malo lo que te dignifica, no la virtud de lo que haces bien porque está en tu modo de ser y nada te cuesta. No están justificados los virtuosos por ser virtuosos, sino por ser virtuosos por arrepentimiento.

 

Es por esta última verdad expuesta por la que estoy en absoluto desacuerdo con el concepto que la Iglesia tiene del llamado comportamiento. Desde el Vaticano II ha intentado cambiar la doctrina en este punto, ha pasado de hablar escuetamente del hecho puntual del pecado a poner especial énfasis en la voluntad de cambio, en el empeño del creyente en desterrar de sí los viejos vicios y nacer, poco a poco, a la gracia. Pero, aunque este intento de cambio es lo que ahora tanto predica, sigue considerándolo no como algo valorable en sí mismo, sino como una mera contabilidad de actos buenos y malos ejecutados. La decisión interna y arrepentida de cambio la considera papel mojado si no se traduce en actos concretos. La doctrina, desde el Vaticano II, ha comenzado a valorar la disposición interior, es cierto, pero considerada únicamente como aquello que se expresa en actos, es decir, como el cambio de conducta, no como algo que, en sí mismo, pueda justificar al hombre sin actos. La Iglesia parte de la errónea convicción de que si las actuaciones concretas siguen siendo las mismas de antes, ello es prueba inequívoca de que el deseo de cambio no es sincero. Y no es enteramente así. La sinceridad de la conciencia no siempre se traduce en actos.

 

Si vuelves a leer el penúltimo párrafo comprobarás que lo que yo defiendo es justamente lo contrario, la moral entendida, ante todo, como voluntad subjetiva y sincera, aunque por muy voluntariosa y muy sincera que sea no se traduzca luego en actos concretos. La razón de esta ruptura entre decisión y actuación está a la vista: entre lo que al hombre le gustaría y desea sinceramente y lo que luego hace hay un abismo difícil de explicar. No recuerdo quién dijo algo así como “No sé por qué siempre hago lo que no quiero hacer y nunca hago lo que quiero hacer”. Todos hemos conocido a quien se le saltan las lágrimas ante la virtud porque la ama, pero se siente incapaz de practicarla. Puedo certificar, por experiencia personal, que Dios no espera que seas capaz de dejar de pecar, conoce tu endeblez, espera algo mucho más valioso, espera que reconozcas tu profunda miseria y sientas el deseo íntimo de cambiar, aunque luego esto nunca llegue a traducirse del todo en hechos.

 

Dios mira los corazones, no los actos. No se es pecador por los pecados, se es pecador por no esforzarse en dejar de serlo.

 

La ecuación imposible

 

Pero volvamos a las dos condiciones de la moral humana; eran éstas: ser consciente de la bondad-maldad de las cosas, es decir, conocer la verdad, y optar por esa verdad con entera libertad. Sin darnos cuenta acabamos de plantear la salvación como una auténtica ecuación algebraica: verdad+libertad=salvación. Lo malo es que en esta ecuación sólo hay un término conocido: el bien, hacer lo que es bueno para salvarse, pero frente a él hay dos incógnitas, verdad y libertad, por eso lo he llamado la “ecuación imposible”. ¿Cuál es la verdad? ¿Dónde está la libertad? Esto es como aquel caminante que sabe donde quiere ir, conoce su destino, pero cada vez que la senda se divide no está seguro de cuál es la verdadera, y además no es libre, no puede evitar acabar siempre eligiendo la más cómoda, aunque no llegue a ninguna parte. Ahora resulta que la ecuación algebraica se resuelve con unos conocidos versos: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Sin ser matemático, el poeta es el que resuelve la ecuación: “Caminante, echa a andar con ánimo. Aunque te consta que ni siempre aciertas ni siempre eres libre, abrirás con tu empeño un camino hacia la salvación”.

 

Por libertad se entiende la independencia respecto de algo, la no predeterminación, situación de independencia que es posible alcanzar a través de la capacidad de abstracción. El animal y el niño, por carecer de esa capacidad abstractiva, solamente ven en las cosas objetos singulares que les estimulan, inclinándoles a actuar de forma determinada y necesaria, por impulsos irremediables e iguales para cada especie. Cuando el hombre abandona la niñez, la capacidad de abstracción le lleva, lo primero de todo, a ser independiente de las cosas singulares que tiene delante y que antes le estimulaban a actuar de una forma determinada. Ahora se han convertido en abstractos universales y evaluables ante los cuales puede ejercer una elección consciente. El animal también elige, pero elige de forma predeterminada, irreflexiva, por lo cual la elección no le plantea problema ninguno, elige según su naturaleza le obliga a elegir ante el objeto que tiene delante. Pero al hombre sí, al hombre se le acaba de abrir todo un problema porque se siente libre, no predeterminado, y busca la salida sin acabar de hallarla, como te voy a recordar. Por eso me gusta llamar a esto el laberinto.

 

La entrada en el laberinto te parece prometedora. La libertad parece colmar todas tus expectativas. “Haré lo que me dé la gana, mientras no hiera a los demás”, te dices. Y además compruebas que la libertad está en todos los altares, desde el altar de la Iglesia hasta el altar de la sociedad democrática. No te dejes engañar. La libertad es una de las dos grandes maldiciones que te esclavizan, porque por ella eres capaz de caer en la otra gran maldición, el mal, el pecado. Por eso, afortunadamente, la libertad total no existe. Ser absolutamente libre ante las cosas sería idéntico a estar perdido en medio de la jungla, rodeado de mil opciones, pero ninguna perfecta. Te sentirías anonadado, desorientado, perdido. ¿Qué elijo yo? Por eso aparece inmediatamente la gran puerta de salida del laberinto, el Bien, y con ese hallazgo tranquilizas tu ansiedad: “Ya sé lo que tengo que hacer, ya no es todo igual de imperfecto, ya he encontrado lo mejor, la gran verdad: hacer siempre lo que es bueno”, te dices, y vuelves a respirar tranquilo.

 

Con esta última decisión acabas de perder la tan cacareada libertad. Una cosa es decidir cómo actuar en cada ocasión concreta (libertad), y otra diferente es tener decidido de antemano actuar siempre de la misma forma porque es lo mejor (predeterminación), es decir, hacia el bien. Con esa decisión has quedado predeterminado para hacer una sola cosa, el bien…. Pero resulta que, a pesar de la pérdida de libertad, te sientes mejor. Dicho de otra manera, acabas de aprender algo realmente sorprendente, inaudito, acabas de aprender que tu naturaleza humana necesita estar predeterminada para sentirse segura, acabas de aprender que la duda, la indefinición ante tanto escaparate, en definitiva, la libertad, por mucho que te la cacareen, es realmente una maldición que te produce angustia, y que te hallas mucho más seguro bajo el techo de algo determinante, lo que siempre debe hacerse, el bien. ¡Enhorabuena! Pero inmediatamente te das cuenta de que, a pesar del hallazgo, vuelves a estar en el mismo laberinto de antes, porque de todo lo que hay en la jungla que tienes delante, ¿cuál es lo bueno?

 

En la primera escapatoria del laberinto de la libertad, esa primera puerta encontrada en la que se lee Hacer siempre el bien, está la humanidad entera de acuerdo, y es lógico, nadie apetece el mal. Pero cuando ahora compruebas que sigues en el laberinto porque no sabes a ciencia cierta qué es lo bueno y qué lo malo, en esto ya nadie puede ayudarte porque nadie se pone de acuerdo. La verdad es distinta según las culturas y los tiempos. No me respondas que hay algunas grandes verdades en las que la humanidad entera sí que está de acuerdo siempre, como, por ejemplo, en el No matarás. Pues no, no es cierto. Ahí tienes las culturas prehispánicas del Nuevo Continente, en las que se abría en canal a jóvenes por cientos en los altares, bajo la excusa del rito sagrado. Ahí tienes las leyes democráticas actuales, en las que se aprueba el sacrificio de los nasciturus y el de los condenados en juicio.

 

Al laberinto primero de la libertad, ¿Qué es lo que hay que hacer?, ya solucionado (hacer el bien), ha sucedido ahora el segundo laberinto ¿Dónde está el bien, cuál es la verdad? La causa de que nunca acabes de salir del laberinto no es porque no tenga salida, claro que la tiene, la salida es, sin duda ninguna, eso que ya sabes, hacer el bien…. pero para hacer el bien hace falta primero saber dónde está, conocer la verdad, y de la verdad nadie está seguro aunque la tenga delante. El hombre no es clarividente a la hora de conocer, se pierde en la niebla de su conciencia por estas tres razones:

 

·               Su inteligencia es limitada. Sólo conocería la verdad si tuviera una intuición clarividente, y no la tiene. Conoce a través de los métodos pesados y oscuros de la razón, es decir, de forma indirecta, deductiva, discursiva, elaboración en la que interviene más la voluntad que la razón.

 

·               No es libre en sus decisiones ni siquiera cuando ve la verdad con claridad, porque está condicionado por un puñado de pasiones y por un sinnúmero de circunstancias exteriores y complejos interiores que le arrastran.

 

·               Tiene una consolidada predeterminación que, además, es doble: su visión del mundo está predeterminada desde el nacimiento (herencia biológica) y luego se la ha predeterminado aún más la sociedad (herencia cultural). Está predeterminado por una “verdad” que es la suya, pero que no es la verdad objetiva.

 

Si el hombre no es enteramente sabio ni enteramente libre, tampoco es enteramente pecador. Está predeterminado por “su verdad”, no por la Verdad. Libertad sin Verdad de nada sirve.

 

En auxilio del hombre, perdido en su laberinto, aparecen entonces las religiones como la puerta definitiva de salida. Todas ellas vienen a recordarle que por encima de esta realidad hay otra, y que por eso la verdad no nace de abajo, de la sociedad democrática, no es cambiante ni acomodaticia, sino que viene de arriba y es inamovible. ¿Y cuál es esa verdad? ¿Dónde está definitivamente el bien? Obviamente, en la revelación hecha por el propio Dios, no puede ser de otra manera. Pero aquí adivino tu sonrisa escéptica. ¿Y cuál es la verdadera revelación? ¡Hay tantas religiones…! Sin duda. Pero no olvides que ese nuevo laberinto lo ha creado la torpeza del hombre, porque la verdad es sólo una y resplandece. Si bien es cierto que todos los grandes profetas de todas las culturas y de todos los tiempos (excepto el falso) han buscado esa verdad única y han creído con honestidad encontrarla, solamente uno, nada más que uno, no se ha conformado con decir “La Verdad es ésta”, y la ha explicado, sino que además se ha identificado a sí mismo como la Verdad hecha carne y se ha inmolado por la humanidad, únicamente uno, Jesucristo (La Palabra).

 

Cuanto más limitado el hombre, sin embargo, más soberbio y más renuente a aceptar que la verdad le venga de fuera de sí mismo, en este caso de un pretendido “Dios hecho hombre”. Y esa limitación altiva del hombre, además, si vestida de sabiduría científica, resulta insufrible. Ser el más alto exponente del reino animal, el muy cretino lo traduce en creerse el centro y la medida de todo. El XVIII, el llamado Siglo de las luces, ya desempeñó a la perfección el papel de Juan en el desierto, el papel de precursor, y en el siguiente, en el XIX, se consumó el desvarío, surgieron corrientes de pensamiento ávidas de dar el último portazo a lo trascendente, sellar todas las salidas y dejar al hombre encerrado para siempre en su laberinto. Si antes todas las religiones habían coincidido en situar la Verdad más allá del mundo, ahora todas las perversiones del pensamiento humano han coincidido en situarla sobre el hombre mismo. La mísera altivez del homo, salido de la tierra, es así de estúpida. Señalo algunas:

 

·               Materialismo.- Marx es uno de los pensadores más influyentes en la catástrofe contemporánea. Defensor de un tan imposible como estúpido “paraíso terrenal”, creía en un mundo sólo materia en el que no tenía cabida Dios. Según esta visión tan grosera, la religión (y la moral) no son otra cosa que el opio con el que es adormecido el pueblo por las clases dominantes, el instrumento de que se valen los poderes financieros y políticos para mantener dormida y resignada a la humanad entera. Marx, además de ateo, era un redomado ignorante, porque la moral ha existido desde que el hombre es hombre, pero la lucha de clases no. En las primeras sociedades había clanes, tribus, pero no clases sociales dominantes y clases sociales dominadas.

 

·               Positivismo.- El espectacular florecimiento de las ciencias positivas ha alumbrado un segundo Renacimiento que ha borrado de la memoria colectiva al primero, al de la cultura humanista y clásica del XVI, alejando al hombre de su raíz natural, el espíritu, y confinándolo al imperio del “somo”, de lo meramente tangible.

 

·               El “Antivalor”.- Nietzsche, el filósofo ateo, tiene el triste honor de haber sido el iniciador del disparate del antivalor que hoy se extiende por el mundo como mancha de aceite. Él fue el creador de ese "superhombre" que hoy campea en el imaginario de la sociedad: poderoso, avasallador, triunfador, materialista, hedonista y despiadado, dotado, en fin, de todas las “virtudes” necesarias para triunfar socialmente y convertirse en el antivalor reverenciado por las masas. No nos consta que Dios haya muerto, como Nietzsche aseguró. Sí nos consta que él murió loco.

 

·               Relativismo.- Quizás las tres perversiones anteriores tengan un mismo y desafortunado denominador: la verdad no es realidad en sí misma, no es independiente y preexistente al hombre, sino que la crea el hombre a lo largo de la historia. En las tres ideologías aparece el hombre como fuente y medida de todo, no hay una verdad exterior a él. Y según se le enfoque como individuo o como colectivo aparecen:

 

-       Relativismo individual.- Las morales son tantas como individuos en el planeta. Frente a la filosofía de Platón, imperante desde antes de Cristo, que mantiene que las ideas son una realidad eterna y anterior al universo, aparecen en el XIX-XX, en Alemania, la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heidegger. El pensamiento moderno reniega de ese concepto trasnochado de lo ideal como superestructura inamovible y eterna del mundo, y pasa a concebirlo como un simple “suma y sigue” de las enanas ideas de los hombres. Para el relativismo, la Verdad no está escrita en parte alguna, la escriben los hombres con sus decisiones, igual a como la escriben los propietarios en cualquier junta de vecinos.

 

-       Relativismo social.- La nueva y victoriosa “Ciencia Social” ha diluido al individuo dentro del protagonismo del grupo, ha sustituido la conciencia personal por el alma sin cabeza de las modas, de los convencionalismos, y ha abocado a la sociedad actual al imperio del rebaño, a la tiranía de las masas, a la sustitución de la verdad inamovible por las leyes surgidas de la marea humana. Según este nuevo azote, las morales son tantas como núcleos sociales y momentos históricos. No hay una verdad objetiva. Estamos al albur de las mareas y de los vientos.

 

La Tierra ha cortado el cordón umbilical con el Cielo. El hombre-topo se ha encerrado en su galería y se ha erigido en monarca del subsuelo.

 

Coherencia y cisma

 

Quizás te intrigue este título que he dado al presente apartado, Coherencia y cisma, pero no se trata de algo misterioso, se trata de la coherencia que debería reinar entre las convicciones personales y los actos y, sin embargo, el evidente cisma que se produce entre ambos en la práctica. Se trata de que la bondad debería ser norma permanente de vida para el hombre de fe, y resulta que no es así en todos los creyentes. Se trata de que, por la misma razón, para quienes su único credo es esta existencia terrenal, la práctica de la bondad debería constituir un verdadero absurdo (esto último te ha impactado y quizás no lo aceptes, pero te lo explicaré enseguida), y sin embargo resulta que tampoco es así, resulta que parte de ellos llevan una vida recta y abnegada. Se trata de que las prácticas del bien y del mal, en resumen, parecen ser autónomas, impulsivas y carentes de base racional. Este desbarajuste entre lo que se cree y lo que se hace, que ya he tocado en puntos anteriores y que vuelvo a desenterrar aquí, es lo que ha motivado el título que quizás te haya sorprendido.

 

Sobre la conciencia moral es muy decisiva la otra conciencia, la personal (la de auto objetivación), porque es en el ámbito de esta última donde se valora la existencia y donde se acoge o se rechaza la trascendencia que encierra. Qué duda cabe de que, si eres de los que no creen en trascendencia ninguna y nada esperas más allá de la muerte, tu objetivo natural debería ser saciarte de esta vida cuanto más mejor, puesto que es lo único que existe y que vas a tener nunca. Y si, por el contrario, valoras lo trascendente y esperas otra existencia más allá del episodio muerte, entonces deberías relativizar todo lo que es del mundo y estar más dispuesto a la renuncia. La fe y la no-fe en Dios no es una cuestión simplemente religiosa, en donde tantos se empeñan en atrincherarla, es el alma de la actuación global del hombre que todo lo informa y a todo afecta. De ahí que haya encabezado el título con la palabra coherencia, coherencia entre lo que se cree (conciencia personal) y lo que se hace (conciencia moral).

 

La fe y la no-fe en Dios no es una cuestión simplemente religiosa, como la sociedad actual pretende, es el alma de la actuación global del hombre y a todo afecta.

 

Esto anterior es lo que he titulado como coherencia, como lo que debería ocurrir en buena lógica, pero que en la práctica no ocurre. Aunque presume de consecuente, el hombre es impredecible en todo: actúa por impulsos, por sentimientos (entre ellos el del bien o el del mal), que son los que le gobiernan, no la razón. En la práctica se produce un cisma frecuente entre la conciencia personal y la moral. Es fácil ver un hombre ateo que, aunque sin reconocerlo, lleva el germen de lo trascendente en el alma y se siente feliz siendo estricto y recto en sus principios; y también es frecuente ver un creyente que contradice su fe con una vida de auténtico bigardo. Esto es lo que he titulado como cisma entre la conciencia personal (creer o no creer en la espiritualidad trascendente) y la conciencia moral (practicar o no practicar el bien).

 

Si tú, que me lees, eres ateo, sin duda que disentirás de esto que digo y estarás revolviéndote en el asiento, indignado por no poder contestarme. No te preocupes, creo conocer el motivo de tu indignación y voy a hacerme cargo de tu contestación, ésa que no puedes hacerme porque estás al otro lado del libro, pero que conozco porque la he escuchado cientos de veces. Más o menos, me dirías, si me tuvieras delante: “Mi inclinación al bien no se debe a ninguna realidad trascendente, en la cual no creo, se debe, simple y llanamente, a que no soy un animal más, soy un ser racional y siento inclinación natural hacia el bien, eso es todo. No me hace falta Dios para practicar el bien.”

 

¿He acertado? ¿Es esa la causa de tu indignada protesta? Pues si es así, tengo que decirte que estás equivocado. Es esa una mentira que se repite entre los ateos y que nunca será cierta, por mucho que se repita. He subrayado antes lo de “racional” y lo de “natural” porque son los dos pilares en los que has fundamentado tu protesta. Pues bien, tengo entonces que decirte que estás doblemente equivocado: primero, porque la inclinación hacia el bien moral no es patrimonio necesario de lo racional; y segundo, porque, desde luego, menos aún tiene que ver con la naturaleza.

 

·               La práctica del bien no es necesariamente racional, porque la mera comprensión de lo que es el bien no garantiza que se opte por el bien. No se puede establecer una indefectible relación causa-efecto entre el conocimiento del bien y la práctica del bien. Ya quedó escrito en alguna de mis páginas que el poder de la razón es frío y aséptico, se limita exclusivamente a la comprensión de las cosas, pero no a la adhesión hacia las cosas comprendidas. La adhesión o el rechazo hacia eso que se ha comprendido, suele ser una actitud determinada por la personalidad del sujeto, no por la razón. Si el bien y el mal dependieran necesariamente de lo racional, todos harían el bien, no habría malos. Entre los grandes delincuentes es común que conozcan y comprendan perfectamente el bien, pero no por eso lo asumen, sino lo contrario.

 

·               En cuanto a lo otro, lo de que la inclinación hacia lo ético sea algo muy “natural”, tengo que decirte que todo lo contrario, que eso que piensas constituye un atentado conceptual, porque lo ético conlleva una vulneración sistemática de las leyes de la naturaleza. El orden moral es diferente y contrario al orden natural. Lo moral, lo ético, carece de sentido si no existe otra realidad que trascienda a la naturaleza, conforme a lo siguiente:

 

-                Las leyes naturales, las que rigen la existencia sobre la tierra y puedes comprobar en la actuación de los animales, anteponen el propio provecho y la propia existencia a todo lo demás. La ley de la supervivencia es una sola, la ley del más fuerte, que es la que rige la selección en la evolución de las especies y todo comportamiento animal. Si la naturaleza está en permanente equilibrio es como resultado final de la despiadada lucha de todos con todos.

 

-                A la luz de la ley natural, por tanto, todo acto que anteponga valores ideales al egoísmo personal constituye un absurdo. El acto heroico de quien pone en peligro su vida por otro a quien ni siquiera conoce, por poner un ejemplo, constituye un absurdo en cuanto que quebranta el orden natural y lo sustituye por otro orden extraño, dirigido a la satisfacción de valores espirituales (amor, abnegación, sacrificio, solidaridad…) que nada tienen que ver con la naturaleza. Ninguna de las demás criaturas, salvo el hombre, arriesga su existencia por otro ser vivo al que ni siquiera conoce.

 

-                Dentro del orden natural, sin embargo, no existen absurdos, todo está determinado por su causa y se encamina hacia un fin lógico….. Luego lo ético, ese innato sentido del bien que te empuja a violar la ley natural en contra de tus propios intereses, no pertenece a dicho ámbito de lo natural, sino que responde, forzosamente, a la existencia objetiva de otro orden superior al natural que te solicita en ese sentido.

 

-                Por tanto, si de verdad sientes esa inclinación natural hacia la práctica del bien y de la filantropía es, precisamente, porque existe lo trascendente, eso en lo que tú afirmas no creer. No hay vuelta de hoja: si no existiera ese orden superior no sentirías esa inclinación y tu comportamiento sería en todo igual al del resto de los animales.

 

Reconocer, por parte del ateísmo, que existe el bien ético es contradecirse, es reconocer un orden contrario y superior al orden natural del mundo, es reconocer lo trascendente… justamente lo mismo que niega.

 

Esta paradoja, esta incoherencia entre lo que se cree y lo que se hace, entre la fe y las obras, es lo que ha servido de excusa para intentar alterar el orden teologal de las virtudes y relegar a la fe socialmente. Hoy no se estila ser creyente, ser hombre de fe, lo que se estila es ser “buena persona”, sencillamente porque, en el delirio de su paranoia, el hombre moderno ha desplazado el centro de la existencia desde Dios hacia sí mismo, como si él fuera el inventor del bien. Es la misma razón por la que tampoco se estila hoy, entre los propios creyentes, contemplar “inútilmente” al Creador entre los muros de un monasterio, cuando la que se le atribuye como su obra, el mundo, hace aguas por babor y por estribor. Ni está de moda ni hay vocaciones para encerrarse en un convento con Dios. Pero sí que está de moda la acción abnegada con los hermanos, la piedad, hoy rebautizada con otro nombre más laico, “solidaridad”.

 

Esta vieja disputa de qué es antes, la fe o las obras, esta discordia entre partidarios de vidas activas y vidas contemplativas, hoy, más que nunca, se mira con los ojos del cuerpo, antes de mirarla con los ojos del alma. En África se puede dar hasta la sangre. Entre los cuatro muros de un convento, sin embargo, da la falsa sensación de que sólo hay lugar para la acedía. Hasta la propia Iglesia predica la prioridad de las obras (conducta personal, Decálogo) por encima de la relación íntima de cada alma con su Creador (contemplación, oración), A la Iglesia siempre le ciega la materialidad de los hechos tangibles. Pero es ésta una discusión estéril, porque también Jesús sentenció sobre ella, como te recordaré más adelante, y lo hizo con la misma magia que había siempre en sus palabras.

 

Siempre te han dicho que lo principal son las obras, y no es así. La rectitud por delante de la fe es una verdad sin brillo. Vale más un pecador que confía en Dios que un perfecto que no le necesita, por mucho que esto te escandalice.

 

Con toda seguridad que las palabras de Jesús, en tantos sermones a lo largo de los tres años de su vida pública, responderían todas ellas a un programa unitario y exacto de doctrina, con toda seguridad; pero, como sabes, el testimonio de los evangelistas, recogido tantos años más tarde y desde tantas fuentes, nos ha dejado (no podía ser de otra manera) una serie de enseñanzas aisladas, inconexas, que con frecuencia llegan a entrañar contradicción.

 

·               Hay enseñanzas en las que Jesús pone todo el énfasis en lo que el hombre hace, en sus obras como prueba fehaciente de su voluntad. “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). “Venid a mí, porque tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25,35). Insiste en las obras, pero sin entrar en lo que realmente hay en el corazón del que así actúa, sin duda dando por cierto que se trata de actos sinceros. Sin embargo y a menudo, la muchedumbre que lee esto piensa que sólo con actos externos está cumpliendo la voluntad del Padre, desde las misas y las limosnas hasta las obras socialmente aplaudidas, al igual que los patriarcas lo pensaban cumpliendo con los sacrificios en el altar. Los actos, en sí mismos, suelen ser engañosos. Solamente ante los ojos de Dios tienen su verdadera dimensión.

 

·               En otras enseñanzas, sin embargo, Jesús habla exclusivamente de la fe como suficiente para la justificación del hombre. “El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). “Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado” (Lc 7, 48-50). “El que cree en mí tendrá vida eterna” (Jn 6, 47). En estos y tantos otros pasajes no habla para nada de los buenos y malos actos realizados, sin duda porque sabe que el hombre es más pecador que virtuoso, y si fuera por sus obras ninguno se salvaría. Simplemente le exonera de sus culpas si, a pesar de su debilidad, confía en el amor del Padre. La fe colocada por delante de los actos.

 

·               Pero también hay momentos en los que habla únicamente del fin que le trajo al mundo, la Redención, sin anteponer ni fe ni actos, nada de los hombres que pueda interferir en su gracia, que es lo único suficiente para la salvación: “Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Mayor precisión sobre la salvación universal imposible, haga lo que haga el hombre.

¿Qué es antes, la fe o las obras? Ha quedado claro que lo único verdaderamente suficiente es el holocausto del Salvador en la cruz, ha quedado claro que el mérito de los hombres es como humo de pajas. No obstante, si por méritos tuyos fuera el que te salvases, deberías pararte a considerar dos cosas:

 

·               La primera es que, por delante de las obras y de la fe, de las cuales no todos los hombres son capaces, hay otro mérito con el que todos los hombres, sin faltar ni uno, se presentan ante el Señor después de morir, el mérito más universal y más enraizado en la naturaleza pecadora del hombre, precisamente porque es la contraprestación por el pecado. Te estoy hablando del sufrimiento. Pero es tan singular y trascendental el sufrimiento que le dedicaré el apartado siguiente a éste.

 

·               La segunda es que, puestos a priorizar entre las obras y la fe, lo que procede es recordar la palabra del propio Jesús cuando las comparó abiertamente. Jesús entró en casa de su amigo Lázaro. Marta se puso a preparar todo con diligencia, pero María se sentó en el suelo, a los pies del Maestro, y le escuchaba embelesada. Marta vino entonces a quejarse ante él por la pasividad de su hermana, pero Jesús le contestó con algo que ella no podía figurarse porque, como casi siempre en los labios de Jesús, iba contra lo convencional, contra lo socialmente esperado: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por muchas cosas y solamente una es necesaria. Tu hermana ha elegido lo mejor y nadie se lo va a quitar” (Lc 10, 41-42). Es antes la fe que las obras, es antes la clausura que la misión, es antes la comunicación con tu Dios que cualquier actuación en su nombre, por heroica que sea. Quizás no puedas entenderlo, pero:

 

Aunque te escandalice, la oración de un místico puede mover la noria humana con más fuerza que el trabajo abnegado de un misionero.

 

Lo primero es la fe porque, si es auténtica, ella te conducirá a todo lo demás, también a la rectitud. El peligro de esto, de anhelar la rectitud, es que puedes desesperar con los remos en las manos, frente a la corriente y sin avanzar. Es fácil que gastes la vida entera para llegar a vencer, algún día inesperado, el más venial y ridículo de los pecados. Somos así de míseros. Por eso repito tanto que el bien es escaso. Pero confía, porque aún te queda una humilde y pequeña “redención” personal a la que no escaparás, la que voy a llamar La virtud obligada, que no es otra cosa que el sufrimiento. Ése será el humilde hatillo con el que siempre podrás presentarte en la eternidad sin las manos vacías. Del sufrimiento nadie escapa.

 

La virtud obligada

 

“Si me adoras, te daré todos los reinos del mundo, porque a mí me han sido dados y yo se los doy a quien quiero” (Lc 4, 6-7). Estas palabras de Satanás, tentando a Jesús, no son nuevas, las sabe cualquier hombre por experiencia antes de leer las Escrituras. Que en el mundo reina el mal es una evidencia, y que es más fácil abrirse camino haciéndose súbdito de Satanás, también. Éste, Satanás, dice que es rey del mundo porque “me ha sido dado”, lo cual es un modo figurado de decir que el mundo es la materia, la materia es el mal y el mal es él mismo, el que está hablando, Satanás. Nadie “le ha dado el mundo”, lo encarna personalmente. Hablar del mundo, de la materia, del mal y de Satanás es todo una misma cosa, de la cual ya traté en otro capítulo.

 

No sé cuántas historias, novelas y películas habrás conocido sobre la pretendida belleza de la vida en este mundo. Yo he perdido la cuenta. Todas son iguales, en todas acaba triunfando lo que hay de positivo.….. pero después de haberte presentado un piélago de frustraciones y sufrimientos, que es el contenido real y cotidiano de la vida aquí. Lo que se desprende de ese modo simplón de ver el mundo es que es bello solamente por una cosa, por una única cosa, porque al fin siempre es posible salvar los trastos en medio del naufragio general. Por supuesto que el triunfo de lo que en el hombre hay de dignidad y de amor es hermoso, y que hay motivos para vivir esperanzados. Nadie tiene que convencerme de eso a mí, que estoy contándote una salvación universal, no sólo de los justos. Pero apoyarse en el éxito final de la obra inviolable del Creador, no es excusa para presentar el infortunio de esta vida de aquí abajo como algo “maravilloso”. Negar la evidencia es lo más humano (y lo más ridículo) cuando la evidencia nos hace daño.

 

No sé si fuiste un niño de ciudad, como yo fui, acostumbrado al asfalto y las fachadas, al que un día, de pronto, le abrieron los ojos a la naturaleza y se quedó sorprendido. Desde el caserío se veían las encinas y el amanecer. El espectáculo estaba tan repleto de colores y de milagros que fascinaba. Más adelante, cuando presenciaste la primera violencia de una vida contra otra, te contaron que eso era “normal”, que para que el engranaje siguiese funcionando y produciendo tanta belleza, unas piezas tenían que engullir a otras. Y te lo dijeron sin un escalofrío, sin pestañear, como si nada. Los vivos se devoran unos a otros, pero es lo adecuado para que cada día pueda volver a levantarse el telón. Luego te enseñaron que en la cúspide de la pirámide estás tú, devorando todo lo que hay debajo, y acabaste por comprender que el mundo, en verdad, es solamente eso, un espectáculo repleto de focos, radiante, pero detrás del cual hay unos bastidores sangrientos y oscuros que causan pavor. Y el público lo sabe, pero prefiere entontecerse con los focos, aplaudir lo que ve en el escenario y olvidarse de la tramoya.

 

Tu frustración es tan continua, tus posibilidades son tan exiguas en relación con tus anhelos que si no barrieras la memoria cada día se haría insoportable el camino. Todos los precios son desproporcionados, cualquier meta exige un trabajo ingente, cualquier amor se rompe y te abandona, cualquier lealtad te es devuelta con desprecio, vives en un continuo sobresalto, sin saber qué te aguarda detrás de cada esquina….. ¡Qué voy a contarte que tú no sepas ya! Lo que pasa es que lo sepultas, vuelves a levantar la mirada al horizonte y a soñar con nuevos proyectos, como si no hubieras tenido ya suficientes descalabros; y haces bien, haces bien, pero no censures al poeta que te tacha de iluso y bobalicón por tu incansable afán de volver a empezar una y otra vez, “… pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio”. Todo pasa y se va para siempre.

 

Por supuesto que tu naturaleza carnal te deja muy poco margen para el bien, y lo poco que haces bien no es ningún mérito, es un deber. Lo más probable es que todo tu equipaje, al llegar a la meta, sea una triste y ridícula mochila con cuatro cositas. Pero no se trata de esto, no se trata de que la muerte pueda “pillarte en números rojos”, que es la simpleza que te contaba antes haberle oído decir a un fraile de convento, se trata de que ese saldo negativo que arrastras, más que a maldad, se debe a necedad. Supongo que a ti, como a mí, cada vez que vuelves la mirada al pasado te acomete la desolación de haber hecho casi todo mal, de no acertar a explicarte por qué lo hiciste mal y de no reconocerte en aquél que lo hizo tan mal. No tienes la sensación de haber sido tú quien lo hizo, sino un necio en quien no te reconoces. Tu naturaleza, desde luego, no es de santo, pero más que de pecador es de necio. Has sido hecho para sufrir y esperar, mucho más que para atiborrar tu equipaje con grandes obras.

 

Pero no desesperes, porque la gran virtud, el gran merecimiento del género humano ante Dios no es el bien hecho en vida, a pesar de que así te lo cuenten todos los días los predicadores de tres al cuarto, sino esa otra virtud nunca buscada y siempre padecida, el sufrimiento. Es la virtud obligada, inevitable desde que se nace, la que hornea el alma y hace sabia la experiencia. Por supuesto que también el sufrimiento puede ser ocasión de maldiciones y desesperación, pero lo que suele proporcionar a quien lo padece no es eso, sino un sentido diferente y profundo de la existencia. El sufrimiento es la gran columna que mantiene al mundo, la gran fuente de justificación del hombre ante el Creador. Sufrimiento es casi todo, sufrimiento es la memoria del mal cometido, sufrimiento es la impiedad recibida de los demás, sufrimiento es la injusticia, y el dolor, y el fracaso, y la impotencia, y la decepción, y la pobreza, y el miedo, y la duda.... Tengo tanta experiencia de esta humilde virtud que hablar de ella me conmueve. Porque, carente yo de otras virtudes, quien me hizo se ha encargado de enmendarme la plana de cada día a fuerza de lágrimas.

 

La gran columna que sostiene al mundo, la gran fuente de justificación del hombre ante el Creador no es el bien hecho, es el sufrimiento padecido. Lo más trascendental de Cristo no fue la Bondad, fue la Pasión.

 

Y sin embargo, el hombre se queja amargamente de su destino, del sufrimiento, y arroja su ira contra el cielo con los puños crispados cada vez que una catástrofe natural asola la tierra. ¡Dónde está vuestro Dios!, claman entonces los descreídos. Todo mal que el hombre no hace con sus propias manos piensa que cae del cielo, que es un regalo envenenado de Dios, que es una crueldad gratuita de quien ha hecho la vida. El descreído es incapaz de comprender que el mal no existe en el cielo, no cae de arriba, surge de abajo, estalla doloroso como el magma de un volcán desde lo profundo de su sede, la materia, porque el hombre, hecho de materia, lo amontona sobre la tierra y ya no cabe más. El sufrimiento por el mal lo engendra en parte el hombre y lo padece enteramente el hombre, es el precio que paga para liberarse, en alguna medida, de la deuda del pecado.

 

Esa célebre cuenta con su debe y su haber, donde te apuntan meticulosamente lo bueno y lo malo, esa célebre cuenta que Dios nunca ha llevado, pero con la que tantas veces te han angustiado, es una contabilidad inútil, porque jamás dará un saldo positivo. Eres tan pequeño y tan débil que estás abocado a la bancarrota. Tu gran justificación no es el bien, que te cae tan lejos, tu gran justificación es el sufrimiento, que lo llevas encima desde el parto. Ya al nacer naciste llorando. Tanto pecas, tanto sufres; y si no se produce empate, es porque alguien está sufriendo en tu lugar. Los inocentes cargan con la miseria de los pecadores, el tercer mundo soporta sobre sus hombros la perversidad del primero. Tanto pecas, tanto sufres; pero con la desdichada diferencia de que tu sufrimiento es humano y tiene poca trascendencia, pronto lo olvidas, mientras que tu pecado es contra el orden eterno de Dios. Si por tu particular contabilidad del bien y del mal fuera, no te salvarías, estarías llorando tus culpas eternamente.

 

Tanto pecas, tanto sufres; y si no se produce empate, es porque alguien está sufriendo en tu lugar. Los inocentes cargan con la miseria de los pecadores, el tercer mundo soporta sobre sus hombros la perversidad del primero.

 

En esa particular contabilidad con la que tanto te han asustado, frente a la columna de los errores, las iniquidades y toda clase de miserias, en la otra columna, en el haber, aparecerán los pocos destellos de semejanza con la divinidad que tienes, es cierto, pero sobre todo aparecerán contadas tus lágrimas por los errores, las iniquidades y las miserias de la columna de enfrente, la del debe. Si interminable es la lista de ésta, la lista de tus fallos, interminable es también la lista de lo que has purgado, la lista de los remordimientos, humillaciones, injusticias, dolor, fracaso, impotencia, decepción, pobreza, miedo..... Y sin embargo el saldo siempre será negativo, porque tu sufrimiento no puede tener nunca la trascendencia que tienen tus atentados a la Ley del Creador. Por eso acabo de escribir el final del párrafo anterior cómo lo he escrito.

 

Redención

 

Supongo que siempre que leas la parábola de los jornaleros de la viña (Mateo 20, 1-16), te quedará ese sabor amargo de la incomprensión, la decepción y hasta la desconfianza que a mí me queda. Retribuir lo mismo al que ha trabajado toda la jornada que al que se ha incorporado al trabajo al final del día, resulta una afrentosa injusticia. ¿Cómo comprender a un Jesús que valora tan positivamente la manifiesta arbitrariedad del amo de la viña? Porque, por más que lo leas, solamente encuentras eso, arbitrariedad. Regalar el jornal a alguien no está mal, pero regalárselo en presencia del que se lo ha merecido trabajando todo el día, parece una afrenta. Y así es evidentemente, una verdadera afrenta …. para quien solamente conoce la justicia, pero desconoce por completo lo que es el amor. No todas las virtudes tienen el mismo rango. Amor y justicia no valen lo mismo.

 

El jornalero abnegado, como igualmente el hermano abnegado de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), son hombres rectos, cumplidores del deber, y tendrán su reconocimiento asegurado en la justicia infalible del Creador. Sin duda tendrán asignada una morada más alta en el Reino. Pero exigir y congratularse con la justicia no significa, en absoluto, condenar toda injusticia. A nadie se le ocurriría condenar la injusticia de recibir más de lo merecido, a pesar de que constituye una injusticia con todas las de la ley. Cuando se condena la injusticia como una desviación moral, es obvio que nadie se refiere a toda ella, sino únicamente a la injusticia por defecto, a la injusticia de no satisfacer lo merecido. Pero la otra injusticia, la que se practica por exceso, la consistente en dar más de lo merecido, nadie puede condenarla porque es virtud, a pesar de ser una evidente injusticia. Esa injusticia virtuosa es la que todos llamamos amor, dispuesto a dar siempre de más.

 

Quien es justo solamente es eso, justo, puesto que da nada más lo merecido y únicamente a quien lo ha merecido. Quien ama va más allá. En primer lugar, es igual de justo que el anterior, puesto que también da lo merecido a quien lo merece; pero además regala lo que no se ha merecido. No solamente da a quien debe algo, también es capaz de dar a quien nada debe. El que hace justicia solamente hace justicia. El que ama hace justicia y además ama. Y esto mismo, visto desde los ojos del abnegado jornalero de la parábola de Mateo, que ha recibido en justicia su merecido jornal, pero se compara con el otro y lamenta la injusticia del regalo que le han hecho sin haber trabajado, lo único que revela es que él no estaría dispuesto a regalar nunca nada a nadie, que es lo mismo que autoreconocerse incapaz de amar, porque quien ama se alegra de los bienes de los demás, aunque inmerecidos. Esto es así, a pesar de que a todos nos resulte un agravio comparativo tan duro de asimilar.

 

Amor y justicia no valen lo mismo. El amor está por encima de la justicia, de manera que la justicia de Dios es infalible, por supuesto, y si toda la humanidad merece ser condenada será efectivamente condenada, pero por encima está el amor de ese Dios tan justo. Y aquí es donde se produce el más escalofriante y sublime de los milagros divinos. La humanidad entera ha de ser condenada por vulnerar la ley divina y ni siquiera el autor de la ley va a evitarlo, porque sería ir contra sí mismo. Y no lo evita. Pero hace otra cosa que sólo el amor es capaz de hacer: regala a la humanidad, inmolándose Él mismo, lo que a la infiel humanidad le falta para salir de la condenación merecida. Es como si el dueño de la viña de antes, no solamente regalase el jornal a quien no lo ha trabajado ni merecido, sino que además, por regalarlo, se arruinase, llevando así al extremo su magnanimidad. Dios no se arruina, obviamente, pero hace algo infinitamente más oneroso: la humillación de bajar al mundo en carne humana, y además hacerlo para expiar en la cruz lo que los hombres debemos.

 

Al sufrimiento humano le falta, para cancelar las culpas, el sufrimiento del Inocente, de Cristo.

 

Al Dios que te hizo jamás podrás comprenderlo, justamente por eso, porque es Dios. Te ha dejado aquí abajo con una irremediable sensación de estar olvidado, huérfano. Te ha dotado de la suficiente capacidad para que sepas que Él existe, pero no se muestra, no le sientes, o al menos no le sientes tanto como quisieras. El mundo es el reino del mal, y el mal te confunde. Airado gritas, mirando al cielo, ¿Dónde estás, Dios?, cada vez que un revés agudiza tu orfandad. Pero Dios no baja a arreglar el mundo, ni siquiera te dice por qué las cosas tienen que ser como son. Su “mente” es otra, y a tu pregunta angustiosa contesta con algo que a ti, pobre animal lógico, te resulta imprevisto, absurdo y misterioso, como todo lo que viene de Él: te envía a Cristo a vestirse de tu miseria y a sufrir contigo. Sí, he escrito absurdo y he escrito bien, porque, para tu cabecita, absurdo es que te mande a Cristo a sufrir otro tanto como tú, en vez de arreglar el mundo, o mejor aún, suprimirlo, que parece que sería lo razonable, y más tratándose de una mera ensoñación. De ahí que grites airado al cielo, porque no puedes entender a Dios. Imposible comprenderle. Primero permite el mal, y luego te manda la compañía de Cristo a llorar contigo.

 

Por mucho que la Iglesia pretenda razonar los designios de Dios, a Dios jamás podrás comprenderle, justamente porque él es Dios y tú no. En vez de arreglar el mundo, o suprimirlo, te envía a Cristo a sufrir contigo.

 

Al Dios-Padre omnipotente que todo lo ha planificado así no puedes entenderle, es demasiado para tu modo de pensar; pero a este otro Dios-Hombre que te ha enviado sí puedes entenderle. No sólo es humano, es que además está en la cruz, en la misma cruz en la que tú te sientes clavado desde que viniste al mundo. Por eso le comprendes y le amas, porque te ves en él, colgado del madero como él. No hace como los demás “salvadores”, no te engaña con falsos paraísos terrenales ni teologías de liberación, no te engaña con mundos de colores, te muestra el dolor hiriente e inevitable del mundo como realmente es y te pide que renuncies a todo y le sigas a él a la eternidad, que es donde está la única vida. Nacerás cuando mueras, cuando despiertes de la pesadilla, y te encontrarás con que el mal habrá desaparecido para siempre. Esta es la gran verdad que quiero transmitirte: confía en el Dios que todo lo hizo así, aunque tú no puedas entender por qué lo hizo como lo hizo.

 

Cristo no te engaña con falsos paraísos en el mundo, no te engaña con falsas teologías de liberación. Te pide que renuncies al mundo y le sigas a él a la eternidad, que es donde está la vida.

 

Pero mientras ese día feliz llega, tú vives en el mundo y el mundo te solicita. A menudo, desertas de la cruz. Es inicuo, pero es comprensible, es más fácil dejarte llevar por la corriente. No hace falta que me digas lo que estás pensando al leer esto, porque me lo figuro: “Quizás no tenga tanta importancia, porque si todo es un sueño, el pecado también lo es”. Sin duda. Si el mal no existe, su ejecución tampoco. Es cierto.... en la realidad objetiva. Ya te lo he dicho, pero quiero recordártelo: la realidad no es una, tiene ámbitos. En el ámbito de lo objetivo, no existen ni el mundo ni el mal ni el pecado, todo ello es una pesadilla en la que el alma cree vivir. Ya lo dije: sólo existe la Creación, la Creación está en la eternidad, y en la Creación sólo existe el bien. Pero en la intimidad de tu conciencia, que cree estar viviendo en esta fantasmagoría llamada mundo, tu transgresión de la ley eterna del bien ha sido toda una realidad, porque has optado, con toda la libertad de que eres capaz, por transgredirla, en medio de la ensoñación.

 

Si no estás muy seguro de esto puedo recordarte las palabras bíblicas: “El que mira con deseo a una mujer ya cometió adulterio en su corazón” (Mt 5, 28) No es necesario que el acto se haya consumado físicamente para que haya sido absolutamente real en tu conciencia, donde el deseo y la imaginación lo han consumado. Jesús no tenía más conocimientos científicos que los de su pueblo y su época, nada sabía de psicología ni filosofía, pero, aun así, sabía que lo auténticamente real no es lo que ocurre o no ocurre en el mundo de los sucesos materiales, sino lo que ocurre o no ocurre en el mundo de la conciencia. Cuando despiertes, el mundo y su mal habrán desaparecido para siempre y los olvidarás, pero tu pecado no, tu pecado seguirá habitando en ti. Además de tu ignorancia, tu torpeza y tu debilidad, pondrás en la balanza, más que nada, tu sufrimiento, ese fuego exterminador que habita en tu corazón. Pero no será suficiente, porque tu sufrimiento es sólo sufrimiento humano, y tu pecado, en cambio, es pecado contra la ley del Creador. ¿Habrás de vivir con el mal toda la eternidad, en un lugar terrorífico, llamado infierno?

 

En la eternidad (esto es, en Dios) no existe el mal (esto es, el infierno), porque es imposible que en Dios cohabite el mal, así es que ese Dios amoroso hace lo que tiene que hacer para restablecer el orden y devolverte a la eternidad, hace lo que poco antes no eras capaz de comprender cuando te preguntabas perplejo: ¿Por qué cuando sufro me envía a Cristo a sufrir conmigo, en vez de impedir el sufrimiento? Sigues sin tener contestación de por qué Dios ha hecho las cosas como las ha hecho, pero el “absurdo” de mandarte a Jesús a sufrir contigo, como si no fuera suficiente con uno que sufra, eso sí que lo tienes muy claro ahora: tu sufrimiento es pequeño, es humano, no alcanza a lavar tus culpas, que son contra la ley eterna, así es que vino a llorar contigo Aquél cuyas lágrimas tienen valor eterno.

 

Dios siempre actúa por la vía de la excepción, de lo imprevisto, de lo que escapa a nuestro pensamiento humano, y es lógico que así sea, puesto que es Dios, no hombre. Mandar al Mesías a que padezca, en vez de mandarlo a que arregle el mundo (como el pueblo judío sigue esperando, inútilmente), es un ejemplo más de esa excepcionalidad que rodea todo lo que él hace. Ahora, sin embargo, comprendes que lo que hace es pagar cómo Dios lo que a ti te falta pagar cómo hombre para salvarte. Pero te ha costado comprenderlo porque has juzgado lo que él hace con la razón, lo mismo que yo. Para el común de los creyentes, sin embargo, el problema no existe porque suelen mirar con el corazón, no con la razón. Basta con ver al Jesús de la cruz para entender, sin más, lo que al pensamiento le cuesta tanto comprender.

 

La desafortunada página de tu vida está escrita con tinta indeleble, tu pasado es imposible de borrar. Pero no te atormentes. Cristo arrancó todas las páginas del libro en la cruz.

 

Salvación

 

Antes, hablando de la posible condenación eterna, en el apartado Lo que dice el pensamiento, desarrollé seis argumentos sobre la imposibilidad de que en la eternidad exista un infierno, y también las numerosas razones por las que el Dios de la piedad y del perdón es imposible que sepulte a su criatura en el dolor del pecado para siempre. Ahora toca el reverso de la cuestión, toca llegar a la misma conclusión, pero mediante las razones para creer en esa salvación universal, de manera que a los seis argumentos de antes puedes unir ahora estos otros cuatro, en los que trato de justificar que la salvación es gratuita, universal, irrenunciable y perfecta.

 

1.     Salvación gratuita

 

La infinita pequeñez del hombre, ese hombre-reo que en definitiva es un pobre imbécil, a pesar de su arrogancia, no está en condiciones de salvarse a sí mismo. Esta es la verdad de arranque que invalida cuanto pueda decirse sobre la intervención en su propia salvación con su conducta. Tiene capacidad para santificarse, sólo para santificarse, pero nunca para salvarse, por mucho que se santifique, porque el destino final del hombre le supera, está en manos de su Creador. No pienses que cuando la Iglesia declara santo a alguien es tan santo que se ha salvado a sí mismo. La única que salva es la cruz de Cristo. Este argumento confluye con el número tres, Salvación irrenunciable, en el resultado, pero por otro camino. En ése trataré de esa pretendida facultad de la criatura, la libertad, para oponerse a los designios de su Creador. Aquí trato de comentar la inverosímil suposición de que la criatura ha de satisfacer un precio por su salvación, el precio de la santidad y el arrepentimiento.

 

Por muy virtuoso que seas, tu alma está enraizada en un cuerpo material que te distrae, te solicita y te confunde.Estad vigilantes, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26,41) (Huerto de los Olivos, la noche de la Pasión) Tú, como todo hombre, sucumbes con frecuencia. “Aquél de vosotros que esté sin pecado que arroje la primera piedra” (Jn 8, 7). Y tu pecado no es contra una ley cualquiera, sino contra la ley impuesta por el Creador en su obra, la ley eterna del bien, de manera que tu culpa tiene trascendencia eterna. De ahí tu incapacidad radical para alcanzar la bienaventuranza por ti mismo. En alguna parte he escrito que el hombre está abocado a la bancarrota y así es. Únicamente el Creador, asumiendo sobre sí mismo tus culpas, puede dar a tu sufrimiento la trascendencia que le falta como sufrimiento humano.

 

¿Te das cuenta de la encrucijada? Con lo dicho en los párrafos anteriores acabamos de pasar de los hombres pecadores e irremisiblemente condenados a los hombres salvados por Cristo, acabamos de pasar del infierno pretendido a la gloria real, porque en el Reino no caben medias tintas. Dios no es un mercader que ofrece bendiciones a cambio de precios. La gran dificultad surge cuando, según la literalidad de los Evangelios y la doctrina de la Iglesia, ni un caso ni el otro se da enteramente, ni todos los hombres se condenan por sus pecados ni todos son salvados por Cristo, unos sí y otros no, la gloria a cambio de un precio irrevocable: el cumplimiento de la ley o, en su defecto, el arrepentimiento.

 

Esta es la gran dificultad que arruina los fundamentos del proceso que acabas de ver tan claro, porque ahora ya no se trata del protagonismo primero del pecado, vencido luego por el protagonismo de la Redención, ahora se trata de un coprotagonismo pecado-Redención en el que nadie vence a nadie, puesto que hay gloria y hay infierno a la vez en la eternidad (según la doctrina). El auténtico protagonista ya no es el Dios magnánimo que redime a la criatura sin precio ninguno, poniendo así punto final a la triste historia del mundo, sino que se erige en protagonista la criatura que, incomprensiblemente y según la doctrina, resulta que es capaz de enmendar la plana al Creador y decidir la solución final por su cuenta, salvándose o condenándose con sus actos, es decir, con la aceptación o no de una pretendida condición establecida para su salvación, el arrepentimiento. La incongruencia es triple:

 

1.1 Condicionar una donación es restringir su gratuidad; exigir una condición previa (arrepentimiento) a la concesión de una gracia (salvación) es, en definitiva, establecer un precio. Y a esto cabe enseguida comentar lo siguiente: concebir al Dios-Creador exigiendo precios a su humilde criatura por el uso que haya hecho de una facultad que fue el propio Creador quien sembró en su naturaleza, la libertad, resulta injusto. No fue el hombre el inventor del mal ni de la libertad, se los dieron hechos; de manera que el Dios que así le hizo, libre (y por lo mismo pecador), así le ama y así le salva (sin precios). Dios ni condiciona ni vende sus gracias.

 

1.2 Establecer Dios un tope a su propia magnanimidad, exigiendo a la criatura una condición previa para el perdón de sus culpas (el arrepentimiento), pero exigir a la vez a esa misma criatura que perdone a sus hermanos sin condiciones, límites ni precios (setenta veces siete), constituye una injusticia de tal volumen, en el propio Dios, que desmiente tal verdad.

 

1.3 Considerar que el Dios-Padre está, en cuanto a la gratuidad de su perdón, por debajo de cualquier padre humano suena a blasfemia. El padre de la parábola no perdonó al hijo pródigo porque volviese arrepentido. No estaba arrepentido, sino desesperado. Le perdonó, sencillamente, porque era su hijo. Antes de que éste abriese la boca, cuando le vio el padre de lejos, mandó ya preparar el recibimiento, lleno de felicidad. ¿Y el Padre eterno será menos que el padre de la parábola?

 

Para comprender en toda su magnitud la torpeza de esta supuesta limitación en el perdón divino, basta con considerar su consecuencia final. Una salvación gratuita, universal e irrenunciable es la única posible en una Creación que es obra de Dios. Suponer, por el contrario, que en las manos de la criatura existe la posibilidad de poner límites a esa salvación, so pretexto del uso de su libertad, constituye causa única y directa de que no se produzca siempre el triunfo del bien, que es la ley de Dios, sino que se produzca también una perpetuación del mal en la eternidad bajo la forma del supuesto infierno.

 

La causa de este disparate es un error conceptual que vengo denunciando a lo largo de todas mis obras, y es éste: la teología, la teodicea, la doctrina, todos inciden en el error de figurarse la infinitud como un “lugar” en el que está Dios y, en consecuencia, en ese lugar “caben” también otras cosas que no sean Dios y su Creación, como, por ejemplo, un infierno regido por Satanás. La eternidad, que es una forma de la infinitud, no es un “sitio” en el que está Dios, es Dios mismo, y en Dios no pueden existir infiernos. Creer en un infierno para los condenados que es “eterno” supone, implícitamente, el inmenso sacrilegio de admitir que esa forma suprema del mal cohabita en Dios. Este disparate puede aparecer en la Escritura del pueblo judío, y hasta pueden haberlo trasladado a los labios del Jesús predicador judío los evangelistas, pero aparece claramente desmentido en su último y definitivo Testamento, del cual me ocupo a continuación. El Jesús-Redentor desautorizó con toda claridad al Jesús anterior, el predicador de la Escritura judía.

 

El Padre eterno no pone condiciones a su perdón, ni su piedad incumple la que exige al hombre con sus hermanos, ni su corazón es más duro que el de cualquier padre del mundo.

 

2.     Salvación universal

 

La salvación universal, la salvación de todos sin faltar ninguno, ya la he dejado explicada en el apartado Juicio, condena e infierno, dedicado justamente a lo opuesto, a la posible condenación de muchos. Aprovechaba entonces para reconocer en Von Balthasar el mérito de haber reparado en ese cambio súbito de Jesús en sus enseñanzas al aproximarse el momento de su misión definitiva, la Redención. Pero…. ¿hubo realmente un cambio en sus enseñanzas, o fueron los discípulos los que cambiaron todo lo anterior a ese momento? Sea cómo fuere, todas sus anteriores palabras de justicia y condenación, tan desacordes en medio de su amoroso mensaje, fueron sustituidas de pronto por las de perdón universal, coherentes del todo con el nuevo camino que iba a abrir de forma inminente a los hombres. Las citas en las que puede fundamentarse esta universalidad son, al menos, éstas:

 

2.1 Ya en vísperas de la Pasión, en la subida a Jerusalén, al advertir a todos de la necesidad del Calvario (Jn 12, 23-33), dijo “... entonces atraeré a todos hacia mí”, en referencia explícita a la acción salvadora de su muerte inminente, sin poner condición ni límite ninguno (a todos). Es la teología oficial la que, retorciendo el significado natural de lo escrito, lo saca de su significado redentor y lo sitúa en la ambigüedad de que se refería a una simple y pura “atracción”, pero siempre entendiendo que dicha atracción ha de encuadrarse dentro de la sacrosanta libertad del hombre.

 

2.2 Poco después, en la última cena, al consagrar el cáliz lo hizo con estas palabras: “.... sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28)). Éste fue, junto con la Pasión, el momento más trascendente de su paso por el mundo, y no pudo ser más explícito de lo que fue. Derramaría su sangre por todos los hombres. Es cierto que en el laberinto complicado de las traducciones aparece el término “muchos”, en vez de “todos”, pero igual de cierto es que ese vocablo, en aquella cultura de aquel pueblo, era utilizado para designar a todos, era un término abstracto para significar la totalidad.

 

2.3 Si alguna duda queda en cuanto al significado del “muchos” o del “todos”, hay una verdad irrefutable: si realmente no estaba refiriéndose a la totalidad de los hombres habría limitado ésta de forma explícita, habría precisado “todos los que se arrepientan”, o bien “todos los que reconozcan sus culpas”, o mejor aún “todos los que pidan perdón”, todo lo cual pudo perfectamente decir y no dijo. ¿Por qué la Iglesia relega la contundencia de estas palabras del Jesucristo redentor, que constituyen su último y definitivo testamento, en beneficio de lo que el anterior Jesús predicador había dicho, repitiendo las duras enseñanzas recibidas del pueblo hebreo sobre la condenación? ¿Cuál es el fundamento para priorizar un mensaje inflexible y negativo, no original del Padre universal, sino del Yahvé hebreo, sobre el estremecedor testamento instituido personalmente por Cristo la noche anterior a su muerte?

 

2.4 Y aún queda otra confirmación. En el terrible momento del Calvario, para quienes acababan de azotarlo, coronarlo de espinas, humillarlo y clavarlo, no tuvo más palabras que éstas: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Todavía la Iglesia está pendiente de explicar cómo puede perdonarse esta salvajada, pero no las demás infamias del mundo; todavía está pendiente de explicar cómo el mismo Cristo que perdonó a quienes se ensañaron personalmente con él, sin arrepentimiento ninguno, no perdonará luego a cualquier pecador que muera sin arrepentirse.

 

Quien perdonó a los que le crucificaron y no se arrepintieron, ¿cómo puede ser que no perdone a todos los demás pecadores no arrepentidos?

 

Es verdad que el relato evangélico está henchido de elegidos en todas sus páginas, y que esto pudiera ser tomado como sinónimo de salvados, alimentando así la creencia de que no todos los hombres se salvan.¿Es cierto que el Padre celestial elige? Sin duda que elige. Pero es que elegido, en boca de Jesús, no es sinónimo de salvado, es sinónimo de bienaventurado, de sufrido. “Si el mundo os aborrece, recordad que me aborreció a mí primero. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría. Como yo os he elegido, no sois del mundo, y el mundo os aborrece” (Jn 15 18-19). Como ves, en estas mágicas palabras está ligando, de forma directísima, la “elección” con la “vida en el mundo”, no está eligiendo para salvar, está eligiendo para ser luz en el mundo. “Muchos son los llamados y pocos los elegidos” (Mt 22, 14) no quiere decir que son pocos los que se salvan, sino que son pocos los que siguen la palabra que los llama y llevan su cruz con entereza en este mundo.

 

Sin duda que el Padre elige, pero no solamente no elige para salvar, como queda dicho, sino que tampoco lo hace de forma injusta, eligiendo a los vencedores del mundo; todo lo contrario, elige a los fracasados, a los despreciados, a los olvidados. El Padre elige lo que el mundo no quiere para sí, elige a los desarraigados. ¿Por qué? Por mucho que te aproximes a tu Dios nunca le comprenderás del todo, nunca dejará de sorprenderte. Si fuera el dios de Nietzsche elegiría a los poderosos de la tierra, pero éste es el Dios del amor y elige a los que sufren, porque el sufrimiento es la más alta de las virtudes, la que sostiene al mundo. No hay mayor santo que el que más sufre y mejor lo acepta. Si tú eres uno de ellos, bienaventurado eres.

 

Elegidos pues (y no salvados, salvados seremos todos) serán los que estarán delante en su Reino, los que colocará a su derecha; lo cual no significa que los que lleguen mal y tarde serán desviados a otra puerta. En la eternidad no hay más puerta que esa, no hay ninguna otra puerta. Ni hay puerta de la “nada”, que no existe, ni hay puerta del “infierno”, que tampoco existe. Aunque todos iguales en el pecado, serán los otros, los que alejaron de sí el cáliz del infortunio, los ricos en el espíritu que amaron la gloria y la vanidad del mundo los que estarán a su izquierda, en vez de a su derecha, o estarán a los pies del estrado, o quizás más abajo… pero estarán. Igual a como tampoco lo haría ningún padre del mundo, la salvación no la concede el Padre celestial a unos de sus hijos sí y a otros no, en virtud de ninguna condición cumplida o incumplida. Es gratuita y, por lo mismo, es universal.

 

Las palabras redentoras de Jesús en la subida a Jerusalén, en la Eucaristía y en el Calvario no incluyeron condición ni limitación ninguna a la Redención, fueron universales.

 

3.     Salvación irrenunciable.

 

Además de ser la salvación un don gratuito y universal, como acabo de exponer en los dos puntos anteriores, encierra una tercera propiedad que es aún más llamativa: todos los dones de Dios son irrenunciables, ninguna criatura tiene capacidad para rechazar aquello que le viene precisamente de su Creador. Lo contrario sería igual de increíble que si un personaje tuviera poder para levantarse desde las páginas escritas y negarse a cumplir el fin que el autor de la obra le haya asignado. La historia de la vida la escribe el género humano en lo pequeño, en lo cotidiano, en las innumerables tonterías que ocurren en el mundo a diario, desde la fiesta del patrón del pueblo hasta una declaración de guerra nuclear, porque todo lo que aquí sucede, por muy importante, decisivo y catastrófico que nos parezca, resulta ridículo visto desde la eternidad. Esa tonta historia de lo que aquí ocurre es la que escribe la criatura, pero la única que interesa, la del final feliz de todos, esa historia sólo sabe escribirla el Padre eterno.

 

Los regalos de Dios son imparables, irrenunciables, avasalladores, tal y cómo los describió Teresa de Jesús, tal y cómo le ocurrió a Pablo en el camino de Damasco. Los éxtasis de la mística de Ávila son enormemente clarificadores en cuanto a esto. Leyendo sus libros, uno se encuentra con algo realmente inesperado: esos divinos raptos que “padecía” la enamorada Teresa no solamente no los buscaba, es que además, dirigida por las cobardes dudas de su confesor, los resistía con toda su alma, los resistía heroicamente; y a pesar de tanto empeño describe la propia Teresa cómo la arrebataba el Señor contra su voluntad, contra su libertad, esa enfermiza y pobre libertad humana en la que se escuda la doctrina para oponerse nada menos que al regalo de la salvación, cuando defiende que ésta depende del propio hombre. Si el Señor trastornaba la voluntad de Teresa sólo por un asunto místico, qué no hará con la voluntad del pecador ante el asunto salvación.

 

La gratuidad de la salvación divina, por un lado, y la posible renuncia y autocondenación del hombre, por otro, constituyen una abierta incongruencia y conducen a una “verdad” injusta y sospechosa que la doctrina oficial viene defendiendo: “Si te salvas es por gracia de Dios, pero si te condenas es por iniquidad tuya”. Esta doble afirmación sitúa al Creador y a la criatura a la misma altura, como los dos brazos de una balanza en equilibrio que puede desnivelarse por el mayor peso de uno respecto del otro.¡Qué disparate! Si la salvación es recibida del único que puede donarla, del Redentor, la criatura la recibe, ¡la recibe!, ni la alcanza ni la merece ni siquiera puede decir “No”.

 

Suponer en el hombre capacidad de interferir en la salvación que recibe es situarle a la altura del Dios que la regala.

 

Pero dejando a un lado todos estos argumentos, por muy convincentes que sean, hay dos verdades demasiado evidentes y, por otra parte, definitivas, puesto que atañen a la propia condición natural del hombre, a su ser ontológico, dos verdades que obligan a rechazar de lleno esa supuesta responsabilidad suya ante su destino final mediante el uso de una facultad, llamada libertad, capaz de burlar, según la doctrina, la salvación programada por el Creador. Son estas:

 

3.1   La criatura no se ha hecho a sí misma ni ha elegido ser libre, ha sido su Creador quien la ha hecho y la ha dotado de libertad. La consecuencia del uso de ese don de la libertad no puede ser responsabilidad, por tanto, de la criatura que se limita a recibir a la fuerza ese don en su naturaleza y ejercerlo. Si la criatura hubiera sabido el posible precio de la libertad (la supuesta condenación eterna) jamás la hubiera aceptado. Quizás más claro: un Dios que impone al hombre la facultad de ser libre, no puede luego condenarle por el uso de esa libertad que le ha impuesto.

 

3.2     Además de esa imposibilidad de ser castigado por causa de lo que ha recibido sin pedirlo, además de eso, digo, la libertad recibida no es absoluta, es mezquina, precaria, condicionada, como corresponde a la contingente naturaleza de toda criatura. Por tanto, castigar el mal uso de esa libertad tan limitada con una sanción eterna es infringir la proporcionalidad entre la culpa y el castigo, es sancionar con lo absoluto (eternidad del infierno), lo que solamente es relativo (libertad limitada). Si el hombre no es absolutamente libre (verdad que nadie discute), tampoco puede ser absolutamente condenado, es decir, eternamente condenado.

 

Supongo que tú, amigo lector, también consideras estas dos proposiciones incontrovertibles verdades. Sin embargo, resulta que esta misma libertad, tan impuesta como limitada, es precisamente el caballo de batalla y perenne argumento de los que defienden la literalidad de las palabras evangélicas, en cuanto a este posible rechazo de la salvación por parte de la criatura. A la hora de discutir esta irracional posibilidad, no encuentran otro argumento que el de santificar la manoseada libertad del hombre, don tan maravilloso y perfecto, tanto, tanto, tanto que resulta que coloca al hombre por encima de todas las demás criaturas celestiales (ninguna tiene tal “privilegio”) y, de facto, a la altura de su propio Creador, puesto que resulta ser capaz de decirle “no”. No estamos hablando de cualquier fruslería transitoria, estamos hablando de la facultad de la criatura de autocondenarse para siempre, estamos hablando de la facultad de conculcar el programa de salvación de su Creador.

 

Según esta “verdad” hebrea del posible rechazo de la salvación por parte de la criatura, sospechosamente trasladada a los labios del Jesús hebreo que, según los evangelistas hebreos, vino a dar cumplimiento a las profecías también hebreas (todo absolutamente hebreo. éste es el problema), la clave no está en el Dios infinito, omnipotente y salvador, sino en el mísero hombre salvado, porque, aunque mísero y salvado, resulta luego ser dueño de su propio destino, según esto: es el hombre el que decide alejarse de su Creador con el pecado, es el hombre el que decide pedir perdón y retornar, y es el hombre también el que decide, si así le parece, no reconocer su culpa y condenarse a sí mismo. ¿Dónde está el protagonismo de Dios en esta historia hebrea? Todo el protagonismo resulta que lo acapara la criaturita.

 

La pretendida libertad del hombre la he desarrollado en mi libro La otra filosofía, y a él te remito. Ahora quiero referirme sólo a esa condición concreta de que, en uso de la libertad, la criatura ha de ser la primera en dar el paso del arrepentimiento para no ser condenada, para que la salvación de Dios se “haga posible”, como si Él dependiera realmente de la voluntad del hombre. Entonces ya no se trata de una salvación gratuita, como la propia doctrina pregona, sino condicionada al arrepentimiento; ya no se trata de una salvación recibida, sino alcanzada, ya no se trata de una salvación graciosa, sino merecida. Si todo esto así fuera, ¿qué ha sido de la célebre magnanimidad del Redentor?

 

En nombre de la enaltecida libertad todo es justificable, incluso renunciar a la salvación. Según sus defensores, la parábola de El hijo pródigo evidencia ese predominio de la libertad sobre la gracia, del arrepentimiento sobre la salvación, pues fue el hijo el que rectificó y volvió a la casa del padre solicitando clemencia (según ellos). El ejemplo no puede ser más desafortunado, y cuesta trabajo admitir que pueda analizarse tan indecorosamente un texto. Ni el hijo se arrepintió de nada ni el padre le perdonó por un supuesto arrepentimiento, ninguna de las dos cosas. Sólo el hambre y la ruina a las que su prodigalidad le había conducido, forzó al hijo a volver a la casa del padre. “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!”, pensó (Lc 15, 17 ) Esto no son palabras nacidas de un corazón arrepentido, sino de un corazón desesperado. Puede ser que existiera también arrepentimiento, pudiera ser, pero lo que sí está claro que existió, por encima de todo, fue desesperación.

 

El padre, por su parte, tampoco es cierto que se conmoviera por el arrepentimiento del hijo, como puede comprobarse en el texto, porque ya antes de que éste llegase y abriese la boca pidiendo clemencia, se apresuró, loco de alegría, a disponer las cosas para recibirlo. “Estando él todavía lejos, lo vio su padre y se conmovió; corrió, se echó a su cuello y lo besó” (Lc 15, 20). Todo en esta parábola va en contra del pretendido arrepentimiento como condición necesaria para ser perdonado. Vemos al hombre (el hijo de la parábola) actuando siempre desde la dureza de su corazón, movido más por el interés que por el amor, porque si hubiera sido al contrario habría vuelto espontáneamente y no forzado por el hambre. Y vemos a Dios (el padre de la parábola), abriendo los brazos a su amada criatura sin condiciones, antes de que abriese los labios pidiendo perdón.

 

Sin embargo, la Iglesia y los teólogos de la Iglesia insisten en que el perdón de Dios está condicionado a tu arrepentimiento, insisten en que el amor de Dios está condicionado por ti, lo cual ya es en sí un disparate y una arrogancia. Insisten en que eres libre, y tú sabes que no lo eres. Sabes que te mueves por mil impulsos que anidan en tu corazón, aunque a veces ni tú mismo los conoces ni te comprendes a ti mismo. La viga en tu ojo la ve el que te mira, porque para ver bien hace falta estar fuera de lo que se quiere ver, y tú no estás fuera de ti. Tampoco quiero decir que no tengas responsabilidad ninguna. Eres responsable de falta de humildad y sinceridad en intentar conocerte para rectificar. Pero, incluso intentándolo, sabes que eres un auténtico fracaso y que tu búsqueda de la verdad está repleta de dudas.

 

Si los teólogos fueran padres, cosa que generalmente no se cumple, sabrían algo elemental: ningún padre espera nada de sus hijos, ni tan siquiera comprensión, ni menos aún arrepentimiento por sus desamores; un padre cualquiera, hecho de carne y hueso, perdona los desmanes de un hijo setenta veces siete, es decir, perdona como Dios le exige, pero sin hacer esfuerzo heroico ninguno, perdona siempre, incluso en el caso de que el hijo llegue a quitarle la vida. ¿Y el Padre celestial no? ¿El Padre celestial está por debajo del padre carnal en el amor y el perdón? Leyendo la parábola del hijo pródigo que un día contó Jesús de Nazaret, cualquiera que sea padre comprende muy bien a Dios y sabe, con absoluta certeza, que no puede condicionar su perdón al arrepentimiento de las criaturas, porque él mismo jamás lo haría con sus hijos.

 

Los regalos de Dios son imparables, avasalladores, tal y cómo los describió Teresa de Jesús, tal y cómo le ocurrió a Pablo en el camino de Damasco. El más grande de todos los regalos, la salvación, es irrenunciable.

 

4.     Salvación perfecta.

 

Este es un argumento con el que vas a identificarte de inmediato, porque te va a tocar tanto en el corazón que lo vas a comprender y lo vas a asumir sin reservas. Responde a una vieja y angustiosa pregunta que todo creyente se hace, y tú también: “Si nadie tiene asegurada la salvación y son muchos los que se condenan, según la doctrina al uso, ¿quién me asegura a mí que en la eternidad del Padre voy a encontrarme con todos mis seres queridos?” Seguro que te lo has preguntado, lleno de zozobra. Pudiera ser que llegaras a la ansiada eternidad, desprendido ya de este maldito lastre, fuente de tantas tristezas, al fin libre y feliz, y te encontraras con que allí no está tu madre, o tu hijo, o aquella mujer a la que amaste hasta la locura. ¿Eres capaz siquiera de concebir una eternidad sublime, muy sublime, totalmente sublime, pero sin los tuyos? Por supuesto que no, de ninguna manera. El bien, a pesar del mal, ya no es el bien absoluto. Esto es axiomático, incuestionable. El bien absoluto (Dios) no contiene ninguna forma de mal, y la ausencia de los tuyos es una evidente forma de mal, luego son incompatibles.

 

-        La felicidad absoluta se fundamenta únicamente sobre el bien absoluto (Dios).

-        El bien absoluto (Dios) excluye, por definición, toda suerte de mal.

-        Todo amor verdadero es un bien y cualquier pérdida de amor constituye, intrínsecamente, un mal.

-        La pérdida de cualquier amor del mundo, por ser un mal, es incompatible con el bien absoluto.

-        En la eternidad de Dios (el bien absoluto) seguirá viva, como parte del amor absoluto, toda forma de amor que alguna vez haya existido en el mundo.

-        En la eternidad feliz del Padre estarás tú, estarán todos tus seres amados, estarán todas las criaturas (todas, no sólo el hombre) a las que amaste en el mundo, por la sublime razón de que estará la Creación entera, que es obra de Dios y a la que Dios ama.

 

Hace un instante he escrito esto: “Si los teólogos fueran padres, cosa que generalmente no se cumple, sabrían algo elemental: ningún padre espera nada de sus hijos, ni tan siquiera comprensión, ni menos aún arrepentimiento por sus desamores; un padre cualquiera, hecho de carne y hueso, perdona los desmanes de un hijo setenta veces siete, es decir, perdona cómo Dios le exige, pero sin hacer esfuerzo heroico ninguno, perdona siempre, incluso en el caso de que el hijo llegue a quitarle la vida”. Esto es lo que acabo de escribir. Ahora figúrate a ese padre de la parábola, el que enloqueció de alegría con el retorno del hijo pródigo, y figúrate que en la eternidad se encontrase con que el hijo al que creía recuperado para siempre no solamente no estuviera allí, sino que además estuviera proscrito para siempre en el infierno. ¿Para qué habría servido su infinito amor en el mundo? ¿Sólo para salvarse a sí mismo, pero no a su hijo amado?

 

Los teólogos de la Iglesia, como tantas veces, pretenden dar a esta terrible realidad de la posible condenación de tus seres queridos una salida incomprensible para cualquier mortal y absolutamente simplona para cualquier filósofo, y todo ello por no abdicar de la pretendida condenación eterna. Según ellos, este problema no existe por una razón, al parecer, obvia: la felicidad en presencia de Dios será tal que anulará cualquier motivo de tristeza o insatisfacción. Según ellos, siempre según ellos, por mucho que hayas amado a otros seres en la vida temporal, todo ese amor quedará sepultado, olvidado, reducido a la nada, ante el amor infinito de Dios. Sencillamente, aquel amor que tuviste en el mundo, por grande que haya sido, desaparecerá en presencia de Dios, que es el amor infinito y todo lo llena. Esto es lo que ellos dicen. Dios (ese mismo Dios que invocan) los perdone.

 

¡Qué quieres que te comente sobre esto, aparte de que Dios los perdone! Esta es una verdad en todo semejante a la de la cuadratura del círculo, que ofende el pensamiento, pero que Dios, omnipotente, está clarísimo que sí que puede hacer que se cumpla. Que lo cuadrado sea circular es un imposible para la mente humana, pero no para Dios, porque si hubiera cosas imposibles también para él dejaría de ser quien es. Los imposibles solamente existen en nuestro entendimiento, no en Dios. A donde quiero ir a parar con esto es a que resulta obvio que con mayor facilidad aún puede hacer que todo tu amor anterior en el mundo desaparezca en su presencia, por supuesto que sí. Dios puede hacer cuanto quiera..... El inconveniente, señores teólogos, es que jamás va a hacer tal cosa, porque su ley es la ley del bien, y permitir que desaparezca de un corazón lo amado en el mundo no es el bien, es justamente lo contrario, el mal, y en Dios jamás puede caber el mal, por insignificante que sea

 

No se puede amar a Dios y olvidar a quien ya se amó en el mundo, porque lo que ya se amó fue inspirado precisamente por Dios, que es la fuente de todo amor. En la eternidad no faltará ninguno de tus amores. En la eternidad no faltará ni una sola criatura.

 

Como tantas y tantas veces ya ha ocurrido, es noticia del día que una madre, joven y enamorada, acaba de dar muerte a sus dos hijas y se ha suicidado por una única y terrible razón: la muerte del marido en un accidente. Detrás de este trágico hecho puede haber muchas motivaciones, desde luego, pero entre ellas una muy singular: la certeza que tienen los creyentes de que en la eternidad van a reunirse todos sin faltar nadie. Esa madre desesperada ha decidido ir con sus dos hijas en busca del padre. Y con toda seguridad que lo han encontrado. Una gloria en la que cupiera la posibilidad de que no estuvieran todos los seres queridos no sería perfecta, y ésta es una verdad más que reclama la salvación de todas las criaturas, porque todas han sido amadas por alguien alguna vez. Hasta el más despreciable ha tenido madre y ha sido amado por ella. Dios no va a privar a esa mujer de amar a su hijo también en la eternidad.

 

Salvación y justicia

 

La anterior visión de una humanidad que es salvada entera en la cruz da testimonio del Dios-Amor, el de la parábola de los jornaleros de la viña (Mateo 20, 1-16), que, lleno de generosidad, satisface el jornal entero a todos, a los que trabajaron y a los que no. Sin embargo parece no dar testimonio del Dios-Justicia que, evidentemente, también tiene que haber en el Padre eterno. Si al final todos somos salvados, no faltará quien te plantee de inmediato, con ese tonillo socarrón de haberte pillado: “Entonces, ¿para qué mortificarnos ahora? Si nos vamos a salvar todos, ¿por qué renunciar a los placeres del mundo?” Quien esto te plantee, lo que revela es que sigue pensando que lo único interesante es lo que ocurre aquí abajo, en el mundo, y que concibe la salvación como un mero “no ser castigado” al acabar este paseíto por el mundo…. Dicho de otra manera: lo que le pasa al socarrón es que no tiene ni idea de todo lo que cabe dentro de eso que a él le parece tan simple: me perdonan y pelillos a la mar. El socarrón no es capaz de imaginar lo que se juega. Se salva, sí, pero ¿qué clase de salvación? ¿Son iguales todas las salvaciones?

 

Por supuesto que no. El Cristo que ha subido a la cruz por los hombres no renuncia, a pesar de ese acto de amor extremo, a ser justo. Injusto sería si hiciese lo que te han contado, castigar el mal limitado de la criatura con una pena de duración eterna, porque hasta en las leyes humanas se limita el castigo de forma proporcional al delito. ¿Va a ser Dios menos justo que los jueces del mundo? Por supuesto que no. Lo que ha hecho con su Pasión el Salvador es, simplemente, bajar el listón hasta el suelo, abolir esa altura injusta, por encima de la cual uno se salva enteramente, pero por debajo uno se pierde enteramente. Ahora todos pasan, todos se salvan, pero cada uno pasa a su destino particular. Dios sabe conjugar juntos el amor y la justicia. El Dios-Amor no impide al Dios-Justicia.

 

·               El esquema mental salvación-condenación, según te lo han inculcado, consiste en dos situaciones planas y opuestas: una es la gloria, en la que están todos los salvados por igual, y otra es el infierno, en el que están todos los condenados por igual. No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que esto no puede ser así, tan simplista y tan injusto, o blanco o negro, porque la realidad está llena de grises, ni todas las virtudes ni todos los vicios son iguales. Un Dios-Justicia que premiara a unos entera y eternamente, y castigase a otros entera y eternamente, no tendría nada de justiciero.

 

·               No hay tales “situaciones planas”. La segunda, la condenación, porque ni siquiera existe. En la eternidad de Dios no hay lugar para el mal. En cuanto a la primera, la salvación, efectivamente consiste en la vida eterna junto al Creador, pero no es igual para todos. En la gloria hay tantas pequeñas glorias como almas, todas diferentes, cada una personal e intransferible, a la medida del alma intransferible y personal de cada cual. Si el infierno existiese (que no existe), consistiría igualmente en infinitos pequeños infiernos, cada uno también personal e intransferible, a la medida de cada condenado, porque sus vidas tampoco habrían sido todas iguales. Una cosa es que el Dios que te ha hecho te salve y otra muy diferente es que te iguale con todos, porque nadie somos iguales ni llegamos igual de limpios.

 

No se trata, por tanto, solamente de “no ser castigado”, como piensa el socarrón de antes. Ése que no castiga es el Dios-Amor que te perdona y te lleva a la eternidad. Pero en la eternidad también está el Dios-Justicia que te pone en tu sitio. Esto de que todos nos salvaremos y todos seremos enteramente felices, pero que no todas nuestras felicidades serán iguales, sino que serán a la medida de cada alma, no es ninguna novedad. Ahí tienes toda esa literatura sobre las criaturas celestiales (ángeles, arcángeles, querubines, serafines….), todas diferentes, y diferentes también, por tanto, sus respectivas felicidades. En la eternidad, la felicidad de ninguna de las demás criaturas del mundo será nunca tan perfecta como la del hombre, ni la de cada hombre será como la de otro, porque es la perfección de cada alma la que determina la felicidad en el Reino de Dios. Y sin embargo, esto no obsta a que todas las almas se sentirán felices a rebosar, porque, por muy pequeña que sea, la felicidad particular de cada criatura será la suficiente para colmar su naturaleza imperfecta y limitada.

 

Si ese socarrón que antes te planteaba “para qué renunciar a los placeres del mundo, puesto que al final todos nos salvamos” intuyera, por un instante, todo lo que con su actitud se juega en el más allá para siempre, para toda la eternidad, quedaría mudo ante la estupidez de sus palabras. Liberarse de la pesadilla de esa posible condenación que le han inculcado desde niño es, sin duda, la gran noticia. Cristo se inmoló por todos. Pero el otro Cristo, el de la justicia, no quitará ni un tilde ni una coma de la imperfección de su alma y le asignará la gloria que le corresponda. Será feliz porque allí no hay dolor ni muerte ni anhelos incumplidos ni relojes que puedan pararse un día. Ni siquiera hay días, es un eterno presente. Será profundamente feliz, profundamente….. pero no puede ni imaginar cuánto más grande hubiera sido esa felicidad si no hubiera desperdiciado la vida terrenal corriendo detrás de tantas cosas vanas. “Para qué renunciar a los placeres del mundo, puesto que al final todos nos salvamos” es de una estupidez sobrecogedora.

 

Esta visión del más allá con sus distintos paraísos particulares, se supone que no habrá llenado la imaginación de algún lector incauto con una eternidad incomunicada, repleta de parcelas diferentes y estancas, hechas a la medida de cada uno y en las que no cabe más compañía que la del Padre eterno, pero no la compañía de las demás criaturas. El concepto “morada” tan utilizado por Teresa, tomado de las palabras del propio Jesús en los Evangelios, nada tiene que ver con lo que en el lenguaje estricto significa, con un lugar determinado. Ni en la eternidad hay lugares ni las almas ocupan lugar. En las páginas dedicadas a la Creación utilicé una imagen sugestiva para definir cómo es: un océano de almas unidas por la única ley existente, la ley del amor; un océano en cuanto a la inmensidad de vida salida de las manos del Creador, y un océano en cuanto a la unidad indisoluble del todo. En el océano no existen parcelas incomunicadas. Como entonces te dije, allí estarán todas las criaturas a las que amaste en el mundo para que sigas amándolas sin término.

 

Salvar a todas las almas no es igualar, no es incumplir la justicia, porque en la eternidad hay tantas moradas como criaturas y ninguna es igual a otra, sino a la medida de cada alma.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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