(Imagen de fondo tomada del reportaje “El arte de fotografiar”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II.- La Singularidad y el Instante Cero

(última actualización: abril 2016)

 

Esta historia es preciso comenzarla por donde todo el mundo la conoce, por el celebérrimo Big Bang, la Gran Explosión, a pesar de que no fue ése el inicio real, no fue ése el Instante Cero del cosmos, por una causa tan simple como incontrovertible: porque la explosión de algo precisa que primero exista ese “algo”. Es axiomático que, antes de la manifestación del ser (explosión), es necesaria la constitución del ser (lo que explosiona). Y esto nos conduce al instante previo a la aparición de esa primera realidad física, nos conduce a la causa que, en términos filosóficos, constituyó ese punto origen del universo en el que habitamos, la causa eficiente. La ciencia no sabe explicar de dónde y cómo surgió la primera partícula física. Aquí vamos a intentarlo dividiendo el proceso en cuatro instantes bien definidos, que no pueden ser simultaneados en un único fenómeno:

 

1.             El Instante Cero

El instante cero o instante teórico, representa el “desconocido origen del Origen”, es decir, la causa matriz o primera que hay debajo de este proceso de la realidad universal, desconocido para la ciencia, pero no para la metafísica, y que necesariamente existió.

 

2.             La Singularidad Invisible

La aparición de la finitud (la Singularidad) se produjo encarnada en forma de energía, como no puede ser de otra manera, puesto que lo físico no puede existir si no es sustentado sobre su única fuente, la energía. Antes que energía, nada pudo haber en el universo.

 

3.             La Singularidad Material

Al primer mundo invisible, el de la energía (un punto matemático), sucedió el segundo mundo tangible, el de la materia (una partícula). Pero en ambos estaba ya contenido, en potencia, de forma virtual, todo el cosmos conocido.

 

4.             El Gran Desencadenamiento

La inmensa compresión a la que estaba sometido el cosmos dentro de la Singularidad, provocó su desencadenamiento interno, el despliegue paulatino de todo lo que contenía, desde el principio, en forma virtual.

 

El Instante Cero

 

Al instante cero también lo he nombrado como el instante teórico, puesto que su existencia es solamente alcanzable de forma teórica, no de forma empírica. Ya he dicho que la ciencia no es capaz de determinar el porqué de esa primera manifestación física, la Singularidad, pero la filosofía sí, por supuesto, la filosofía sabe que, en el orden natural (y del orden natural estamos tratando, de la finitud, de lo universal) nada existe por puro azar, todo tiene una causa determinante y con un fin determinado. La existencia del propio universo como conjunto, por tanto, no puede ser una excepción a la ley que rige toda la causalidad dentro de él. Y la causa primera de todas, en el orden natural, es la que pone en marcha un proceso con un fin determinado, conocida como el agente, o causa eficiente.

 

El Agente o causa Eficiente de la finitud no pudo ser otro que quien es la fuente misma del ser: el Ser Infinito. La finitud (el ser recibido), tiene su origen en la infinitud (el ser en sí mismo).

 

Ese instante cero en el que una mano misteriosa depositó el germen de la finitud, en forma de energía, únicamente puede ser abordado desde la filosofía, jamás desde ninguna ciencia positiva, y la razón de lo que afirmo es obvia: a estas alturas, todavía la física no ha sido capaz de dar una explicación (ni jamás podrá darla) de en qué consiste exactamente la propia energía. La detecta por sus efectos, pero no sabe qué cosa es. ¿Cómo podrá entonces explicar el origen del universo, si ese origen no fue otra cosa que pura energía? Para aclarar este misterio del instante cero, la primera reflexión es la siguiente:

 

·               En la finitud (el universo) todo es contingente, todo es causado, todo es inestable, se muda y desaparece, nada tiene el ser en sí mismo, nada es inmutable….. Luego si el universo, en conjunto, es una pura contingencia, si no tiene el ser en sí mismo, otra realidad se lo ha dado, de otra realidad procede.

 

·               ¿Cuál es esa otra realidad anterior a la finitud y causa de la misma, la que antes he bautizado como causa eficiente, la realidad del Instante Cero? La única certeza absoluta que nos consta es que eso anterior nunca pudo ser de la misma naturaleza que el propio cosmos, pues en tal caso no sería anterior, no sería su origen, sería ya también universo.

 

Supongo que esta certeza, que derriba tantas hipótesis y leyendas en este tema, no admite discusiones. Estoy refiriéndome a teorías como la del “universo cíclico”, la de “aparición desde la nada” o las especulaciones científicas sobre “lo anterior a la Singularidad”. En la teoría de la “onda-partícula”, por ejemplo, a los cosmólogos se les escapa siempre el mismo hecho fundamental, a saber:

 

o              Una onda-partícula es ya universo en sí misma, por lo cual, esta hipótesis teórica que busca el origen del universo en una “onda-partícula”, constituye una tautología, semejante a afirmar que “el origen del universo es el propio universo”.

 

·               No nos restan, pues, nada más que dos opciones: o esa realidad anterior es, como queda dicho, distinta al mundo y ajena al mundo, situada fuera de él y que no participa de su naturaleza, o esa otra realidad es la “nada”.

 

·               Pero la “nada” consiste en una pura construcción mental, no una cosa realmente existente (Consultar mi libro La otra filosofía. Existe el “vacío”, lo cual no debe ser confundido con la “nada”) .

 

·               Luego el mundo procede de otra realidad exterior, diferente y superior, de la cual únicamente sabemos que consiste en el Ser en sí mismo y que, por eso precisamente, tiene potestad de donarlo.

 

El instante cero y los símbolos matemáticos

 

Cuál es esa misteriosa entidad tan superior y tan diferente, capaz de donar el ser porque consiste en el Ser en sí mismo, ya la he identificado en los párrafos anteriores como el Ser Infinito, identidad que está en la mente de todos con otro nombre más asequible (Dios). Pero como éste no es un libro de teología, busquemos otras vías de investigación más sencillas, como la vía de los números, que para eso son precisamente los símbolos de las magnitudes, y de lo que es magnitud es de lo que estamos hablando, del universo.

 

Por eso he titulado a este primer instante como el “cero”, y lo he hecho así por doble razón: no solamente porque el cero es el primero en el orden del proceso, sino también porque el cero representa el concepto de lo infinito, que es, precisamente, la causa eficiente y origen de todo. Pero en este nuevo intento matemático ocurre algo inesperado:

 

o              La escala numérica se representa por guarismos, pero hay uno que realmente no lo es, el cero, el cero representa justamente la antítesis de la magnitud, representa la no-magnitud.

o              Sin embargo, el cero, a pesar de no ser magnitud, es el origen de las magnitudes, es el origen de la escala numérica

o              Aplicado esto a mi teoría, lo infinito (el cero), a pesar de no ser finitud, es el origen de la finitud (los números).

 

Pero, al margen de especulaciones, lo importante es que el lector comprenda rectamente estos dos conceptos: los números o finitud por un lado, y el cero o infinitud por otro; porque el común de la gente maneja suposiciones que nada tienen que ver con la realidad. Para ellos, como el cero es lo que no representa medida ninguna, lo asimilan a la nada. Sin embargo, más arriba sitúan a los números porque es aquello que ya mide algo. Y por encima de todos los números, sitúan lo infinito, aquello que "mide" tanto que nunca se acaba (lo cual es contradictorio, puesto que todo lo que mide tiene necesariamente un fin). Pues bien, estos conceptos tan socorridos son un error lamentable que no responde a la realidad.

 

o              Ni el cero es la nada ni lo infinito es una magnitud tan enorme que se pierde de vista; ni el primero está por debajo ni el segundo por encima de la finitud universal.

 

o              El cero y el infinito representan lo mismo: aquella perfección que es ajena al universo porque no es medible, no es limitada, no tiene principio ni fin, y constituye la única realidad existente en sí misma y origen de la otra, la de la finitud medible con números.

 

El origen de la realidad medible (finitud universal) es la realidad opuesta, la de lo no medible o infinito. De ella surgió el Instante Cero.

 

La Singularidad Invisible.

 

La posición habitual de los cosmólogos, cuando explican el origen del universo, es la de partir directamente del Big Bang, silenciando toda referencia al previo instante cero, que obviamente existió, y del cual acabamos de dar una explicación necesariamente metafísica, puesto que de ninguna otra manera puede ser explicado. Las escasas teorías que manejan los astrofísicos, tienen en común todas ellas, como ya dije antes, el intento, inevitablemente fallido, de querer fundamentar la aparición de la finitud en la propia finitud, lo cual conduce a soluciones tautológicas que nada resuelven Los cosmólogos no creen en los milagros, pero, leyéndoles, da la entera sensación de que esa aparición tan inexplicable de la Singularidad, se produjo desde la nada y por auténtico milagro.

 

Según lo aquí desarrollado, sin embargo, el proceso fue algo más laborioso, aunque los pasos consistieran sólo en auténticos instantes, en el más riguroso sentido del término (el instante de la aparición de la Singularidad ha sido estimado por la ciencia en 10 elevado a -43 segundos). Al instante cero del origen, en el que no teníamos más protagonista que la infinitud creadora, sucedió inmediatamente la aparición de la primera finitud, que no pudo ser otra cosa que energía. Ahora ya tenemos algo más que el cero, tenemos la primera realidad finita concentrada en un solo punto, pero un punto virtual, matemático, inapreciable para los sentidos, a pesar de que consistía en una acumulación verdaderamente impensable de energía.

 

Todo lo que rodea al misterioso origen del universo resulta tan fascinante y tan increíble, que no es de extrañar el nombre con el que la ciencia lo bautizó de inmediato: Singularidad. Da igual a cual de las dos Singularidades nos refiramos, si a la invisible energía de la primera o a la insignificante partícula de la segunda. En cualquiera de los dos casos, singular por todo: por constituir un hecho único, irrepetible; singular por lo insospechado para los parámetros de nuestra pobre experiencia; y, por supuesto, singular por la increíble capacidad de almacenar todo un universo dentro de su humildísima presencia.

 

Ahora estamos con la primera Singularidad, y aunque invisible, resulta más creíble que la segunda por un hecho capital: porque se trataba de energía. Sobre la energía he hecho ya tantas referencias en mis libros, que resulta indisimulable mi “sectarismo energético”. Se trata del motor del mundo, pero un motor invisible, indetectable, que ni ocupa espacio ni tiene ninguna otra propiedad sensible, por lo que más bien pudiera decirse que se trata de un motor-fantasma, cuya existencia únicamente nos consta por el ruido de las cadenas que arrastra (léase por los efectos que produce). Tan esquiva y tan misteriosa que la ciencia jamás ha dado explicación ninguna sobre su naturaleza. Y es lógico que así sea, porque la ciencia no habla de nada que caiga más allá de los horizontes de la propia ciencia. En este caso, lo único que está dentro de su horizonte es el orden en el que energía y materia se suceden:

 

o              La materia es un todo hecho por acumulación de energía, pero la energía no está hecha de nada, a pesar de que por acumulación sea capaz de formar el todo llamado materia. La energía es la primera de las dos y fuente de la otra.

 

Porque la energía es antes que la materia, lo primero fue un punto matemático, invisible, constituido únicamente por energía. Éste fue el auténtico amanecer del Cosmos.

 

Si la energía es antes que la materia y fuente de la materia, ya tenemos resuelto el enigma de ese puntito maravilloso en el que se originó el universo: era un punto fabuloso en cuanto a la potencia que encerraba, pero también un punto verdaderamente fantasmagórico, sin dimensiones, sin masa, es decir, un punto en el más estricto sentido de la palabra, un punto puramente matemático, como la propia ciencia dice cuando a él se refiere (aunque a continuación se contradice y lo concibe como partícula), debido a que se trataba sólo de energía y la energía ni ocupa espacio ni ocupa nada, es sólo una potencia, una virtualidad.

 

Qué cosa es la materia, lo tenemos muy claro. Qué cosa es la energía, no, en absoluto. Estamos ante una pura capacidad de producir todos los fenómenos del mundo físico, pero que en sí misma no tiene entidad física, aunque tampoco es la nada, es “algo”. Así es que, ese algo, no detectable de forma directa, pero sin duda existente debajo de la materia, es la misma cosa que la ciencia llama energía, Aristóteles llamaba materia primera, y la filosofía espiritualista no la llama de ninguna manera, porque considera que eso que llamamos energía es la mano del Creador.

 

La energía es la forma pura de la finitud, y así apareció en el primer instante del cosmos. De ella solamente percibimos el disfraz grotesco de su condensación en forma de materia.

 

La Singularidad Material

 

Un lector atento es muy posible que haya detectado un bache en el curso de los acontecimientos, tal como están narrados, porque ¿De dónde ha surgido este empecinamiento en suponer que el universo se desarrolló a partir de un simple punto? Hasta el siglo anterior, se había dado por descontado que el universo siempre había sido el mismo, con sus sistemas galácticos y sus infinitos espacios siderales. ¿Por qué ahora se empeñan en algo tan estrambótico como que al principio no era otra cosa que un punto?

 

Se impone, por tanto, aclarar cómo los científicos han llegado al convencimiento de que esa fabulosa Singularidad existió de verdad en algún momento; y el método para llegar a ese convencimiento ha sido sencillo: simplemente observar la evolución de los movimientos, dentro del cosmos, y ponerse luego en marcha en sentido contrario, en el sentido del retroceso. Se trata de una breve historia que podríamos titular “Desandando el camino”.

 

Desde el descubrimiento de Hubble, en 1929, sobre el alejamiento continuo de los sistemas estelares entre sí, y más tarde desde el de Penzias y Wilson, en 1965, sobre la existencia de la radiación de fondo, la astrofísica se ha puesto a desandar el camino y ha llegado a una conclusión: si el espacio está en continua expansión, hecho avalado por el incesante alejamiento entre sí de todos los sistemas, los cosmólogos han pensado, y parece que con bastante lógica, que retrocediendo en esa expansión, el origen de la misma será el origen del propio universo.

 

Se trata, por tanto, de desandar edades y llegar de nuevo al alumbramiento. Y tampoco hace falta ser cosmólogo para darse cuenta de que, un cuerpo cualquiera en expansión, al que se le busca el origen retrocediendo en el sentido inverso a dicha expansión, es decir, en el sentido de la contracción, a fuerza de comprimirlo y comprimirlo, acabaremos por dar en una partícula tan concentrada y minúscula que resulte difícil de explicar. Y ahí es donde se para la ciencia en su investigación, porque todo lo anterior que acabamos de exponer hasta llegar a esta partícula, “también cae fuera de sus fronteras”, como antes dije.

 

o              El Instante Cero, por supuesto, le cae lejos a la ciencia porque es cosa sólo accesible desde la metafísica. Y en cuanto a la Singularidad Invisible, puesto que se trata de energía, sí debería ser objeto de la ciencia, pero la ciencia se limita a reconocerlo y, a continuación, olvidarse de ello, cometiendo la flagrante contradicción de definirla como “partícula”

 

Así de fácil hemos llegado a descubrir el “origen”, pero con minúscula, no el Origen escrito con mayúscula, porque ése era el de la mano creadora y la energía y ya lo hemos dejado atrás. Este segundo origen es el de la ciencia, el que, desandando el camino de la expansión, llega hasta una partícula material, se conforma con el hallazgo y lo considera el ombligo del mundo, sin interesarle tanto qué es lo que pudo haber antes. Ahora ya estamos ante la segunda Singularidad, que es la misma de antes, pero convertida en materia, bajo la forma cuántica mas incipiente de las primeras partículas subatómicas. Y entre la una y la otra, entre aquella y esta Singularidad, no han transcurrido nada más que unas milésimas de segundo. La materialización ha sido casi inmediata.

 

o              Tampoco esto de las “partículas subatómicas” se trata de nada nuevo. La filosofía espiritualista ya había postulado que, dividiendo la materia incesantemente, y puesto que el número de divisiones no puede ser infinito, en la última de las divisiones se llegaría a unas partículas tan elementales que resultarían indivisibles...... indivisibles en cuanto materia, claro, porque, de volver a dividirlas, ya solamente se obtendría la “nada” (obviamente, hoy diríamos la energía).

 

o              Estas partículas últimas e indivisibles de la finitud, preconizadas por la filosofía, son las que, hoy día, la ciencia ha llegado a identificar mediante la física cuántica, son los protones, neutrones y electrones que aparecieron, unas milésimas de segundo después de la primera Singularidad, por integración de la energía en forma de materia.

 

Al instante cero de la causa eficiente, sucedió un primer universo invisible, indetectable (un punto matemático, sólo energía), al cual sucedió un segundo universo casi instantáneo, por integración de la energía en materia, transformando el punto matemático en punto físico.

 

Aunque la diferencia entre una y otra Singularidad fuese únicamente de milésimas de segundo, la diferencia, en cuanto fenómenos, es tan radical que cada una de ellas es capaz de explicar su papel, en la formación del cosmos, sin lugar a interrogantes. Todo fue vertiginoso, a mayores velocidades que la de la luz, pero todo se consumó en el necesario orden; no en vano la formación del universo es el mayor de los milagros del propio universo. De manera que el proceso se culminó con el último de los cuatro instantes, el instante del desencadenamiento final.

 

El Gran Desencadenamiento

 

·               La Singularidad-energía fue necesariamente la primera de las dos, porque la energía es anterior a la materia.

 

·               Pero, así como la energía es una realidad virtual y “cabía” toda ella en un punto también virtual, un punto matemático, la materia es una realidad física y necesitaba un punto, cuando menos, detectable, un punto cuántico, una partícula, por muy elemental que fuese.

 

·               Y así ocurrió: La energía de la Singularidad se condensó en forma de materia por el fenómeno conocido como integración (el contrario al de desintegración, tan conocido), dando así alumbramiento a la nueva Singularidad, que es, obviamente, la misma primera, pero convertida en materia.

 

·               La Singularidad-material, efectivamente, fue la segunda en el orden de los acontecimientos, aunque estamos hablando de lo que ocurrió en el seno de auténticos instantes, inferiores a un segundo.

 

·               Es en esa “partícula” inicial en la que la ciencia sitúa la aparición de los primeros protones, neutrones y electrones, la primera multiplicación de la materia, cuando solamente había transcurrido 1 centésima de segundo

 

·               No obstante, todo el universo encerrado en una simple partícula, resulta un fenómeno tan verdaderamente inusitado, tan inverosímil, que ocurrió lo que necesariamente tenía que ocurrir.

 

·               Soportaba una presión tan descomunal que la ciencia la califica de “infinita”. Tan “infinita”, efectivamente, debió ser que sus partículas “enloquecieron” (por describirlo de alguna manera), con dos efectos inmediatos:

 

o              Su temperatura se elevó hasta los 100.000 millones de grados.

 

o              Entraron en colisión unas con otras, hasta que ese estado infernal del interior de la Singularidad se canalizó en un movimiento de rotación interna tan violento como la presión y la temperatura.

 

·               En esta nueva “puesta en marcha” del cosmos, por tanto, el movimiento universal no se inició (como hasta ahora ha supuesto la ciencia) con la explosión de un Origen estático, sino que el movimiento estaba ya en el universo en el propio Origen, en su interior, en forma de rotación.

 

Esta posibilidad del movimiento interno de rotación jamás se lo ha planteado ningún astrofísico, pero es indiscutible que ningún astrofísico puede negar tal posibilidad.

 

1.      Por razones físicas.- Nadie, y menos un científico, puede negar la posibilidad de que, si lo que había en la Singularidad era ya materia, por muy incipiente que ésta fuese, dicha materia podía estar en movimiento interno de rotación.

 

2.      Por razones comparativas.- Si la propia ciencia admite que esa primera materia de la Singularidad ocupaba ya un espacio y estaba sometida a altísima presión y temperatura, por la misma razón y con el mismo fundamento, la ciencia tiene que admitir la posibilidad de que estuviese sometida también a altísimo movimiento de rotación interna.

 

3.      Por razón de los hechos probados.- Aparte de estos fundamentos lógicos, es un hecho comprobado que, en ese mismo nivel de lo subatómico, dentro del núcleo del átomo, los protones y neutrones rotan entre sí, según la propia ciencia ha detectado por el “momento magnético nuclear”.

 

Demostrada la posibilidad física del citado movimiento, el motivo para proponerlo no es gratuito ni caprichoso, parte de una auténtica razón lógica, a saber: constituye la única teoría capaz de explicar la forma plana, ya comprobada científicamente, de nuestro universo.

 

·               Así fue el Gran Desencadenamiento, el cuarto y último instante, aquél en el cual, todo ese colosal y comprimido universo que encerraba en su interior la Singularidad, comenzó a descomprimirse, desplegarse, distenderse, expandirse dentro de su propio seno (dentro de su propio seno, esto es esencial)

 

·               Pero esa expansión no podía ser, como a primera vista cabría suponer, igual a como lo hace la explosión de cualquier objeto que se proyecta fuera de sí mismo, en todas las direcciones.

 

o              Primero, porque no estamos ante una explosión. El manoseado Big Bang (Gran Explosión) nunca existió. De existir, habría engendrado un universo esférico, y el universo no es esférico, es plano.

 

o              Segundo, porque lo que no es estático, lo que está sometido a movimiento de rotación sobre su propio centro, no puede expandirse en todas las direcciones, solamente puede expandirse en el mismo plano en el que está rotando.

 

o              Tercero, porque lo que está rotando sobre su propio centro, además de expandirse únicamente en el mismo plano en el que está rotando, no se expande en radios rectos, sino en radios curvos, como acontece en cualquier desencadenamiento de una rotación.

 

·               Acabamos de llegar al final de la puesta en marcha del cosmos: un desencadenamiento en forma de espiral plana, es decir, en el mismo plano en el que estaba rotando y según los infinitos radios curvos de una espiral.

 

Si el universo es plano y se expande, no pudo tener otro origen que el desencadenamiento de una rotación en su propio plano, y una rotación que se desencadena en su propio plano, forzosamente, lo hace en radios curvos. El cosmos es, forzosamente, una espiral plana.

 

Parecen precisas algunas aclaraciones sobre este universo así contado. La primera pudiera referirse a la dilación (quizás en el pensamiento del lector) sobre el momento de producirse el desencadenamiento final, como si la teoría buscase una complicación innecesaria. No hay tal dilación, no pudo ser antes. La energía cumple la insólita condición de que, aunque es la autora de la materia, depende de su propia obra, la materia, para actuar, de forma que, sin ella, la energía desaparece. Basta un hecho para comprenderlo:

 

La energía que nos llega del sol calienta nuestro planeta, pero hasta llegar a nosotros recorre un espacio inmenso al cual no calienta en absoluto. ¿Por qué? Pues porque ese inmenso espacio está prácticamente vacío, y si no hay materia sobre la que actuar, desaparece la causa de todas las actuaciones, la energía.

 

Con esto queda aclarada la duda. La Singularidad-energía fue (y es) el origen de todo, pero mientras no acometió su primera obra, integrarse en forma de materia, no pudo hacer nada porque no tenía materia sobre la que actuar (como el sol no calienta si no encuentra nuestro planeta). La energía no tiene las propiedades que tiene su obra, la materia, es decir, no tiene presión ni temperatura ni movimiento, por lo cual es imposible que, aquella primera Singularidad-energía, pudiera hacer todo lo que hizo inmediatamente después, cuando se convirtió en Singularidad-materia.

 

Pero quizás la aclaración más urgente sea otra, sea la referida a esa afirmación tan reiterada que he hecho de que “el cosmos estaba todo entero en el Origen y, lo único que ha hecho, ha sido desplegarse”. En esto no tengo una simple sospecha, tengo una plena seguridad de que algún lector me objetaría que, según lo cuento, parece que el cosmos estaba todo él comprimido en la Singularidad, pero tal y cómo ahora lo vemos, con sus océanos, sus continentes, sus civilizaciones, etc, etc; y que lo único que ha hecho ha sido aflorar ante nuestra vista, ya acabadito y completo. También me diría ese lector, quizás enfadado, que tal cosa es una ingenuidad inadmisible, que hace ya demasiado tiempo que se conoce la evolución.

 

Por supuesto, amigo lector. No pretendo que de esas palabras mías se infiera lo que acabas de reprocharme, con todo fundamento. Es obvio que en la Singularidad no estaban ya los rascacielos ni los aviones, en la Singularidad, que era sólo energía. y luego solo un poco de materia, no estaba ya el universo como ahora lo vemos...... pero igual de cierto es que estaba ya todo él contenido, con otra cara, pero todo él, o lo que es lo mismo, he querido decir que estaba en potencia, como puro proyecto, todo entero, pero como idea, y que esa idea ha necesitado, efectivamente, quince mil millones de años para hacerse realidad (y no sabemos cuántos más le quedan para seguir realizándose).

 

Una vez convencidos de que un día existió la Singularidad, lo más inquietante es el cómo, la génesis de semejante fenómeno. En este libro, que es el de un filósofo, he dado por descontado que, en ese Instante Cero, lo que actuó fue la mano del Ser Infinito. La Singularidad únicamente puede ser abordada desde la metafísica. Un fenómeno tan singular y único, que escapa a toda experiencia, deja atada de pies y manos a la ciencia. La ciencia lo ha intentado con algunas “teorías novedosas”, pero en lo que no es cuestión científica, sino metafísica, resulta inútil el empeño, y la mayoría de los científicos hace muy bien en no pronunciarse.

 

ü             Esa es precisamente la ventaja de la filosofía, el único saber que es capaz de contemplar lo que sucede en la plaza pública desde arriba, en su totalidad, no desde la visión angular de las esquinas de las diferentes bocacalles que desembocan en la plaza, que es como lo ven todas las demás ciencias particulares.

 

En cuanto a los otros dos aspectos inquietantes, el dónde y el cuándo de su aparición, son más fáciles de determinar. El cuándo, el cálculo de la edad del universo, a partir del dato de la velocidad de expansión actual, su edad ha sido cifrada, aproximadamente, en quince mil millones de años. El dónde, el lugar en el que situar ese punto inicial depende, como es lógico, del modelo de universo que se considere. Para el autor de este libro, resulta claro que, si el cosmos consiste en una espiral plana, la Singularidad ocupó (y sigue ocupando, puesto que la expansión nunca ha llegado a desligarse de su origen, contra la teoría del Big Bang) justamente el centro geométrico de dicha espiral plana.

 

Esta verdad geométrica viene a caer, como anillo al dedo, a la teología. El centro de una espiral plana cumple la doble condición de ser el centro causal de la espiral y, a la vez, estar fuera de la propia espiral

 

Algunas “Teorías novedosas”

 

En el afán (necesariamente fallido, como ya he dicho) de algunos científicos por hallarle a ese milagroso punto inicial una explicación causal, dentro de los límites de la propia ciencia, han procedido a estudiarla introduciendo nuevos criterios, tales como aplicar sobre ella los principios de la mecánica cuántica, basándose en la circunstancia de que Singularidad y mecánica cuántica militan en la misma escala de las dimensiones.

 

Pienso que es obligado hacer una breve referencia a ellas. Podría haberlas ignorado a la hora de escribir este trabajo, es cierto, pero tampoco deseo que se tome el silencio como ignorancia de su existencia, como falta de información. Para evitar confusiones entre la síntesis de estas teorías y mis comentarios, utilizaré dos tipos diferentes de letra.

 

La tesis de la onda-partícula parte de que si el universo surgió de una partícula subatómica (primer error), le es aplicable esa dualidad característica de todo el mundo subatómico, la de comportarse, de forma indiferenciada, según partícula y según onda. Pero se tome la que se tome de las dos posibilidades, el origen del universo resulta siempre ilocalizable. La onda es, por su naturaleza, imposible de repatriar a un lugar concreto. La partícula, en principio, sí es localizable, pero tratándose de una partícula cuántica, por el principio de incertidumbre de Heisemberg tampoco resulta localizable.

 

La conclusión final de esta tesis es que, si la onda-partícula del origen no es localizable, desaparece el problema por irresoluble y carece de sentido seguir preguntando cuál fue el punto inicial del espacio y el tiempo.

 

Esta teoría sería aceptable si no estuviera fundamentada sobre un dato falso, ya denunciado en páginas anteriores: Partir de que la Singularidad tuvo dimensión y naturaleza física desde el principio, es introducirla en el mundo de la materia, lo cual es imposible, porque la materia es producto de la energía y tuvo, inevitablemente, una aparición posterior a la de la energía, tal y como ha sido narrado en este libro.

El segundo escenario, descrito como "Creación sin fronteras", también se conforma con localizar el dónde, pero lo intenta partiendo de otra fuente de comprobación diferente a la de la partícula-onda. En este caso se trata de la formulación matemática de que “todos los puntos de la superficie de una esfera son equivalentes”. Asimilando luego esa superficie de esfera al universo (nuevo error), el punto inicial de éste, el Big Bang, no puede ser localizado, puesto que todos los puntos en la superficie de la esfera son idénticos y equivalentes.

 

Mi comentario comienza con las mismas palabras del anterior: Esta teoría sería aceptable si no estuviera fundamentada sobre un dato falso, ya denunciado en la portada de este libro: Partir de que el universo es una superficie esférica constituye una teoría ya desmentida. Los dos grupos de investigación de los proyectos Boomerang y Máxima, integrados por medio centenar de científicos, han comprobado que el universo es plano, no una superficie esférica...... (dos años después de que mi libro “Nueva visión del universo” hubiera ya planteado la planitud del cosmos). Si el cosmos no es una superficie esférica, la teoría sobra.

 

Un nuevo intento científico es el conocido como "Creación desde la nada", que, como su nombre indica, se basa en que, perturbando el "vacío", que es lo mismo que la "nada" (nuevo error), aparecen materia y antimateria. Por consiguiente, del vacío podrían aparecer espacio-tiempo y anti-espacio-tiempo. Pero resulta que, según ellos mismos, el espacio-tiempo coincide con su "anti", por lo que deducen que espacio-tiempo y vacío vienen a ser manifestaciones de una sola y misma cosa. Resumiendo: del vacío, que es la nada, puede surgir el espacio-tiempo.

 

Esta tesis es más ambiciosa y no se conforma con el dónde y cuándo, sino que busca el cómo, pero también parte de un fundamento verdaderamente lamentable: la confusión del “vacío” y de la “nada” como conceptos correspondientes a una misma realidad. Como ya he aclarado en páginas anteriores, una cosa es un vacío de contenido dentro del espacio-tiempo (pero que obviamente sigue siendo espacio-tiempo, aunque vacío de contenido), y otra cosa muy diferente es la “nada”, que se refiere a un absoluto inexistente (consultar mi libro La otra filosofía). Por lo tanto, si esta tesis la situamos en el “vacío”, da por resultado que el “espacio-tiempo nace del espacio-tiempo”, y si la situamos en la “nada”, nada da, porque la nada no existe. Únicamente existe el Ser.

 

Los científicos defensores de estas hipótesis tienen buen cuidado de advertir que se trata de simples posibilidades matemáticas, que ni han sido observadas ni hay datos experimentales que las avalen. El empeño consiste solamente, según ellos, en dar respuestas científicas a las preguntas que hasta ahora eran del ámbito de la metafísica (a lo cual añade este autor que seguirán siendo de la metafísica siempre, por mucho que la ciencia se empeñe en lo contrario, porque para las ciencias es inabordable lo que, por su naturaleza, está fuera de su horizonte).

 

 

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© Gregorio Corrales.

 

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