Imagen tomada del reportaje “Espectacular”

 

 

 

 

 

Libro de las sentencias

 

 

Este libro es una compilación de las máximas o aforismos escritos en mis cuatro libros anteriores: Diálogo de ateos y creyentes, Teosofía de la Verdad, La otra filosofía y Nueva visión del Universo.

 

El objeto es presentar a la atención del lector, de forma resumida y rápida, una visión total del contenido de esos cuatro libros, en los cuales abordo los temas profundos que plantea, en nuestra pobre lógica humana, la existencia de Dios, del hombre y del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diálogo de ateos y creyentes

 

Seas ateo o seas creyente manifiéstalo, pero no lo discutas. Es un sentimiento, una actitud, una posición vital. Ni vas a convencer ni te van a convencer. Discútelo, pero discútelo contigo mismo, en la soledad de tu alma, y elige con honestidad.

 

Las verdades que solamente son comprendidas, pero no sentidas, no sirven de nada. Una demostración sólo arroja una verdad comprendida. La que rige al hombre no es ésa, es la verdad sentida.

 

Un dios comprensible y evidente para el hombre no sería Dios. Dios es indesvelable por definición.

 

Si la humanidad, en su inmensa mayoría, ha creído siempre en la existencia de lo trascendente, será porque lo trascendente existe, a no ser que consideremos a la humanidad rematadamente necia.

 

Si todo lo universal ha recibido el ser, fuera tiene que existir otra realidad que sea el SER y que se lo haya donado al universo. A eso llamamos Dios

 

 

Teosofía de la Verdad

 

Únicamente el hombre tiene capacidad de desdoblarse, situarse fuera del mundo y contemplarse a sí mismo dentro del mundo. Mayor autonomía espiritual, imposible.

 

La alteridad entre materia y espíritu es tan radical que el empeño en reducirlos a una sola realidad sustancial, en el ser vivo, nunca ha convencido.

 

El materialismo hace gala de una ignorancia escalofriante, desconoce las verdades más básicas del pensamiento, como los conceptos de finitud e infinitud.

 

El “Centro Director” del todo funcional llamado cerebro y, por ende, del todo funcional llamado ser vivo superior, no tiene localización ninguna en el mapa cerebral, luego no es materia, es espíritu. El alma no es ningún “epifenómeno” del cuerpo, sino el titular que lo rige.

 

La división sucesiva de la finitud desemboca en partes que no son finitud, que no son nada. El análisis filosófico converge con la verdad teológica: Dios hizo al hombre y al mundo de la nada.

 

Aquiles alcanzó irremediablemente a su tortuga y tú alcanzas irremediablemente la puerta de la habitación. Las partes mínimas de una magnitud no son infinitas, son limitadas, y al dividirlas la última vez se obtiene “nada”. La magnitud, la finitud, el mundo entero es una pura apariencia.

 

Una interpretación estricta de lo que la ciencia dice que es la materia-energía no conduce a definirla como nada sustantivo, sólo como “La capacidad de producir efectos sensibles”. El universo, según esto, es sólo un puro fenómeno sensible.

 

En la evolución del universo no puede existir azar ninguno porque es una evolución causada, es decir, predeterminada. Otra cosa es que dichas causas no sean aún conocidas todas, como ocurre en las mutaciones.

 

Con la relatividad, todo lo que integra el mundo físico ha dejado de ser algo en sí mismo para pasar a ser solamente algo “en relación a”. Si se suprime la relación, el mundo físico desaparece.

 

Como fuera del universo no hay un espacio-tiempo absoluto que sirva de referencia, el universo no es una realidad, es solamente una apariencia sensorial en su interior.

 

La materia que tocamos y que nos parece algo sólido e inerte, realmente es todo lo contrario, se trata de algo hueco y en movimiento ondular.

 

Desde la aparición de la física cuántica, lo físico ha dejado de ser una cosa real, existente y determinada. Solamente existe en función del medio de observación empleado.

 

Relatividad y física cuántica confluyen en un único resultado: existir solamente “en relación a...” y existir solamente “en función del medio de observación empleado” es la misma cosa, es, sencillamente, no existir. Si se suprime el referente, no hay existencia; si se suprime el medio de observación, no hay existencia.

 

La conciencia del hombre sobre el universo que le rodea descansa en la percepción sensorial. Si los sentidos son parte del propio universo de la materia al que pretenden acreditar, su testimonio no es válido.

 

La posibilidad de un universo inmaterial, constituido únicamente por formas, también precisaría del escenario espacio-tiempo. No obstante, un mundo así, de formas inmateriales, entraría de lleno en la concepción espiritualista.

 

No te consta más realidad que la espiritual, la de tu intimidad, acreditada por tu conciencia de forma directa, no a través de los sentidos, y todo lo que ese espíritu tuyo ha vivido con los demás. Vida y espíritu son la misma cosa. Lo otro, el escenario soez de la materia, es una ficción.

 

Una realidad provisional y regida por el mal (es decir, el mundo) constituye un absurdo, y los absurdos no existen en la leyes naturales. Tiene que existir otra realidad después que restaure el sentido de ésta.

 

Las verdades racionales son frías. Comprender algo no conlleva ni aceptarlo ni rechazarlo. Solamente la intuición, que tiene tanto de iluminación gratuita, da la seguridad y la adhesión o repulsa que la razón no consigue. En el tema “Dios existe”, esto resulta decisivo como en ningún otro tema.

 

Nada en el universo es por sí mismo, todo tiene el ser porque lo ha recibido, luego tiene que existir otra realidad que sea el SER en sí mismo (ipsum esse subsistens) y que lo haya trascendido al universo. A esa realidad infinita llamamos Dios.

 

La carencia o no de límites no constituye la esencia de lo finito y lo infinito. sino al contrario, la diferencia entre lo que es el “ser en sí mismo” y lo que es el “ser recibido” es lo que conlleva que uno no tenga límites y el otro sí.

 

De Dios sabes que existe, pero nada más. Dios es un misterio, en otro caso no sería Dios. Sólo el místico lo entrevé, pero no puede explicarlo.

 

La teología pretende conocer a Dios extrapolando a él los valores propios del mundo: conservación, providencia....... Pero mayor necedad todavía es adjudicarle las mismas capacidades humanas: pensamiento y voluntad.

 

El dios del Génesis bíblico y de la teología no es Dios, es un superhombre capaz de hacer con la materia universos en vez de sillas. Ese dios inventado por los hombres no sabe sacar las manos del barro.

 

La teología pretende conocer a Dios adjudicándole los mismos valores del mundo, pero en “grado infinito” para salvar distancias. Lo infinito, por definición, no es magnitud y no tiene grados, ni pocos ni muchos. Un “grado infinito” no existe.

 

Llegar a saber que Dios existe es cosa de la fe y de la razón. Llegar a saber cómo es Dios es cosa de la estupidez teológica.

 

Todo lo que es emana de Dios porque Dios es la fuente única del ser (panteísmo). Pero Dios modela ese ser emanado de sí mismo, creando con él algo único y diferente (creacionismo). Panteísmo y creacionismo son compatibles.

 

El Ser en sí mismo (Dios) es, por definición, único e infinito. No hay ningún otro ser. Recibir el ser y tenerlo donado no convierte al universo en el Ser.

 

La finitud (universo) ni está dentro ni está fuera de la infinitud (Dios). Entre los dos no hay fronteras, no son realidades homogéneas.

 

El universo no puede limitar con la nada porque la nada no existe; y si existiera, sería un infinito y no limitaría con ninguna otra cosa.

 

Muchos universos juntos no resuelven el problema, no se convierten en algo infinito, sumados siguen siendo finitud. ¿Con qué limitan?

 

La imposibilidad de que el universo material limite con algo, a pesar de ser limitado, es una prueba más de su irrealidad. La Creación es estrictamente espiritual.

 

Abba (papá). Así le llamaba Jesús a solas. Dios siempre está cerca para el hombre-niño que le busca.

 

Nada puede impedir que te sientas huérfano. “ Mientras el corazón del hombre no descanse en Dios no puede ser feliz (San Agustín)”.

 

No hay providencia. Dios ni interviene ni dirige el mundo, lo dotó de leyes autónomas, naturales. Sólo las quebranta a favor de aquél que, lleno de fe y confianza, se abandona en sus manos.

 

Dios está en los desconsolados de este valle de lágrimas que se reza en la Salve, no en los miopes de los Salmos que ven, en el espectáculo grotesco del mundo, la “gloria” de Dios.

 

Dios, que es el Ser en sí mismo, donó el ser a la criatura. El ser es espíritu, no existe ninguna otra forma del ser. Creó las almas de todos los seres vivos en armonía, bajo la Ley del Bien. De sus manos jamás salió este mundo de materia, gobernado por el mal y la muerte. Dios no hace chapuzas.

 

En el caso de aceptar la realidad alma-cuerpo, la no desaparición de ninguno de los dos en la unión, su permanencia diferenciada en el ser vivo, acredita que éste, el ser vivo, constituye una unión accidental, no una unidad sustancial.

 

No hay unión ninguna, ni sustancial ni accidental, no hay dos elementos que unir. La Creación, la finitud, es exclusivamente espíritu y no existe otra cosa.

 

Alma-cuerpo-ser vivo constituye un trialismo sin solución posible. No hay más realidad que la espiritual, la creada por Dios, las almas.

 

Alma es vida, es el ser vivo en su totalidad, es la única obra del Creador. No existe ninguna otra realidad finita.

 

Entre la eternidad y el tiempo no existe paralelismo ni relación ninguna. En la eternidad (que no sabemos cómo es) no hay principio, ni pasado, ni momentos, ni futuro, ni fin, como los hay en el tiempo.

 

Suponer que el alma es creada por Dios en un momento determinado (concepción) es una simpleza. En la eternidad no hay momentos. El momento determinado de la concepción es cosa de la ficción “mundo temporal” y no tiene correspondencia ninguna en la eternidad de Dios Creador.

 

La pretendida resurrección de los cuerpos conduce a una eternidad repleta de las mismas imperfecciones del mundo. Bebés, ancianos, cojos, gordos o calvos son limitaciones de aquí. En la eternidad sólo hay almas.

 

En la eternidad no existe el tiempo, nada evoluciona ni cambia ni se desarrolla como en el mundo, todo es definitivo. Tu alma allí es invariable, ni de anciano ni de niño, vive en toda su madurez y perfección. Lo que parece evolucionar aquí, de la mano de la carne, es parte del sueño en el que estás creyendo vivir.

 

Inmortalidad y resurrección no son lo mismo. Para resucitar, primero sería preciso morir, y la vida es espíritu, es inmortal, no muere. Sólo muere la materia, aquello que vive únicamente en el espectáculo de los sentidos,

 

Si lo espiritual es ajeno al espacio (lo cual nadie pone en duda) también es ajeno al tiempo, porque espacio y tiempo no son realidades independientes, constituyen un único espacio-tiempo desarrollado a partir de la explosión inicial del cosmos.

 

La inmortalidad es una necesidad anímica del género humano, y toda necesidad que afecta de forma genérica es porque corresponde a algo que realmente existe. En ningún ser vivo hay necesidad natural de cosas que no existen.

 

El mito “resurrección” ha sido creado como única salida a la evidencia de la muerte física.... cuando se comete la torpeza de considerar al cuerpo fundamento último del hombre.

 

La resurrección del alma es un hecho imposible. Si al morir el cuerpo el alma sigue en alguna parte, entonces no es que resucite, es que vuelve; y si ha desaparecido del todo, tampoco es que resucite, es que es creada de nuevo. Dios es Creador, no Recreador. El alma no resucita porque jamás muere.

 

El mundo es una pura utopía, una ensoñación de los sentidos, en la que lo único real es la conciencia que tienes de vivirlo.

 

A pesar de la ciencia, el creacionismo sigue y seguirá en pie. La ciencia jamás podrá explicar de dónde surgió ese “algo” misterioso que explosionó.

 

La ciencia ni siquiera ha sido capaz de descubrir todavía que la Gran Explosión no fue de una partícula estática, sino en rotación interna. El universo no es esférico, es plano.

 

A pesar de Copérnico, el geocentrismo de la Tierra sigue en pie. No somos el centro funcional del cosmos, pero sí somos el centro trascendente. Sólo en la Tierra hay vida.

 

¿Cuál fue el “barro” utilizado por el Creador para moldear a Adán? En la metáfora bíblica, nada impide que ese barro fuese un primate.

 

El azar solamente conduce al caos, y el mundo no es ningún caos. El resultado de las leyes mutación-selección lo tienes delante: una naturaleza predeterminada a un fin bien concreto: la perfección, la complejidad y la aparición del hombre.

 

El pecado del Génesis no está en sus innumerables errores fácticos, porque no es un libro de ciencia, está en la simplicidad del dios-artesano que presenta.

 

Dios ni conserva este sueño temporal (hay evolución) ni lo recrea (hay errores evolutivos). Simplemente lo creó, lo dotó de leyes autónomas y lo puso en marcha como simple ensoñación de los sentidos.

 

Puesto que las posibilidades de mutación son tantas y la selección natural no es un verdugo inmediato, la naturaleza debería ser un caos en su mayor parte.

 

Darwin descubrió sólo el mecanismo de la evolución, pero no reparó ni en la restricción de las posibilidades mutantes ni en la hegemonía de la complejidad (finalismo) sobre la selección (naturalismo).

 

La evolución de la vida no está determinada sólo por la compatibilidad con el medio. Por encima de la ley del equilibrio del sistema, rige la ley de la autotrascendencia hacia una mayor complejidad y perfección.

 

La imagen fiel de la evolución es una escalera, cuyos peldaños ascienden hacia la complejidad y perfección y lo hacen, además, de forma discontinua.

 

Poco importa que la perfección del árbol evolutivo se distraiga en infinidad de ramas. En una de ellas, apuntando al cielo, está el hombre: diferente al mundo, sobre el mundo y manejando al mundo.

 

Todo proceso evolutivo, por definición, está previamente ordenado a un fin. En otro caso no daría como resultado una evolución, daría una confusión anárquica.

 

Al margen de su resultado aleatorio o no, el fenómeno mutación constituye, por su repetición inexorable, una ley, y toda ley requiere una inteligencia que la ha promulgado. Si el azar fuese cierto, nunca repetiría el mismo fenómeno.

 

Todo proceso que se repite a sí mismo indefinidamente, como el de mutación-selección, constituye una ley y es producto de una inteligencia (Dios). La repetición no es azar, es ley.

 

El Creador no gobierna de forma directa el mundo ni su evolución, como pretende el providencialismo teológico, lo ha dotado de leyes autónomas que, aunque con “renglones torcidos” (como toda ley), han cumplido su fin último, la aparición del hombre.

 

La naturaleza no se mueve por casualidades, sino por leyes, y las leyes no surgen por casualidad, sino por una inteligencia que las ha creado, Dios.

 

Si sólo existiese azar no existiría el universo, porque el universo es un todo funcional y definido, y el azar sólo puede producir caos.

 

Si en la finitud absolutamente todo está causado, todo está determinado por sus causas. El azar no existe. Otra cosa diferente es que descubrir esas causas nos resulte dificilísimo o imposible.

 

En el conjunto del cosmos todo está medido, tasado, previsto. No existe el azar porque todo está causado y determinado por sus causas, conforme a leyes naturales. Únicamente el hombre escapa al determinismo y dispone de cierta libertad.

 

La conclusión de la física moderna (la “realidad” física no es real, sólo existe si hay un observador que cree contemplarla) y mi teoría (el mundo material es únicamente una ficción de los sentidos) coinciden exactamente. Por eso sé que no me he equivocado.

 

El mal no es eterno, no existe por sí mismo, porque lo infinito es uno y único. Si lo infinito es uno y único, no puede consistir en la cohabitación de dos dioses: el del Bien y el del Mal.

 

Si el mal no es eterno ha aparecido en el tiempo, y tiempo solamente hay en el mundo. El mal apareció con la materia, es inherente a la materia.

 

Ni el mundo ni su mal son creación directa de las manos de Dios. Dios no hace chapuzas.

 

Atribuir a Adán poder para vulnerar la obra del Creador es una simpleza. Libertad sin poder nada significa. El hombre sueña un mundo mezquino en el que se siente capaz de pecar (solamente lo sueña).

 

La existencia objetiva del mal no tiene explicación ninguna. Atribuirlo al pecado del hombre es una tautología, puesto que el pecado es el primero de todos los males, no su causa.

 

El alma, unida a la materia corporal, desconoce la verdad porque está dotada de razón, no de clarividencia. La razón es la puerta de entrada de la confusión ante el mal.

 

El alma sabe lo que son la duda, la tentación y el mal por su unión temporal con la carne. En la eternidad de la Creación no existe esa desdicha llamada “libertad”, no hay nada que elegir, sólo existe el bien y su felicidad.

 

El mal es inherente a la materia. Apareció con el universo y morirá con el universo. En la eternidad de Dios sólo existe el bien.

 

Si el mal es inherente a la materia, si es cosa del universo, y si el universo y su materia son un espejismo, el mal también lo es objetivamente.

 

La no existencia objetiva del mal no impide su realidad en tu conciencia. La opción por el mal que crees vivir en el mundo no deja de ser un acto intencional y libre.

 

El empeño religioso en justificar la existencia del mal y del sufrimiento es absurdo. Lo lógico sería que Dios hubiera hecho el “mundo” sin ellos. Pero es que la “lógica” de Él no es, afortunadamente, la lógica del hombre.

 

La deducción “En el mundo reina el mal, luego Dios no existe” es inaceptable. Lo único que confirma es que Dios no reina en el mundo, lo cual no es ninguna novedad, pero nada confirma sobre la existencia o no de Dios (Jesús de Nazaret: “Mi reino no es de este mundo” Jn 18,36)

 

El bien y el mal son inherentes a la finitud. Dios es lo esencialmente diferente, lo infinito. Entre finitud e infinitud nada es extrapolable. Dios no es el bien ni tampoco es, obviamente, el mal. Dios está más allá del bien y del mal.

 

Verse precisado a elegir entre el Dios infinito, lejano, abstracto y desconocido, que está más allá del bien y del mal, o el Dios personal, próximo, paternal y encarnación sólo del bien, es cuestión pueril, porque, evidentemente, Dios es ambas cosas a la vez, por muy disparatado que esto parezca.

 

Lo contradictorio entraña imposibilidad en nuestra lógica, pero si Dios es Dios está más allá de nuestra lógica y nada es imposible para él, ni siquiera lo contradictorio.

 

Con toda certeza que Dios es lo infinito, pero a la vez y aunque no lo entiendas, también es Padre personal. Con toda certeza que Dios está más allá del bien y del mal, pero a la vez y aunque no lo entiendas, también es sólo el bien. Dios es, sencillamente, Dios.

 

Media naturaleza sobrevive devorando sin piedad a la otra media. La apariencia espectacular de la naturaleza, realmente esconde un festín tan cruel como miserable.

 

En la representación de la obra “Universo”, ni son de verdad los actores (energía-materia) ni el escenario (espacio-tiempo). No hay más testimonio de esa obra que la percepción sensorial, no aceptable por ser, a su vez, parte del propio espectáculo percibido. Se representa sólo en la conciencia del hombre, que cree vivirla.

 

El mundo de la materia ni es obra del Creador ni es obra de nadie. No existe. Sólo como espejismo formal que habita en nuestra conciencia es obra del Creador.

 

Puesto que el mundo no existe objetivamente, la vida en el mundo no es cierta como hecho objetivo, pero sí es cierta como experiencia subjetiva, soñada. La vida en el mundo sólo es real en nuestra conciencia.

 

La “realidad soñada” tendrá en cada cual un final cierto. Al excarcelarse del cuerpo, el alma despertará de la pesadilla y podrá contemplar, ante sí, la verdad que aquí le es vedada.

 

Lo más cercano y evidente para ti no es tu cuerpo, es tu espíritu. Si tú eres algo, eres precisamente tu intimidad. Pueden aislarte de todo estímulo sensorial, pero resulta imposible que te aíslen de tu intimidad. Tu conciencia eres tú.

 

Si lo espiritual es ajeno al espacio, también lo es al tiempo, porque espacio y tiempo constituyen una única realidad. Todo lo espiritual es eterno.

 

Porque lo espiritual es tan ajeno al tiempo como al espacio, ni la muerte es el fin de nada (muere sólo el cuerpo), ni sólo el hombre es inmortal. Todo lo espiritual vive para siempre porque es obra del Creador.

 

La contradicción entre el Jesús del amor y el perdón y el Jesús rabino y justiciero, la contradicción entre el mensaje de fondo y la literalidad del texto, es la contradicción más clamorosa de la obra de los evangelistas.

 

Solamente desconfiando de ti mismo y buscando el verdadero motivo de tus actos será como des la medida. El bien, además de poco, suele permanecer oculto.

 

Contra lo que te han enseñado, la bondad no está en el escaparate social de cada día, no es sonriente, condescendiente y facilona, la bondad sólo se conoce en los momentos difíciles, en las situaciones adversas, en la renuncia.

 

Es más fácil aceptar que el infierno consista en fuego, lo cual ya no predica la Iglesia, que aceptar que sea eterno, lo cual sigue predicando. La eternidad no es un sitio donde está Dios, la eternidad es Dios mismo, y en Dios no puede haber infiernos.

 

La contradicción entre el Jesús-rabino y el Jesús-redentor no fue continua, tuvo un momento claro de inflexión, el de la subida a Jerusalén y su inminente inmolación. Ahí, el Jesús del Viejo Testamento judío dio paso al Jesús de la Nueva Salvación Universal.

 

“Atraeré a todos a mí” (Jn. 12,31-32) no anuncia un Reino de Dios en el mundo, a partir de la crucifixión, ni anuncia una opción libre del hombre; anuncia el Reino de la Creación entera en la eternidad.

 

Defender la cohabitación del infierno en la eternidad es tan imposible como defender la cohabitación del infierno en Dios, porque Dios es la eternidad en sí mismo.

 

La criatura no puede ser condenada eternamente por el mal uso de un “don” que nunca solicitó, que le fue impuesto. Si la libertad puede servir para condenarse, la criatura habría elegido no ser libre.

 

La criatura está incapacitada para rechazar ni interferir en los dones gratuitos de su Creador, y menos en el don supremo, la salvación. Nada puede hacer para evitarla.

 

El Dios que exige a la criatura que perdone siempre y sin condiciones, no puede convertirse en trasgresor de su propia ley al juzgar.

 

La justicia implacable de una condenación eterna constituye la filtración más repudiable de la Vieja Alianza en el Nuevo Orden.... o mejor, en el “testimonio” que los evangelistas nos han dejado del Nuevo Orden.

 

Pobre en sabiduría y predeterminado en voluntad. Así es el hombre. Si su responsabilidad es tan limitada, ¿cómo puede ser castigado por toda una eternidad?

 

El hombre ni es sabio ni enteramente libre ni enteramente malo cuando peca, el hombre es, por encima de todo eso, necio. Así es como vio Jesús a sus verdugos en la cruz.

 

Aceptar que la misericordia divina tiene un límite, el de la falta de arrepentimiento del pecador, es rebajar el amor del Padre eterno por debajo del amor del padre carnal.

 

Si los hombres pudieran condenarse, su condena también la pagarían los justos que en el mundo los amaron y en la eternidad los perdieron. Todo amor viene de Dios y ningún amor se pierde. Todo amor perdura en la eternidad.

 

Lo que nunca hará el Padre será proscribir a su criatura para siempre porque optó por el mal, mientras soñaba ser libre.

 

Dios es padre, no es juez. Al morir, te iluminará ante tus miserias para que descubras por ti mismo la bajeza de tu corazón. Ese inmenso dolor personal es el llamado “Juicio de Dios”.

 

La conciencia exacta de la indignidad con la que has vivido en el mundo y la desesperación de no poder ya cancelar lo hecho provocan, al morir, tu propia autocondenación.

 

El reinado de la justicia por encima del reinado del amor sólo aparece en el Jesús-rabino. El Jesús-redentor sólo habló del reinado del amor por encima del reinado de la justicia. Decide tú cuál es el verdadero.

 

Colocado ante el espejo, al morir, descubrirás la vaciedad de tu vida. Esa lacerante desesperación es el único infierno que existe, y no es eterno.

 

No pienses en qué pecado pueda pillarte la muerte. Todo hombre está en continuo pecado. Piensa si te has esforzado siempre en no pecar, aunque nunca lo hayas conseguido del todo.

 

Un solo mandamiento te impone Dios: que te encamines hacia Él. Pero nunca te contará los pasos. La Salvación no la alcanzas tú, la recibes de Él.

 

La racionalidad humana es sólo un grado más de perfección cuantitativa en la escala natural. La diferencia cualitativa del hombre con las demás criaturas está en otra escala solamente suya, la que le inserta en la esfera de lo trascendente, la escala moral.

 

La concepción del bien y del mal tiene su origen en la capacidad de distinguir entre lo que contribuye a la realización o contribuye a la frustración del fin natural de cada cosa (bien-mal ontológico).

 

Mientras la naturaleza se rige por lo que es bueno o malo para cada sujeto (bien-mal ontológico o relativo), sólo en el alma humana ha grabado el Creador la ley del Bien y del Mal absolutos, lo que es bueno o malo en sí mismo y siempre.

 

Dios mira los corazones, no los actos. No se es pecador por los pecados, se es pecador por no esforzarse en dejar de serlo.

 

Si el hombre no es enteramente sabio ni enteramente libre, tampoco es enteramente pecador. Está predeterminado por “su verdad”, no por la Verdad. Libertad sin Verdad de nada sirve.

 

La Tierra ha cortado el cordón umbilical con el Cielo. El hombre-topo se ha encerrado en su galería y se ha erigido en monarca del subsuelo.

 

La fe y la no-fe en Dios no es una cuestión simplemente religiosa, como la sociedad actual pretende, es el alma de la actuación global del hombre y a todo afecta.

 

Reconocer, por parte del ateísmo, que existe el bien ético es contradecirse, es reconocer un orden contrario y superior al orden natural del mundo, es reconocer lo trascendente… justamente lo mismo que niega.

 

Siempre te han dicho que lo principal son las obras, y no es así. La rectitud por delante de la fe es una verdad sin brillo. Vale más un pecador que confía en Dios que un perfecto que no le necesita, por mucho que esto te escandalice.

 

Aunque te escandalice, la oración de un místico puede mover la noria humana con más fuerza que el trabajo abnegado de un misionero.

 

La gran columna que sostiene al mundo, la gran fuente de justificación del hombre ante el Creador no es el bien hecho, es el sufrimiento padecido. Lo más trascendental de Cristo no fue la Bondad, fue la Pasión.

 

Tanto pecas, tanto sufres; y si no se produce empate, es porque alguien está sufriendo en tu lugar. Los inocentes cargan con la miseria de los pecadores, el tercer mundo soporta sobre sus hombros la perversidad del primero.

 

Al sufrimiento humano le falta, para cancelar las culpas, el sufrimiento del Inocente, de Cristo.

 

Por mucho que la Iglesia pretenda razonar los designios de Dios, a Dios jamás podrás comprenderle, justamente porque él es Dios y tú no. En vez de arreglar el mundo, o suprimirlo, te envía a Cristo a sufrir contigo.

 

Cristo no te engaña con falsos paraísos en el mundo, no te engaña con falsas teologías de liberación. Te pide que renuncies al mundo y le sigas a él a la eternidad, que es donde está la vida.

 

La desafortunada página de tu vida está escrita con tinta indeleble, tu pasado es imposible de borrar. Pero no te atormentes. Cristo arrancó todas las páginas del libro en la cruz.

 

El Padre eterno no pone condiciones a su perdón, ni su piedad incumple la que exige al hombre con sus hermanos, ni su corazón es más duro que el de cualquier padre del mundo.

 

Quien perdonó a los que le crucificaron y no se arrepintieron, ¿cómo puede ser que no perdone a todos los demás pecadores no arrepentidos?

 

Las palabras redentoras de Jesús en la subida a Jerusalén, en la Eucaristía y en el Calvario no incluyeron condición ni limitación ninguna a la Redención, fueron universales.

 

Suponer en el hombre capacidad de interferir en la salvación que recibe es situarle a la altura del Dios que la regala.

 

Los regalos de Dios son imparables, avasalladores, tal y cómo los describió Teresa de Jesús, tal y cómo le ocurrió a Pablo en el camino de Damasco. El más grande de todos los regalos, la salvación, es irrenunciable.

 

No se puede amar a Dios y olvidar a quien ya se amó en el mundo, porque lo que ya se amó fue inspirado precisamente por Dios, que es la fuente de todo amor. En la eternidad no faltará ninguno de tus amores. En la eternidad no faltará ni una sola criatura.

 

Salvar a todas las almas no es igualar, no es incumplir la justicia, porque en la eternidad hay tantas moradas como criaturas y ninguna es igual a otra, sino a la medida de cada alma.

 

Se presentó a sí mismo como la salvación hecha carne, cambió los valores del mundo y elevó el destino del hombre a la eternidad. Jesucristo sigue siendo el centro de la historia.

 

Al misterio Jesucristo se accede solamente por la fe. El testimonio evangélico es demasiado pobre y contradictorio.

 

Profetismo no es igual a premonición, es igual a denuncia de las corrupciones temporales. El profeta no predice el futuro, fustiga a la sociedad de su tiempo.

 

Ser profeta no es ser santo ni ser adivino. Ser profeta es sólo ser voz enviada por Dios para denunciar la corrupción de su tiempo.

 

Las predicciones del Antiguo Testamento o no son diáfanas o no se han cumplido. Sólo se han “cumplido” las primeras, las no diáfanas, las interpretables, es decir, las falsas.

 

Jesús jamás se declaró a sí mismo el Mesías judío, y si lo hubiera hecho no habría precipitado la Pasión. Está escrito: “Pero aún no había llegado su hora y, apartando a la gente, se marchó” (Lc 4, 27).

 

La chispa que en su tiempo pasó desapercibida para el mundo y luego lo incendió, no podía ser otra que el Gran Misterio (Jesucristo).

 

La obsesión por encajar al Mesías en las profecías judías, llevó al evangelismo al extremo de alterar, intencionadamente, el lugar de nacimiento. El Nazareno era de Nazaret, no de Belén.

 

Occidente ha dado asilo a la cizaña. La Iglesia no es capaz de distinguir la cizaña de la mies. La persecución del cristianismo ha comenzado.

 

Era la vida de Jesús de esa pobreza redonda que a todo renuncia, y era su palabra de esa luz valiente que todo lo denuncia. Vivía en el mundo al revés de cómo se vive en el mundo.

 

Lo que ha variado con el paso del tiempo no ha sido la producción de milagros, lo que ha variado ha sido la indiferencia y el rechazo ante los milagros, por esta sociedad alejada de Dios.

 

El testimonio de su vida, el testimonio de su palabra, el testimonio de sus prodigios… Todo en Jesús confluye en la divinidad.

 

Sustituyó al Autor de la Ley, sustituyó el ámbito de aplicación de la Ley, sustituyó la propia Ley. ¿Era el Mesías judío que venía a completar, o era el Mesías de Dios que venía a demoler?

 

No existe razón objetiva ninguna que justifique el “Secreto mesiánico”. El Hijo del hombre, sencillamente, no era el Mesías esperado por Israel.

 

Tratar de justificar una pretendida “revelación ascendente”, de nada menos que ocho siglos de duración, para “preparar” al pueblo sobre una noticia que no es mala, sino maravillosa, carece de sentido. Sólo las malas noticias precisan preparación, y nunca de ocho siglos.

 

Si el Mesías venía para derribar los mitos del Paraíso en la tierra y del Dios nacional, nada mejor que hacerlo en el corazón mismo del error, en medio del pueblo que se aferraba a esas ideas. No otra es la razón de que naciese en Judea.

 

En el más grande de los hombres de la historia no caben la mentira ni la ingenuidad. Al más grande de los hombres de la historia nadie lo inventaría pobre y ajusticiado. El más grande de los hombres de la historia no pudo ser ni mentiroso ni iluso ni invento de nadie. Era lo que dijo ser.

 

Olvídate de las contradicciones de los Evangelios y no te canses de mirarle colgado en la cruz. Él hará que acabes viendo solamente a Dios.

 

Jesús fue autor sólo de sus palabras, no de las que fueron escritas. Si las escritas hubieran sido autoría fidedigna de Jesús, no tendrían mácula.

 

Cristo, el Misterio, no cabe en las manos de ningún hombre. Tampoco en las manos de los evangelistas.

 

Jesús de Nazaret cambió el paso a la humanidad. El desfile continúa como antes de él, pero ahora la humanidad lo hace a sabiendas de que lleva el paso cambiado.

 

Veréis caer todo orden social a manos de la Bestia, la Bestia de las masas levantadas sin control, convocadas por el lenguaje universal de las tecnologías modernas. Para ver esto no hace falta ser profeta.

 

Jesús nada “completó”, aunque así lo afirmase él mismo (según los evangelistas). El hecho objetivo es que demolió la Antigua Alianza e instauró un Orden Nuevo.

 

El Reino de Dios y su parábola del “grano de mostaza” no pueden ser identificados si no se los busca a la luz de lo escrito en Jn 18,36: “Mi reino no es de este mundo”.

 

El “grano de mostaza” de su Reino no lo plantó el Jesús-Mesías en el mundo con su venida, lo plantó el Cristo-Redentor en la eternidad con su cruz.

 

“El mundo, el mal, el sufrimiento y la Redención, todo ello sobraría con sólo que Dios lo hubiera querido”. Esta conclusión es cierta, rigurosamente cierta…… dentro de tu limitada y pobre lógica humana.

 

Cristo resolvió en la cruz lo imposible: justicia y perdón en un solo acto. Justicia, pagando el precio del pecado. Perdón, pagándolo por ti.

 

No rebajes la entrega personal de Cristo en la cruz y en la eucaristía a los signos materiales que utilizó para hacer visible, esa entrega, en el mundo de los sentidos.

 

En el alma no caben carne ni sangre, ni Jesús pretendió tal cosa al instituir la Eucaristía. En el alma que se acerca a recibirle, lo único que cabe es el esplendor del Espíritu de Cristo.

 

Seguir considerando al hombre como unión de alma y cuerpo es un anacronismo que estaba bien para la mente de Aristóteles. Hoy, hasta la ciencia ha probado que la materia es un espejismo. Morir es liberarse de ese espejismo. El hombre no es otra cosa que su alma, nada más que su alma.

 

Todo hombre es únicamente espíritu y jamás muere ni resucita. Que Jesús aceptase el sufrimiento temporal de la cruz para redimir al hombre y levantase luego su cuerpo del sepulcro, no pasa de ser solamente una prueba de eternidad para la fe de los hombres.

 

En la eternidad no hay “carne resucitada”, ni siquiera “carne gloriosa”, porque no es un “lugar”, hecho de espacio, donde puedan habitar formas corporales. En la eternidad sólo existen almas, lo único creado por el Padre.

 

Quien tiene poder para resucitar no necesita abrir la puerta del sepulcro para salir. Alguien la abrió. Probablemente el Ángel que cita Mateo.

 

La simple presencia de la sábana mortuoria en el sepulcro es hecho suficiente para acreditar la resurrección, pues, de haber sido robado el cuerpo, nadie se lo llevaría desnudo.

El significado del término “keimena” constituye la clave. Los lienzos estaban “desinflados”, justamente lo que corresponde a un cuerpo que desaparece milagrosamente de su interior por resurrección.

 

La nitidez de la imagen de la Sábana acredita que no se produjo movimiento ninguno, ni desde dentro ni desde fuera. El cuerpo al que envolvía, por tanto, ni salió por sí mismo en el caso de hallarse aún con vida, ni fue sacado por nadie en el caso de ser robado; simplemente desapareció de su interior y por eso la Sábana quedó “desinflada”. Según los lingüistas, esto es lo que significa el término griego “keimena” que aparece en el original de la Escritura.

 

Todos los intentos serios de negar la resurrección del cuerpo de Jesús fracasan. Pero los de negar su muerte en el Gólgota no hace falta que fracasen, pertenecen al género novelesco.

 

Jesús no llamó al discípulo Simón “Piedra” por capricho, lo hizo ante la fe mostrada por el discípulo. Jesús dio por sobreentendido que realmente le llamaba “Piedra de la fe”, parte de esa misma fe sobre la que fundaba su Iglesia.

 

En el mundo, la Iglesia de Cristo no descansa sobre pecador ninguno, descansa sobre la gran roca de la fe de todos; y en la eternidad, sobre el propio Cristo.

 

La relación de las criaturas con su Creador es como la enseñó Jesús en el Padrenuestro, directa, sin intermediarios oficiales.

 

La Iglesia de Dios es la de los sacerdotes humildes, la de los misioneros, la de los monjes, la de los hombre y mujeres que son espiga en medio de la cizaña.

 

La Iglesia del palacio, sentada en trono de oro, con mitra, báculo y anillo, la que recibe embajadores y mercadea con los gobiernos, la del poder mundano, es la misma que la de aquellos a quienes Jesús arrojó del templo a latigazos.

 

Si el sacerdocio no ha heredado el poder de sanar cuerpos y hacer milagros, esto es prueba de que tampoco ha heredado el poder de perdonar pecados, porque estos dos poderes fueron otorgados, por igual, a los doce discípulos por Jesucristo.

 

Solamente en la intimidad con Dios se consigue avanzar en la virtud. En los confesionarios están siempre los mismos y contando las mismas cosas, una y otra vez, prueba de que no se consigue gracia ninguna.

 

Dios no es un notario, no da fe de las ceremonias sacramentales. Dios ve el color de las conciencias y escucha el rumor de los corazones de quienes las celebran. Puede que se ausente de la ceremonia y puede que se persone donde no hay ceremonia.

 

Ni el propio Jesús consideró indisoluble el matrimonio. Si en vez de para aquella cultura hubiera hablado para la de hoy, ¿cuántas causas de repudio hubiera admitido, en vez de la infidelidad de la mujer?

 

La huida del amor es inevitable, pero deja muchos lazos tras de sí. De esforzarte en conservar esos lazos es de lo que tendrás que responder, porque de lo inevitable nadie va a pedirte cuentas.

 

Dios tiene dispuesto que la unión en una sola carne, entre hombre y mujer, se ejecute por la ley natural del amor, porque así fueron creados desde el principio, antes de la institución de ningún sacramento.

 

Cuando Dios inspira al hombre lo hace con claridad y sencillez. Todo texto en clave críptica y preñado de ocultismo, es falso. Esta verdad es aplicable al profetismo y la apocalíptica bíblicos.

 

El Apocalipsis atribuido a San Juan y tan desafortunadamente aceptado por la Iglesia, ni es probablemente de San Juan ni es libro sagrado, es un libro más del género apocalíptico, género literario desacreditado.

 

El Anticristo ya estaba entre todos los que oyeron y leyeron a Juan, ya estaba desde el principio mismo del mundo, porque el Anticristo era el mundo mismo.

 

La Bestia de Occidente ha invertido la pirámide. Las leyes ya no descienden de la cúspide, manan de los sótanos, son modas irracionales de las masas, sin más fundamento que la fuerza numérica del rebaño en las urnas.

 

La Bestia Democrática ha puesto el orden natural patas arriba y se ha instalado sobre el ara del altar para el culto diario de las masas. Occidente ha dado la vuelta a la hoja del catecismo y ha sustituido los Deberes Humanos por los Derechos Humanos.

 

La música de la naturaleza (la mujer) ha decidido desafinar.

 

Se repite la historia bíblica de la manzana. La mujer no está conforme con el Creador y ha decidido, por segunda vez, demoler el equilibrio de su Obra. Ha abandonado el hogar y se ha empecinado en un objetivo contra natura: usurpar el papel al hombre en la calle.

 

Según el Islam, extramuros todo es infiel, todo ha de ser sometido por las armas o por el adoctrinamiento. La invasión pacífica ya ha comenzado, con el beneplácito estúpido de la Iglesia y la Democracia.

 

Sólo los hombres que aborrecen el mundo serán capaces de distinguir los signos que anuncien el final. Serán los complacidos los que se verán sorprendidos.

 

Si todos acertaran a ver lo que viven en el mundo como lo que realmente es, como una quimera, como una ensoñación, como una solemne tontería, le perderían el miedo a todas las muertes: la del cuerpo, la de las ilusiones mundanas, la del universo entero.

 

La adhesión sin medida es idolatría, la adhesión sin crítica es fanatismo, la “Libertad e Igualdad democrática”, sin medida ni crítica, es idolatría fanática que convierte al hombre en un número de rebaño (igualdad) y al rebaño en una orgía (libertad).

 

“Os perseguirán y seréis odiados por causa de mi nombre”. Esto, hoy, ya no es un anuncio en boca de Jesús, es la triste crónica del día. La Bestia democrática de Occidente reniega de su pasado cristiano y la de Oriente ha comenzado la invasión, con la indiferencia de la Iglesia.

 

 

La otra filosofía

 

No hay cosas “reales” y cosas “abstractas”, porque esto implicaría que lo abstracto no existe. Lo que hay son ámbitos de realidad, como en este caso son los ámbitos de lo “empírico” y de lo “eidético”.

 

Aparentemente, el ser y el existir constituyen un dualismo irreducible en cada cosa singular. La esencia o forma sustancial y la existencia o forma sensible aparecen independientes.

 

La realidad no es un conjunto único de cosas individuales, es la suma de un conjunto de ámbitos diferentes de cosas individuales.

 

La confusión de los ámbitos de realidad constituye el más extendido de los pecados de la ontología.

 

No cabe considerar como real lo objetivo y como irreal lo subjetivo, porque real es todo en su correspondiente esfera. No hay “realidad”, hay “ámbitos de realidad”.

 

La realidad es un inmenso bazar de cosas, pero en un orden perfecto, el cual evoluciona cada instante hacia otro orden más perfecto aún que lo reemplaza.

 

Haciendo abstracción de las formas de ser y de existir particulares y sin perder las mismas, todas las cosas son igualadas por el Ser-Existir trascendido.

 

Dentro de cada cosa, el ser y el existir particulares son diferentes entre sí por la forma limitada de ejercerlos. Pero también dentro de cada cosa, el Ser-Existir infinito que la trasciende es uno y único.

 

Primero es la idea (el Ser) y luego la ejecución de la idea (el Existir). Se ejecute o no se ejecute, el Ser es por sí mismo. El Existir, sin embargo, no “es” si no hay un Ser previo al que ejecutar.

 

Si el Ser es lo primero y “Todo lo que es, existe”, el Ser lleva implícito, en sí mismo, la existencia. El Existir es un mero heterónimo del Ser.

 

Aunque tan diverso y tan inestable, detrás del Universo se esconde una única verdad, el Ser, verdad con la que Parménides de Elea abrió las puertas de la metafísica.

 

Pretender que algo “es” y “no-es” a la vez, sólo es posible saltando del ámbito del Ser absoluto que lo trasciende, al ámbito del ser limitado que ese algo manifiesta, lo cual es inadmisible.

 

Puesto que todo lo que existe forzosamente es algo, admitir la existencia de la nada es admitir que “es algo” lo que “es nada”, una pura contradicción.

 

La Nada no es imaginable. La representación mental de la Nada no es realmente la Nada, es un vacío dentro de la realidad del Ser, que es lo único que conoce el hombre.

 

De existir la nada, sería un infinito, no tendría límites, puesto que sólo lo que es algo (finitud) tiene límites. Nos consta ya la existencia de un infinito, el Ser. Dos infinitos a la vez son imposibles.

 

Toda la realidad universal , tanto física como espiritual, es una realidad finita, limitada.

 

Toda realidad limitada, toda la finitud, sea física o sea espiritual, es cuantificable.

 

Parménides y Heráclito, cinco siglos antes de nuestra era, descubrieron las dos caras de la finitud universal: el Ser y el Movimiento.

 

La finitud, además de limitada, es fugaz, mudable. Sólo lo que no tiene el ser por sí mismo, sino porque lo recibe continuamente y continuamente lo pierde, resulta ser limitado y mudable.

 

 

Lo que tiene un origen en el tiempo no puede durar eternamente porque no es eternidad, es justamente tiempo, y la realidad tiempo no es materialmente posible si no tiene principio y fin.

 

Toda cadena causal exige la existencia de un primer eslabón, no causado por otro anterior, que inicia una magnitud temporal en la cadena y que tendrá, como toda magnitud, un fin en el tiempo.

 

No cabe suponer ninguna finitud sin límites, es contradictorio. Un universo eterno en el tiempo y de expansión espacial indefinida es un imposible.

 

Una serie de universos sucesivos, por contracción-expansión, constituye una suma y, por lo tanto, una magnitud mayor, no un infinito.

 

Toda la realidad física contenida en la Singularidad fluye, se despliega en su propio seno, distanciándose entre sí como lo hacen los puntos de cualquier cuerpo elástico, sin necesidad de crear nuevo espacio.

 

El espacio-tiempo no es un “producto” creado por el movimiento expansivo. Estaba ya contenido en la Singularidad y lo único que hace es desplegarse.

 

Es esta distensión interior del propio universo lo que engendra movimientos particulares de forma natural, sin necesidad de inventar fuerzas que arrastren.

 

La realidad finita de todo lo universal es una realidad de la que sólo percibimos los límites, las formas. Conocerla sería conocer el Ser.

 

En la finitud física, obviamente es la forma sensible la que da fe del existir de cada cosa.

 

En el ámbito de la finitud física, la correspondencia entre cosa y existencia es única.

 

En la finitud física, esencia o forma sustancial es la idea que encierra todo objeto inteligible.

 

En el ámbito de la finitud física, la correspondencia entre cosa y esencia no es única.

 

En la finitud física, las cosas son identificables, de forma necesaria, por el existir, y sólo de forma contingente por el ser.

 

La realidad formal de las cosas tiene una limitación espacio-temporal (existencia) y una limitación ideal (esencia).

 

En la actividad creadora del hombre, el universal existe como prototipo independiente, anterior y causa ejemplar de la existencia de los singulares.

 

El finalismo de la evolución es cierto, pero no consiste en patrones predefinidos, consiste en la dirección hacia la perfección, que es un camino sin final concreto.

 

En la naturaleza, por tanto, el universal no existe como modelo previo, existe sólo como mero instrumento para la causa final de la perfección.

 

La evolución sólo afecta al hombre corporalmente. Como espíritu consciente, libre y moral es creado al margen de la evolución, es un universal previo en la mente del Creador

 

En sentido amplio, espíritu es todo lo que supera el puro ámbito de la materia. En sentido propio, es el principio vital que anima a la materia. En sentido estricto, espíritu es sólo la dimensión escatológica de la finitud que goza de tal dimensión.

 

Los sentimientos, el amor, no sólo es del hombre, luego no sólo el hombre es eterno.

 

Lo más inmediato al hombre no es su cuerpo, es su identidad, su intimidad, es decir, su alma.

 

Si lo espiritual ocupara espacio, el universo material, con sus gigantescas distancias siderales, pasaría a ser un insignificante juguete.

 

Si lo espiritual es ajeno al espacio, también lo es al tiempo, porque espacio y tiempo no son “dos”, son una única realidad no escindible. Todo lo espiritual es eterno.

 

Puesto que lo espiritual es tan ajeno al tiempo como al espacio, ni la muerte física es el fin de nada ni sólo el hombre es inmortal.

 

Los momentos del mundo no pueden ser extrapolados a la eternidad porque en la eternidad no hay tiempo. Las almas son creadas en la eternidad, aunque “aparezcan” (momento de la concepción) en un momento determinado del tiempo del mundo.

 

En cada parte de la materia es obvio que no está el todo. Pero en cada manifestación del alma sí, porque es el sujeto único de todas ellas.

 

En el mapa del cerebro no hay punto ninguno que explique la perfecta coordinación entre todas sus partes. Todo lo que es materia tiene una localización. Luego la dirección del conjunto no es materia, es espíritu.

 

La finitud material está compuesta por un número limitado de partes reales. Sin embargo, dividiéndolas (puesto que son magnitud) se obtienen meras “partes virtuales” que ya no son materia. Bajo la materia no hay sustancia ni realidad ninguna.

 

La tesis de que toda división de la materia arroja partes que son también materia y, por tanto, nuevamente divisibles hasta lo infinito (materia infinita) es sólo una virtualidad matemática, no una realidad.

 

La frontera entre la “nada material” que subyace y la materia que percibimos, está más profunda cuánto más se investiga.

 

Una interpretación estricta de lo que la ciencia dice que es la materia-energía, no conduce a definirla como nada sustantivo, sólo como “La capacidad de producir efectos sensibles”. Por tanto, la percepción que tenemos del universo no acredita que el universo exista realmente, acredita sólo que es un puro fenómeno sensible.

 

Con la relatividad de Einstein, todo lo que integra el mundo físico ha dejado de ser algo en sí mismo para pasar a ser solamente algo “en relación a”. Si se suprime la relación, el mundo físico desaparece.

 

La materia que tocamos y que nos parece algo sólido e inerte, realmente es todo lo contrario, se trata de algo hueco y en movimiento ondular.

 

Con la física cuántica de Planck, la realidad física ha dejado de ser una sustancia determinada. Solamente existe en función del medio de observación empleado.

 

Relatividad y física cuántica coinciden en el resultado final: existir sólo “en relación a...” y existir sólo “en función del medio de observación empleado” es la misma cosa, es, sencillamente, no existir.

 

El agotamiento de toda finitud física por división desemboca en un universo percibido, pero no real. Ni siquiera como universo formal, exento de materia, es posible.

 

El universo físico es un espejismo y pasa. El alma es el soñador que contempla atónito el paso y sigue vivo después de que el desfile ha concluido.

 

Ahora ya no hay alma (creación divina) y cuerpo (creación diabólica), ahora solamente hay “hombre”, mandamás de lo único existente, el universo.

 

En el caso de aceptar la realidad alma-cuerpo, la no desaparición de ninguno de los dos en la unión, su permanencia diferenciada en el ser vivo, acredita que éste, el ser vivo, constituye una unión accidental, no una unidad sustancial.

 

No hay unión ninguna, ni sustancial ni accidental, no hay dos elementos que unir. La finitud es espíritu y no existe otra cosa. El cuerpo es parte del espejismo sensorial.

 

El concepto de alma sólo como “principio vital” que alienta a la materia, organizándola en individuos corpóreos, como antes nos decían, es un concepto ingenuo y demasiado artesanal. El alma nada tiene que animar, el alma es la vida en sí misma, lo único existente.

 

Entre la eternidad y el tiempo no existe paralelismo ni relación ninguna. La eternidad no sabemos exactamente cómo es, pero sí sabemos que no es tiempo, que no hay principio, ni pasado, ni momentos, ni futuro, ni fin.

 

Suponer que el alma aparece (o es creada) en un momento determinado (concepción) es una simpleza. El momento de la concepción es cosa del “mundo temporal” y no tiene correspondencia ninguna en la eternidad.

 

La vida, la realidad, el mundo, no son capaces de explicarse a sí mismos, ignoramos el porqué de las cosas.

 

Una realidad provisional, mudable y regida por el mal constituye un absurdo. Los absurdos no existen. Tiene que existir otra realidad después que restaure el sentido de ésta.

 

Si todo lo universal ha recibido el ser, además de lo universal tiene que existir otra realidad que sea el Ser en sí mismo (Ipsum esse subsistens) y que lo haya trascendido al universo. A eso llamamos el Ser Infinito (Dios).

 

La carencia o no de límites no constituye la esencia de lo infinito y lo finito, sino al contrario, la diferencia entre lo que es el “ser en sí mismo” y lo que es el “ser recibido” es lo que conlleva que uno no tenga límites y el otro sí.

 

Si el ser que conocemos es espíritu y solamente existe el ser, parece razonable pensar que el ser que no conocemos (Dios) también será espiritual. Ser y Espíritu es lo mismo

 

Pretender conocer al Ser Infinito, extrapolando en él los valores y realidades del universo finito, es asombrosamente ridículo.

 

Extrapolar, además, lo del mundo a Dios, pero en “grado infinito”, constituye un imposible. Lo infinito, por definición, no es magnitud y no tiene grados, ni pocos ni muchos.

 

La bondad es una realidad limitada del universo limitado, como lo es el mal. El ser infinito ni es bueno ni es malo, está más allá del bien y del mal.

 

Lo infinito, precisamente por infinito, es lo único existente. Si existiera algo más, habría un límite entre ellos y ninguno de los dos sería infinito.

 

Lo infinito, precisamente por infinito, no tiene limitación ninguna. Si no fuera capaz de crear algo diferente a sí mismo, eso sería una limitación y dejaría de ser infinito.

 

El ser infinito únicamente sería incompatible con otro ser infinito. Recibir el ser no convierte al universo en el ser en sí mismo o infinito.

 

Si el universo es sólo una apariencia sensorial, el misterio de sus límites con nada exterior a sí mismo desaparece, pasa a convertirse en prueba de su no existencia real.

 

No sigas buscando, la verdad está en abandonar la pretensión metafísica, por innecesaria y por estéril. Quememos las metafísicas y pongamos sobre los pupitres las éticas, que es lo único verdaderamente trascendental.

 

A lo sustancial del Ser (ente) no se le pueden adjudicar las propiedades de lo sensible del aparecer (cosas).

 

Que el Ser (el ente) se muestre bajo la esencia particular de la cosa a la que trasciende, no es fundamento para confundirlo con la cosa y llamarlo “ente-particular”.

 

El ente es el Ser trascendido en cada cosa. La cosa sólo es la manifestación limitada del Ser que la trasciende (esencia). No acertar a descubrir el Ser detrás de su manifestación es ceguera intelectual.

 

Cada cosa de la finitud es sujeto del Ser. No cabe adjudicar las limitaciones del sujeto al Ser que lo trasciende.

 

El Ser no es inteligible, puesto que no lo es la fuente misma del Ser, Dios. Constatamos que el Ser existe, pero no lo conocemos. El Ser es el misterio absoluto, es la negación de toda verdad ontológica.

 

La bondad-maldad habita sólo en la limitación, en la finitud de las cosas. El Ser ontológico (el ente) ni es bueno ni es malo, simplemente es.

 

“Ser algo determinado y no ser todo lo demás” (aliquidad) pertenece al universo limitado de las esencias de las cosas. El Ser (el ente) pertenece al ámbito de lo trascendente y está en todas por igual.

 

El Ser trascendido a la finitud no puede ser, a la vez, la manifestación limitada y efímera que la finitud hace del Ser (Principio de Contradicción). La proposición “ente-particular” constituye un disparate filosófico.

 

No hay tantos “seres” como cosas particulares, hay solamente formas limitadas de manifestar el Ser único recibido. El enunciado “ente-particular” constituye un imposible, algo así como lo “trascendental-contingente”.

 

El ente, descendido a la esfera de lo particular, se convierte en el “ontos-accidental”, un disparate metafísico que la ontología utiliza por confusión con la cosa-particular.

 

La expresión “ente-particular” constituye un imposible, un híbrido entre el Ser Trascendido y la esencia particular. La metafísica lleva siglos confundiendo ente y cosa.

 

Entre el ser y el no-ser no existen grados intermedios, lo que no es ente es nada. Los llamados “principios entitativos” (no-ser por sí mismos, pero ser si aparecen unidos) son un invento, una estructura colgada en el vacío.

 

En el orden ontológico, primero es el ser y luego es la relación. La teoría de dos principios en la estructura del ente pretende lo contrario: “de la relación de dos ´nadas´ surge el ser de cada una de ellos dentro del ente”.

 

Suponer una estructura esencia-existencia, es situar un simple fenómeno sensorial (existencia) a la misma altura de la única realidad: el Ser de la cosa. El “existir” , realmente, no es nada, puesto que sólo es el “aparecer” del Ser.

 

El Ser pertenece al ámbito de lo nouménico y el existir al de lo fenoménico. Pretender que juntos constituyen los “principios” de una estructura única, resulta imposible.

 

No es lícito situarse en el ámbito de lo particular en cuanto al ser y en el ámbito de lo trascendental en cuanto al existir, incoherencia arrastrada desde el nefasto modelo potencia-acto aristotélico.

 

Distinguir entre la esencia (abstracción racional) y la existencia (percepción sensorial), sólo es posible en el ámbito de lo material. Reducir toda la realidad a este único ámbito, constituye reduccionismo.

 

Las cosas son análogas, debido a la diferencia entre el Ser único recibido por todas y la forma particular de manifestarlo cada una. Se trata de una analogía en la línea del “Ser y la esencia”, no en la línea del “ser y el existir”, como la ontología pretende con un planteamiento erróneo.

 

“Potencia para ser”, “poder-ser”, significa que aún no se es, y lo que aún no es, no es en grado ninguno. No existe realidad intermedia entre el ser y el no-ser; regla de oro que Aristóteles vulnera.

 

Potencia y acto no se reparten siempre en el mismo orden los roles de lo común y de lo diferente, evidenciando la confusión y equivocidad que preside esta tesis.

 

La potencia, vista desde el acto, es plural; pero el acto, visto desde la potencia que permanece en el tiempo, también es plural. Potencia y acto son términos equívocos que se intercambian los significados del ser único y del devenir múltiple.

 

Existe el pasado como suma de todos los presentes (actos), pero no existe el “futuro” (potencia). Únicamente existirá cuando se haga presente y se constituya, inmediatamente, en pasado.

 

Nadie es dueño de sí mismo ni de su futuro porque el don de la vida lo recibe instante a instante. Todo el universo fluye instante a instante.

 

La realidad universal no está, la realidad universal fluye, recibe el ser instante a instante. Solamente existe el ser en acto y la permanencia de todos los actos (pasado). No existe futuro, no existe ningún “ser en potencia”.

 

La teoría potencia-acto conduce a un caótico panteísmo en el que, en cada instante, cada cosa es la que es (acto) y también es todas las demás (potencia); y en todo caso, ha tenido el ser desde el instante cero del universo (potencia)

 

Ilimitado, inmutable, permanente, incorruptible...... ¿A quién se está describiendo? Pues no, no se está describiendo al Ser que todo lo trasciende. Según Aristóteles, ésta es la descripción de su fantástica “Materia Primera”, y un poco más allá, de su también fantástica “Potencia”.

 

Éste es el argumento más definitivo contra la metafísica de Aristóteles: haber copiado al Ser Trascendental en su “Potencia” y en su “Materia Primera”.

 

Si la llamada “Materia Primera” permanece antes y después de cada cosa o ente particular, a través de todos los cambios sustanciales, no puede ser un simple “principio” propio de cada uno de los entes. Según está expuesta por su autor, la Materia Primera consiste en lo trascendente, en la única Realidad existente.

 

La filosofía aristotélica tiene una visión endógena del movimiento porque sacraliza al universo.

 

A la luz de lo que es el Ser, en la finitud temporal nada hay que permanezca y se mueva. En la finitud temporal hay lo que se recibe y se pierde instante a instante, el Ser Trascendido.

 

La finitud no dispone del Ser, no es suyo, lo recibe, instante a instante, y lo muestra de forma limitada. Es el hombre que contempla esa sucesión continua de universos diferentes, el que piensa que es sólo uno y se mueve.

 

Mediante la copia presentada por la percepción sensorial, el conocimiento sensible aprehende la realidad formal de la cosa sólo en cuanto existente, en cuanto realidad accidental, no sustancial.

 

En la percepción, los accidentes sensibles no se reciben como un montón caótico ni precisan que el sujeto les otorgue unidad (sensorio común) ni menos aún forma (apriorismo). Se reciben ya ordenados en un todo inteligible, tal cual aparecen en el objeto.

 

Comprender, entender o abstraer es la aprehensión de la realidad toda, interior y exterior, física y espiritual, pero sólo en cuanto realidad sustancial, no accidental.

 

Forma sustancial de una cosa es la idea adecuada y capaz para que la cosa cumpla su fin natural, idea del autor que permanece presente en la cosa, pues de otro modo sería un conjunto caótico.

 

La coherencia e inteligibilidad del objeto denuncian, por si mismas, la idea por la cual ha adquirido el Ser ese objeto.

 

Idea sustancial del objeto y entendimiento del sujeto que observa pertenecen al mismo ámbito, por lo que éste reconoce a aquélla directamente, bien de forma inmediata (intuición) o de forma elaborada (razón).

 

Razonar es la capacidad de ordenar, relacionar y estructurar, en una dirección intencionada, todo lo aportado por el conocimiento.

 

En el tiempo, la razón actúa antes de cualquier acto, “deliberando”...... Pero en la mente, la razón actúa después del acto, porque éste suele estar ya en su voluntad desde antes de deliberar.

 

El motor de lo humano no está en el pensamiento, está en el horizonte hacia el que le dirige la inercia particular del alma.

 

Todo parece a los pies de la sabiduría racional del hombre: el cosmos, la naturaleza, el propio cuerpo .... hasta que cualquiera de estos tres decide ponerle en ridículo.

 

La razón es especulativa y progresa bajo la voluntad. Lo mismo sirve para alcanzar la verdad que para oscurecerla.

 

El hombre no se rige por las verdades sólo comprendidas (razón), se rige por las verdades sentidas (intuición)

 

El hombre es poco libre en sus actos concretos, pero es enteramente libre en su trayectoria de vida.

 

La verdad sentida o intuida es la comprensión directa, instantánea y gratuita de algo, con sensación de certeza y adhesión personal.

 

Conciencia se llama al depósito de la identidad, que se inaugura con el descubrimiento de sí mismo como sujeto y va formándose, luego, con la experiencia y la memoria.

 

Puesto que el hombre no es el autor ni el dueño de su propia vida, busca, fuera de sí, una razón exterior que justifique su existencia, un “Referente”.

 

Identificar “conocimiento” con “conciencia” es confundir la facultad con sus logros. Los animales también conocen, a pesar de no tener conciencia de sí mismos.

 

La realidad está toda ella explícita en el objeto observado, tanto lo sensible (física) como lo abstracto (idea), y los dos son aprehendidos directamente por la intelección superior del hombre.

 

Las ideas se producen, jamás se reciben. Lo “recibido”, mientras la intelección no sea capaz de reproducirlo (a lo cual llamamos comprenderlo) no existe, obviamente, como idea en el intelecto, sólo existe como mero dato en la memoria.

 

Todo el repertorio de figuras que pueblan el proceso cognitivo: las agentes y las pacientes, las especies y las no especies, las sensibles y las inteligibles, las impresas y las expresas..... dan fe, por sí solas, del laberinto espúreo en el que incurre la gnoseología a la sombra de Aristóteles.

 

Sabio no es el que sabe mucho, es el que sabe lo que sabe con claridad. La verdad no es ingente, es breve y concisa.

 

Ante un objeto producido, el apriorismo de Kant presupone en el observador la milagrosa facultad de adivinar cuál fue el orden y sentido de los datos sensibles por parte del autor del objeto. De no ser así, el objeto observado nada tendría que ver con el producido.

 

El objeto singular no es otra cosa que el mero conjunto ordenado y armonioso de sus accidentes, porque el orden y armonía no son propiedades del azar, sino de algo ya acabado y coherente. Percibir lo sensible es conocer el objeto singular.

 

Los “a prioris” no son innatos en la mente del observador y el observador los aplica a la naturaleza, son “innatos” en la naturaleza y la naturaleza los impone a la mente del observador.

 

Sólo existe una clase de realidad: la formal. El conocimiento, que también es espíritu, la capta directamente de las copias inmateriales aportadas por la percepción de los sentidos.

 

Si en su mente el hombre es capaz incluso de crear mundos a medida, resulta un enigma comprender cómo es que sigue siendo tan insignificante, tan mediocre y tan mortal. Se supone que debería habitar en el Olimpo, con los dioses.

 

No es lo mismo “Soñar que vivo en un mundo real” (mi teoría), que “Crear yo un mundo real para vivirlo” (Husserl).

 

En el proceso de aprehensión del supuesto mundo exterior, el fraude no gravita sobre el conocimiento sensible, gravita sobre la propuesta inicial de los sentidos.

 

Separar la gnosis de su origen causal (el mundo percibido) y concebirla como una creación intencional de cada sujeto, consistiría en una intencionalidad absurda, creadora de objetos sin finalidad.

 

Separar la gnosis de su origen causal (el mundo percibido) y concebirla como una creación intencional de cada sujeto, conllevaría que nadie coincidiría con nadie en absolutamente nada y existirían infinitos mundos aislados.

 

África es África, aunque no sea la misma África para un geólogo que para un lingüista, para un misionero que para un comerciante. Pero África es África.

 

Las ideas más geniales de la historia serían imposibles si esa genialidad no hubiera tenido detrás el acervo cultural de la historia anterior a él, porque de la nada, nada surge. Pero sobre lo que ya es algo en sí mismo, algo más puede añadir la mente del hombre.

 

No es lo mismo vivir realmente en mundos subjetivos y personales (Husserl) que soñar que se vive en un mundo real y único para todos (mi teoría).

 

El fin último y verdadero de todo ser es cumplir con su particular naturaleza.

 

El hombre es el único ser vivo que es consciente, libre y moral. Ser mamífero o no, carece de relieve.

 

El cometido de todo ser vivo es dar cumplimiento a su naturaleza. Conciencia, libertad y moral sitúan al hombre fuera del universo conocido y sus leyes naturales.

 

Bueno-malo, en su acepción común, es la medida en la que algo es adecuado o no a un fin particular y determinado. Se trata, por tanto, de un concepto relativo e intrascendente.

 

Dentro del bien-mal relativo, aquello que tiene como fin la perfección de algo, conforme a su naturaleza, es conocido como bien-mal ontológico.

 

Todo lo que existe dentro de la finitud es, en sí mismo, intrínsecamente, bueno o malo en alguna medida. A este bien-mal, inherente a la naturaleza de todas las cosas, es a lo que llama el entendimiento bien-mal sustantivo.

 

El bien y el mal existen porque son inherentes a la finitud universal, debido a la limitación, parcialidad, heterogeneidad, inestabilidad y movimiento de las partes integrantes de la propia finitud.

 

El Bien y el Mal existen, pero no existen por sí mismos, como Dios, ni existen por creación directa de Dios. El Bien y el Mal existen por inherencia a la naturaleza del propio mundo y sólo en el mundo.

 

Sea cuál sea el ámbito de realidad, todo lo que genera consolidación del Ser constituye el Bien sustantivo, y todo lo que genera desestabilización constituye el Mal sustantivo.

 

En la naturaleza, el bien-mal sustantivo consiste en la restauración permanente del equilibrio entre el bien y el mal. A toda desestabilización sucede consolidación, de forma que se produce una conservación de la naturaleza indefinida en el tiempo.

 

El bien y el mal morales son los mismos que los sustantivos, pero cuando son ejercidos en la intención libre y consciente del hombre.

 

Los actos morales o inmorales son actos del alma, no dependen de su ejecución.

 

El bien no es patrimonio de la “naturaleza racional”. También Satanás es racional. El bien y el mal son inherentes a toda la finitud universal, la cual nada tiene de racional.

 

La ley moral no precisa preceptos concretos, aunque pueda usarlos. Está grabada en el alma humana y la conciencia denuncia su vulneración siempre.

 

Las culturas evolucionan, pero los principios morales básicos son universales........ Y si dejan de serlo, esto es signo inequívoco de descomposición social (aborto, terrorismo, homosexualidad)

 

Nuestro planeta, en cuanto espejismo físico capaz de vida, lo es de tal envergadura, que no hay otro entre los millones de millones de astros.

 

Limitado, parcial, heterogéneo, inestable, móvil...... todo es negativo. Lo único bueno del mundo es que, objetivamente, no es otra cosa que un sueño.

 

El mundo del bien y del mal solamente habita en la materia. Pero la materia no existe fuera de lo onírico. No hay más finitud que la del espíritu, el cual, al igual que su Creador, está más allá del bien y del mal cuando abandona el mundo.

 

El bien y el mal, por ser opuestos entre sí, han de pertenecer necesariamente a la finitud, no pueden ser infinitos ni los dos ni ninguno de ellos por separado. Luego, si Dios es infinito, no puede ser el Bien.

 

La ecuación Dios = Bien es tan imposible como Infinitud = Finitud. Visto desde la lógica humana, Dios no puede ser el bien, Dios tiene que estar más allá del bien y del mal.

 

Tratándose de comprender cómo es Dios, o nos liberamos de los razonamientos humanos o nos liberamos de la fe, no hay término medio. Otra cosa diferente es comprender que Dios existe. En esto, fe y razón caminan juntos. Pero sólo en esto.

 

Intentar comprender cómo es Dios, con lógica humana, es de necios. Puede ser infinito y, a la vez, persona; puede ser el bien y, a la vez, estar más allá del bien y del mal. Todo eso es imposible para nuestra lógica humana, pero Él no es humano, es Dios.

 

Postulado inicial: Únicamente existe el bien. El mal no existe. Llamamos “mal” a lo que solamente es carencia de bien.

Argumento de contrario e igualmente legítimo: Únicamente existe el mal. Lo que llamamos bien es solamente carencia de mal.

 

El orden natural y el orden moral son antagónicos. El primero se fundamenta en el bien ontológico y el segundo en el bien sustantivo.

 

En la naturaleza no hay absurdos. La necesidad moral del hombre, sin fundamento aparente, denuncia que su vida no es solamente la terrenal.

 

Ser ateo y ser ético son contradictorios. Solo la errática razón del hombre puede unir lo que unido constituye un absurdo. Ser ateo y ser amoral casi ninguno lo confiesa, pero es la actitud adecuada a los principios del ateísmo.

 

La profunda convicción humana de pertenecer al orden moral y no al natural del mundo implica, de forma necesaria, la existencia de otra realidad superior al mundo. Reconocer lo primero, pero no lo segundo, es contradictorio.

 

La libertad es una miseria del hombre, causada por su incapacidad para conocer dónde está la verdad. Si la conociese, no sería libre, pero sería feliz.

 

La primera puerta que se abre a la “libertad” del hombre se funda en el conocimiento de la realidad actual y de la realidad posible.

 

Todo lo que hace superior al hombre (libertad, conciencia y sentido moral) le sume en la angustia y el sufrimiento.

 

Toda elección conlleva responsabilidad y frustración. La libertad no es un privilegio, es una maldición, tal y como está descrita en el Génesis.

 

El hombre no es enteramente libre en sus actos, pero sí es enteramente libre en la evolución de sus actos en el tiempo.

 

Para el ser humano no existen valores objetivos de las cosas. Lo que existe es la valoración subjetiva que de cada cosa él hace.

 

La verdad existe, pero el hombre la pasa por el tamiz de su personalidad. No ve la verdad, “valora” su propia verdad (predeterminismo subjetivo).

 

El hombre está predeterminado desde antes de actuar, pero su conciencia es libre para cambiar sus predeterminaciones a lo largo del tiempo.

 

Ante las opciones, necesariamente el hombre decide por la de mayor bondad. A esto, que no es otra cosa que la predeterminación del sujeto hacia el bien, la filosofía invierte la dirección del fenómeno y dice que es lo contrario, una “determinación del objeto hacia el sujeto”.

 

El determinismo objetivo no existe, no es otra cosa que la proyección del predeterminismo subjetivo sobre las cosas.

 

Puesto que las cosas no tienen valor objetivo, sino la valoración que de ellas hace el sujeto, jamás pueden ser las cosas las que determinan al sujeto. Es el propio sujeto el que se auto predetermina con su valoración.

 

De todas formas, lo objetivo tiene muy poco peso ante la libertad del hombre, que se rige por lo “sentido”, no por lo “comprendido”.

 

La sabiduría también es un fin, pero más que un fin es una herramienta. No se sabe solamente por saber, se sabe para saber cómo se ha de vivir.

 

El hombre es el único viviente que es consciente, libre y moral. Será sabio el que cumpla con este destino.

 

La vida no consiste en vivir, consiste en tener conciencia de estar viviendo. Cumple con el día de hoy, pero no desaparezcas diluido en él. Sólo vive quien no toma para nada en serio lo que vive.

 

No sigas el laberinto de la razón porque te perderás. La verdad es clara y se siente, se intuye.

 

La gran diferencia entre el hombre y los animales es el conocimiento del bien y del mal. Cada uno sabrá a que lado quiere situarse.

 

Sea porque renuncias o sea porque ya no tienes deseos, desnudarte de la vida es el principio de una vida feliz.

 

Dentro de lo que es lícito, la sabiduría distingue muy bien lo que no es necesario.

 

La inmortalidad no es una excepción de la mortalidad, porque sólo la materia muere. La inmortalidad es el estado natural y permanente del espíritu.

 

 

Nueva visión del Universo

 

Los movimientos espontáneos del universo no son producto de fuerzas específicas, son generados por un espacio que se despliega dentro de su propio seno, según los radios curvos y divergentes de una espiral plana. Con conocer esto, se conoce al universo.

 

El Agente o causa Eficiente de la finitud no pudo ser otro que quien es la fuente misma del ser: el Ser Infinito. La finitud (el ser recibido), tiene su origen en la infinitud (el ser en sí mismo).

 

El origen de la realidad medible (finitud universal) es la realidad opuesta, la de lo no medible o infinito. De ella surgió el Instante Cero.

 

Porque la energía es antes que la materia, lo primero fue un punto matemático, invisible, constituido únicamente por energía. Éste fue el auténtico amanecer del Cosmos.

 

La energía es la forma pura de la finitud, y así apareció en el primer instante del cosmos. De ella solamente percibimos el disfraz grotesco de su condensación en forma de materia.

 

Al instante cero de la causa eficiente, sucedió un primer universo invisible, indetectable (un punto matemático, sólo energía), al cual sucedió un segundo universo casi instantáneo, por integración de la energía en materia, transformando el punto matemático en punto físico.

 

Si el universo es plano y se expande, no pudo tener otro origen que el desencadenamiento de una rotación en su propio plano, y una rotación que se desencadena en su propio plano, forzosamente, lo hace en radios curvos. El cosmos es, forzosamente, una espiral plana.

 

El cosmos no es una esfera ni mucho menos una superficie esférica. La relación causa-efecto entre una explosión y lo esférico no es aplicable al cosmos, porque el cosmos ni explosionó ni es una esfera.

 

La historia del cosmos no es otra cosa que la historia de un movimiento expansivo por distensión interna, no por actuación de fuerzas. Y si la distensión interna es la clave, la clave de la clave es su propia curvatura.

 

No son las masas las que producen que el espacio se curve (Einstein), es al contrario, todo el espacio es curvo porque consiste en una espiral, y es esa curvatura en espiral la que produce la formación de todas las rotaciones (astros y sistemas) en su seno. La expansión curva es la causa y las masas en rotación son la consecuencia, y no al contrario.

 

Desde cualquier punto del universo, si los medios de observación fuesen suficientemente potentes, podría constatarse la aparición y desaparición de astros y sistemas al trasponer los dos conos ciegos.

 

Aunque la astrofísica actual ha dejado atrás la concepción del espacio absoluto de Newton, de hecho sigue concibiendo el espacio como Newton, puesto que lo considera estático.

 

El espacio universal no es algo que va “creando” la expansión y que va quedando atrás, hecho e inerte. El espacio ya estaba todo él comprimido en el Origen y lo que hace es desplegarse, igual que el tiempo, igual que todo lo universal.

 

En el espacio cósmico, nada se mueve por sí mismo ni por la actuación de ninguna fuerza, todo es movido por la distensión interna del espacio que fluye en su propio seno.

 

Hasta ahora, el universo precisaba de fuerzas que moviesen a la materia y fueran creando espacio nuevo. Mi universo no precisa de nada. Al desplegarse dentro de su propio seno, se despliega junto con la materia que en él habita.

 

Geométricamente, la figura 4 demuestra que la expansión en espiral genera movimientos de rotación dentro de su seno, de forma natural, sin la intervención de fuerzas extrañas.

 

Todo cuanto gira en el universo lo hace debido a la divergencia de la expansión curva, desde los grandes sistemas galácticos hasta los humildes protones y neutrones en el núcleo de los átomos. En el universo no hay 4 fuerzas, hay curvatura del espacio. En esto consiste la buscada y nunca hallada Gran Unificación.

 

En el primero de los procesos, el de formación de las nebulosas o protoestrellas, el orden fue el opuesto al mantenido por la ciencia: primero fueron las rotaciones y después las fragmentaciones, y no al contrario

 

La gravedad no es lo que la ciencia viene suponiendo y jamás ha demostrado: una fuerza que opera desde dentro hacia fuera, en forma de una inverosímil “atracción de su masa”. Es justamente lo contrario: una inercia que opera desde fuera hacia dentro, generada por la combinación de los dos movimientos naturales: la expansión y las rotaciones.

 

No existe la equivalencia gravedad-inercia de Einstein, existe únicamente inercia, a la cual viene llamándose, en este caso concreto, “gravedad”.

 

En el seno del espacio, todo móvil libre va siendo desviado por la expansión hasta ser integrado en la misma dirección de los radios curvos de la espiral plana.

 

Todo móvil que, a la vez de navegar en la expansión universal, lo hace rotando sobre sí mismo o dentro de un sistema, es presionado por la inercia en dirección al centro de rotación, por ser éste el único punto que no vulnera la dirección de la expansión. Así de sencilla es la inercia conocida como gravedad, sin intervención de fuerzas.

 

La gravedad es una inercia que actúa desde fuera hacia dentro, no una atracción que actúa desde dentro hacia fuera. La gravedad se genera por la combinación de los movimientos simultáneos de expansión y rotación, no por una supuesta “atracción de masas”, jamás probada.

 

Para explicar la cohesión de la materia a todos los niveles, tanto macro como microuniversal, no hace falta inventar cuatro fuerzas y tratar luego de unificarlas. Las cuatro son una sola naturaleza, la Inercia gravitatoria. La ansiada TGU jamás será resuelta por la ciencia.

 

El hecho de que en las estrellas la rotación sea diferencial, más veloz en el ecuador que en los polos, constituye una prueba más del modelo de universo aquí presentado. A mayor desviación ondular de la rotación, mayor Inercia Gravitatoria.

 

El fantasma conocido como “Materia oscura” no es otra cosa que el parto del otro gran fantasma cosmológico, el conocido como “Atracción de masas”.

 

El universo es finitud, es magnitud, y todo lo que es magnitud tiene, necesariamente, principio y fin, porque si no, no lo sería. Un universo eterno es un imposible. Su destino es la desaparición.

 

Agotada la expansión, en el cosmos desaparecerá todo vestigio de vida, convertido en una sopa fría de gas, polvo y radiaciones. Ésa será su última realidad física….. si el destino le permite llegar a viejo.

 

Frente al antiguo mapa de un espacio universal enteramente sometido a la acción gravitatoria, este nuevo mapa limita la gravedad sólo a cada astro que rota y se desplaza con su halo gravitatorio, quedando todo el espacio interestelar libre de gravedad.

 

Una gravedad por atracción de masas o por deformación del espacio, produciría un mapa espacial parcelado, irregular y mudable, radicalmente incompatible con una velocidad de liberación única e inalterable en cada astro.

 

Sólo bajo la inercia gravitatoria, tal y como está concebida en este libro, se produce un espacio universal libre y unos campos gravitatorios esféricos y concéntricos en cada astro que gira, con velocidades de escape inalterables en cada uno.

 

 

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