(Imagen tomada del reportaje “Salvador Dalí”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III.- El Ser recibido o Ser limitado (lo creado)

(Última actualización: 20-04-2017)

 

La Creación.

 

La Creación, obra perfecta de Dios, nada tiene que ver con el mito universal que se apropió el pueblo judío y plasmó en su Antiguo Testamento, ni mucho menos, por supuesto, con el homo-mono de Atapuerca, con el que la ciencia solamente nos explica la gestación del cuerpo humano, no del hombre. Nada tiene que ver con esas dos historias, en la primera de las cuales se nos presenta un Dios vacilante y hundiendo sus manos en la materia corruptible (Génesis) ni, menos aún, con la segunda, que nos presenta un espíritu humano surgido, ¡oh, milagro!, de una pura y simple carambola evolutiva, como por arte de encantamiento (ciencia). La Creación fue como la vas a leer y, si sigues leyendo, comprenderás por qué fue como la has leído:

 

El Dios inmutable e infinito, el que es en sí mismo, dio el ser a la finitud, creó el ser limitado de la finitud. Sólo existe el ser, no existe el no-ser, el no-Dios, la “nada”. Sólo existe el ser, y el ser solamente es espíritu, porque espíritu es lo único que vive y jamás muere, espíritu es lo que nunca deja de ser. No hay más vida que la del espíritu. Lo que es creado por Dios es único porque es verdadero, y la verdad es solamente una: lo imperecedero, lo que nunca pasa y nunca muere. De la mano del Creador jamás salió lo que es corrupción y es muerte, lo que no perdura, la materia, el mundo adorado por los sentidos en el que sueñas vivir por un tiempo. No hay más realidad que el ser, que es espíritu, que es vida eterna. Hizo su obra y la ordenó con la única ley que existe, la Ley del Bien, de manera que nada hay que pueda vulnerar la Creación de Dios, que es única, imperecedera, perfecta, hecha desde la eternidad y para la eternidad. Así es la Creación que Él hizo, la Creación de lo único que realmente existe: las almas de todos los seres vivos, sus criaturas. Eso es la Creación. Todo lo demás es un espectáculo grotesco en el que crees estar y del que despertarás al morir.

 

Amigo lector, de momento no entiendes esta Creación porque nunca la has oído así, pero la entenderás. Cuando de niño me enseñaban historia sagrada, ilustraban la página con la imagen de un hombre bellamente proporcionado en el Paraíso. Era Adán. Y no podía ser de otra manera, si era obra de Dios. Cuando más tarde me dijeron que el primer hombre no fue aquél, sino esa otra especie de mono peludo y grotesco nacido en África y llamado Homo Sapiens, comprendí de inmediato que algo chirriaba en este asunto. Si el hombre era manufactura de Dios, no podía ser el homo-mono; y si el primer hombre fue efectivamente el homo-mono, entonces es que el hombre no era obra de ningún dios. No era posible. Una de las dos pretendidas verdades estaba engañando a los hombres.

 

Ante este dilema, si eres ateo lo tienes mollar. Para ti la ciencia ha venido a echar por tierra, una vez más, el cuento infantil de la Creación. Para ti no hay más realidad que la de Atapuerca (aprovecho para notificarte que, ya que sólo crees en la ciencia, eches una ojeada a la física cuántica, según la cual lo que no existe es precisamente la materia). Para mí, sin embargo, el problema no había hecho nada más que comenzar. No podía negar las evidencias de la paleontología, pero tampoco las evidencias de Dios y de su Creación. La única salida era obvia: sin duda ese homo-mono fue el primer hombre del planeta, no puedo poner en duda lo que dice la ciencia; pero también sin duda que no pudo ser ése el hombre creado por Dios. Y, efectivamente, no lo era. ¿Entonces?

 

Este aparente problema desaparece cuando se explica la Creación como realmente es, como está contada dos párrafos más arriba, como una creación únicamente de almas; y no como te la han contado y siguen contándola, como una historia de “barro animado”, al estilo del animismo, al estilo de Platón y del dios inferior de los gnósticos. No fue así. Dios, efectivamente, puso la animación, las almas, la vida; pero el barro no lo puso nadie, es un espejismo de los sentidos (repito: la materia no existe, volver al capítulo I.- La Verdad Básica). Si a ese homo-mono de Atapuerca le desvistes de lo que te muestran los sentidos, de su apariencia grotesca corporal, te quedará lo único que realmente hay en él: un alma, todo lo rudimentaria que quieras, pero un alma creada por Dios y conocedora, desde el primer día, del bien y del mal, única seña de identidad que diferencia al hombre del resto de la Creación. El problema anterior, ese que yo me planteé de niño y que todos soslayan, acaba de desaparecer.

 

El Dios que acabo de tratar en el capítulo anterior, inmutable e infinito, creó la finitud, pero no la finitud que ves a tu alrededor y en tu propio cuerpo, maldecida con la materia. Suponer que creó el mundo que ves es un terrible pecado, iba a decir que pecado de irreverencia, pero quizá más, resulta blasfemo, porque de sus manos nunca pudo surgir lo corruptible. Aunque la doctrina te diga que la corrupción la ha posibilitado el hombre con su pecado, no por eso deja de presentar a Dios como el autor de una obra provisional y despreciable, capaz de corromperse y albergar el mal, y Dios no hace ese tipo de chapuzas. Ante el espectáculo grotesco de la vida, sometida a la impiedad de la ley del más fuerte, siempre habrá un necio que, embobado por las luces de colores que parecen caer del cielo en la noche, en la plaza pública, no sea capaz de oler el horror de la pólvora que las catapulta. Hasta los parajes más bellos suelen tener su red de cloacas. La monstruosidad llamada mundo, aunque tan bellamente vestida por fuera, ni con la complicidad pecadora del hombre pudo ser nunca obra del Creador. Repito: Dios no hace chapuzas.

 

Creó una finitud enteramente espiritual, no contaminada, constituida por criaturas espirituales. Creó un mundo en el que ni siquiera había formas corpóreas, porque las formas solamente existen en el espacio y en el tiempo, y la obra de Dios fue en la eternidad. Las formas intangibles de las apariciones en el mundo (Virgen, ángeles) sólo adquieren esa forma para hacerse visibles en el mundo de nuestros sentidos, nada más. Lo que creó Dios fue vida, y la vida no está en las cosas ni en las formas ni en los cuerpos, la vida está en las almas. Hizo una Creación de seres vivos, de almas. Creó la vida, y la vida no es corruptible, es eterna, porque de las manos de él únicamente pueden salir obras perfectas. Así es la Creación del Señor: espiritual, acabada, eterna, perfecta, nada que ver con el grotesco espectáculo que tienes delante de ti.

 

Ese mundo maravilloso de la Creación de Dios es limitado, pura finitud, porque infinito sólo es él, el Creador. Pero no es la limitación de formas ni es la limitación de tiempos que hay en el mundo. En la eternidad no hay espacio ni tiempo, ni las almas los necesitan. Las limitaciones de las almas creadas lo son por los grados de perfección, desde las vidas vegetales y animales más simples hasta los ángeles, pasando por los hombres. Pero todas las criaturas, aunque tan variadas, se sienten por igual absolutamente felices, porque su perfección, la que sea en cada una, se siente colmada del amor del Creador. Lo que es grande tiene más capacidad que lo que es pequeño, pero si los dos están llenos, los dos son iguales en eso, en estar llenos a rebosar. Así es la felicidad de cada ser vivo en la Creación, una felicidad absoluta conforme a su naturaleza. No hay dolor, no hay mal, no hay muerte, no hay violencia, ni explotación, ni lucha, no hay ninguna de las leyes naturales que gobiernan el mundo, todo eso jamás ha salido de las manos del Creador. Su obra es una armonía de criaturas espirituales que se aman bajo el reinado del bien, que es la única ley que rige la obra.

 

Dios, que es el Ser en sí mismo, donó el ser a la criatura. El ser es espíritu, no existe ninguna otra forma del ser. Creó las almas de todos los seres vivos en armonía, bajo la Ley del Bien. De sus manos jamás salió este mundo de materia, gobernado por el mal y la muerte. Dios no hace chapuzas.

 

Antes te decía que su obra fue acabada, y con ello quería decirte que salió de sus manos entera y de una sola vez. Dios no experimenta, ni planifica, ni prevé, ni prueba; esas son cosas de los que trabajan a ciegas, como el hombre. Él no necesita ver los resultados para saber si algo es bueno o es malo, como dice ridículamente el Génesis que hacía Dios al final de cada uno de los seis días; no lo necesita porque él está en el origen de todo. Por los frutos conoceréis el árbol. El hombre necesita ver el fruto, el resultado, para saber a qué atenerse y distinguir las cosas. Pero Él está más allá de toda inteligencia, ha previsto los frutos antes de crear el árbol, de manera que su obra surgió así, entera y acabada, perfecta, de una sola vez y para siempre, sin “evolución”. Las almas no evolucionan. En las almas habitan siempre las mismas pasiones y los mismos ideales, desde el hombre cavernario hasta el de hoy. Las almas son siempre las mismas. El evolucionismo de Darwin está bien para esa otra mitad del hombre que perciben los sentidos, la del cuerpo, esa mitad que la física moderna, la física cuántica, ha demostrado que sólo es eso, una percepción sensorial de algo que, realmente, no existe. ¿Por qué, entonces, te escandalizas si digo que la Creación fue sólo de un mundo exclusivamente espiritual?

 

Después de haber leído esta Creación tan espiritual (y tan coherente, por otra parte, con la naturaleza onírica del mundo de la materia) puedo figurarme qué pregunta estará rondando tu cabeza. Quizás me dirías, si me tuvieras delante, que, puestos a admitir todo eso y que el mundo que percibimos es una pura ficción de los sentidos, entonces me falta explicar de dónde surgió esa ficción que el hombre sueña, porque el hombre es capaz de soñar, pero no es capaz de sacar un sueño de la nada, como te explicaría con más autoridad que yo un psiquiatra. Tienes toda la razón. En los sueños el hombre no inventa nada nuevo, viste de diferentes formas lo ya existente y conocido. ¿De dónde ha surgido entonces esta pesadilla que el hombre sueña? Evidentemente, también de la mano de Dios, todo lo que existe viene de él, nada ha surgido de la nada, entre otras cosas porque la nada no existe. Pero eso será en el próximo capítulo. Bajo el título El ser utópico (el universo), procuraré darte una explicación de este mundo aparente nacido, como sabes, de un “punto” enigmático y misterioso que todo lo inició explotando, el Big-Bang, pero que la ciencia no sabe de dónde ni cómo surgió (los creyentes sí, por supuesto, de Dios). Todo eso será en el próximo capítulo. Ahora sólo toca hablar de la Creación real, la de las almas salidas de las manos del Padre, no de la utopía llamada mundo.

 

Teoría del alma

 

En la Verdad básica del capítulo I ya abordé la paradoja materia-espíritu, pero lo hice acudiendo al fondo sustancial de lo que es materia y lo que es espíritu y acudiendo, además, al arbitraje moderno de la relatividad y de la física cuántica. El resultado fue el que fue: el árbitro, la ciencia, aunque con siglos de retraso, ha acabado por eliminar la supuesta paradoja al descubrir que la materia es algo que existe sólo en función del observador y del medio de observación empleado, lo cual es una forma muy gentil de decirnos, en definitiva, que la materia realmente no existe, que solamente existe para la percepción sensorial. Ahora no quiero ir tan lejos, quiero solamente apoyarme en la crítica de algunas ideas conocidas y, muy singularmente, la del hilemorfismo de Aristóteles, para desembocar en mi visión del alma como realidad única.

 

Alrededor del concepto ser vivo surge un inevitable halo de misterio, y es lógico, porque la unión de dos realidades tan radicalmente antagónicas como la materia y el espíritu resulta racionalmente impensable, aunque lo tengamos asumido a fuerza de darlo por cierto. Nos parecen tan evidentes las dos unidas, materia y espíritu, que pasamos de considerar esa perplejidad intelectual, esa imposibilidad teórica de una unión íntima entre elementos tan radicalmente contradictorios entre sí. Constituye un impacto racional equiparable al de “Dios hecho hombre”, el impacto de lo incongruente. En el tema de Dios, sin embargo, ya he dicho en alguna parte que el impacto desaparece cuando uno se da cuenta de que en él, en Dios, lo excepcional, lo impactante, ni es excepcional ni impactante, sino que constituye precisamente lo contrario, lo normal, por una razón obvia: Dios no es un hombre ni se le puede entender desde la lógica humana, porque si le entendiéramos es que no sería Dios. Esto otro de la unión materia-espíritu, sin embargo, sigue chirriando en la historia de la filosofía y de la teología. Nadie ha llegado a dar una explicación verdaderamente convincente.

 

Por lo pronto, esa unión tan inexplicable materia-espíritu existe (aparentemente, claro, sólo aparentemente). No tienes nada más que mirarte al espejo para tener conciencia de tal realidad frente a ti mismo. Otra cuestión diferente es si lo que el espejo refleja eres tú mismo o es otra cosa. Me explico: tú tienes conciencia de ti mientras estás viéndote en el espejo, pero la imagen que ves no es, obviamente, la de esa conciencia tuya, porque la conciencia no es materia y no tiene imagen, ves únicamente la imagen de tu cuerpo. ¿Te devuelve, entonces, el espejo la imagen de tu persona? No, desde luego. La mejor y mayor parte de lo que tú te consideras ser no aparece. La conciencia, la espiritualidad, no es cosa de espejos.

 

Para solucionar este problema alma-cuerpo, aparentemente tan abstruso, se ha recurrido a todo tipo de disparates. La historia del pensamiento es como un bazar inagotable, y además de inagotable irrelevante. Salvo unos pocos genios que han iniciado grandes líneas de pensamiento, la mayor parte de catedráticos y eruditos de todo pelaje no han hecho otra cosa que alambicar y mestizar sobre conceptos anteriores y manoseados hasta lo infinito, sin aportar nada realmente nuevo. Y esto en el mejor de los casos. Generalmente se limitan a ejercer su cátedra repitiendo como papagayos lo que leen de otros. En este tema concreto, como de la evidencia material del cuerpo nadie se siente capaz de dudar, en el empeño de unir lo que es imposible de unir, espíritu-cuerpo, se ha intentado de todo, desde fabricar almas a la medida, hasta lo contrario, negarlas (fenomenismo) e incluso negar la esencialidad de los dos, cuerpo y alma (hilemorfismo).

 

-        Platón creyó en la existencia de tres almas: nutritiva, concupiscible y cognoscitiva.

-        La filosofía tradicional insiste en el concepto platónico de tres almas superpuestas: vegetativa, sensitiva y racional.

-        Los maniqueos, por supuesto, defienden sus dos almas clásicas, la buena y la mala.

-        Kierkegaard es trialista, no sólo reconoce la heterogeneidad de alma y cuerpo, sino que les niega toda afinidad hasta el extremo de ser un tercero, el espíritu, el que posibilita la unión.

-        Klages también es trialista, defiende el alma y el cuerpo como soporte de la vida, pero con la particularidad de que el espíritu, por ser enemigo de la vida, imposibilita que haya un auténtico ensamblaje o estructura esencial.

 

Como puedes ver, sobre el problema alma-cuerpo hay soluciones para todos los gustos, y no solamente casi todas ellas pasan por reconocer la sustancialidad del alma, más aún, llegan incluso a concebirla plural. La principal objeción que se le ha hecho a esta concepción múltiple del alma es, lógicamente, que se contradice con la unidad hombre. Un mismo ser no puede albergar dos o incluso tres almas a la vez, por muy poco alcance que se le quiera dar al concepto alma y por mucha lenidad con la que se quiera concebir lo que es hombre, en cuanto sustancia. De hecho, amigo lector, no tienes nada más que un alma o espíritu, como quieras llamarlo; pero eso lo veremos enseguida. Ahora es más urgente considerar otras teorías que coinciden en lo contrario, en negar la sustancialidad del alma.

 

1.     El fenomenismo psicológico defiende el extremo opuesto: el alma no es ni siquiera una, no es un sujeto sustancial, sino sólo un conjunto de fenómenos y situaciones. Esto de reducir el alma solamente a sus manifestaciones es algo tan insólito como concebir lo que es un río no por sí mismo, sino por la energía hidráulica o por las zanahorias que sus aguas producen. Desde Heráclito (V a.J.) la fugacidad y movimiento incesante de las cosas ha empujado al pensamiento a concebir la realidad como una no-realidad, como algo de lo que únicamente tenemos noticia por sus manifestaciones o efectos, tal y como ocurre con la energía, que nadie sabe qué es, pero todos comprueban sus efectos.

 

Resulta absurdo negar, como hace el fenomenismo, la evidencia interna de que el yo es algo permanente, por muy dinámico y cambiante que sea, y que el yo es uno solo, por muy diviso que parezca. En uno de mis poemas escribí un día que nunca he sabido cuál soy de todos los que soy, y efectivamente soy muchos y muy diferentes; pero se entiende que esto era una licencia del pensamiento de un poeta, porque, a pesar de tanta variedad, recuerdo haber sido solamente uno desde que me acuerdo de mí. También he escrito en alguna parte “¿Qué es uno, sino el montón de sus recuerdos y situaciones?” Esto último se parece mucho al error que acabo de decirte del fenomenismo aplicado al río (¿qué es el río, sino lo que produce?), pero se entiende que lo escribí así para conducir al lector hasta la existencia del alma como origen de esos fenómenos. Por muy dinámico y cambiante que se muestre, resulta absurdo negar la evidencia del yo como algo sustancial y permanente. Lo que le pasa al fenomenismo es que está siempre predispuesto a negar todo lo que huela a trascendencia.

 

2.     Al igual que en este libro parto de una Verdad Básica, la verdad básica de la filosofía tradicional es el hilemorfismo aristotélico. Aristóteles no ve el alma como sustancia, sino solamente como “forma sustancial”, es decir, como un mero coprincipio que, unido al otro coprincipio, el de la materia, conforma la unidad sustancial ser vivo. Este concepto de “coprincipio” implica que se trata de algo que no tiene existencia anterior e independiente, que solamente existe en relación al otro coprincipio al que se une para formar una sola sustancia nueva. Con este ardid, el genial pensador creyó salvar el problema de cómo es posible que una sola sustancia, el ser vivo, sea, a su vez, unión de otras dos sustancias, espíritu y materia, y lo resolvió rebajando a estas dos últimas a la condición de meros coprincipios.

 

Siglos después, Max Scheler ha elaborado una idea que no está tan lejana de la aristotélica y que puede resumirse así: alma y cuerpo no constituyen ninguna antítesis ontológica, sino una sola sustancia, vida, si bien esa unidad presenta un “ser íntimo” (alma) y un “ser para los demás” (cuerpo). Como ves, también aquí el alma ha pasado de ser sustancia a ser sólo una forma sustancial. Max Scheler no habla de coprincipios, pero viene a exponer cosa parecida al considerar al ser vivo como sustancia única y distinguir en él dos elementos inseparables: el de la intimidad, que se corresponde con la forma aristotélica, y el exterior, que materializa esa forma para los demás.

 

La consideración clave sobre este tipo de concepciones es que, si se admite que alma y cuerpo constituyen unidos una única sustancia, el ser vivo, entonces es forzoso que ninguno de los tres puede existir por separado. Los coprincipios no pueden existir por sí mismos (no son sustancias) ni el ser sustancial resultante puede llegar a existir sin ellos. Si alma y cuerpo unidos llegan a ser uno solo, llamado ser vivo, la suerte de cada uno de los tres es indesligable de la suerte de los otros dos. Y aquí surge el problema, porque el cese del cuerpo con la muerte nos consta, luego este invento aristotélico conduce a aceptar que, con la muerte del cuerpo, también mueren el alma y el ser vivo entero. Aplicado esto a los demás seres vivos no está mal, pero…. ¿qué pasa entonces con el hombre? Pues pasa que ni como hombre ni como alma es inmortal, según esta teoría. Cuando se acaba el cuerpo, se acaba todo. El materialismo está encantado con las genialidades de Aristóteles.

 

El materialismo está encantado, pero la universal seguidora del aristotelismo, la Escuela, con Santo Tomás a la cabeza, jamás pudo aceptar tal cosa y, a falta de razón suficiente, pero sin querer apearse del aristotelismo, se inventó uno de esos disparates de que hablaba poco antes, tan habituales en la filosofía, a saber: el alma o forma es, efectivamente, sólo coprincipio a efectos de unirse a la materia y constituir la esencia que conocemos como hombre, pero eso no obsta para que sea sustancia completa a efectos de subsistir sin la materia. Y después de parir tan sorprendente conclusión, el tomismo se quedó tan a gusto. Los descalabros derivados de los inventos de Aristóteles no tienen fin, y ya me ocupé de ello en mi obra La otra filosofía.

 

Pese a los esfuerzos por dignificar la vertiente espiritual del ser vivo, el peso del testimonio de los sentidos es aplastante. Si le preguntas a cualquiera medianamente instruido, si consultas cualquier libro, el concepto de vida aparece como un “añadido” a la materia, un añadido excelso, pero añadido al fin, una perfección que dignifica a la materia; pero en la base y ante todo, siempre la materia. Prueba de lo dicho es que el concepto secular de vida es el de “materia animada”, es decir, en la base un sustantivo, “materia”, del que se predica que está “animada”. Se parte de la realidad física, el cuerpo, aunque admitiendo que está animado por el principio vital (alma, ánima). El hombre es incapaz de abdicar de su bastarda vocación carnal.

 

Esta espinosa cuestión quedaría definitivamente resuelta si de verdad uno de los dos, cuerpo o alma, no existiese realmente, como ya lo intentó el fenomenismo sin éxito. El obstáculo a salvar consiste en que te constan los dos: el espíritu porque tienes conciencia de ti, y el cuerpo porque lo ves y lo sientes. Sin embargo, este aparente problema ya ha sido resuelto en el primer capítulo, el de La verdad básica. Pero, de momento, aunque la física cuántica es una ciencia y es rigurosamente cierto lo que ha descubierto, vamos a olvidar por ahora el descubrimiento y vamos a aceptar que, además de tu alma, también eres eso que te dice el espejo, tu cuerpo. Eres alma y eres cuerpo. Aceptado (de momento). Lo que ya no puedes aceptar, ni de momento ni después, es justamente lo que el pensamiento viene afirmando de forma secular, a saber: que tu alma y tu cuerpo constituyen entre los dos una “única y sola sustancia”, la sustancia llamada “hombre”. Y lo mismo se viene afirmando de todos y cada uno de los seres vivos: que alma más cuerpo constituyen una sola realidad. El fundamento para rechazar de plano tal supuesto es:

 

·        La unión absoluta, esencial, de dos sustancias hasta el punto de resultar una tercera y nueva sustancia, conlleva la desaparición de las dos originarias, como ocurre, por ejemplo, en las reacciones químicas.

 

·        Pero este tipo de unión no es el caso de la que se produce en el ser vivo, puesto que en él siguen advirtiéndose las existencias de las dos sustancias originarias y unidas, la materia y el espíritu. Ninguna de las dos ha desaparecido. No existe ningún ser vivo sin cuerpo , ni tampoco ningún ser vivo sin alma.

 

·        Este problema es el que pretendió salvar Aristóteles con su hilemorfismo, considerando que los dos elementos integrantes, alma y cuerpo, no son sustancias en sí mismos, sino meros coprincipios, cuya unión intrínseca constituye una única sustancia, el ser vivo.

 

·        Pero esto exige que, tanto la sustancia resultante (ser vivo), como los dos coprincipios que se unen (alma y cuerpo), constituyen un todo indivisible y necesario. Cada uno de los dos coprincipios no puede existir sin el otro ni sin formar un ser vivo; ni el ser vivo puede existir sin los dos coprincipios que lo integran. Ni es posible un ser vivo que no tiene ni alma ni cuerpo, ni es posible un cuerpo solo sin alma a la que unirse y formar un ser vivo; ni es posible un alma sola sin cuerpo al que unirse y formar un ser vivo.

 

·        La consecuencia, pues, del hilemorfismo es que, como nos consta la destrucción del coprincipio cuerpo después de la muerte, ha de seguirse que también se destruyen el otro coprincipio, el alma, y el ser sustancial entero (el ser vivo), y esta conclusión solamente la defiende el materialismo, pero no la mayoría de la humanidad.

 

·        Volviendo, por tanto, a la unión de cuerpo y alma como dos sustancias en sí mismas y no como meros coprincipios, ya has visto, en el punto primero, que su unión no es de tipo esencial, puesto que no se produce la desaparición de ninguna de las dos. Tu yo consciente sigue siendo y tu materia corporal también sigue siendo, ninguno de los dos se ha volatilizado al unirse para formarte como ser vivo.

 

·        Y aquí viene lo interesante: si la unión no es sustancial, se trata, por tanto, de una unión meramente accidental, no hay ninguna otra salida.

 

·        Pero en una unión accidental no se produce ninguna nueva sustancia resultante de dicha unión, es decir, la unidad ser vivo que ha resultado no es una realidad sustancial, sino una simple unión accidental de dos sustancias que continúan apareciendo diferenciadas. Efectivamente, el ser vivo resultante de la unión (es decir, tú mismo) no constituye una tercera sustancia nueva y diferente a las dos que se han unido, porque en tal caso no se apreciarían ya en ti ni el cuerpo ni el alma, serías otra cosa.

 

·        La del ser vivo se trata, por tanto, de una unión meramente accidental y reversible, por muy estrecha e íntima que se considere tal unión y por mucho que quiera negarse.

 

·        Reversible porque, al ser accidental y no sustancial, es susceptible de disolverse la unión y quedar otra vez libres e independientes las dos sustancias que la integraban. Y así es. Nos consta que al disolverse la unión (muerte), la sustancia corporal inicia inmediatamente el proceso de corrupción, signo inequívoco de que ha quedado libre y abandonada a su suerte, que no es otra que la descomposición orgánica e integración de nuevo en la naturaleza, desde la cual volverá a integrarse en otros cuerpos.

 

·        Por la misma razón y aunque no podamos apreciarlo con los sentidos, la sustancia alma también queda libre e independiente, pero ajena al destino corrupto de la carne. Lo que es espíritu no puede sufrir descomposición ni sus partes van a parar a ningún almacén, como es la naturaleza, donde volver a reciclarse en nuevas almas.

 

·        El único problema que plantea esta unión sólo accidental es el de explicar cómo se produce una comunicación tan íntima entre dos sustancias independientes, alma y cuerpo, hasta el punto de aparecer como una perfecta unidad (problema nunca resuelto por tratarse de problema realmente inexistente, como vas a ver).

 

En el caso de aceptar la realidad alma-cuerpo, la no desaparición de ninguno de los dos en la unión, su permanencia diferenciada en el ser vivo, acredita que éste, el ser vivo, constituye una unión accidental, no una unidad sustancial.

 

Esta concepción del ser vivo en la que acabo de desembocar, como unión accidental de dos sustancias diferentes que no pierden su sustancialidad en la unión, ni dan lugar a una nueva y diferente sustancia resultante, es clásica en la filosofía platónica. El error, por exceso, de Platón consistió en mostrarse tan radical en la “accidentalidad” de la unión que llegó a admitir, acorralado por sus críticos, que la trasmigración de las almas de unos cuerpos a otros era posible. En ese radicalismo exagerado es en lo que se equivocó, porque el hecho de que la unión sea accidental, en vez de sustancial, no implica, en absoluto, que haya de ser promiscua, es decir, válida para todas las almas con todos los cuerpos, como tampoco (salvando distancias) las uniones conyugales, aunque también accidentales, no implican promiscuidad de todos con todas. Cada alma tiene su cuerpo como (en otro orden de cosas) cada ser amante tiene su ser amado.

 

El problema final y sin resolver de cómo se puede producir una tan íntima comunicación entre dos sustancias independientes, hasta el punto de aparecer como una unidad, también fue acometido por Leibniz. Lo intentó con su famosa “armonía preestablecida”, consistente, como su nombre indica, en suponer una sincronización perfecta, similar a la de dos relojes que arrancan por separado, pero a la misma hora, explicación tan ingeniosa como poco convincente. El pecado de Leibniz al tratar este supuesto problema, consistió en haber olvidado que fue él precisamente el mayor defensor de la filosofía espiritualista, es decir, de la no existencia de la materia, porque, si lo hubiera recordado, no le habría hecho falta recurrir al ardid de sincronizar dos relojes, ya que solamente existe uno, el espiritual.

 

Bien. Hemos partido del error generalizado de aceptar el realismo de los dos elementos en discordia, el alma y el cuerpo, y hemos desembocado en que, de aceptarlo, se trataría por fuerza de una unión meramente accidental, aunque estrechísima. Tal y como te vio Platón, tú serías una unión, todo lo profunda que quieras, entre tus dos realidades que cohabitan pero son independientes, tu alma y tu cuerpo, aunque el cómo de esa tan difícil como perfecta unión nadie lo ha resuelto. La solución, sin embargo, sigue sin satisfacerte, estoy seguro, y es lógico. Tienes conciencia de ti como algo uno y único, no como algo diviso, y estás en lo cierto, porque la verdad es esta:

 

No hay unión ninguna, ni sustancial ni accidental, no hay dos elementos que unir. La Creación, la finitud, es exclusivamente espíritu y no existe otra cosa.

 

Lo sostenido secularmente por parte de la filosofía y recientemente comprobado por la física cuántica, la identificación de la materia como un mero fenómeno sensorial, no como una realidad sustancial, es la verdad que resuelve la cuestión del ser vivo y tantas otras cuestiones. El error inicial, expuesto en el capítulo primero de este libro, el error de fabricar toda realidad sobre la base de la percepción de los sentidos (consultar el apriorismo de Kant que lo desmiente, aunque aquí voy mucho más lejos), confunde todo pensamiento humano y lo sume en un laberinto sin salida, como en este caso la imposibilidad de explicar la unión tan perfecta de lo que es sustancialmente heterogéneo. Eres alma, solamente alma, es decir, vida, y apareces bajo una forma corporal únicamente mientras se desarrolla la ficción temporal llamada mundo.

 

Alma-cuerpo-ser vivo constituye un trialismo sin solución posible. No hay más realidad que la espiritual, la creada por Dios, las almas.

 

Se entiende, por tanto, que el concepto tradicional del alma sólo como “principio vital”, como aquello que infunde vida o alienta a la otra realidad, la materia, organizándola en seres corpóreos independientes, está sustentada únicamente en la apariencia sensorial. La definición real del alma es otra:

 

Alma es vida, es el ser vivo en su totalidad, es la única obra del Creador. No existe ninguna otra realidad finita.

 

El alma y el tiempo

 

La creencia más común (reencarnaciones aparte) es que el espíritu no tiene preexistencia y aparece como realidad juntamente con el cuerpo, es decir, es creado en un momento temporal determinado, aunque luego sea capaz de sobrevivir más allá de la muerte física. Y en cuanto a este “sobrevivir”, además, es admitido con ciertas restricciones. Hay corrientes de pensamiento que creen en una unidad tan inseparable de alma y cuerpo que no admiten ese “sobrevivir” del alma en sentido estricto, creen en la muerte integral del hombre y, más tarde, una nueva aparición o resurrección del espíritu, con o sin el cuerpo, ya para la eternidad. En cuanto a esta creencia (que es, o al menos ha sido de forma secular la mantenida por la doctrina oficial, apoyada en interpretaciones literales de la Escritura), es preciso hacer constar que no se tiene en pie, porque tal cese y nueva aparición posterior del espíritu supondría, de hecho, una segunda creación.

 

Este trasiego entre lo temporal y lo eterno, tan unánimemente utilizado, revela la incapacidad del hombre para intuir lo que es eternidad. En obras mías anteriores (Nueva visión del universo, La otra filosofía) he tratado de explicar este error tan generalizado de suponer lo eterno también como tiempo, sólo que un tiempo que no tiene ni principio ni fin. El hombre es incapaz de desprenderse de su experiencia de la “sucesión” temporal, y lo más que acepta es que esa “sucesión de momentos” no tenga ni comienzo ni clausura, lo cual es un abultado error:

 

·        Primero, porque el tiempo, como toda finitud, consiste en algo que es medible precisamente porque tiene un principio y un fin determinados. La única posibilidad de eludir esta naturaleza lineal del tiempo consiste en suponerle como una cadena de momentos que se cierra sobre sí misma, una cadena cuyo último eslabón engarza nuevamente con el primero. Entonces, ciertamente, no tendría principio ni fin, pero conllevaría la repetición eterna de todo, como un disco que volviera al surco inicial después de haber acabado y, obviamente, no es así. El universo tiene evolución lineal, en la cual jamás se repite nada de lo anterior.

 

·        Segundo, porque el espacio-tiempo, entre ese principio y ese final, no es algo estático, sino todo lo contrario, algo enormemente dinámico, consistente en el desarrollo o dilatación interna de lo que nació como un punto (Singularidad) y se convierte en todo un universo, mientras que la eternidad es todo lo contrario, lo inmóvil, lo que no genera sucesión ninguna y consiste en un eterno presente.

 

Una vez que hayas aceptado esto, te será fácil comprender que entre el presente inmóvil de la eternidad y la sucesión temporal del mundo no puede existir correspondencia ninguna, ningún momento del mundo puede ser situado en ningún “momento” de la eternidad, simplemente porque en lo eterno no existen “momentos”. Esto, que parece que nos plantea un problema sin solución posible, no es problema ninguno, simplemente constituye una prueba más de que el espacio-tiempo y el universo entero que lo alberga, todo ello junto es una pura ilusión de los sentidos sin realidad objetiva. No necesitas resolver el problema (por otra parte imposible de resolver) de dónde colocar los “momentos” del mundo en la eternidad; no es necesario porque el tiempo del mundo no es realidad, es una quimera solamente soñada.

 

Entre la eternidad y el tiempo no existe paralelismo ni relación ninguna. En la eternidad (que no tenemos experiencia de cómo es) no hay principio, ni pasado, ni momentos, ni futuro, ni fin, como los hay en el tiempo.

 

Sin embargo, el desconocimiento de esta verdad tan cierta como simple, el empeño en extrapolar el concepto de lo que es tiempo también a la eternidad (sólo que sin principio ni fin) ha conducido a numerosos errores, y en especial a dos verdaderamente trascendentes: el del supuesto momento de creación del alma y el del tiempo intermedio entre la muerte y el juicio final. Del segundo haré referencia en el capítulo que corresponde, que es el siguiente a éste. En cuanto al primero, pensar que el espíritu nace en el tiempo, como viene creyéndose, pensar que el alma es creada en un momento determinado, justamente el que corresponde a la concepción del cuerpo en el vientre de la madre, es una simpleza, porque Dios es eternidad y crea en la eternidad, no en el tiempo del mundo, y más aún si el mundo y su tiempo son una pura ficción. Insisto en este razonamiento, desde otra verdad diferente:

 

·        No hay espacio por un lado y tiempo por otro, como se creía, sino que constituyen una sola unidad espacio-temporal, como ya puso de manifiesto Einstein.

 

·        Si el espacio-tiempo constituye una unidad indivisible y el espíritu es ajeno al espacio (lo cual nadie pone en duda), también es ajeno al tiempo.

 

·        El espíritu, por tanto, ni nace ni perece en el tiempo a la vez que el cuerpo, solamente comienza a estar vinculado y deja de estar vinculado al tiempo del cuerpo. El espíritu es de otra dimensión no temporal, la eternidad, en la cual es creado por Dios, sin que pueda determinarse momento concreto ninguno, porque en la eternidad no hay momentos.

 

·        Por lo tanto, el momento de vinculación del alma al cuerpo (concepción) no tiene significado ninguno en cuanto a su creación: ni significa que el alma haya sido sea creada en ese momento ni tampoco lo contrario, que preexistiese ya en la eternidad desde antes de la concepción y llegase al mundo en ese momento. En la eternidad no hay ni “momentos” ni “antes”.

 

Ni el alma es creada en el momento temporal de la concepción ni llega desde la eternidad en ese momento, como tampoco muere en el momento de la muerte física ni se va en ese momento a la eternidad. Ni llega ni se va, porque si así fuese, eso supondría un tiempo entre llegada y salida, y el tiempo es ajeno al alma exactamente igual a como lo es el espacio. Consiste en algo parecido (aunque no exactamente lo mismo) a lo que ocurre en los sueños, que el alma cree estar en el mundo, aunque no está. Pero lo más interesante de este “creer estar” consiste en que tal creencia no consume tiempo ninguno, es ajena al transcurso del tiempo. Para el alma no hay tiempo entre la llegada y la salida, entre la concepción y la muerte física.

 

¿Te parece extraño esto último? ¿Piensas, por ejemplo, que cuando sueñas dormido que cabalgas consumes el mismo tiempo que cabalgando de verdad? Consulta cualquier libro científico especializado en el tema y leerás esto: el tiempo que se invertiría en ejecutar la acción soñada no se ajusta para nada al tiempo real invertido por el sujeto que lo sueña, es decir, que pueden soñarse, en unos escasos segundos, secuencias de acción que en la vida real necesitarían horas para ser ejecutadas. Del mismo modo, la creencia del alma de que está en el mundo durante una vida entera no supone que el alma haya consumido realmente ese tiempo, igual a como tampoco ha consumido espacio ninguno, y espacio-tiempo es una única cosa.

 

Suponer que el alma es creada por Dios en un momento determinado (concepción) es una simpleza. En la eternidad no hay momentos. El momento determinado de la concepción es cosa de la ficción “mundo temporal” y no tiene correspondencia ninguna en la eternidad de Dios Creador.

 

De una forma o de otra, todas las religiones (y la inmensa mayoría de los hombres) creen en la inmortalidad del alma, bien sea de forma personal, bien sea subsumida en algo así como un “alma universal”. Lo que nunca muere, lo inmortal, es que vive siempre, es eterno. Pero puede que estés pensando que aquí se produce una evidente contradicción en el credo de las religiones y de los creyentes, contradicción que nadie te ha resuelto con claridad, y que dice así: si no existe más infinito que Dios, solamente Dios puede ser eterno, no las criaturas. Parece que, por definición, la finitud, es decir, la Creación entera con todas sus criaturas ha de ser limitada en el tiempo como lo es en todo lo demás. ¿Qué es eso, entonces, de la inmortalidad del alma? ¿Cómo puede prometerse a las criaturas la inmortalidad después del paso por el mundo?

 

No, no hay contradicción. Cuando decimos que solamente Dios es eterno, se entiende exactamente eso, que sólo él lo es, pero eso no empece que la criatura tenga eternidad si quien es la personificación de la eternidad, Dios, se la otorga. El Creador es eterno per se, es eterno porque es el Ipsum esse subsisten (el que existe en sí mismo), mientras que la criatura es eterna porque recibe la vida eterna desde Él, “instante a instante”, dicho así para que me entiendas, aunque en la eternidad no hay instantes. Lo mismo que tienes el ser porque lo recibes de él, también tienes el ser eterno porque así lo recibes de él. Bastaría con que el Creador retirase la mano de su obra para que ésta desapareciese de la eternidad.

 

La teología ha expresado esto mismo con términos no siempre acertados. Suele decir que la eternidad se predica de Dios y de las criaturas, pero no en sentido unívoco, sino en sentido análogo, y lo explica así: la diferencia estriba en que Dios es eterno en sentido absoluto y estricto, mientras que la criatura es eterna en el sentido de “duración sin límites”. La teología, pues, ha caído una vez más en la trampa de extrapolar lo de aquí al más allá. El término “duración” es radicalmente inadecuado porque duración implica forzosamente “tiempo” y tiempo es justamente lo opuesto, por naturaleza, a eternidad. Una “duración sin límites” es un imposible, una duración es tiempo y conlleva límites necesariamente. Como acabo de decir, la criatura no tiene una “duración eterna” porque eso es contradictorio, sino que resulta eterna, aunque no lo es, porque el Creador la mantiene en la eternidad (cuando digo “criatura”, debes entender alma, que es lo único creado por Dios).

 

Aclarada esta venturosa noticia de que estás destinado a ser eterno, ahora te planteas otro problema verdaderamente capital: ¿Cómo seré yo en la eternidad? Sin duda te habrás planteado más de una vez esta cuestión inquietante, la que se deriva de tu evolución con el paso de los años en el mundo y, por ende, la evolución (aparente, como enseguida verás) de tu alma. Tu alma es una y única, por supuesto, pero el grado de conciencia y las capacidades que ha desarrollado no son ahora las mismas que cuando naciste. Si no eres creyente, esta cuestión sobra a los efectos que voy a plantear, porque si piensas que no eres otra cosa que un poco de materia que evoluciona desde la niñez hasta la vejez, te trae de lado a qué edad te ha de sobrevenir la muerte, en cuanto a lo que voy a tratar, porque la descomposición final del cuerpo es la misma, seas un bebé o seas un octogenario. Pero si crees en la eternidad, como me figuro y deseo, la cuestión de en qué estado de madurez te pillará la muerte es inquietante y sugiere un montón de dudas:

 

·        ¿Qué pasa con las almas de los embriones abortados? ¿Y con las de los niños que mueren antes de alcanzar conciencia de sí mismos? Todas estas criaturas inocentes, ¿pasan a la eternidad con ese alma inmadura y a medio desarrollar que tenían en ese momento? Y por el contrario, ¿cómo vive en la eternidad quien muere cargado de años? ¿Vive con esa misma alma apagada y cansada de la senectud? En definitiva, la pregunta resumen de todas cuantas puedas plantearte es siempre la misma: ¿Con cuál alma se vive en la eternidad, si no ha parado de evolucionar a lo largo del sueño vivido en el mundo?

 

Como si no tuvieras bastante con el enigma de cómo será la eternidad, se suma ahora este otro motivo de inquietud, pensando en qué momento de tu desarrollo personal te pillará la muerte y pasarás a vivir para siempre. Y si encima aceptas el disparate de la resurrección de la carne, entonces la cuestión puede convertirse en tortura. A la inquietud anterior de si resucitarás como niño, como hombre o como viejo, se sumará ahora la de verte con las mismas limitaciones físicas que aquí has “disfrutado”: si eres bajito, pues bajito; si eres patoso, pues patoso; y si eres feo, pues feo. Un paseo por esa eternidad cuajada de las mismas fealdades físicas y las mismas limitaciones de aquí abajo, cuajada también de bebés y de vejetes, te llevaría a la duda de si realmente habrías muerto y estarías en la eternidad o si seguirías dando vueltas por las calles de tu pueblo.

 

La pretendida resurrección de los cuerpos conduce a una eternidad repleta de las mismas imperfecciones del mundo. Bebés, ancianos, cojos, gordos o calvos son limitaciones de aquí. En la eternidad sólo hay almas.

 

El hombre tiene la ridícula obsesión de extrapolar al más allá todas las tonterías e imperfecciones del más acá, incluida la “carne”. Esta solemne tontería de la resurrección carnal, que aún sigue proclamándose en uno de los dos credos, en siglos pasados fue tomada tan al pie de la letra que Atenágoras (siglo II) llegó a afirmar que, si alguien moría devorado, todas las porciones de su cuerpo serían rescatadas del cuerpo de su devorador en la resurrección. Hasta ese extremo llega el fanatismo de quien lee sin juicio y toma al pie de la letra y con valor absoluto e inamovible lo que, en los labios de Jesús, fueron meras metáforas, como suelen serlo en los labios de cualquiera que habla.

 

La Iglesia actual ya no se atreve a tonterías como la de Atenágoras, pero sigue apostando por la carne en toda su literalidad desde el Concilio VI de Toledo. Los más progres de sus teólogos, en un alarde, se atreven a apostar por la resurrección del cuerpo en forma gloriosa, no carnal. Esto está mejor, pero tampoco vale, porque parece inevitable que cada cual, para seguir siendo el mismo, habría de resucitar con el aspecto físico que aquí ha padecido, como si no hubiera tenido bastante con ser en el mundo cejijunto o picado de viruelas; porque, en otro caso, en el cielo todos seríamos Gary Cooper. Por muy gloriosos que se hayan tornado los cuerpos de Toulouse Lautrec o de Cyrano de Bergerac, en esa eternidad tan injusta que la Iglesia supone seguirán teniendo la misma joroba y las mismas narizotas. Más aún: en la eternidad es que ni siquiera hay cuerpos, ni gloriosos ni no gloriosos, no hay cuerpos porque “cuerpo” es siempre (glorioso o no) una figura espacial, y el espacio, como el tiempo, es cosa del mundo, no de la eternidad. Una vez más: allí sólo hay almas.

 

La más inquietante de estas dudas es la que nos plantea la muerte de alguien que apenas ha comenzado a vivir, porque parece un fracaso estrepitoso y un absurdo. Precisamente por eso constituye una de las razones más poderosas para pensar que tiene que haber una eternidad después, porque morir apenas se empieza a vivir no tiene ningún sentido si no existiese más vida que ésta. Un argumento similar a éste se lo oí a Cencillo (catedrático de filosofía) para justificar su creencia en el más allá. Él no se refirió al sinsentido de morir nada más comenzar a vivir, pero se refirió a otro sinsentido muy parecido. A la pregunta de un periodista (extrañado de que un filósofo fuera creyente) contestó: Vi morir a una persona en segundos, ahogada por algo que tragó. Me resultó tan solemnemente absurdo que perdiese la vida así, tan deprisa y por una causa tan trivial, que fue como un aldabonazo, como una luz repentina que me hizo ver que tenía que existir otra realidad después, porque lo que ocurre aquí ni vale nada ni tiene sentido ninguno.

 

Estarás pensando que vengo eludiendo la solución a la cuestión planteada. En páginas anteriores te dije que el alma humana no evoluciona en lo esencial, es siempre la misma, con las mismas pasiones e ideales, desde el hombre que habitaba en las cavernas hasta el de hoy. Y hace un momento te decía aparentemente lo contrario, que el alma de cada individuo evoluciona según va cumpliendo años (pero añadía, entre paréntesis, “parece”) ¿Evoluciona o no evoluciona? La cuestión concreta planteada al principio era ¿con cuál de las almas vividas en el mundo se presenta uno en la eternidad? Quien aquí muere en el seno materno, siendo apenas un simple proyecto, ¿cómo es en la eternidad? ¿Qué peso especifico puede tener allá quien ni siquiera ha llegado a alcanzar aquí lo más elemental de un ser vivo, la conciencia de sí mismo? ¿Cómo entra en la eternidad el que aquí muere lleno de arrugas en el alma y en el cuerpo, viejo y agotado? La respuesta es que esta duda ya está aclarada en la Creación que te conté: el alma es la misma siempre, enteramente madura y acabada desde que Dios la crea. Dios no hace cosas mudables, provisionales.

 

Recuerda: te he contado una Creación que sólo es de almas, no de cuerpos; pero además de almas hechas de una sola vez y para siempre, en toda su madurez, invariables, eternas. El hecho de que aquí el alma evolucione no es realmente que evolucione, sino que “parece evolucionar” en la misma medida en que también parece desarrollarse el cuerpo, a pesar de tratarse solamente de una quimera de los sentidos. Si el cuerpo se “desarrolla”, también el alma se “desarrolla” con él. En el espejismo de la materia todo es posible, y en consecuencia también es posible todo en el alma que se asoma a través de la materia. Tu alma sueña estar en un mundo que le presentan tus sentidos y se ve, a sí misma, adaptada a ese mundo imaginario. Tu sueño de vivir en el mundo, como todos los sueños, consiste en una historia que tiene un principio, el de tu niñez, y un final, el de tu muerte, pero tu alma nunca ha sido ni la del niño ni la del anciano que ves en el sueño, ha sido siempre la misma, ya acabada y madura, la que hizo el Creador en la eternidad de una sola vez y para siempre.

 

El hecho de que el cuerpo muera cuando todavía está en el seno de la madre, o nada más nacer, nada significa. Las madres que lloran a sus hijos no nacidos con vida se encontrarán dichosamente con esos hijos que creyeron perdidos para siempre, pero no con la inmadurez correspondiente a la forma fetal que tenían en el vientre, sino con el esplendor espiritual de la madurez en la que Dios los creó. Y también se encontrarán con esos hijos acusadores las que no los conocieron porque ellas mismas se negaron a conocerlos y los aniquilaron antes de salir del vientre. Entonces pasarán por la terrible culpabilidad de tener, frente a frente, al hijo que destruyeron…. y lo verán en toda su plenitud, no escondido detrás de un pequeño montón de células embrionarias.

 

En la eternidad no existe el tiempo, nada evoluciona ni cambia ni se desarrolla como en el mundo, todo es definitivo. Tu alma allí es invariable, ni de anciano ni de niño, vive en toda su madurez y perfección. Lo que parece evolucionar aquí, de la mano de la carne, es parte del sueño en el que estás creyendo vivir.

 

Ésta es, por tanto, una de las grandes noticias que te doy, aunque tú creas conocerla desde siempre: en la eternidad no hay tiempo. Piensas que ya lo sabías porque te lo han repetido desde que eras niño, pero te lo repetían como papagayos, sin comprender en absoluto lo que te decían, de manera que es como si nadie te lo hubiera dicho hasta ahora. Si te lo recuerdo con hechos concretos, comprobarás que no lo sabías:

 

·               No existe un día en el que naces, ni hay un día en el que mueres, ni serás allí niño, como te pareció serlo aquí, ni anciano, como cuando cierres los ojos cansado de vivir. Allí serás sencillamente tú, tu espíritu, que no pasa por las apariencias del mundo al cumplir años, que es siempre el mismo, tal y como lo hizo el Creador, de una sola vez y para siempre.

 

·               Si quizás perdiste a tu hijo pronto, cuando todavía era un niño y comenzaba a vivir, no llores. Ni él se perdió aquí nada que merezca la pena ni allí será para siempre niño, como era aquí cuando le sorprendió la muerte. Allí será el espíritu en plenitud que el Creador hizo. El alma no tiene edades cuando no está unida al cuerpo.

 

·               A la eternidad no subió tu padre primero que tú, ni en la eternidad esperarás a que suba tu hijo después que tú. Esa no sería una eternidad feliz, sería una eternidad repleta de esperas, tan imperfecta como el mundo. Allí no se espera, no hay ausencias, no hay incertidumbres, no hay relojes. En la eternidad entraremos todos a la vez con el Salvador. Eres tú, que estás ahora aquí abajo soñando, quien crees estar esperando a la muerte para volver a ver a los tuyos que se fueron antes que tú. Ellos no, ellos están contigo ya. Esto no podemos comprenderlo, pero es así, porque allí no existe el tiempo. En la eternidad la felicidad es absoluta, nadie falta.

 

Puedes seguir poniendo, por tu cuenta, mil ejemplos más de lo que ocurre donde el tiempo no existe. Nadie dice todo esto de la eternidad, ni siquiera la Iglesia. La Iglesia oficial que, aunque tan “iluminada”, lo ve todo con los ojos de aquí abajo, no sabe cómo resolver el problema de que mueras cualquier día, pero no resucites hasta el día del Juicio final. Por lo que llevas leído aquí, sabes que este pretendido problema no existe, que el alma nunca muere y no necesita resucitar. Pero para la doctrina oficial, sí, y no sabe cómo arreglárselas. ¿Dónde situarte mientras sucede lo uno y lo otro? ¿En la eternidad? No, porque todavía no has resucitado. ¿En el mundo? Tampoco, no andas por ahí de fantasma.

 

Para resolver este absurdo enigma, la Iglesia oficial se ha inventado la existencia de un “juicio particular” cuando mueras, para poder salir del mundo, y un “juicio universal” de toda la humanidad el día del fin del mundo, para poder resucitar. Y como las cuentas no cuadran, ha rellenado el vacío de en medio con un presunto “tiempo intermedio”, del que no sabe dar explicación ninguna ni razón de dónde estarás ese tiempo. Por lo que se ve, en ninguna parte. La Iglesia oficial, aunque tan iluminada, sigue incapaz de levantar el vuelo, sigue mirando a la eternidad con los ojos a ras de tierra.

 

La paradoja inmortalidad-resurrección

 

Para el común de la gente, hablar de un muerto es hablar de dos cosas diferentes a la vez: de un cadáver que está bajo tierra y de un espíritu que sigue vivo en “alguna parte”, lugar que es indeterminado para muchos, para otros es el recuerdo y el amor de sus deudos, y para los creyentes la eternidad de Dios. Y hablarles de un resucitado supone, también para el común de la gente, el milagro de volver a ver al difunto tan completito como era en el mundo antes, porque nadie es capaz de figurarse cómo pueda ser un espíritu solo, viudo de su cuerpo. Pero nadie ha visto a ningún resucitado ni espera verlo nunca.

 

Lo que cabe deducir de esta breve historieta es que, aunque a ciegas, sin saber bien el porqué ni pretender saberlo, el común de la gente acierta plenamente. En cuanto a lo primero, el morir, todo el mundo deja bajo tierra lo que queda del difunto, pero de hecho casi nadie acaba de creérselo. Todas las honras fúnebres, desde las flores hasta los rezos, pasando por la luz de las velas, no se ofrecen a la “nada”, si nada fuese ya el que antes vivió. La inmensa mayoría se resiste a pensar que del difunto no queda otra cosa que lo que está en el féretro. Y en cuanto a lo segundo, al resucitar, nadie ha visto levantarse de nuevo a un muerto ni espera verlo (salvo los creyentes en el juicio final). Y efectivamente así es. ni lo uno ni lo otro: nadie resucita, desde luego, pero es, sencillamente, porque nadie muere. Si has abierto el libro por aquí estarás espantado. ¿Se ha vuelto loco este autor? Pero si has leído desde la primera página, como siempre debería ser, no te habrá pillado por sorpresa. En cualquier caso, voy a tratar de exponerlo con claridad.

 

Por inmortal se entiende aquello que, debido a su naturaleza, no puede llegar a la muerte jamás. Obvio es decir que cuando hablamos de mortalidad e inmortalidad estamos refiriéndonos a lo que es capaz de vivir y morir, a lo que está dotado de vida, porque lo que experimentamos con los sentidos es pura materia y es en sí misma inerte. Y dentro de lo que no es pura materia, sino vida, únicamente aquello que es o vive en sí mismo es inmortal por naturaleza (lo infinito, Dios) y, por concesión (no por naturaleza), también la finitud a la que Dios dona el ser o vida eternamente, que es la finitud espiritual, las almas. Si ahora resumes lo dicho te encuentras con que, si todo lo que es vida es inmortal, el término “mortalidad”, por tanto, no corresponde a realidad ninguna. No existe forma de vida, forma espiritual ninguna que muera, que deje de ser lo que es.

 

Resurrección, sin embargo, se refiere a algo muy diferente que nunca debe confundirse con inmortalidad, como suele creer el común de la gente y como aparece incluso en la literatura bíblica y en la doctrina. El concepto resurrección se corresponde con lo contrario, con aquello que, siendo mortal y habiendo efectivamente muerto, recobra de nuevo la vida, lo cual nada tiene que ver con la inmortalidad (lo que nunca llega a morir). Pero si en el párrafo anterior he dado por sentado que este concepto del “morir” es impropio porque ninguna vida creada por Dios deja de serlo nunca, no cabe volver atrás y situarse de nuevo en esa falsa suposición (la existencia de la muerte) para plantear posibles resurrecciones. Pero esto no es todo, porque incluso en el caso hipotético de que las almas pudieran llegar a morir, plantearse además que pudieran volver a la vida otra vez no sería nunca una resurrección. Lo que totalmente ha desaparecido no es posible que retorne. Se trataría, en todo caso, de una nueva creación, de una “recreación”, y se supone que Dios no se entretiene en duplicar almas.

 

¿Puede, por tanto, resucitar lo que nunca ha llegado a morir? Evidentemente, no. Para volver a la vida, es preciso primero ser mortal y haberla perdido, justamente lo contrario de inmortalidad. Esta es la razón de haber titulado este apartado como lo he titulado. Plantear a la vez la inmortalidad y la resurrección de un mismo sujeto encierra una radical contradicción; y según la lógica del lenguaje, intentar pasar como verdadero lo que es contradictorio constituye ese concepto tan expresivo llamado paradoja. Y en esto de la paradoja es en lo que incurre la doctrina oficial cuando, por un lado, considera el alma cosa inmortal y, por otro y a la vez, afirma la resurrección integral del hombre (es decir, el todo sustancial alma-cuerpo), incurriendo así en la paradoja de unir como verdaderas dos realidades (inmortalidad y resurrección), que son entre sí contradictorias, paradoja que puede enunciarse de este modo: si el alma es inmortal, eso implica que jamás puede morir, pero si es capaz de resucitar, eso implica que antes ha tenido que morir. ¿En qué quedamos? Para la doctrina oficial, ¿el alma es inmortal o es mortal y resucita?

 

Lo que le sucede a la doctrina oficial es que no acaba de despejar la incógnita de la materia de una vez por todas y deja sin resolver todos los problemas. En la base de todos los errores teologales siempre aparece la misma causa: la incapacidad de renunciar al testimonio de los sentidos, al mundo de la materia, a pesar de que hace ya un siglo que la propia ciencia física ha puesto en cuarentena la realidad de su existencia. Y entre tanto problema sin resolver aparece también éste de la paradoja inmortalidad-resurrección. Cuando la Iglesia habla de la inmortalidad piensa solamente en el alma, pero cuando habla de la resurrección piensa en algo más, piensa en el alma lastrada con la unión del cuerpo, piensa en la resurrección del hombre completo (completo, según ella), es decir, espíritu y materia inseparablemente unidos.

 

Antes, cuando era más coherente con esta torpeza de creer en la realidad de la materia, decía en la oración del Credo “la resurrección de la carne”. El disparate consistía en defender la cohabitación de la carne en la gloria de Dios. Ahora, en el Credo moderno, ha intentado recoger velas cambiando lo anterior por una sutileza que lo que ha hecho ha sido agravar aún más el problema, la “resurrección de los muertos”, con lo cual el disparate es doble: no sólo mantiene el disparate anterior de la resurrección de la materia corporal, sino que además añade la resurrección del propio espíritu, puesto que con el término “muertos” se está refiriendo al hombre como unión indisoluble de alma y cuerpo. Ésta es la contradicción que denuncio. La teología oficial habla de la inmortalidad del alma si la considera a solas, pero habla de mortalidad y resurrección de esa misma alma si la considera “parte del ser humano”. Y claro, el disparate se debe a que no hay “partes” ni “uniones” en el ser humano, que es únicamente espíritu. Esa “carne” tan reverenciada por la doctrina oficial es ciertamente parte, pero no del ser vivo, sino del espejismo “mundo sensible”.

 

Inmortalidad y resurrección no son lo mismo. Para resucitar, primero sería preciso morir, y la vida es espíritu, es inmortal, no muere. Sólo muere la materia, aquello que vive únicamente en el espectáculo de los sentidos,

 

Inmortalidad

 

El éxito del concepto inmortalidad es tal que todo el mundo se apunta, aunque sea de forma camuflada, dando rodeos o inventando atajos, cómo sea, pero el no moriré parece que a todos les chifla, incluidos muchos de los ateos. Si fueras materialista (espero que no), la muerte para ti sería absolutamente cierta y no encerraría ningún problema, porque pensarías que no hay más realidad que la materia, y que eso llamado “alma” no es otra cosa que una mera “expresión psíquica”, un epifenómeno de la materia, de forma que, muerto el cuerpo, del difunto no queda nada, si no es el simple recuerdo en quienes le conocieron en vida. Sin embargo, es divertido ver como, aun negando el espíritu y su dimensión eterna, los materialistas se las ingenian para aspirar a algún tipo de inmortalidad camuflada, lo cual es prueba de que sin la inmortalidad realmente nadie es capaz de vivir. Tres ejemplos:

 

·               Marx sólo creía en la materia, por supuesto, y eso otro llamado alma, que para él no era otra cosa que la “expresión psíquica” de la materia, considerada individualmente constituía un mero episodio más en el concierto universal de la materia, es decir, nada; pero contemplada de forma colectiva, como conjunto de todas las almas de la especie humana entera, entonces Marx entendía, y todo el materialismo con él, que así sí que goza de inmortalidad, porque si la sucesión de generaciones de hombres y de siglos no tiene fin (para el materialismo, claro), de ello resulta que el “alma colectiva” siempre está viva, es eterna.

 

·               La celebrada creencia en la reencarnación, tan vigente en las culturas antiguas de Oriente, en nuestra sociedad moderna se ha extendido de forma imparable, aunque con un sentido muy diferente, como corresponde al materialismo que nos ha inundado. Aquí no se trata de una forma de alcanzar, al fin, la liberación del espíritu mediante la purificación en las sucesivas reencarnaciones, como en Oriente, aquí se trata de todo lo contrario, aquí se trata de una forma larvada de perpetuar en el tiempo nuestra bajeza humana, se trata de una satisfacción del ansia de inmortalidad que acucia a todo hombre, pero sin pasar por Dios, una inmortalidad a fuerza de trasmigrar de un cuerpo en otro, en este mundo, por los siglos de los siglos.

 

·               Otros hay que se conforman con menos. El ingenio humano para evadir el dolor de lo que considera inevitable, la muerte, no tiene límite. El célebre Epicuro de Samos, que solamente creía en la carne y el placer que la carne procura, se las arregló así para no angustiarse con la idea de que habría de morir eso que era su único dios, su cuerpo: “Cuando yo existo, la muerte no, y cuando la muerte existe, yo ya no, luego no me inquieta”. Este autoengaño tan divertido hace una doble trampa: por un lado, se sitúa en la mente racional del hombre que sabe que tendrá que morir; pero para burlar ese dolor, se baja simultáneamente a la piel de mi perro, que no sabe que ha de morir y vive tan feliz sólo el presente.

 

Sobre la inmortalidad del espíritu llevo ya escrito tanto en las páginas anteriores que no quiero abrumarte mucho más. Solamente voy a incidir en el argumento estrella, ése que es tan científico como evidente, y le voy a añadir un segundo que quizás nadie te haya propuesto nunca, aunque consiste en una verdad muy simple y constatable en la naturaleza:

 

·               La suposición de un espacio y tiempo absolutos e independientes, dentro de los cuales se escenificaba el episodio “mundo”, presente incluso en la física de Newton, hace tiempo que ha sido barrido por la ciencia. Ahora se sabe que no son dos cosas, sino una sola, un continuo espacio-temporal de cuatro dimensiones ((Einstein), generado por el movimiento expansivo del universo, de manera que no puede pensarse en un espacio que no es generado a través de un tiempo, ni en un tiempo que no es desarrollado sobre un espacio. Aplicada esta verdad a lo espiritual, el resultado es inmediato: si el espíritu fuese temporal (no eterno, no inmortal), precisaría ser a la vez espacio en el que desarrollarse…. y nos consta lo contrario, que el espíritu no ocupa espacio.

 

Si lo espiritual es ajeno al espacio (lo cual nadie pone en duda) también es ajeno al tiempo, porque espacio y tiempo no son realidades independientes, constituyen un único espacio-tiempo desarrollado a partir de la explosión inicial del cosmos.

 

·               La inmensa mayoría de los seres humanos creen, de una forma u otra, en cierta “parte” espiritual en el hombre, sea por intuición o sea por convencimiento, creen en “algo” que hay en el hombre que no puede ser que desaparezca en la nada y para siempre, empujados, en definitiva, por una sed irreprimible de eternidad, de inmortalidad, como una necesidad que es consustancial a la naturaleza humana. Pues bien, hay una verdad que quizás nadie te ha contado y en la que quizás nunca te has parado a pensar, ésta: toda necesidad de algo que afecta consustancialmente a la naturaleza de una especie entera, es signo inequívoco de que ese algo existe, por una razón bastante simple: la naturaleza jamás se equivoca. Digamos que esto de la inmortalidad es algo que el ser humano lleva en los genes, algo inevitable…. luego existe

 

La inmortalidad es una necesidad anímica del género humano, y toda necesidad que afecta de forma genérica es porque corresponde a algo que realmente existe. En ningún ser vivo hay necesidad natural de cosas que no existen.

 

Resurrección

 

La posibilidad de resucitar es un mito creado como salida a la angustia que nos produce algo que parece tan evidente: la muerte física. La apetencia del hombre por la eternidad, apetencia genética que corresponde a su naturaleza inmortal y que acabo de desarrollar en el apartado anterior, se ha rebelado siempre ante el fenómeno aparente de la muerte. Nada tan doloroso y decepcionante como esa derrota conocida e inevitable del final. Desde la prehistoria, el hombre se ha negado a admitir ese fracaso de su existencia, siempre ha rendido culto a sus muertos como en un intento desesperado de suponerlos con vida, a pesar de la evidencia del cadáver; porque estar vivo era concebido, inequívocamente, con seguir habitando en el mismo cuerpo en el que se había vivido. Este es el gran problema y el motivo del invento “resurrección”. De esta ingenua creencia del hombre, la de pensar que es ante todo cuerpo y que el cuerpo es indispensable porque es donde se aloja la vida, se derivó el mito de la resurrección posterior como única solución posible.

 

El mito “resurrección” ha sido creado como única salida a la evidencia de la muerte física....... cuando se comete la torpeza de considerar el cuerpo como el fundamento básico del hombre.

 

Para entender esto de la resurrección, por tanto, hay que remontarse en la historia un montón de siglos, los mismos que lleva el hombre pisando la tierra, porque, si nunca ha sabido verse el día después de la muerte ya descabalgado, convertido solamente en jinete, se ha pasado la historia buscando sin éxito una salida lo suficientemente ancha para los dos. Mucho más tarde, en el pensamiento clásico, todavía se jugaba con la existencia real de la materia, y en culturas populares y tan atrasadas como la hebrea de los tiempos de Jesús, el realismo de lo sensible era tal que resultaba de todo punto inimaginable la existencia de algo que no tuviera su asiento y último fundamento en la naturaleza corporal de los seres vivos. Para aquellas culturas, un fenómeno del tipo “resurrección” consistiría en la vuelta a la vida del cadáver que yacía en la sepultura, se trataría siempre de una resurrección física. Si el muerto no volvía a sentarse a la mesa con los demás, es que el muerto seguía bien muerto.

 

Y respaldando esta oscuridad gnoseológica aparecía la doctrina común entre los Padres de la Iglesia, que llegaron a sentenciar que la resurrección del cuerpo era cosa debida porque “…fue creado por Dios, redimido por Cristo y alimentado por la Eucaristía”. Este tipo de argumentos es plenamente coherente cuando se construye sobre la “verdad” de concebir el mundo como obra directa salida de las propias manos del Creador, tal y como se describe en el Génesis. Pero, aun así, a lo largo de los siglos tampoco se puede considerar que ésa haya sido la postura única y categórica de la Iglesia sobre esto de la resurrección, tan pronto se trata de una resurrección carnal (Lc 24,39; Cc de Letrán IV; Cc VI de Toledo) como se defiende que la resurrección será en cuerpo glorioso, espiritualizado (Flp 3,21; 1Co1 5,44; Catecismo Iglesia Católica 999).

 

La Iglesia hoy sigue manteniendo la resurrección, pero ha intentado actualizarla mediante la nueva fórmula “resurrección de los muertos”, que es un concepto más amplio y ambiguo y se presta a otras interpretaciones. Por supuesto, la innovación fue recogida a regañadientes dentro del propio ámbito de la Iglesia, que prefiere seguir proclamando en los templos la “resurrección de la carne” del antiguo Credo. Es aceptable que la cultura popular piense sólo en clave de “espacio-tiempo-materia” porque son los únicos parámetros que le ofrece la experiencia, pero no es aceptable que el pensamiento académico y teológico, y menos el de la Iglesia, siga, en pleno siglo XXI, incapaz de desprenderse de ese lastre. Esta ingenua posibilidad de “muerte total” y posible “resurrección total”, es decir, resurrección de cada ciudadano tal y como era cuando se paseaba por el mundo, vigente entonces y mantenida todavía por la Iglesia oficial, resulta metafísicamente imposible por las dos razones ya tan repetidas:

 

·               En cuanto al cuerpo, porque si la materia realmente es sólo un espejismo sensorial, espejismo era ese cuerpo cuando vino al mundo, espejismo era mientras vivió en el mundo, espejismo era cuando se fue del mundo y espejismo seguiría siendo también si resucitase. No puede ser que resucite aquello que únicamente ha sido un ensueño, no una realidad.

 

·               En cuanto al alma, porque si el alma es inmortal, según lo expuesto en el apartado anterior, no puede ser que llegue a resucitar nunca lo que nunca ha llegado a morir.

 

No obstante, sin necesidad de acudir a principios tan “metafísicos”, en lo que se refiere a ese principio de vida tan intangible y espiritual llamado alma, tengas el concepto que tengas de dónde procede o cómo se origina ese alma, resulta obvio que, una vez “muerta”, no podría aparecer de nuevo, es decir, no podría resucitar, según lo siguiente:

 

·               Si el alma la concibes como un fenómeno que va produciendo tu cuerpo material, una vez que desaparece tu cuerpo, al morir, también con él desaparece esa capacidad de producir el fenómeno llamado alma.

 

·               Si la concibes como coprincipio que, unido al otro coprincipio, la materia, constituye el ser vivo completo, al morir la materia (cuerpo) desaparece todo, alma y ser vivo, puesto que ninguno de los tres puede existir sin los otros dos.

 

·               Si la concibes como parte de un todo espiritual y universal, además de contravenir tu conciencia de individualidad, carece de fundamento suponer que ese alma universal se desprende de sus partes para luego asumirlas nuevamente. Carece de sentido.

 

·               Si la concibes como Creación de Dios, hay una pregunta terminante que todo lo aclara: ¿Dónde queda ese alma cuando muere el cuerpo? Contestes lo que contestes, el mito resurrección se viene abajo por imposible, porque, si al fenecer el cuerpo el alma, al fin libre y desligada, queda en alguna parte, sea el que sea ese sitio (cielo, limbo o mundo), entonces es, sencillamente, que el alma no había muerto y vuelve, no que resucite; y si de verdad ha desaparecido absolutamente, su nueva aparición nunca será una resurrección del alma anterior, puesto que nada había quedado de ella, será la creación de una nueva alma absolutamente idéntica. Si eres creyente y por eso defiendes la creación divina, esto constituye el paroxismo del absurdo, porque se supone que Dios no se entretiene en crear la misma alma dos veces (aunque podría, por supuesto).

 

La resurrección del alma es un hecho imposible. Si al morir el cuerpo el alma sigue en alguna parte, entonces no es que resucite, es que vuelve; y si ha desaparecido del todo, tampoco es que resucite, es que es creada de nuevo. Dios es Creador, no Recreador. El alma no resucita porque jamás muere.

 

Como sabes, la resurrección fue actualizada hasta sus últimas consecuencias por el cristianismo. De hecho, se ha llegado a decir la barbaridad de que si Jesucristo no hubiera resucitado del sepulcro, ni su figura ni su doctrina habrían servido para nada. Según esto, todas sus palabras de vida eterna y promesas de salvación no dejarían de ser una placentera utopía si no iban acompañadas de la propia resurrección física de él, después de sepultado. Pero esto fue así porque Jesús vivió en la cultura y el tiempo histórico en los que vivió y, para avalar sus promesas de vida eterna, no podía hacer otra cosa que escenificar la única posibilidad entonces admitida por el pueblo, ésta: de haber resurrección, sería la vuelta del cuerpo encerrado en el sepulcro. Si el tiempo de la venida de Jesús hubiera sido el de ahora y no aquél, probablemente los hechos habrían sido diferentes a partir de su crucifixión. Pero sobre el caso de la resurrección de Cristo no voy a seguir ahora porque tiene su hueco en el capítulo VI. A él te emplazo.

 

La imposibilidad de este pretendido circuito muerte-resurrección, cuyo último fundamento no es otro que la tozudez en perpetuar el mundo físico, amparándose en el sentido literal de las palabras de Jesús, conduce, como no podía ser de otra manera, a todo tipo de problemas, y entre ellos a uno que hasta resulta pintoresco, a saber: si los cuerpos vemos que nunca regresan del sepulcro, se impone pensar que el referido regreso será al final de los tiempos (Jn 6,39 y ss; 5,28). No hay otra salida. Pero si admitimos esto, ¿qué pasa entonces con el alma mientras llega ese final del mundo? Atiende a la madeja que se organiza sobre este error inicial:

 

·               Esta torpeza de proyectar una limitación que es propia del mundo finito, la materia carne, a la infinitud del más allá, mediante la resurrección, y puesto que aquí vemos que permanece en el sepulcro y no resucita, obliga a suponer que la resurrección será al final del mundo.

 

·               Pero entre la muerte física de cada uno y el final del mundo hay un tiempo, el cual reconoce la Iglesia oficial y lo llama “tiempo intermedio” ...... Y resulta obvio que lo hay, claro, pero a la Iglesia se le olvida que lo hay solamente en este mundo temporal, no en la eternidad.

 

·               ¿Qué hacemos con el alma durante ese “tiempo intermedio”? Como no es de recibo pensar que vaga por el mundo de forma invisible, al estilo de los fantasmas, se supone que ha de estar ya inmediatamente después de la muerte en el más allá. La cadena de errores y forzadas suposiciones se alarga sospechosamente, porque ahora resulta que ese “tiempo intermedio”, aunque es tiempo, está en la eternidad, lo cual es imposible por contradictorio.

 

·               ¿Qué hacemos ahora con ese alma que permanece en la eternidad durante el tiempo intermedio, pero sin juicio, porque no ha llegado todavía el fin del mundo? Pues nos inventamos un “juicio particular” o inmediato, en espera del momento definitivo en el que se producirá el juicio universal y la resurrección de todos los cuerpos a la vez, al final de los tiempos.

 

Contempla el cúmulo de problemas y situaciones imposibles que ha conducido a la Iglesia oficial la tozudez en mantener sus errores. Todo comenzó en una intocable y supuesta “resurrección de la carne”, y la cola que ha traído ha sido ésta: la existencia de un “tiempo intermedio”; pero que, a pesar de ser tiempo, está en la eternidad; pero que, como está en la eternidad, se precisa un “juicio particular” inmediato; pero que el juicio universal será más tarde, al finalizar el mundo. Como ves, consiste en un auténtico embrollo en el que se sitúa de continuo el concepto tiempo dentro del concepto eternidad, confusionismo del que hacen gala teólogos como José Antonio Sayés, en su Escatología. Resulta patente que en la Iglesia teologal no hay iluminación ninguna cuando se sale de su único papel, el de evangelizar y presidir la asamblea de los cristianos, y se mete a vidente divina.

 

Lo primero es señalar que sobre estos pretendidos “juicio particular y tiempo intermedio”, Jesús jamás dijo nada, únicamente habló del juicio final (Mt 25,34-46). Para mantenerlos, la Iglesia oficial se ha basado, además de en el esperpéntico razonamiento anterior, en el pasaje sobre Epulón y Lázaro (Lc 16,19-31). Efectivamente, en él se narra como Epulón ya estaba condenado en el infierno, y esto, conforme a la mirada miope de los expertos de la Iglesia, implica la existencia de un juicio particular, puesto que el juicio final todavía no ha llegado a nadie. Como ves, la doctrina de la Iglesia lleva siglos enteros confundiendo lo eternal y lo temporal, lleva siglos enteros proyectando el tiempo de este mundo finito a la eternidad infinita de Dios. Pensar que entre la muerte física de Epulón en este mundo y el juicio al final del mismo hay un tiempo intermedio, no solamente aquí, sino también en la eternidad, es, sencillamente, un despiste demasiado gordo. Lo narrado sobre Epulón en el Evangelio, por supuesto, no tiene otro valor que el de una pura metáfora didáctica, no una realidad.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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