Relato Inacabado

 

¿Nunca has leído un diario sin orden de fechas?

 

Yo tampoco. “Diario” lleva implícito escribir todos los días la tontería de turno, y eso resulta tedioso para quien lo escribe y para quien lo lee. Yo quiero también contarte mi vida, pero dando saltos en el vacío y parando solamente en lo que refulge en el fondo del alma. A este modo de narrar suele llamárselo “memorias”. ¿Quizás “Memorias de un espectador”, puesto que así es como he pasado por el mundo, viendo y no comprendiendo?

Quizás, podría ser, pero me resulta una pizca pedante ese título. Así es que al relato de mi vida he decidido llamarlo como lo que es, como un relato, pero un relato que nunca tendrá punto final porque, antes de poner ese punto, habrá terminado mi viaje terrenal. “Relato inacabado”. Éste es el título perfecto. A veces notarás que, recordando, recordando, vuelvo a tiempos anteriores a lo último contado, pero es que lo que importa es el orden en la memoria, no el orden en el calendario.

Cuando me paro a bucear en el pasado (que en mí es lo cotidiano, el presente es la excepción), se me viene a los ojos, como un pelotazo, la sensación de misterio y de extrañeza que entraña la vida: uno no se reconoce, uno no sabe por qué hizo aquello, uno tiene la vaga conciencia de que se nace y se muere a cada instante, sin que mi yo tenga nada que ver con el de diez minutos antes. Ordenar los recuerdos, tal y como fueron produciéndose en el tiempo, sería como pretender ordenar la vida, y la vida no tiene ni lógica ni explicación, la vida consiste en un misterio en el que jamás se llega a dar con la clave, una puerta que se franquea incesantemente para dar en otra, un presente insólito, sin ninguna relación con el antes y el después.

Lo maravilloso de la existencia de cada cual no es la película completa de su vida, lo importante es la apertura del viejo álbum por cualquier página y la sorpresa de una imagen instantánea de aquel que fuiste un día, aislada del resto, pegada al cartón de la foto para siempre, inmutable, eterna. La existencia es un misterio que supera al hombre tanto que la distancias entre sus páginas resultan abrumadoras. Por eso son tan auténticas y tan hermosas las religiones, porque constituyen el único puente entre todas las orillas.

No seré capaz de ordenar el pasado, ni tampoco quiero. Cada instante debe seguir donde esté, vivo en alguna esquina y presto a volver a la memoria con sólo quererlo. Las cosas pasan y ya no vuelven, pero siguen ahí, como en un eterno presente soñado. Por eso es tan caótico el pasado, porque aparece por donde le place, sin que aciertes a explicarte la razón de su regreso por ese recuerdo determinado que, la mayoría de las veces, ningún lazo tiene con el presente que estás viviendo. Mi presente entonces era Jorge Juan.

 

Jorge Juan 34

 

Jorge Juan es deprimente, Jorge Juan es pequeño, triste, viejo y oscuro. Jorge Juan se llamaba un insigne marino, en cuya memoria le pusieron el nombre a mi calle. En el piso segundo izquierda del número treinta y cuatro nací y vivo yo. Siempre que digo Jorge Juan no hablo de nadie, ni de aquel marino, ni de la calle, sino de mi familia, de mi casa, cuyo nombre marinero le cuadra, porque es de estrecha como un navío, pero un navío a la deriva que navega por pura inercia, sin rumbo a ninguna parte.

Cuando entro, mi madre está sola, como de costumbre. Mi madre siempre está sola, con la cabeza apoyada en el puño, el codo en la mesa y el cigarrillo en la otra mano, siempre inmóvil, esperando no sé qué. A mi madre la hicieron así, de silencio y soledad. Necesita que alguien la lleve de la mano hacia la vida, y esa mano se la ha retirado mi padre desde hace ya muchos años, demasiados años. Hay temporadas enteras en las que todas las tardes se va al cine sola, a soñar con Charles Boyer, porque a estas alturas, con todos los hijos mayores, la vida se le ha quedado en eso, en un sueño tonto. Alterna a Charles Boyer con la visita a la pescadería y las órdenes a Tomasa, la sirvienta, eso es todo lo que hay en su agenda.

Mi madre se pasa las horas pensando, replegada, con los ojos perdidos en cualquier punto de la calle Núñez de Balboa, la que se ve desde el balcón del cuarto de estar, el único de la casa que da a esa calle, aunque no es la suya. Se pasa los días pensando porque tiene las manos increíblemente nudosas, llenas de articulaciones desorbitadas y ásperas que parecen querer salírsele del cuerpo, como las tenemos todos los pensadores. Viéndola tan quieta, tan enjaulada, pienso que así seré también yo dentro de no sé qué años, porque me parezco un montón a ella, igual de meditabundo y concentrado…. Y una piedad infinita y súbita me ahoga al identificarme con ella, tan incomprendida, tan abandonada, tan solitaria.

-¿Qué haces?

Ni siquiera me ha contestado. Se ha encogido de hombros, que es como decir nada. Pero aprendí hace mucho que ella vive en el pasado, y que no hay nada más que tirar de ese hilo para que se venga al presente.

-Siempre que paso por Estrada, cuando estamos en Ávila, me acuerdo de que allí vivíais antes de nacer yo. Pero no sé cuál casa es.

-La del mirador blanco, en la acera de la izquierda, no hay otra -me contesta con urgencia, como si hubiera olvidado en un instante toda su soledad- Pero eso fue muchos años antes. Ni habías nacido tú ni casi ninguno de tus hermanos. Sólo la mayor, aquella pobrecita que se nos murió antes de que llegaseis los demás.

-Vivisteis poco tiempo.

-Poco. Tu padre no tenía horizontes en Ávila. Era necesario venirse a Madrid, si quería hacer carrera. Pero yo lo sentí.

Se ha quedado por un momento callada, reviviendo el pasado, y ha continuado enseguida. Ya no descansa la cabeza en el puño ni fuma. Se le ha presentado la ocasión de volcar sobre la camilla todo lo que manosea en su interior.

-En la segunda planta, delante del balcón, teníamos una mesita con un juego de té inglés. Una noche entró alguien a robar y se vino todo abajo, con un estrépito enorme. Pero ya sabes cómo es tu padre, cogió la escopeta y me dijo que subiese yo, que él le esperaba abajo con el arma....

Y continúa, enlazando recuerdos con recuerdos .....

-....... La casa era grande. Tenía un patio. Me acuerdo que nos regalaron un pavo real, y el muy tonto, cuando le poníamos un espejo delante, abría la cola y se miraba.... Por entonces tuvimos una sirvienta que era ..... ya me entiendes -me dice, haciendo un gesto- Yo había notado que me miraba mucho y se lo había comentado a tu padre, pero él no lo había dado importancia. Hasta que un día la tata mirona me dijo que la señorita de la casa donde había servido antes era tortillera, y que le había enseñado a ella. Como yo era entonces una pasguata no la entendí. Me quedé pensando que sabría hacer muy bien las tortillas; así es que, en cuanto llegó tu padre, le dije que si tenía que invitar a alguien que podíamos aprovechar, porque la chica era una gran tortillera, que se lo había enseñado la señora anterior. Estábamos comiendo en ese momento. Tu padre se levantó de pronto, sin comentarme nada, se fue derecho a la cocina y la echó de casa sin más.

Y sin apenas respiro, enlaza con más y más recuerdos.

-..... Como tu abuelo era el Director de la Academia Militar de Intendencia.....

Oyéndola hablar sin fin de su pasado, pienso que también yo, aunque tengo solamente diecinueve, he cumplido ya un carro de años, de tanto como tengo para recordar. Soy como una copia exacta de ese mismo molde pensativo y repleto de añoranzas. Mi madre es como un reloj al que hubieran quitado la cuerda, siempre anclado en la misma hora, en el pasado.

-.... Pero como no podíamos estar con ellos, tu padre aprovechó la disculpa de que tenía régimen de comidas, por el estómago, y nos fuimos a la calle Almirante.

-¿Con quién no podíais estar?

Metido en esos pensamientos de cómo es ella, me he quedado mirándola tan profundamente que ella ha creído que estaba siguiendo su discurso, y al hacerle esta pregunta se ha quedado por un momento confusa .

-Pues ya te lo he dicho, con mi familia. Estoy hablándote ya de Madrid, de la calle Almirante. Luego nos vinimos a Jorge Juan, y aquí habéis nacido casi todos. Pero tú estuviste a punto de no salir de estas cuatro paredes. ¡Que requetemal te criaste!

Y aquí empieza con la larga y difícil historia de mis primeros años, justamente los que yo es imposible que recuerde. Mi madre tiene los ojos muy claros y la nariz respingona y graciosa. Su piel es blanca y suave como el armiño. Habla en tono apagado y lentamente, como si las palabras le brotasen con trabajo desde un pozo demasiado íntimo y escondido.

-.... Después de tu nacimiento siguió una temporada difícil. Hasta que paré los pies a Eguíbar, que era el culpable, el que se llevaba a tu padre por ahí. Pero en todos los matrimonios tiene que haber algo -concluye, desolada, volviendo a apoyar la cabeza en el puño, como si aquella etapa efímera y pasada de la influencia de Eguíbar tuviera la culpa de su abandono- ....Y ahora ya lo ves. Cuando no está en la oficina, está de caza; y cuando no está de caza, está en la oficina.

Cazar es la única licencia que mi padre se permite en su vida abarrotada de trabajo. Yo no he conocido esa etapa de la influencia del tal Eguíbar, ni creo tampoco que fuese para tanto, porque mi padre no es un vividor, es un hombre sufrido, de los que saben renunciar a casi todo, mi padre es un hombre nacido para perder. No son los culpables la caza y la oficina, como ella cree; son los culpables ellos mismos, que se han dejado atrás la vida para siempre. El paso del tiempo todo lo rompe. Pero estas cosas nadie quiere reconocerlas.

-.... Nunca me lleva a ninguna parte -la oigo concluir, al final de su retahíla de quejas .

-Nunca habláis entre vosotros, eso es lo que pasa. ¡Qué más da lo de viajar, o lo de llevarte a ver a Charles Boyer!

-A tu padre no le interesan para nada las cosas de casa, no vale ni para clavar un clavo, y yo de su oficina no entiendo ni patata. ¿De qué hablar?

-¿Pues de qué hablabais cuando os conocisteis?

Ella ha callado, comprendiendo que es inútil buscar otros culpables.

Nos hemos puesto a encender unos cigarrillos. Tiene los dedos quemados por la nicotina y por la herrumbre de los años.

-Cuando tú naciste, me prohibieron fumar. Ya sabes cómo eran entonces. Te tenían un montón de días en la cama, a caldos y reposo. ¿Sabes qué hice? Me levanté, abrí el armario y encendí un habano de tu padre.

También me parezco a ella en eso.... no en lo de los habanos, en el carácter replegado y rebelde. Como todas las mujeres de su misma “quinta”, ella jamás discutía una decisión del marido, prefería actuar entre bambalinas. Ahora tampoco discuten las mujeres, han decidido que es más divertido arrebatarle aquel papel de todopoderoso al hombre y ejercerlo ellas directamente. La cosa funciona así, a bandazos, del todo al nada y del nada al todo, según las modas.

Viéndola ante mí, con el cigarrillo entre los dedos y el humo azulado flotando sin prisas, se me ha ido la memoria a aquel día en que Vicente pidió permiso y entró, casi seguido, con la gorrilla en la mano. En la noria inagotable de mis recuerdos, lo más auténtico y enternecedor es un cielo azul rabioso, un horizonte de encinas y un caserío en el centro mismo del Edén. Por eso voy a comenzar este relato por el momento más feliz y limpio de mi existencia, cuando aún no había aparecido la serpiente y yo era todavía Adán, un adán inocente y demasiado frágil.

 

El centro del Edén: “El Carrizal”

 

Vicente era el guarda del Carrizal, la finca de mi abuela. El hombre se cuadró con todo respeto delante de mi madre y, siempre con la boinilla en la mano, se puso a contarle no sé qué cosa. Mi madre, que estaba paseando arriba y abajo por la habitación en ese momento, se detuvo, con las manos a la espalda y el cigarrillo entre los dedos. Y una nubecilla de humo azulado, como ahora mientras charlamos, fue subiendo, subiendo, subiendo y acabó por emerger por detrás de su rubia cabeza. Nunca había visto yo, que entonces era un niño y me parecían absolutamente naturales las inclinaciones tabaqueras de mi madre, una expresión tan atónita como la del buen Vicente, dando vueltas a la gorrilla entre las manos, turbado y sin creer lo que veía. ¡Resulta que la señora fumaba, igualito a como lo hacían las cupletistas y esa gente!

-¿Te acuerdas de Vicente?

Se lo he preguntado de pronto, sin ninguna relación con lo que ella me relataba en ese momento. Pero, aún así, no ha dudado ni un instante.

-¡Mucho! Pero tú no conociste a sus padres, que estuvieron treinta años de guardas en la finca. ¡Qué distinto era todo!

Fumamos a la vez y pensamos a la vez. Quizás antes de sacar a relucir a Vicente ya me lo había adivinado en la mirada. Usamos la misma longitud de onda. Sin duda soy una parte de su vida que se le ha escapado de control.

-...... A tu padre no le gustaba que estuviésemos allí solos cuando íbamos, que siempre era por Semana Santa. Tus hermanas ya eran unas jovencitas, y había maquis en el monte. Así es que se vendió la finca.

-Y a mí me hicisteis la pascua, porque tenía sólo seis añitos y sueño con el Carrizal todos los días desde entonces.

¡El Carrizal! ¡El Paraíso perdido! Allí me topé de pronto con las distancias que nunca se acababan, con el silbar de Vicente dirigiendo a los animales, con el rumor lejano del río y el siseo misterioso de las bandadas de pájaros levantando el vuelo a nuestro paso, y ya nunca podré arrancarme del corazón aquel trocito de edén.

-Tu padre dijo que era mejor venderlo y hacer un chalet en Ávila, donde nos conocimos y donde siempre habíamos vivido. Además está cerca y no tiene maquis.

Y lo dice a medias entre resignada y satisfecha. Resignada porque, aunque el Carrizal era solamente suyo por herencia, sabe que ella jamás ha decidido ni va a decidir nada. Satisfecha porque el campo no le ha gustado nunca. En esto último es en lo único en que no nos parecemos nada de nada.

Callamos los dos por un momento. La nubecilla de humo, tan azulada ella, se sostiene inmóvil en el aire como por arte de magia, absolutamente inmóvil, dándoles a las cosas que están detrás un aire de irrealidad y de ensueño. Mi madre vuelve a tomar el hilo de tantos recuerdos que la abruman, a fuerza de darles y darles vueltas en la cabeza. Pero yo ya no estoy, yo me he ido despacito por detrás de esa nubecilla de humo azul, como aquella que dejó atónito al guarda Vicente, me he ido despacito, silenciosamente, íntimamente, por los vericuetos de la memoria hasta aquellos días tan felices en el Carrizal.

Detrás del azul mágico del humo de los cigarrillos me he ausentado hasta aquella escalerilla, increíblemente angosta y empinada, de tarimas a punto de desaparecer por tantas pisadas que llevaban al desván, donde Vicente, con un silencio inusitado y una expectación para mí crítica, llevándose el dedo a los labios, me mostraba un par de gallinas, cada cuál arrellanada en su cesto, meditabundas y pacientes, contagiadas de la penumbra silenciosa del desván.

-¿Qué hacen?

-Están contando los días que faltan para que salgan los pollos, porque las gallinas son más sabias que los hombres y cuentan sin calendario -me contestó mi adorado Vicente, con un susurro de voz.

Yo miré con avidez, buscando la puerta minúscula por donde habrían de salir al ruedo los pollos, que más o menos sabía que eran unos pajaritos pequeños.

-No, hijo. Los pollos están dentro de los huevos, se hacen al calor de la madre.

¡Qué locura es tropezarse con la naturaleza a los seis años! Llegué al Carrizal sin saber lo que era la lumbre de encina, donde borboteaban los pucheros de barro, ni lo que era el tacto afelpado y cálido de las bocas de las cabras al darles sal en las manos. Llegué todavía niño y abrí los ojos, de sopetón, a un aire que no acababa en un embudo vertical entre casas de seis plantas, me topé con un aire que volaba libre, libre, de encina en encina y se echaba al mundo por detrás del horizonte.

Ver desde el Carrizal aquella planicie rojiza, deslizándose bajo el vientre del cielo hasta más allá de donde la pupila distinguía las cosas y todo se juntaba en una línea que separaba el mundo de la eternidad, ver todo eso fue descubrir, en una fracción de segundo, que uno realmente no había nacido hasta ese momento, que a uno lo habían tenido hasta ayer embobado en un espectáculo siniestro de luces de neón y bocinas de coches.

Me despertaba al amanecer y salía de la cama a la puerta del caserón disparado, todo seguido, sin un respiro, sin vestirme. Allá, por donde ese horizonte tan misterioso, resulta que era por donde aparecía el sol. Jamás lo había visto así. En Madrid siempre andaba por arriba, despistado, escondido detrás de alguna azotea. Éste, tan grandioso y tan cándido, tan fraternal que hasta podías mirarlo de tú a tú sin que te cegase, me dejaba embobado. Hasta que rompía el éxtasis la voz urgente de mi madre, llamando a desayunar.

¡Desayunar! ¡Ésa era otra! Nada de tacitas cursis, con pajaritos y lacitos pintados; tazones de loza, gordos, blancos, pesados y desportillados, que había que cogerlos con las dos manos a la vez y que terminaron por convencerme de que en el campo todo era de otra dimensión, magnífica y superior, que nada tenía que ver con el sistema métrico decimal de la escuela. Vicente no hablaba de sistemas métricos ni decimales, Vicente hablaba de leguas, de fanegas y de arrobas.

Vicente se clavaba en el umbral de la puerta que comunicaba nuestro lado del caserón con el suyo, se despojaba de la gorrilla y pedía permiso a doña Teresa. Doña Teresa, claro, era mi madre. Pero lo que más me encantaba de Vicente era aquella media luna blanca que le atravesaba la frente de oreja a oreja, ligeramente ladeada, delatora de hasta dónde le tenía atrapado el vicio de la gorrilla. Vicente jamás entraba sin pedirle permiso a doña Teresa. Y mientras hablaba, siempre de pie y a un lado, como si temiera contaminar el ambiente con su sobado traje de pana, le daba vueltas mansamente a la gorrilla entre las manos.

-Lo siento, doña Teresa, pero no he podido evitarlo.

Mi madre asintió, disculpando. Mi madre no le daba ninguna importancia al asunto. Pero el pobre Vicente estaba en un puño.

-Le he mandado para dentro con todo lo que se me ha venido a las mientes, pero el chiquillo estaba volado. Era marcharse a lo que le mandara y ya estaba otra vez de vuelta. ¿Me comprende? Ya no sabía con qué disculpas quitarle de allí.

Estaban hablando de mí con toda naturalidad, en mi presencia, porque los mayores tienen la tonta manía de considerar a los chiquillos como si fueran tontos. Aquella madrugada había parido la yegua en el prado, pegadito a la casa, y yo, que me levantaba con el primer canto del gallo, me había topado con aquel asunto maternal, sin duda con la boca aún más abierta que los ojos, y metiendo al pobre Vicente en un compromiso.

Resultaba que los potros venían de las yeguas y que los pollos venían de los huevos, que, a su vez, venían de las gallinas. Sin duda, la vida comenzaba a parecerme como mucho más divertida y natural. Yo ya sabía aquello de que nacemos unos de otros, en teoría, pero el problema estaba en que nadie me lo había explicado jamás tan a lo bestia como me lo explicó la yegua aquel día.

De todo lo que vi en aquel cursillo acelerado de naturaleza, absolutamente embobado, solamente una cosa se me quedó en los ojos como algo pringoso y repulsivo, una masa bailona que se desprendió y quedó inerte sobre la hierba, inmediatamente detrás del potrillo. Vicente, a mi pregunta, me dijo que eran las parideras. Quizás sea aquella repugnante placenta la culpable de mi aversión enfermiza de ahora hacia los partos. Pero todo lo demás me pareció incontable, soberbio, maravilloso.

Aquel animalito indefenso, de patas increíblemente largas y titubeantes, apenas vio el mundo, puso en jaque hasta la última fibra de su desvalido cuerpo y, al cuarto envite, se incorporó temblando. La madre lo lamía, y a cada lametazo de su amorosa lengua azulada, el potrillo zozobraba y daba con su existencia de nuevo en la hierba, para volver a incorporarse sin desaliento, buscando la protección del vientre materno. Aquella vivencia me hizo comprender, en unos pocos minutos, todo lo que mi madre no había conseguido transmitirme llamándome, durante años, niño mío.

La yegua siguió en el prado y Vicente me trajo para casa.

-Si yo hubiera podido traérmelo antes.... Pero tenía que atender al animal.

Mi madre siguió asintiendo. Por su actitud, intuí que verdaderamente no había pasado nada. No pude comprender el apuro de Vicente, no señor. Me sentí tan identificado con la actitud comprensiva de mi madre que me dieron ganas de asentir con ella: Sí, Vicente, sí, tienes toda la razón, pero no es para tanto, hombre de Dios. Y perdona que el chiquillo te haya metido en este apuro. Y así que se dio la vuelta y salió, ya estaba yo otra vez en el prado, junto a él, junto a la parturienta y el potrillo, que era el protagonista ese día del bombazo social de aquel rincón del globo.

Vicente era adorable. Un día me llevó hasta el río para bañar a la perra. Se llamaba Leona y era un pedazo de pan. Tengo alguna fotografía con ella, yo desmedrado y pálido, con Madrid todavía encima, y ella a mi lado, exultante, sin duda enterada de que iba a salir en la foto con el señorito, y que hasta la iban a ver en Madrid; yo con mi gorrillo blanco en la cabeza y ella con sus manchas canela y a cuatro patas. ¡Dios mío, qué pintas! Me encuentro tan ridículo que no he querido copiarlas en este relato.

-Eso de los gorrillos blancos, cuando era niño, es una de las cuentas que tengo pendientes contigo.

-¿Pero de qué me hablas? -protesta mi madre, desorientada.

Estamos muy sincronizados, pero no tanto como para seguirme hasta el Carrizal, trece años antes y sin ninguna pista. Mi madre se ha quedado muy sorprendida, con sus ojos claros clavados en mí, porque por primera vez ha fallado la sincronización, no ha sabido de qué le hablaba.

Aquella Leona era una perra corrientita, por lo que veo ahora en las fotos, pero a mis ojos de niño me parecía una perraza impresionante, sin duda más alta que yo entonces si ella hubiera andado a dos patas, como deberían andar todos los perros, si hubiera justicia. Todavía tengo en el alma la impresión que me hizo verla aquel primer día. Según Vicente, "iba para mastín". Este tipo de expresiones son muy de esa gente. Un ciudadano de Mirueña, menguadito él, renegrido de pellejo y vivísimo de alma, al pie de la iglesia de su pueblo ante la cual estábamos me dijo, todo trascendente, que aquel monumento, en principio, "iba para catedral". A mí me entusiasma ese modo de hablar de que algo “iba” para una cosa pero se quedó en el camino, mire usted.

Pero volviendo a la Leona del Carrizal, yo preguntaba insistentemente a mi madre cómo se llamaba el animal, y ella, claro, me remitía a Vicente. Hasta que un día pude escuchar cómo la llamaba, y corrí lleno de ilusión a casa.

-Ya sé cómo se llama la perra, ya lo sé, se llama "Toba" -le dije, exultante. Pero no pude comprender la carcajada de mi madre.

Había una encina milenaria allí mismo, muy cerca de la casa, que casi no la abarcaban entre dos con los brazos extendidos. Aunque estaba en medio de campo abierto, era como la esquina de todas las calles, donde se vivía y se hablaba, bajo cuya sombra yo jugaba, mientras mis hermanas se salían al borde y tomaban el sol en aquellas hamacas de lona y madera de entonces.

Mis hermanas eran ya dos pimpollos y mi madre pasaba angustia por lo de los maquis. En aquellos cuarenta, con la guerra todavía caliente, eran muchos los "otros" que se habían echado al monte. A mí me habían educado en lo más estricto de las derechas (las derechas de mi madre. Lo de mi padre fue una historia larga y triste de contar) y pensaba con pavor en aquellos que ella llamaba “rojos”, cuando la mayor de las benevolencias, y “bolcheviques” cuando se desahogaba a fondo.

Todavía estoy viéndola cada atardecer, comiéndose el cigarrillo y oteando insaciable el horizonte, allá, para donde el río, para el sur. Metía a mis hermanas dentro y ella se paseaba de un esquinazo al otro de la casa, aparentando serenidad. Le habían dicho que los maquis se llevaban de los caseríos los dineros, la despensa y también las mozas si las había, que los maquis siempre aparecían al atardecer y eran gente ruda y despiadada, llena de odio hacia los señoritos. Mi madre, con el cigarrillo entre los dedos y deambulando de esquinazo a esquinazo de la casa, se sentía morir cada tarde, mientras miraba al sur.

-No se preocupe usted, doña Teresa -le decía siempre Vicente- Aquí no se llegan porque está por medio el río, se lo digo yo. A esta parte no se llegan nunca.

La seguridad con que se expresaba el bueno de Vicente a mí se me antojaba realmente definitiva, pero era evidente que a mi madre no, porque seguía zozobrando cada atardecer. La verdad es que, analizado, el argumento no era muy convincente. El día que me había llevado a ver el río y me había dicho que era nada menos que el Tajo, me desilusioné. Yo había "visto" los ríos desde Madrid, anchos como brazos de mar. Fue en lo único en que las medidas del campo se me vinieron abajo. Allí eran más grandes el aire, los árboles y hasta los tazones del desayuno; pero el río.......

Lo que me intrigaba era justamente la seguridad con la que se repetía Vicente.

-Que no, doña Teresa, que no, que aquí no van a llegarse nunca.

A mí esa férrea seguridad se me clavaba por dentro, como me ha pasado tantas veces luego, cuando barrunto que detrás de las palabras hay algo más, o que detrás de los gestos hay una razón secreta que no se dice. Esas situaciones se me quedan archivadas, sin aparente motivo, y pasado el tiempo acabo por descifrarlas, a veces demasiado tiempo, incluso montones de años. Algo oí entonces sobre algunos familiares de Marcela que no podían vivir en el pueblo. La intuición de un niño es infalible captando la existencia de otro significado diferente al que parecen aludir las palabras, aunque su temprana cabeza no esté aún preparada para distinguir qué es exactamente lo que intuye.

Marcela era la mujer de Vicente. Y aquel fogonazo de entonces, el que se quedó en mi cabecita bailando, ha retornado de pronto ahora lleno de luz: mi buen Vicente tenía aquella inviolable seguridad de que los maquis nos dejarían en paz a nosotros, precisamente a nosotros, los del Carrizal, porque en el Carrizal vivía Marcela, la mujer de Vicente, es decir, la hermana de algunos maquis. Pero mi madre no estaba para sutilezas ni acertijos. Harta de sufrir aquellos miedos vespertinos, un día nos agarró a los tres, y al autocar, para Madrid. Y en cuanto murió la abuela, que era la dueña, lo cogieron con una mano y lo malvendieron con la otra. ¡Adiós Carrizal! ¡Adiós paraíso para siempre!

Con tan sólo siete añitos que tenía entonces, ya aprendí que las cosas pasan y nunca más regresan. Tengo que preguntarle a mi padre, cuando nos encontremos allá arriba, por qué estropeó mi vida tan tontamente. Porque, por supuesto, de maquis, nada, los borró Franco del mapa en un abrir y cerrar de ojos.

He hablado de Vicente, del desván donde nacían los pollos de forma tan arcana y misteriosa, de la salida del sol por encima de las encinas y de la leche de cabra recién ordeñada, en aquellos tazones de loza inmensos, sin fondo. Todo en el Carrizal era fantástico, inaudito, maravilloso. El Carrizal era el Carrizal. (¿Cómo será el cielo?......)

Pero todavía no he hablado de ella. ¡Ay, ella! Era menudita y trigueña, lo mismito que un haz de espigas. Vestía unos pinguitos sobados y viejos, y lucía una horquilla dorada cogiéndole el pelo a un lado. Era una dulzura vestida como se viste en el campo, con su carita infinitamente redonda y su melenita pajiza. Cuando Paulita hablaba yo no oía hablar, oía música. Ella era así, como un trocito de cielo bajado al caserío, como un trocito de edén dentro de aquel perfecto edén. Llevaba unas medias de lana invariablemente caídas y amontonadas sobre los tobillos, y una mirada inocente en los ojos. Paulita se movía tímida, lentamente, y a todo respondía con una sonrisa candorosa.

-¿Qué haces?

-Los deberes. Le he prometido a mi madre, antes de venir, que haría todas estas cuentas y todas estas planas -le dije yo, enseñando los cuadernos.

Uf! ¡Cuánto sabes! -me contestó ella, llena de admiración- Mi hermano Emilio también va a la escuela, pero yo todavía no.

Yo me puse a enseñarle en los cuadernos, a través de los barrotes de la ventana, cómo se sumaba. Porque ella siempre venía a verme por fuera de la casa cuando yo estaba dentro, haciendo los deberes sobre una mesita de rafia, al borde de la ventana. Paulita venía a buscarme donde sabía que yo estaba solo. Aparecía por fuera, con su cuerpecito desmedrado, y comenzaba a ensayar el primer coqueteo de su vida, nada menos que con el hijo de los señoritos, como en las novelas románticas, aunque no sabía lo que era eso, porque no sabía todavía ni leer.

Creo que tendría seis años, yo siete, y hacíamos una pareja de cine, yo con mi perfil triste y afilado y ella con su carita redonda y llena de luz. A través de la reja nos hablábamos de mil cosas tontas, pero maravillosas; yo dentro, con mis cuadernos, ella fuera, con su horquilla en el pelo que refulgía al sol de la tarde; los dos solos, rabiosamente solos, lejos de mis hermanas, de Emilio, de Vicente, de las cabras, lejos del mundo.

Todas las noches me abofeteaba yo solo en la cama, reprochándome: “Goyo, tienes que decírselo, mañana tienes que decírselo, de mañana no pasa”, y maldecía la terrible timidez que me impedía confesarle que tenía sólo siete años, pero que estaba loco por ella. Los días se agotaban, porque al Carrizal íbamos solamente las cortas vacaciones de Semana Santa. En verano decían que era una locura, que hacía un calor espantoso.

¡Eran tan poquísimos días! Justo el último que estuvimos allí se lo dije, al fin se lo dije. Aquella tarde vino por dentro de la casa y apareció inesperadamente en el cuarto, como si intuyera la solemnidad del caso. No podía refulgir el sol en el dorado de su horquilla, pero podía ver su mirada en la oscura complicidad de la habitación. Estuvimos jugando y hablando un tiempo que me pareció eterno, por despistar, y creí que tampoco sería capaz de confesarme. Hasta que, de pronto, se oyó una voz lejana ¡Paulita! ¡Niña!, que la llamaba, así es que se precipitaron los acontecimientos. Ante la inesperada urgencia de su marcha, tragué saliva y reuní en los labios todas las fuerzas de mi alma.

-Tengo que irme -me dijo- Me llama mi madre.

-¿Quieres ser mi novia? -le pregunté de sopetón y sin venir a cuento.

-¡Sí, claro! -me dijo en un vuelo, repleta de felicidad, y salió corriendo.

¿Por qué me había costado tanto decírselo? Acababa de descubrir que no sólo me quería, era más, era que estaba esperando que abriera la boca de una vez. Entonces ocurrió una cosa insólita: el cielo y la tierra se juntaron, el caserío se puso patas arriba y yo me sentí zambullir en un vértigo inacabable. Permanecí como estaba, sentado en el borde de la mesita de rafia, mirando hacia la esquina del cuarto, la esquina que ella acababa de abandonar, mirando la pared vacía y sin ver nada, perdido, deslizándome no sé por dónde, tal y como había oído en las novelas de la radio que le pasaba a la gente mayor.

No sé el tiempo, pero estuve así hasta que también a mí me llamaron. Tampoco recuerdo lo que cené, ni siquiera reparé en los tazones inmensos de loza, que tanto me sorprendían otras veces. Crucé la puerta corriendo y me planté el primero en la casa de Vicente. En realidad, el caserón era uno solo, y las dos viviendas se comunicaban por una sola puertecita que yo me pasaba el día franqueando en las dos direcciones.

Matábamos las largas noches del campo reuniéndonos todos alrededor de la lumbre de Vicente, con sus leños de encina humeantes y sus largos escaños de madera, donde nos sentábamos. Pero justo aquella noche, no sé por qué perversa suerte, fue a caer alguien entre Paulita y yo. No importaba. Mientras todos se inclinaban hacia delante, hacia el calor de la lumbre, y hablaban de mil cosas sin orden, los dos nos mirábamos a espaldas de quien teníamos en medio, como se miran los enamorados, sin saber por qué uno no puede evitar mirarse. El bailoteo de las llamas le brillaba en la horquilla del pelo y en los ojos, igual que cuando el sol del atardecer le daba en la cara.

Deslicé la mano por el frío de la madera del escaño, por detrás de quien teníamos en medio y, a medio camino, encontré el calor de su pequeña mano que venía al encuentro de la mía. ¡Qué vértigo, Dios mío! Yo sabía que era fascinante la música de sus labios cuando me hablaba, pero el tacto cálido de su mano hacía pequeño todo lo demás. Así permanecimos el resto de la velada, con las manos enlazadas y sin poder hablar nunca más de nuestro naciente amor. Nunca más..... porque aquella fue la última noche en el Carrizal. A la mañana siguiente partimos para Madrid, mi madre huyendo del fantasma de los maquis, y yo viendo pasar la vida sin llegar a apresarla nunca.

 

-Te acuerdas demasiado del Carrizal.

-Todos los días, toda mi vida.

A mi amigo le ha parecido tremenda la afirmación. Levanta un hombro, ladea la cabeza, hace un gesto de que tal cosa raya en lo obsesivo. Mi “amigo” no es nadie en concreto, pero jamás me abandona, es mi conciencia, ese otro “yo” que todos llevamos dentro, siempre dispuesto a recibir nuestras confesiones, aunque hayan pasado tantos años por medio.

-Te lo he dicho otras veces, se lo he contado a otras personas, pero desisto, porque nadie llegaréis a imaginar lo que supuso en mi vida.

-Eras muy niño -trata de justificarme- Para un chiquillo criado en Madrid, y en aquel Madrid oscuro y pobre de la posguerra, toparse con esa vida tan diferente....

-No te empeñes. Así contado, parece que aquello fue cosa más o menos natural -y añado, volviéndome hacia él y mirándole a los ojos- El Carrizal fue una pequeña puertecita por donde, ya en vida, vi la Gloria.

-Dios te perdone la exageración.

-Dios sabe que no hablo en serio del todo. Pero si aquella experiencia nada tiene que ver con las del cielo...... ¿Cómo será el cielo entonces?

-Cómpralo.

-¿El cielo?

-¡El Carrizal!

No le he contestado a eso. Me he puesto a fabular sobre las cosas hermosas de la vida, ya que son tan pocas.

-Cuando muera sé que me dejarán volver a pasear con mis niños de la mano, aquellos que eran entonces unos adorables mocosos. Luego todo se estropea, ¿sabes? Resulta que se vuelven adultos.... El mundo está lleno de adultos insufribles. Y también sé que volveré a ver a mis perros y a tantos animalitos como he tenido y he amado; y que me dejarán bajar de nuevo hasta aquel Carrizal de entonces, exactamente el que era en mil novecientos cuarenta. Todo lo que se acaba no acaba, queda inmóvil en la eternidad del recuerdo.

-¿Pero por qué no llamas a ese tío, el que lo compró a tus padres, y quedas con él para mañana mismo?

-No hace falta. El campo tiene esa ventaja, que sigue estando donde estaba. He ido alguna vez en estos años.

-Yo digo para comprarlo otra vez, no para verlo. ¿Por qué no?

-Porque ya no estamos en mil novecientos cuarenta.

Ha debido sonarle a pata de banco. Se lo he soltado tan rotundamente que se ha quedado desconcertado.

-Lo del “continuo espacio temporal” no es ninguna tontería, ¿sabes? Si ya pasó aquel tiempo, también pasó aquel “espacio”, a pesar de que siga estando donde estaba. Lo que tú me has dicho ahora mismo ya me lo dije yo un día a mí mismo: Goyo, cómpralo, vuelve a levantar la casa tal y cómo era y pon otra vez a Vicente, que aún vive. Porque las encinas siguen estando donde estaban y el sol sigue saliendo por el mismo horizonte”.

He tenido que hacer una pausa por el desaliento.

- ......Pero las cosas no son así. Las cosas, aquí abajo, pasan y se marchan, son eternas sólo en la eternidad. No pueden volver porque ya no son las mismas.

-El Carrizal, que yo sepa, sigue estando exactamente en donde estaba, a las puertas del Puente del Arzobispo.

-El sitio, sólo el sitio, pero no el Carrizal, no el tiempo, no mi edad, no aquellos ojos míos de entonces. A veces vuelvo, claro, cojo el coche y vuelvo al mismo camino que arranca a la derecha de la entrada al pueblo, y llego hasta la misma loma donde sigue en pie lo poquito que queda del caserío, presidiendo un mar infinito de encinas, y entro por las ruinas de aquel mismo portón de carros de suelo empedrado...... Pero ya no me encuentro nunca con Vicente, ni con la mirada de Paulita, con su horquilla dorada en el pelo. Ya nunca sale la Leona a recibirme, y si saliera, no sería capaz de reconocerme, porque tampoco yo soy aquel niño. Ya no queda aceite en los candiles que nos alumbraban por las noches, ni siquiera quedan los añicos de aquellos inmensos tazones de loza del desayuno. El Carrizal estuvo en ese sitio, pero ya no está, te lo juro, ni podrá estar ya jamás. Sus ruinas son sus ruinas, y es inútil querer sacar de ellas lo que entonces fue.

Abrumado por tantos razonamientos, mi amigo no ha osado abrir la boca. No comprende mis fervores, pero los respeta.

-Me gusta regresar alguna vez para recordar lo que entonces veía, pero que ahora ya no veo, porque por mis ojos y mi corazón han pasado, como un vendaval, cincuenta años. Intentar revivir aquello de entonces sería como salir en busca del mismo viento que entonces azotaba la chimenea del caserón, sería como hurgar en el cielo, a ver dónde andan las palabras que entonces nos dijimos. Ahora ya es otro el viento, son otras las palabras y soy otro yo. Si me instalase allí, sin duda acabaría por deshacer el encanto.

Y como él sigue mudo, he optado por aclararle lo del “encanto”:

-La última vez que estuve ocurrió una cosa tonta que me dejó desencantado. Mira: a la derecha del caserón estaban las porquerizas, pero más allá no había nada, ¿sabes?, no había absolutamente nada, el campo se acababa, como si la Tierra fuese realmente plana y hubiésemos llegado al mismísimo borde. Mis ojos de niño jamás pasaron de ese ángulo, mis pasos de entonces nunca me llevaron más allá de los muros del caserón por ese lado en el que el sol salía cada amanecer. El camino de acceso estaba situado al lado opuesto; la encina milenaria a cuya sombra se sentaban todos y yo jugaba, estaba al lado opuesto; el pueblo, tan cercano, estaba al lado opuesto; toda la vida, tan resumida, se desarrollaba en el lado opuesto. ¿Qué había más allá de las porquerizas? Yo no lo sabía ni tampoco me paré jamás a pensarlo. Mi mundo se acababa ahí, porque era tan dichoso en aquel puñadito de mundo que no necesitaba otro mayor.

-..... Y ahora has descubierto que en ese sitio hay una urbanización entera - aventura él, antes de que yo siga.

-La última vez me acerqué a ver ese borde del planeta Tierra, tras el cual debería hallarse el abismo de la nada..... Y claro, descubrí de pronto que no, que la Tierra es redonda y que se extiende más allá. Detrás de las porquerizas, el mundo no se acaba. Hay un suave declive y una vaguada coquetona y minúscula, bordeada de encinas, de tierra cálida y roja, rabiosamente roja, como todo el Carrizal, por la cual debe correr el agua mansamente en primavera. Un lugar idílico, pero que a mí me dejó de piedra. El hechizo de aquel borde desconocido del mundo se vino abajo, la virginidad de mis recuerdos se profanó con la evidencia de la realidad. ¿Entiendes ahora por qué te cuento esto? Prefiero no cambiar ni una piedra de aquel Carrizal que tengo en la memoria.

Reanudamos la marcha. Es un serenísimo atardecer del otoño, la única y auténtica cara de la Naturaleza. En primavera son demasiados los ruidos y los espejismos, haciendo presagiar no sé qué inmortalidad que jamás se cumple luego. Al llegar el otoño, la realidad se muestra tan efímera como es, se despoja de abalorios, se serena y sonríe mansamente, con la resignada ternura del fracaso.

 

De aquel Carrizal conservo aún cuatro fotos maravillosas. Son en blanco y negro, excesivamente pequeñas, de bordes dentados, como en los años cuarenta las hacían, y en ellas aparezco yo con siete años, flacucho y mal vestido (como en los años cuarenta se vestía), con un jerseicillo ridículo pegado al cuerpo, unas rodillas prominentes, unas alpargatas y un gorrito blanco, de marinero, por si las insolaciones, que era como para ponerle una multa a mi madre.

Hoy, sin embargo, ya no se la pondría. Ese gorrito blanco, tan ridículo él, ahora lo veo como lo que realmente era entonces, el signo del celoso amor que mi madre me tenía. El último día que fui a verla al chalet de mi hermana estaba inclinada hacia delante, apoyada la cabeza sobre los brazos cruzados en la mesa. Me costó que me atendiera. Cuando al fin levantó la cabeza, me miró de forma perdida y no se interesó lo más mínimo por mi presencia ni por lo que le dije.

-No es que nuestra madre esté peor, como me habéis dicho, es que está muriéndose.

La internaron en una clínica y murió despacio y en silencio, como siempre había hecho todo. Pero en ese momento final yo no estaba. Un día helado y solitario del invierno de Ávila me presenté a pedirle perdón. Metido en el embozo de mi abrigo, con el alma cansada por mis continuos fallos, volví a llamarla mamá, como hacía cuando era niño. Juntos otra vez, ella en su nicho de la pared del cementerio y yo a sus pies, recordamos aquellas tardes en Jorge Juan, cuando ella apoyaba la cabeza en el puño, sobre la camilla, mirando sola y abandonada lo que de la calle Núñez de Balboa se veía a través del balcón. Le recordé todo eso y le dije que seguía sintiéndome aquel mismo niño que un día fue de ella, le dije que, de vuelta de la vida, había acabado otra vez en aquel niño suyo de entonces.

 

Viaje a lo desconocido

 

Me desperté con la certeza de no estar solo. Permanecí inmóvil, replegado en mí mismo, escuchando. En el silencio virgen de esas horas me pareció percibir un roce casi inaudible. Agucé el oído. Suspendí casi la respiración. Después de unos instantes, el segundo ruidito; y enseguida otro, y otro más. No eran los chasquidos habituales de la noche, de la madera de muebles y puertas, que sigue viva y se despereza; no eran porque se parecían mucho más a un roce que a un chasquido, y además se repetían de forma muy regular. Así es que no tuve más remedio que sacar la mano cuidadosamente entre las sábanas y dar la luz.....

En los calores de la noche, dos murciélagos se habían colado por la ventana y no acertaban con lugar de donde colgarse. Recorrían el techo de pe a pa, rozando en él sus membranosas alas. Ése era el siseo que había oído. Los desalojé y apagué la luz.

La claridad de la noche entraba por el cuadro de la ventana. Todo había vuelto a la normalidad, todo estaba en su sitio..... las altas horas...... el silencio..... mis dos eternos compañeros: mi pasado y a su lado mi conciencia, que se obstina en resucitarlo.

Esta vez me ha remontado incluso más atrás de la maravillosa experiencia del Carrizal, a otra experiencia que a mi tierno cerebro de entonces le pareció cosa normal, a pesar de que no era tan tierno como para no darse cuenta de que a los demás chiquillos no les pasaba. Me refiero a la memoria de mi primer Viaje a lo desconocido. De eso es de lo que quiero hablar ahora. Y lo he hecho como siempre, trasladándome al mismo punto en el que dejé a mi amigo la última vez: al parque, porque la mezquindad de las cuatro paredes de una habitación no se merecen una confesión así.

 

-Nada más acabar la guerra, yo tenía cinco añitos. Lo mismo que aún no se estilaba lo del suero intravenoso, o que el cirujano hubiera necesitado abrirme media barriga para extraer un triste apéndice, tampoco se estilaba lo de ir al cole con tan poca edad. Todo era mucho más natural. Los niños permanecían en casa con las mamás mientras eran solamente eso, niños. Sin embargo, mi madre decidió un día que podría ir aprendiendo palotes y me llevó a un colegio que entonces había una manzana más arriba, en el mismo Jorge Juan. Me sentaron en un pupitre tan minúsculo como yo, me dieron cuadernos con muestras y ¡a dibujar letras! Pero lo que voy a contarte es lo que allí me sucedió.

La intriga merece un breve receso y lo he hecho.

-Al final de cada mañana, la maestra tenía la costumbre de hacer preguntas a los que ya eran más mayorcitos, tales como ¿Dos y dos son....?, ¿El primer Mandamiento es.....? Se ponía en pie sobre el pequeño estrado de tarimas y recorría la clase con la mirada desde un extremo hasta el otro, me figuro que jugando a la indecisión, hasta que al fin elegía quién debería responder a la pregunta. Durante ese protocolo de barrer la clase con la mirada, que a mí se me antojaba eterno, pero que seguro no sería más de unos segundos, la seguía con toda concentración, como siempre, porque en esos añitos, separarme por primera vez de mi mamá y verme en un colegio, entre un montón de gente desconocida, me parecía un suceso gordísimo.

-Sin embargo -añado, volviéndome hacia él, por si es capaz de adivinar en mis ojos la sinceridad- todavía no sé por qué seguía a la maestra con tanta atención, porque desde el mismo instante en que comenzaba a pasear la mirada por los chiquillos, por no sé cuál maravillosa sintonía, yo ya sabía quién iba a ser el elegido. Y jamás fallaba. Tantas veces aquella señora buscaba un alumno para sus preguntas, tantas veces yo ya tenía en mi mente cuál iba a ser. Y así un día tras otro, un montón de veces.

Mi inseparable amigo nada dice.

-No sé qué andarás pensando, pero siempre se ponía en pie para contestar el mismo chiquillo que yo había pensado. No había ningún orden, ninguna clave que hiciera suponer cuál iba a ser, ni siquiera el nombre, porque yo era nuevo y no sabía cómo se llamaban; simplemente los identificaba por el pupitre en el que estaban. Sencillamente, es que lo adivinaba. Como suena. Y no estaba soñando, estaba en el colegio y rodeado de gente, a plena luz del día. Tampoco fue una vez, sino cosa que ocurría a diario.

Seguimos andando y sigue sin decirme nada. No hay más luz que la de las farolas. Sólo se oye el ruido de nuestras pisadas, escapando de entre las hojas del suelo. Pero él no está para poesías, está dándole vueltas a la cabeza en silencio.

-¿Es que no vas a decirme nada?

- Eso es transmisión del pensamiento, y está admitido que puede ser real.

-¡Claro que es real! ¿Por qué hay quién pone en duda estas cosas?

-¡Por qué va a ser! Porque la mayoría nunca lo ha experimentado. Lo que quiero saber es cómo interpretabas tú mismo lo que te pasaba, siendo tan niño. Quiero saber si llegaste a pensar que eras lo que eres, un tipo un poco......

-...... Un poco peculiar, no te cortes -le he dicho, ayudándole a terminar la frase- No pensaba nada especial. A esa edad no se hacen análisis. Aceptaba el hecho y pensaba, desde luego, que era ella la que decidía y yo sólo el que lo captaba, no al contrario.

-Me tranquiliza saber que soy tu conciencia y no tienes ningún poder sobre mí -me ha dicho, con una sonrisa y una mueca divertida, al tiempo que abandonábamos el inmenso portón del parque, donde habíamos ido a soñar, huyendo del tedio de las cuatro paredes.

-No me lo has preguntado, pero para tu tranquilidad te digo que aquel prodigio no se ha repetido nunca más, como casi todos los demás prodigios del pasado.

El primer rescoldo de luz del nuevo día comienza a anunciarse más arriba de las copas de los árboles. La penumbra llora sobre los hierros, reflejando los haces luminosos de las farolas. Nos hemos mirado sin decirnos adiós. No hace falta. Realmente mi amigo jamás se separa de mi. Está dentro.

 

Crónicas desde Alcolea de Calatrava

 

Aquel pueblo del niño Casimiro se llamaba Alcolea de Calatrava. Era el pueblo donde llegó mi tío Severino, de joven, con su título de médico, se casó y se quedó ya para siempre. Pero yo no fui a su casa, fui a la del “tío” Julián (como dicen en los pueblos, aunque no sea tu tío para nada), el cual me llevó un verano a su casa. Lo tengo clavado en la memoria con tristeza. Era yo todavía demasiado niño, demasiado desvalido para que me dejaran en manos de una gente tan ruda y tan hostil. No sé qué años tendría, pero recuerdo que ni siquiera me había atado nunca los cordones de los zapatos solo. Tuve que aprender eso de echar la lazada por mi cuenta, si no quería perderlos por el camino.

El tío Julián era viudo y tenía cuatro hijas, además de Casimiro. Nos sentábamos a comer alrededor de media mesa muy bajita, donde colocaban un perol de cocido que acababan de retirar de la lumbre de paja. Te daban una cuchara y un trozo de pan tan inmenso que tenías que agarrarlo con las dos manos, ¡y a comer!, todos arreando del mismo perol. Me pilló de sorpresa. Además no me gustaba por entonces el cocido, y aquel cacerolón familiar estaba hecho con una fanega de garbanzos como balas, millones y millones de garbanzos unos sobre otros, donde se hundía la cuchara sin tocar jamás fondo, en un piélago de caldo insípido y que en nada se parecía al sustancioso cocido que, de tarde en tarde, nos ponía mi madre a los “malnutridos” de la capital. Y lo peor era que aquella ceremonia de legumbres duraba casi una hora.

Un par de veces me dijeron “come”, y con eso ya cumplieron. Debieron pensar que mejor sería no hacerle caso al niño flaco y finolis que les había caído encima, y desde aquel mismo instante decidieron ignorarme para siempre. Todos los días había cocido, todo el año había cocido, toda la vida había cocido, perennemente había cocido y había pan, inmensos trozos de pan en el que yo juraría que se había sentado el panadero para comprimirlo bien, así es que me pasé las vacaciones sin comer.

Regresé a Madrid extenuado, en el "varillaje", palabreja para mí nueva que le oí exclamar indignada a mi madre al verme, y que jamás ya olvidaría. Afortunadamente, nunca más aceptaron las invitaciones de aquel “tío Julián”, que en gloria esté, donde habrá comprobado que no sólo de garbanzos viudos vive el hombre. La verdad es que todo en aquella casa era igual de viudo: el tío Julián, el verano abrasador, el cocido, las palabras, el afecto.....

He comenzado esta crónica mencionando al “niño Casimiro” porque ese niño se las arregló para que conserve la experiencia de Alcolea como de las más funestas de mi vida. El niño Casimiro reventaba de envidia, y yo me preguntaba qué le habría hecho a aquel guardia civil en ciernes para que tuviera conmigo una conducta tan poco digna de la Benemérita. Se pasó toda mi estancia repitiendo que de mayor sería el cabo de la Guardia Civil en su pueblo, y yo pensaba que cómo podría apuntar con el mosquetón a los maquis, si tenía los ojos absolutamente cruzados. ¡Hay que fastidiarse, con el guardia! Me declaró la guerra a muerte desde el día en que llegué, así es que allí teníais a mi pobre Goyito, zozobrando entre el odio de Casimiro, la indiferencia de los demás y los peroles de garbanzos viudos. Suficiente hartazgo para no recordarlo por los siglos de los siglos.

Un día me arrastró con engaños al corral de un primo suyo, que estaba tapia con tapia del nuestro, y allí, a solas y a traición, cada uno con un varal en la mano, intentaron propinarme una paliza entre los dos. Pero aquel Goyito era (y sigo siendo) un manojo de nervios y, a fuerza de coraje, porque de los peroles de garbanzos poco podía esperar, arrebaté el varal a uno de ellos y los mantuve a raya, hasta que mi santa rabia trascendió por encima de las tapias.

Fue la primera vez que me enfrenté a la gente cobarde, y desde entonces la aborrezco profundamente. Pero fue también la primera vez que descubrí que Juliana, la hermana mayor de Casimiro, que por entonces ya era una mujer, aunque realmente yo pensaba que era un mueble con faldas, resultó que le quedaba hueco para algunos sentimientos, a pesar del cocido y la hogaza diarios. Oyó la refriega y apareció de improviso, les quitó las varas y hasta corrió tras ellos, indignada.

Alcolea era un pedacito de pueblo todo empedrado, con una iglesia destartalada en el centro de la plaza y un sol de justicia en el cielo. Volví luego de unos años, cuando ya sabía hacerme la lazada de los zapatos solo. Entramos de noche y tirando petardos, en una comitiva que integraban algunos coches y una camioneta cargada de fuegos artificiales, todo responsabilidad del Valenciano, un amigo de mi padre que, además de millonario y valenciano, era un perfecto animal. Tanto escándalo, una hora tan intempestiva en aquellas largas noches del invierno, un pueblo tan moruno y olvidado del mundo..... que pasó lo que tenía que pasar: cuando llegamos a la plaza, al pie de la iglesia, el cabo de la Guardia Civil (el de verdad, no Casimiro) estaba desenfundando la pistola.

-¡Eh, oiga, oiga! Que somos nosotros.

Pero el cabo no se lo creía, seguía con el arma en la mano. Tuvimos que salir de los coches a toda prisa.

-Somos la familia de don Severino, el médico. ¿Es que no nos conoce?

Pues no, no nos conocía. Se vino con nosotros hasta el portal de mi tío para asegurarse y se quedó tan feliz el hombre, como los sherifs que cumplen con su deber en las películas del oeste americano. Sin duda, el valiente del cabo no barruntaba el trabajo que íbamos a darle en los siguientes días, porque las fantasías de las películas, a veces, son una broma en comparación con la realidad.... o al menos con la realidad del Valenciano.

-¿Pero aquí qué hay?

-¡Leche! Hay de todo -protestó el Alcalde, que era también el Presidente de la Comisión de Festejos de la Patrona del pueblo- Hay farolillos..... los puestos de las garrapiñadas..... y todo el gentío, que se agolpa en la plaza y es una hermosura verlo.

-Eso no es nada, ¡coyóns! Yo traigo ahí una “despertá” que es para levantar Alcolea por los aires.

-¿Una qué? -preguntó el Alcalde, confuso.

-Una “despertá” -repitió el Valenciano- Las casas de adobe, que las apuntalen.

El Alcalde se agazapaba en la duda y no se atrevía a abrir la boca por no parecer un cazurro. Miraba y remiraba al Valenciano, lleno de desconfianza.

-De estas fiestas se van a enterar hasta en Ciudad Real -remachó el Valenciano- Y por cierto ¿Cómo andamos de músicos?

Más confusión. ¿Músicos en Alcolea? Aquello le desbordaba al pobre Alcalde.

-¡Hombre, músicos, músicos, de esos del papelillo puesto delante....! Pero alguno hay. El hijo de la Sebastiana toca muy requetebién.

-¿El qué?

-De todo, de todo: España Cañi......

-Que qué instrumentos, ¡coyóns!

-La guitarra, la armónica.... Y se ajunta con los mozos y hacen un grupo muy majo, ¡eh!

-Eso no es una banda. Si no hay platillos y bombo no es una banda.

-Es que eso sólo lo hay en Ciudad Real -aseguró el Alcalde- Eso le pilla demasiado lejos a las posibilidades del Municipio.

-Pues a Ciudad Real.

-No, no. La fiesta del pueblo siempre se ha celebrado en el pueblo. ¡No jodamos!

-A Ciudad Real a por la Banda, ¡coyóns! La mejor que haya.

El Alcalde no podía creérselo.

-¿Y la Banda va a querer tocar en Alcolea? -dijo luego, con tono de listillo.

-Tocarán donde se les pague, ¡coyóns!

-Ahí, ahí iba yo: ¿Quién los paga? Aquí no hay presupuesto nada más que para farolillos y garrapiñadas.

-Los paga éste -afirmó el Valenciano, golpeándose el pecho- Valencia y Alcolea hermanados. ¡Arriba España!

Y en un arrebato de patriotismo le pasó la bota al Alcalde, ahora que ya empezaba el buen hombre a entrar en calor, barruntando lo que iban a ser las fiestas aquel año en la historia del municipio.

-¿Y cómo andamos de forasteras? -le preguntó luego de sopetón, dándole un codazo y guiñándole el ojo bueno.

Se me ha olvidado aclarar que el Valenciano pesaba ciento veinte kilos, tenía un ojo absolutamente extraviado, mucho más que el de Casimiro, y se dormía vivo en cualquier parte.

-¡Bien, bien! -picardeó el Alcalde, que había acabado de calentarse del todo- Hay buenas mozas, buenas. Pero hay una torda, ya cuarentona.....

-¡Ésa, ésa! -interrumpió el Valenciano, que era hombre de dicho y hecho- Esta misma noche vamos la Comisión de Festejos a su casa y ésa para Madrina de las Fiestas. Pero hay que levantar un estrado en la plaza.

Silencio.

-.... Un estrado de madera para subirse -explicó el Valenciano-, como el púlpito del cura, pero a lo grande, que quepamos todos: el cabo, don Severino, la madrina, el cura......

Don Severino, que era mi tío, el médico del pueblo, y al cual este amigote de mi padre le caía fatal, dejó enseguida bien claro que él no pensaba subirse a ningún estrado. Pero al Valenciano nada se le ponía por delante.

-....Pues el veterinario, todas las autoridades de Alcolea. Pero allí hay que hablar, ¿eh? El Alcalde tiene que echar un discurso.

El Alcalde se metió los dedos por debajo de la gorrilla para rascarse, como intentando hacerse a la idea. Silencio contenido. Mi padre, que era el espectador que más gozaba con estas bufonadas, estaba siempre al quite. En cuanto se producía una situación difícil, como ésta, pasaba inmediatamente la bota y se superaba el trance. Todos a empinar el codo. Al fin, el Alcalde dejó de rascarse porque, gracias a la bota, acababa de venirle la idea.

-¡Hombre, yo eso de hablar!.... Pero puedo llevar al Jacinto.

Coyóns! Pues te lo llevas escrito y lo lees.

-Es que tampoco me se da. Pero puedo llevar al Jacinto -insistió el Alcalde.

-¿Y qué pinta el Jacinto ese?

-Es repentista.

En Valencia no se estilaba esa palabreja.

-Repentista -repitió el Alcalde- ¡Repentista, coño! Le pones cualquier cosa delante y te hace un verso, le dices cualquier cosa y te hace un verso; pero así, al vuelo, en el linte.

-¿Sobre la marcha?

-Sobre la marcha. Usted le dice, por un suponer, “cerdo”, y él le contesta con una ristra de versos sobre los cerdos.

-¿Pero cuánto tarda en hacerlos? -insistió el Valenciano, que no quería que le aguasen el programa.

El Alcalde se lo pensó detenidamente y sentenció:

-La mitad de nada escaso.

-Pues eso está hecho. El Jacinto también al estrado. Pero hay que hacer un programa, ¿eh?, y llevarlo mañana mismo a la imprenta, y repartirlo en Ciudad Real para que se descuelguen los turistas aquí.

Sin dejar de encender cohetes mañana y tarde y sin dejar de encender tracas todas las noches, se ultimó rápidamente el programa, se nombró la Madrina y se contrató la Banda de Música de Ciudad Real. Estaban programados tres días de fiestas que comenzarían al día siguiente, con la proclamación desde el balcón de la casa de mi tío, que era un balcón mucho más solemne que el de la Alcaldía, seguido de un ágape en el patio.

La casa de Don Severino, el médico, mi tío, tenía dos plantas y un montón de habitaciones en cada una que daban al patio principal, éste con sus columnas y sus macetas en corro, asomándose a la luz que entraba del cielo. Allí, contra el evidente malestar de mi tío, reunió el loco del Valenciano a toda la Banda de músicos, con sus instrumentos de latón dorado y sus uniformes, tan guapetones, más las autoridades, que a la postre resultaron una ristra interminable para un pueblo tan pequeño, más la familia y los allegados; total, un montonazo de gente apiñada en lo escaso del patio alrededor de las mesas, donde habían colocado otro montonazo de botellas de vino y bandejas con embutidos.

Primero se subieron las autoridades al piso de arriba, el del balcón. Desde éste se hizo el Pregón de Fiestas, trompetilla en ristre para que nada faltase, con su madrina ataviada de peineta y mantilla española, y se dijeron los consabidos discursos, aderezados con las espontáneas intervenciones de Jacinto, el repentista.

-A ver, Jacinto, un repente por las Fiestas.

A Jacinto no había que pedírselo dos veces. Después de un amago de carraspeo para aclarar la voz, se irguió todo él sobre los talones, echó la mano hacia delante, como matador que brinda la estocada, y se arrancó con gallarda voz, poniéndole broche al acto:

Si beber quieres y buenas hembras,

cógete el burro y la bandolera

y no pares hasta que veas

los arreboles de Alcolea.

(Aplausos)

Después de este genial colofón del poeta del pueblo, la gente se fue para dentro, al patio, a meterle mano al vino y a los entremeses, y enseguida el Valenciano dio orden a la flamante Banda de que acometiese las notas del Himno Nacional, porque para eso estábamos en el centro de La Mancha, en el centro de la España del Quijote.

Como en todas las bandas, el gordo era el del bombo, el flaco el de la flauta, el más sordo el de los platillos y el más bajito el de la trompeta, que se empinaba sobre los talones cada vez que soplaba por el tubo. El director, además de la batuta en la mano derecha, tenía dos fondos de vidrio de vaso colgados de una montura delante de los ojillos, y pasaba airosamente, con la izquierda, las hojas de la partitura con la mayor soltura, como quien no hace nada. Todo estaba perfecto. El patio, adormecido desde tiempo inmemorial en la vida monótona del pueblo, parecía de pronto asombrado con aquel borbotón de vida que se escapaba, columnas arriba, en busca del cielo manso de la Castilla manchega.

-Goyito, sube a mi cuarto y trae un talego que hay debajo de mi cama con cohetes -me apremió, musitando las palabras secretamente en mi oído- ¡Anda! ¡Corre!

Subí y bajé en un vuelo. El Valenciano estaba esperándome con sus ciento veinte kilos agazapados detrás de una de las muchas puertas que daban al patio, donde la Banda tocaba henchida de amor patriótico y la gente brindaba por Alcolea, Ciudad Real, La Mancha, Valencia y España, todo seguido. El Valenciano me esperaba con el ojo extraviado más extraviado que nunca y una sonrisilla sardónica.

Abrió el talego. No sé si sería porque yo era todavía muy jovencito, pero me parecieron unos cohetes inmensos, como auténticos torpedos de ésos que usa la marina, largos y negros, horrendos. Me recorrió un repelús por la espalda. Aunque tan valenciano y tan enterado él en estas cosas, me acometieron dudas sobre si aquel hombre estaba seguro de lo que pensaba hacer.

Pero fue todo un abrir y cerrar de ojos. El Valenciano aplicó el puro que siempre llevaba entre los labios a la mecha del primer cohete, desde la puerta entreabierta, y el cohete partió en perfecta horizontal, como los torpedos de verdad, en busca de la línea de flotación del mogollón de gente que abarrotaba el patio. Y cuanto más despavoridos corrían los invitados, con más ahínco los perseguía aquel objeto maquiavélico. Y detrás del primero, otro, y luego un tercero, y así todo seguido, sin tregua, hasta que vació el talego.

Pude ver como aquellos inventos diabólicos seguían la estela de quien más corriese con precisión científica, lanzando un chorro de humo. Eran artilugios realmente demoníacos, que corrían zigzagueando en busca de todo lo que se moviese, como en la guerra de verdad, a escala de un pequeño patio en el centro de La Mancha. Pero, al poco, ya nada pude distinguir, el humo lo invadió todo, apremiando la confusión y la búsqueda desesperada, a tientas, de las puertas. Todo era oscuro y ensordecedor: los estallidos, los gritos, las toses desesperadas, los besamanos contra las columnas, los portazos.....

Al fin, resurgió el patio de entre las cenizas de su propia destrucción. Yo contemplaba atónito el campo de batalla, y por detrás de mí, el Valenciano, dándole a su puro como siempre, como si nada hubiera hecho. Los últimos jirones de humo se elevaban desde los restos calcinados de los cohetes; la mesa, patas arriba; los vidrios por el suelo; el vino desparramado; la flauta del flaco, el bombo del gordo y los platillos del seco por aquí y por allá, abollados, mudos, pisoteados, como restos de armaduras abatidas en la refriega..... Pero ni un alma. Eso fue quizás lo más sorprendente, la sensación de ausencia y silencio absolutos después de aquella galopada de Atila.

Nos costó bastante encontrar a la gente. Abrimos docenas de puertas. Estaban todos en la calle, algunos vociferando y la mayoría presos de furiosa tos. Tenían las ropas tiznadas, los flamantes uniformes chamuscados y las caras congestionadas. Se veía tan negro el panorama que el Valenciano, cambiando en un santiamén de truhán a millonario, se apresuró a proclamar a viva voz que pagaría saxofones, uniformes y toda clase de indemnizaciones imaginables. Y así lo hizo. Pero las fiestas se habían venido abajo y tuvimos que abandonar el pueblo deprisa y corriendo, protegidos de las iras de unos y otros por mi propio tío, el anfitrión. El Valenciano encendió su puro de turno y dijo perplejo:

Coyóns! No es para tanto.

Todo lo que tocaba el Valenciano acababa igual, digamos que por un exceso de entusiasmo. Un domingo se lo llevó mi padre al coto de caza que tenía arrendado, con un puñado de amigos, en Boadilla del Monte. Mi padre es que era así, se lo pasaba genial con las barbaridades de este animal de amigo. En mitad de la batida, el Valenciano se volvió para el caserío y metió una traca debajo del tablero de la mesa del comedor, una mesa grande, para diez, en un comedor pequeño, donde no había más sitio que el justo para la mesa y las sillas, tanto es así que los guardas servían la comida desde la puerta, pasándose los platos los comensales de unos a otros.

Cuando andaban por el café, con todos los perros debajo de la mesa, bajó el puro, que era su arma de guerra, y prendió la traca. El guarda, asustado, pensando que en el comedor habría estallado alguna canana de cartuchos, salió despavorido, y a cierta distancia, cuando su prudencia se lo permitió, se detuvo a contemplar el espectáculo de perros y cazadores desalojando a porfía el caserío por ventanas y puertas, en medio de una humareda digna del día del Juicio Final. Como habían regado la comida con buen vino y la cacería además se había dado muy bien, la mayoría lo tomó a chacota; pero los perros no, a los perros, sin excepción, les pareció muy mal. Alguno hubo que no apareció hasta varios días después, en otros caseríos, a kilómetros del lugar de autos.

 

El viaje a lo desconocido nunca ha cesado

 

Después de aquel primer colegio, el de la maestra de los pensamientos de cristal, donde yo leía sus decisiones antes de que ella abriese la boca, me llevaron a otro del que recuerdo las planas donde aprendí a escribir y leer correctamente, y el corro que el maestro nos hizo formar un día, de pie, ya al final de la mañana, para someternos a una especie de examen. Se situó en el centro del corro, planteó una cuestión en una pequeña pizarra que había puesto sobre un caballete y comenzó un riguroso turno, señalando con el índice, a ver cuál de los discípulos era capaz de resolverlo. De la cuestión no tengo ya ni idea, pero sí tengo clavada en la memoria la reacción, absolutamente imprevista e indeseable, que provocó en mí, como si desde lo más hondo de aquel niño que entonces era surgiese otro niño, hasta entonces desconocido.

Aquel maestro, que aún recuerdo con el pelo ya canoso, señaló con su índice al chiquillo que tenía yo a mi lado y fue recorriendo el círculo, en sentido contrario, sin que ninguno acertase con la respuesta. Recuerdo mi estupefacción por tanto fracaso, tanto error, ante una supuesta “cuestión” que para mí no lo era, que me parecía la mayor obviedad del mundo. Así es que me dije: Goyo, te va a tocar. Y me tocó.

Era ya el último del corro. Me señaló con su índice, salí al centro, cogí la tiza y escribí la solución correcta....... como pude. No sé si los demás fueron capaces de entender lo que acababa de garrapatear yo, con mano temblorosa y letra ininteligible. El maestro sí, el maestro lo entendió por completo, incluido el mar de fondo que había detrás de mi temblorosa mano. Me dirigió una mirada benévola, me puso una mano cariñosa sobre la cabeza y me dijo con ternura: ¿Pero por qué te has puesto tan nervioso?

Aquella pregunta del maestro no supe contestarla entonces ni he sabido contestarla nunca jamás a lo largo de mi vida, en tantas y tantas ocasiones idénticas que han ido surgiendo. ¿Por qué? No, nunca he sabido ese porqué tan sumamente ridículo, incomprensible, irracional; pero sí me hizo recordar entonces ese mismo porqué en las manos temblorosas de mi padre, tantas y tantas veces, ante los pizarrines que la vida iba colocándole delante, un día tras otro. A mi padre, aunque tan corpulento, de personalidad tan arrolladora y tan respetado, resulta que le temblaban las manos y le corría el sudor por la frente ante cualquier “pizarrín”, ante cualquier “cuestión”.

Tenía pocos añitos yo entonces, pero aprendí algo que luego me ha indignado ver contradicho en los libros de psicología de la universidad. No es cierto lo que dicen los libros. Al hombre no le forma, ante todo, el roce social y el aprendizaje a lo largo de los años, la llamada “circunstancia” de Ortega y Gasset. Todo lo que es recibido desde fuera es como un pesado ropaje que la sociedad cuelga sobre los hombros; pero el de dentro, el hombre desnudo que habita bajo los ropajes, ése nada tiene que ver con el de fuera, con el que aprende; el de dentro es un calco, una copia heredada de los genes que le hicieron y que se repite incansablemente por todas las generaciones. En mi casa y en toda la familia de mi padre (padres, tíos, hijos y sobrinos) casi todos padecemos ese “porqué” emocional tan invalidante. Lo profundo del alma no se forma, se hereda.

En aquel primer colegio de la maestra de los pensamientos de cristal había adquirido yo conciencia de mis poderes paranormales, y en este nuevo colegio acababa de adquirir conciencia de mi invalidez ante la sociedad. En el tercero parecía ir todo muy normalito. Era uno de Maristas que había entonces en la calle Claudio Coello, en el que nos daba clase, a Vicente y a mí, un marista de cara sonrosada y redondísima que nos enseñó a cantar: “Tengo dos cabritiñas, arriba en la montaña, le-le-lerelerelé. Una me da la leche, y otra me da la lana, le-le-lerelerelé. A estas alturas de mi vida me he quedado con las ganas de saber si el marista era realmente de la otra acera o solamente un tío muy delicado.

Lo que más recuerdo es que con él todos los días leíamos El Quijote y que, por primera vez en la vida, experimenté lo que es el afecto por un amigo, por Vicente, el único crío que había en Los Sagrados Corazones, porque los demás han quedado como manchas sin rostro en el recuerdo, gente menuda, como yo, que me disputaban el balón a puntapiés en el patio, en el recreo de la media mañana, pero gente sin nombre y sin alma, como suelen aparecer con el paso del tiempo quienes no han dejado huella. Solamente Vicente permanece en mi memoria.

Todo parecía ir muy normalito, hasta que en la capilla de ese colegio hice la Primera Comunión y se produjo una nueva experiencia, una experiencia...... ¿cómo diría yo? “singular", simplemente singular, porque ni tuvo ni dejó en mí la huella de las anteriores. Dejémoslo en algo anecdótico, pero un poco misterioso.

La preparación para recibir la Comunión fue de golpe y porrazo, no podía ser de otra manera, porque parece ser que todos habían olvidado que debería tomarla y habían ido dejando pasar los años. Estaba ya tan mayorcito que me incluyeron en el grupo de pronto, con urgencia, como queriendo redimir un olvido imperdonable. Tan precipitado todo que me llevaron al cura que iba a oficiar la misa a la mañana siguiente la misma tarde anterior. Me dijo que todos los chicos iban a recitar algo, que si quería parecer el torpe del grupo, porque estarían todas las familias. ¡Pero si faltaban solamente unas horas! A pesar de todo le dije que sí, que me atrevía. ¡Me hacía tanta ilusión!

Mi madre me había comprado un traje entallado, de chaquetilla corta, color azul oscuro, como un capitán de marina, y me había dejado como un cromo: guantes de un blanco purísimo, cruz al pecho, distintivo en el brazo, un kempis de cantos dorados en las manos, el cuello de la camisa almidonado.... Hay, en donde las cosas antiguas, un retrato a todo color (aún no había fotos en color, pero las coloreaban), con su marco dorado, en el que estoy hecho un pincel. Cuando me tropiezo con él, intento meterme de nuevo bajo esa piel aniñada y virgen y acabo, invariablemente, por sentir una piedad infinita por aquel niño inocente, al que le quedaba aún tantísimo por sufrir.

 

 

Aquella noche de la víspera lo pasé mal, muy mal. El despistado cura me había largado un poema a la Virgen así de largo. Me acosté deprimido y tuve pesadillas. Me horrorizaba defraudar a los míos, al cura, al colegio, a la Congregación Marista entera....... Tenía la impresión de que el mismísimo Pío XII en persona se sentiría defraudado. Habíamos hecho aquella misma tarde un breve ensayo, y yo, el mayor y el más alto de la rueda, no podía ser el único que desfilara, sin decir ni una sola palabra, por delante de la talla de la Virgen que habían colocado al efecto, así es que el cura me encareció que me lo aprendiese. Me lo leí por la calle, y durante la cena, y en la cama, hasta que el sueño me rindió con las cuartillas en la mano y el corazón angustiado. No había sido capaz de memorizar más allá de los primeros versos.

Al abrir los ojos a la mañana siguiente, con el primer movimiento protestaron las cuartillas bajo el peso de mis hombros, y los acontecimientos de la noche anterior se me vinieron de pronto, como una compuerta enorme que alguien abre despiadadamente y te anega sin remedio. ¡Dios mío! Recogí las cuartillas con mano nerviosa, las plegué sobre el pecho, clavé la mirada en la blancura de las paredes y me puse a recitar hasta donde sabía que sabía, que no era más de unos pocos versos.....

....... Pero resulta que el poema salió entero. Dudé, desconcertado. Abrí las cuartillas y vi escritos los mismos versos que yo acababa de recitar. Las doblé nuevamente y comencé otra vez. No era sólo que, de pronto y sin saber por qué, me supiera el poema entero; era además la enorme seguridad con que lo sabía, la firmeza con la que las palabras surgían de una memoria que había sido incapaz de apresarlas la noche anterior. Me llené de paz. Interpreté que era la Virgen quien ponía todo en mi boca. Y pocas horas después, en la capilla del colegio, salí muy resuelto y lo recité sin ningún titubeo...... justo lo contrario de lo que había ocurrido en el colegio anterior el día del corro, del pizarrín y de mi temblorosa mano.

 

La Eva de Velázquez

 

El Bachillerato lo comencé en el Calasancio, que estaba en la calle Velázquez arriba, en un palacete que hoy es una embajada, creo. De entonces me quedó un poso amargo y oscuro que fue enconándose a medida que las aulas eran cada vez más grandes y más atiborradas de muchachos. El rebaño me producía (y me produce) sarpullido y yo lo combatía acumulando barricadas, levantando trincheras....... y con las trincheras el aislamiento...... y con el aislamiento el rechazo...... y con el rechazo el fracaso estrepitoso en los estudios y, al final, la más absoluta de las indiferencias por lo que allí se trataba, que me parecía estúpido y tedioso.

Pero de la calle Velázquez, camino al colegio, conservo un recuerdo espléndido. Era entonces un ancho y tranquilo bulevar, con sus dos filas de árboles en la acera central, sus bancos de madera y su plácido sol de todas las mañanas. En Velázquez todavía subían y bajaban los tranvías, amarillos, sucios, renqueantes, con el trole pegado al cable y las ruedas de hierro chirriando en las cuestas abajo. A mí me encantaba situarme junto al tranviario y ver como la arena se deslizaba del depósito a las ruedas, cada vez que la cuesta era importante y que aquel animal cansado no era capaz de frenar a tiempo. Y me entusiasmaba el gorjeo súbito y breve de la campanilla en las paradas.

Unos años después los sustituyeron por los Fiat 1001, que eran como una versión galáctica de aquellos otros tan entrañables, ya jubilados. Cuando los automóviles todavía eran cuadrados, los tranvías de Velázquez y de Goya ya tenían la estructura aerodinámica, las puertas accionadas desde la cabina y una intrepidez de torbellino eléctrico en las arrancadas. Pero a pesar de tan brusco salto a lo sideral, tanto los alocados Fíat 1001 como sus ancianos predecesores tenían el mismo encanto poético.

Madrid se derrumbó para siempre cuando desaparecieron los bulevares y los tranvías. ¡Y qué le vas a hacer! Es el resultado de los tiempos modernos, tan “progresistas”, amamantados a los pechos de las dos castas parásitas de la sociedad: los políticos y los periodistas, y de esas otras castas borreguiles de las modas sociales: los Picassos, los Nerudas, los Beatles ( y si los “beatles” está mal escrito me da igual, no me interesa) .

Del colegio no quiero acordarme. Es un capítulo del que se ha liberado la mente, como un producto de desecho que conviene soterrar cuanto antes. Pero de Velázquez, de la maravillosa experiencia de los cuatro paseos diarios, bulevar arriba, bulevar abajo, aspirando a capricho entre no sé cuántos metros cúbicos de aire, perdiendo la vista en la lejanía, en la lejanía siempre, donde están las grandes cosas de la vida..... de eso es imposible que me olvide. Quizá desde entonces me ha quedado este afán placentero de caminar por las calles, sin prisa, con cualquier disculpa, caminar los espacios abiertos sin final, justamente aquellos que le infundían terror a mi padre, que era víctima de una agorafobia invalidante.

En la esquina siguiente a la de nuestra casa, pero no en nuestro Jorge Juan, sino en la transversal Núñez de Balboa, había una gasolinera. Mi padre salía todas las mañanas de casa a trompicones, apoyándose a veces en las paredes, como si huyese de algo, y se metía de cabeza en el primer taxi que parase a repostar en la gasolinera, siempre con el mismo rumbo: La Dirección General del Tesoro y Clases Pasivas. Y si un día se sentía fuerte y se aventuraba por las calles en nuestra compañía, recorría las manzanas atropelladamente, como si en cada próxima esquina hubiera una meta, se apoyaba al llegar sobre la fachada, volvía la mirada atrás y nos silbaba de forma apremiante: Estoy aquí, venid pronto, no me dejéis solo. Él solamente silbaba, pero yo descifraba todo esto en sus silbidos.

 

-Por lo que me has dicho tenía fobia social ¿Y también agorafobia?

-Los nombres son lo de menos. Hay quien ha nacido para pasar corriendo, huyendo de la vida, sintiéndose perdido, y uno de ésos era mi padre, como ahora lo soy yo. Ya te dije que los genes no fallan.

-Pero estabas en lo del bulevar de Velázquez -me ha recordado.

-Te decía que desde aquella madrileñísima Velázquez, con sus viejos tranvías, me ha quedado un gozoso placer en lo de caminar por las calles. Unos años después, mi amigo Munden, que era inglés, que era alto y rubio y que era, ante todo, un borrachín sin remedio, decía que ni siquiera el alcohol le resultaba tan placentero como el caminar bajo una fina lluvia, en un día encapotado y sereno, al estilo de su London. Y esto nos lo decía en Coruña cuando íbamos a examinarnos de Marina Mercante, a la par que llovía fino y sereno, como a él le gustaba, y mientras nos lo llevábamos a dormir la mona a la habitación del hotel. Los demás estudiantes recalábamos en humildes pensiones, pero él manejaba los fajos de billetes más que nosotros los fajos de cuartillas, y paraba en un hotel, cosa que en aquellos años tan pobres y en un chico tan joven resultaba un sibaritismo ofensivo.

-¿Seguimos en el bulevar de Velázquez o nos vamos a la lluvia fina de La Coruña? -me pregunta mi amigo, con una sonrisilla socarrona.

-Seguimos. Te he contado que mi primer amor inmaculado fue Paulita, la Eva hija de los guardas del Carrizal. Pues de esa pasión por una cría de seis añitos, adorable, con su horquillita en el pelo y su vestidito mugriento, salté al amor por una joven de dieciséis cuando yo acababa de cumplir los diez, medio metro más alta que yo, de melena rubia como un chorro de luz y con uniforme de colegio monjil. Siempre que subía o bajaba el bulevar de Velázquez tenía la inmensa fortuna de coincidir con aquella estudiante, que supongo andaría en el final de su bachiller. Entonces avivaba o aflojaba el paso hasta coincidir con ella, o me sentaba en un banco para verla venir; cualquier cosa con tal de ver por un momento su rostro aniñado, idéntico al de las vírgenes de Murillo, y el delicado balanceo de la capa de su uniforme al andar.

-Hables de lo que hables, al final siempre aparece una de ellas.

Me he encogido de hombros, con un gesto de impotencia.

-Piense lo que piense, mire donde mire, delante de mí siempre aparece Eva.

A pesar de lo solemne de la sentencia, él nada ha comentado. Le resulta una obviedad. Jamás ha tenido otro amigo que no haya sido su otro yo (o sea, yo) y me conoce demasiado bien, claro.

-Además, aquella nueva Eva tenía el regustillo picante de sacarme unos cuantos años. Creo que todos los amores inconfesables de los niños no son con niñas, son con mujeres.

-Le fuiste infiel por primera vez a tu inolvidable Paulita -me ha reprochado.

-Lo confieso. Pero es que esta nueva Eva del bulevar de Velázquez estaba en otra dimensión antes desconocida.

-Eso dicen todos los adúlteros.

-Quizás. Pero si me dejas seguir lo vas a entender enseguida. Un año después, al empezar el bachiller, los escolapios me pasaron al nuevo colegio que todavía hoy persiste, arriba de la calle Hermanos Miralles, y perdí de golpe el contacto con la irrealidad luminosa del bulevar de Velázquez. Hermanos Miralles, entonces, era todo lo contrario, una calle estrecha y maloliente en la que se amontonaban las banastas de verduras y frutas, colonizada por mujeres gordas y malencaradas que decían palabrotas como carreteros y que se metían conmigo todas las mañanas. "Vamos, zángano, dile a tu madre que te compre pantalones largos, que tienes en las patas más pelos que en los sobacos". ¿Lo comprendes ahora?

-No, no comprendo nada, no acabo de saber qué tiene que ver tu debilidad por el otro sexo con la debilidad de tu amigo Munden por la lluvia gallega. Vas de un recuerdo a otro y ya no sé si estoy en La Coruña, en Velázquez o en Hermanos Miralles.

Ha hecho un brevísimo alto y me ha dicho todo casi seguido, con una solemne y cómica seriedad:

- Y por cierto, no me has aclarado que pasó por fin con el problema de los pantalones largos. ¿Te los compraron o no?

No sé nada sobre la conciencia de los demás, pero desde luego la mía me gasta a veces estas bromas. Soy capaz de pasar de Hamlet a Rinconete y Cortadillo, y claro, protesta. La verdad es que sé algunas cosas, pero sobre mí mismo no sé nada de nada. Recordar es poner otra vez la vida patas arriba, y la vida es así de incoherente y sorpresiva. Así es que me callo.

 

El proceloso mar de “La Santa María

 

Desde mi casa a La Santa María hay un montón de manzanas y un tránsito difícil de asimilar. Comienzo por Jorge Juan, sigo por Velázquez, Sagasta, Serrano (el cogollito del barrio Salamanca) y acabo en las calles sombrías y tortuosas que dan a la plaza de Vázquez de Mella, a espaldas de la Gran Vía, donde se arraciman burdeles y tascas. Y para saltar de tal extremo a tal otro, tengo en medio Recoletos, con sus jardines, sus coches, su sol y sus aires de inmensa ciudad. Jorge Juan abajo, van y vienen los señoritos, la gente de corbata.

En las callejas de Barquillo, sin embargo, la gente está parada, como si acabaran de bajarse de un cuadro costumbrista del siglo anterior. Esta gente vecinal, de bata y zapatillas, no parece tener otra misión que juntarse en las tiendas, en las esquinas, en las puertas oscuras y húmedas de los caserones, y hablar incansablemente unos con otros, mientras el perro, igual de enfermizo y cansado que el barrio, levanta la pata y se orina en las banastas de la fruta. Es una pirueta que recorro todas las tardes y que nunca acabo de asimilar. Tengo la absurda sensación de que entre mi casa y la academia caben Manhattan, los bulevares parisinos, las Hurdes y todas las castas de la España profunda. Y además lo hago practicando mi deporte favorito, caminar. Es sin duda un camino rutinario, pero repleto de sorpresas.

La Santa María es un primer piso en una de esas casas destartaladas y misteriosas, por lo puro viejas. Tiene en los peldaños de la escalera, de madera roma y desgastada, los pasos de media docena de generaciones de esa gente maloliente y entrañable de bata y zapatillas, más los pasos de otras tantas generaciones de futuros marinos, y yo los subo siempre alerta y con la mano por delante, porque no se ve absolutamente nada. Ni un ventanuco, ni una claraboya, nada, nada.

Empujo la puerta pesada y chirriante, y hasta que no está enteramente abierta la hoja hacia dentro, hacia la luz interior, no se puede leer la placa que tiene colgada por fuera, blanca, oval y abombada, como una gran concha de huevo, donde se lee: La Santa María. Academia de Marina Mercante. Resulta tan arriesgado y misterioso esto de ascender un solo piso, que de vez en cuando tengo que preguntarme cómo fui capaz de resolver el problema la primera vez, cuando no sabía hacia dónde iba ni a tientas. A mí me parece que subir hasta La Santa María es más bien como descender al sollado, húmedo y lúgubre, de un barco que estuviese panza arriba.

Don Anselmo, el profe de inglés, es todo un repollo de hombre: bajito y regordete, comedido y silencioso, cursi y educado. Como es aún invierno, siempre aparece con bufanda de cuadros escoceses y la mano en la boca, so pretexto de sujetar el cigarrillo.

-Usted fuma demasiado, ¿no? -le dice un compañero, muy en serio, como si de verdad lo creyese.

-No, no; yo no fumo. Es muy perjudicial.

-Pues no se baja el pitillo de la boca.

-No, verá usted: es que el cambio de temperatura, al salir a la calle, es un peligro. Enciendo un cigarrillo, me lo llevo a la boca y procuro conservar el calorcito. Pero no me trago el humo, ¿sabe?

No ha acabado de hablar y ya está toda la clase encendiendo cigarros, de dos en dos.

-.... Pero el tabaco así, en serio, como lo hacen ustedes, es muy malo, muy malo. Produce cáncer, esclerosis, enfisema, asma, infarto .....

Y todos dándole al cigarro con saña, echando humo como cafeteras.

-....Y hasta en el estómago, fíjese, produce hiperacidez.

Incluso Pato, que jamás fuma, ha encendido un cigarrillo.

-....Y lo peor es que no es preciso que uno se ponga a fumar para todo ese desastre. Basta que lo haga alguien, dentro de una estancia cerrada como ésta, para envenenar a todos los demás.

-Si quiere, abrimos el balcón -dice Pato, haciendo intención de irse a ello.

-¡No, no, por Dios, no! -conteniendo con las manos a Pato- Prefiero el humo al frío, prefiero el humo, de verdad.

Al pobre don Anselmo me lo traen mártir con esto del tabaco. Tan delicado él y tan metódico, no puede con las bocanadas de tantos tíos, todos puestos a una. Y es que en cuanto entra en la clase, se ponen a echar humo, a mala leche, hasta que consiguen espabilarle quince minutos antes de la hora.

-Bueno, aprovechemos el poco tiempo. No me cansaré de insistir sobre el genitivo sajón. ¿Lo recuerdan?

Don Anselmo, en tan adversas circunstancias, practica el difícil arte de hablar sin respirar por la boca, de manera que, cada dos palabras, se interrumpe discretamente, cierra los labios y aspira con suma suavidad y parsimonia por la nariz.

-....... Siempre que el poseedor es una persona o ser animado- pausa para aspirar-, se le añade un apóstrofe, una ese -más pausa- y la cosa poseída. Por ejemplo....

-El tabaco -le apunta alguien desde el fondo de la clase.

Don Anselmo, entre sus muchas particularidades, también tiene la irresistible de rimar todo con todo, al estilo, salvando las distancias, del repentista de Alcolea.

-.... El tabaco de Paco -concluye don Anselmo, rimando y señalando al alumno más cercano- A ver, usted.

-Paco`s tábaco- contesta a todo pulmón el compañero interpelado.

Don Anselmo se echa la dos manos a la cabeza, incapaz de soportar la ignorancia de sus discípulos.

-¡Por Dios, por Dios! Usted no se llama Paco, se llama Frank.

-¿Yo? -pregunta el compañero, llevándose el dedo pulgar al pecho con incredulidad, haciéndose el ofendido.

-Claro, claro. Usted, en inglés, es Frank.

-¡Ah, bueno! ¡En inglés!

-Pongamos otro ejemplo. Hay que practicar.

-El pato de...

El que acaba de proponer esto es un compañero al que apodamos, precisamente, “Pato”. Don Anselmo busca y rebusca febrilmente en su magín un nombre propio con el que rimar pato; pero nada, no es capaz de encontrarlo.

-El pato de Pato -remata, con toda naturalidad, el propio Pato, echándole una mano.

-Eso, eso: el pato de Pato.

-Pato`s pato -traduce otro a viva voz.

-Menos cachondeo, ¿eh? -amenaza Pato- De mí me río solamente yo, nadie más.

-Silencio, silencio -ordena el profe, carraspeando y llevándose la mano a la garganta- Yo creo que por hoy ya está bien. Total, sólo faltan unos minutos.

Pero sin poder evitarlo, al tiempo que anuncia el fin de la clase agita las manos a su alrededor, intentando espantar la espesa nube de nicotina que le envuelve. Fumar fuerte y marcharse el “Inglis”, es todo una. El hombre se enrolla en su bufanda, tan regordete, como si fuera una auténtica croqueta, si no fuera por lo de los cuadros escoceses, y sale lo más urgentemente que es capaz de aquel ambiente envenenado.

No todos los profes de La Santa María son así de fáciles. El señor Tenreiro tiene la misma boca recogida y vertical de Felipe IV y el carácter y la autoridad de Felipe II. Sin duda es un austria venido a menos, quizás diseñado para capitanear la Armada Invencible, pero que ha ido a dar con los huesos en una pobre academia de marina mercante. Es digno, estirado y lento, y va repitiendo a diestro y siniestro todos los días: La cabeza no está sólo para llevar cuatro pelos mal peinados. Efectivamente, yo he contado los suyos y son cuatro, pero pegados y bien pegados al cráneo, a todo lo largo de una calva reluciente de fijador.

El señor Tenreiro, subdirector de La Santa María, siempre aparece con una carpetilla negra, de gomas, en la mano, la cual consulta cada dos por tres, como si viajase por la academia con el dosier pormenorizado del funcionamiento, las fichas secretas de los alumnos y el manual de dirección.

Con el señor Tenreiro no hay trucos ni bromas, entre otras razones porque padece del estómago y se pasa el día engullendo pastillas. A diferencia de Felipe IV, Tenreiro siempre aparece con las comisuras de la boca, de esa boca apretada y vertical, ligeramente manchadas de blanco, como un síntoma de la contención y hostilidad interior que le aflora hasta los labios, aunque realmente se trata de un poco de bicarbonato nada más.

Son ya las nueve cuando salgo de la academia cada noche. En los bajos del mismo caserón hay un tugurio que hace esquina y está rodeado de vidrieras, sucias y llorosas, que lo incomunican con el mundo. Aunque la verdad es que no hay nada que ver; no hay nada que ver en ninguna parte, ni fuera ni dentro. La calle es sucia y arrabalera, como esas de las letras de los tangos, asaltada por prostíbulos y tascas malolientes, deambulada por mujeronas que chistan a los transeúntes y les proponen su negocio.

Yo apenas acabo de cumplir los catorce. He colgado el bachiller y los colegios de frailes para meterme a marino mercante. Así ha sido toda mi vida, andando, andando sin llegar nunca a ninguna parte.

 

La España placentera del Dictador

 

El título que acabas de leer sé que no te ha dejado indiferente, dependiendo de a cuál de las dos Españas pertenezcas: o te atrae o lo deploras. Yo soy tan antiguo que puedo contarte cómo se vivía de verdad en aquel Madrid pobre, pero amable y placentero, de los años cuarenta. Otros, los de la izquierda cerril, sé que te dirían otra cosa, pero casi siempre de oídas, porque que la vivieran en sus carnes como yo quedan ya muy pocos.

Esta sociedad borreguil y bamboleante va de derecha a izquierda y de izquierda a derecha según sople la moda. A la caótica España de la República (izquierda) le sucedió la férrea España del Dictador (derecha), y más tarde, a esta última le ha sucedido ahora otra vez aquélla, la de las masas vociferantes y el despelote (llamada “democracia”), cuyo único credo es el odio y la mentira sobre aquella patria de la posguerra en la que apenas había para comer en los primeros años, pero rebosante de paz y respeto entre todos, eso otro de lo que se alimenta más que nada el hombre.

Si eres joven seguro que aún no conoces en qué reside la felicidad de un pueblo, pero si tienes canas es más probable que me comprendas: me refiero a eso de las “libertades”. La única libertad (¡la única!) entonces censurada era la política, lo cual “va de suyo” en una dictadura, pero fuera de la libertad política, en aquel país sobraban a espuertas todas las demás libertades, las que realmente interesan.

En ese Madrid de mi juventud se podía ver a las taquilleras del Metro acudiendo solas a su trabajo cuando todavía era noche cerrada en invierno. ¿Esa seguridad era simplemente el producto del imperio de la ley? Sin duda. ¿O quizás era también el adoctrinamiento moral del pueblo? También, por supuesto. Y las dos causas confluyen en el mismo milagro: seguridad, orden, felicidad. Esto es lo que se disfrutaba bajo la “satánica” mano del Dictador....... a cambio, por supuesto de que te olvidaras del veneno político. Todo lo demás que te han contado son mentiras.

“España es diferente”, dicen en Europa, con los ojos como platos, en cuanto pisan nuestro solar, tanto entonces como ahora. El milagro de este país tan sorprendente en lo social no es realmente ningún milagro, es la consecuencia lógica de un gran puzzle de razas, lenguas, historias, culturas....., dentro, a su vez, de otro gran puzzle geográfico, desde el húmedo y sombrío norte hasta el cálido y soleado sur, pasando por el estepario paisaje de su corazón, ése que iluminó a Cervantes.

El milagro no es que España sea así de original y diferente, el milagro es que, a pesar de tantas piezas, el puzzle supo encajarse y convertirse en nación antes que ninguna otra en Europa. Y si se me apura, además, este confuso “puzzle” fue capaz de cerrar la puerta de Europa al Islam, hace seis siglos, y al comunismo hace cuatro días, de lo cual todavía estamos esperando la gratitud del resto del Continente.

El gran problema del original y entrañable “puzzle hispano” es que, a la hora de constituirse como sociedad, por no sé qué conjuro maléfico, solamente ha sabido parir dos clases: la del hidalgo caballero desfacedor de entuertos sobre su flaco rocín y su mente repleta de ideales, y la del orondo Sancho, sobre su borrico con las alforjas repletas. No busques ningún híbrido en nuestra original España: o te topas con el caballero del honor y los ideales o con el rufián de la hogaza y la bota de vino..... pero con la lamentable circunstancia de que por cada Quijote hay veinte Sanchos.

Por supuesto que éste es un problema que se da en todas las latitudes del globo, pero no de forma tan grosera como aquí. Cervantes, más que el gran escritor en lengua española, fue el gran sociólogo de España. Don Quijote y Sancho Panza no son ningún invento novelesco, son el testimonio de las dos irreconciliables Españas, vistas entonces como dos clases sociales y vistas hoy como dos credos morales.

Esta realidad bipolar de nuestra vieja patria está en el origen de tantas sentencias populares. Antonio Machado advirtió que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, pero es que Machado era de izquierdas (a pesar de estar más cerca de Quijote que de Sancho en lo personal) y arrimaba el ascua a su sardina con esta tan neutral como falsa posición. Digo que lo neutral es falso porque, ante cualquier problema, la posición equidistante es la posición cómoda (y falsa) de quien no quiere mojarse. No existe en todo el orbe problema que esté justamente en el “centro de la balanza”. La verdad nunca es equidistante. Se supone que Caín también tendría algunos argumentos ciertos; pero, desde luego, él fue quien alzó la mano y asesinó, no Abel. Colocar a las dos Españas como equidistantes en el conflicto es la escapatoria de esa media España cainita que se sabe culpable.

Era yo entonces tan niño que del conflicto no recuerdo nada más que la angustia de los bombardeos sobre Madrid (que los hacía la aviación de la Derecha) y la imagen viril de los legionarios entrando en Lloret de Mar (que también eran de la Derecha). Una imagen me provocaba pánico y la otra espoleaba mis incipientes sentimientos del valor y de la patria, aunque las dos venían del mismo bando, el de los “nacionales”. Mi madre era de derechas, como buena hija del Director de la Academia Militar de Intendencia de Ávila, y llamaba a la izquierda “los bolcheviques”. Por el contrario, a mi padre no lo conocí hasta que salió de las cárceles de Franco, donde pasó un poco de tiempo por haber prestado sus servicios en la Intervención del Estado, a las órdenes del Gobierno Republicano.

¿Cabe más neutralidad en el ambiente vivido en Jorge Juan 34? Cuando se escuchaba la voz de Franco en la radio, mi madre aprobaba y mi padre apagaba la radio. Tampoco es que mi padre fuera de izquierdas por convicción personal, lo que le provocaba aversión al “Régimen” era el rencor por haberse visto en la cárcel sin haber hecho jamás nada malo...... a no ser que se tenga como maldad la de haber cumplido con sus deberes de funcionario público y haber seguido sosteniendo a su mujer y sus cuatro hijos. La “cuenta pendiente” de mi padre contra el Dictador no era la de las ideas, era la del oprobio de la cárcel sin motivos reales.

Quiero con esto decir que ni los unos ni los otros influyeron en la formación de mis ideales, ni jamás lo hubieran conseguido de intentarlo. Si de algo tengo que gloriarme es de la independencia y la rebeldía de mi carácter. Son éstas, la rebeldía y la independencia, las que me llevaron, cuando aún era un jovencito imberbe, a distinguir con toda claridad donde estaba el fiel de la balanza entre un bando y el otro. “ Por sus actos los conoceréis”, y los actos de las dos Españas eran estos que resumo en los dos párrafos siguientes:

·               Durante la guerra, la zona “roja” sembró Madrid de checas en las que se torturaba, violaba y asesinaba a familias enteras, incluidos niños y fieles sirvientes, todo ello a manos de los conocidos “milicianos” del Frente Popular, sin intervención de autoridad ni orden gubernativa ninguna. Milicianos eran también los que incendiaban conventos, después de violar a las monjas, y sacaban a los curas de las iglesias en procesión, con campanilla y monaguillo, hasta los paredones de fusilamiento. En la media España republicana no había ni ley ni orden ni seguridad, solamente reinaba el odio de las masas descontroladas, la hez de la sociedad.

·               La otra media España también era sucia, pero ni parecido a lo que acabo de escribir en el párrafo anterior. Durante la guerra, la zona “nacional” jamás armó a las masas ni parió macabros inventos como el de las checas. La mayoría de los asesinatos incontrolados se produjeron después del paso de las tropas franquistas. La historia tan aireada por la izquierda sobre los “enterramientos en las cunetas” es la triste historia de la venganza y el ajuste de cuentas de los nuevos liberados (derecha) contra los anteriores opresores (izquierda) dentro, casi siempre, de pueblos y pequeñas ciudades donde todos se conocían. Era, casi siempre, una historia de venganzas personales.

 

Visto lo anterior, parece, efectivamente, que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”........ pero no parece que sea exactamente la misma forma de helar la empleada por los unos y la empleada por los otros. Porque desmanes como los cometidos por las tropas “liberadoras” abarrotan las páginas de cualquier libro de historia universal; no son, en absoluto, un hecho singular de las tropas liberadoras de la derecha en nuestra guerra civil....... Sin embargo, la entrega de armas al populacho para que ejecutase libremente a curas, monjas y “señoritos” de la clase social alta, eso fue una satánica realidad hasta entonces desconocida, luego emulada por el nazismo con los judíos y hoy conocida en todo el orbe con el nombre de terrorismo. A los milicianos civiles del Frente Popular de la República se debe el invento del terror callejero, hoy secundado por organizaciones del radicalismo vasco y musulmán.

Y una vez dicho cómo se movió la balanza durante la Guerra Civil del 36 al 39, aún queda un tercer punto que quizás el lector esté echando de menos. Me refiero a lo que sucedió después:

·               La leyenda negra antiespañola fue urdida por la envidia británica contra una España que dominaba el mundo...... y la leyenda de los instintos satánicos de Franco fue urdida por el rencor y el odio de la izquierda derrotada. Por supuesto que, durante los años que siguieron al final de la contienda, fueron perseguidos, encarcelados, juzgados y ejecutados aquellos milicianos que acuñaron por primera vez en la historia el concepto, hoy tan de moda, del terrorismo urbano, pero con esa salvedad que diferencia lo que es puro asesinato de lo que es pura justicia: aquellos primeros terroristas europeos, los milicianos de la República, fueron juzgados por los tribunales militares de la Dictadura y sentenciados con todas las legalidades entonces en vigor.

 

La legitimidad de cuanto acabo de exponer no es gratuita. Aún guardo las páginas, entonces garrapateadas con tinta, en unos folios hoy amarillentos por el paso del tiempo, del proceso que Franco (ese “genocida”, según el odio de la izquierda) siguió contra mi padre, a instancias de algunos “compañeros” del propio Ministerio de Hacienda que le denunciaron por haber seguido prestando sus deberes profesionales de Interventor en el Gobierno de la República. Pues bien, escuchadas las partes, examinadas las pruebas y las declaraciones de los testigos, “aquel maquiavélico tribunal a las órdenes del Dictador”, llegó a la conclusión de que el funcionario Luis Corrales Ferrás era una bellísima persona que se había limitado a cumplir con sus deberes de funcionario público. ¿Habría sucedido lo mismo si la situación hubiera sido la inversa? Por supuesto que no. Aquella izquierda carrillista del Frente Popular no utilizaba tribunales ni absolvía a nadie, no conocía otra ley que la del “paredón”.

De aquella España de mi niñez, la España de la mano extendida en alto, al modo hitleriano, no han quedado ni atisbos...... Pero nadie rechaza, sin embargo, ese puño groseramente cerrado, heredado de la dictadura soviética por la izquierda. La moda es la moda. Entonces se cantaba con entusiasmo aquello de “....en España empieza a amanecer....”. Luego la gente fue reparando en la pereza de un sol al que se le habían pegado las sábanas y no acababa de levantar sobre el horizonte; y más tarde, cuando al fin lo remontó, fue una escalada espectacular, como nunca se había producido en la historia reciente de nuestra amada España. Desde la miseria hasta el bienestar hubo un trecho excesivamente largo y duro, pero se recorrió sin perder los valores. Hoy, con esta avanzada democracia...... ¿Qué ha sido de los valores? Yo te lo digo: la instauración por ley del asesinato de los inocentes, el aborto.

No se trata de hacer un panegírico de la figura del Dictador, en absoluto, se trata de poner el acento no solamente sobre lo malo, como ahora se hace, también sobre lo bueno de aquella mano férrea que nos rigió durante tantos años. Había orden, paz y justicia, que son los únicos valores inamovibles de cualquier convivencia social. El que era honesto nada tenía que temer..... siempre que no se aventurase por la senda prohibida de las ideas políticas. Porque un dictador es un dictador, y si encima el dictador era el general más joven de Europa, razón de más. Pero eso era pura fachada, como ha ocurrido con casi todos los que han intentado emular el prototipo histórico del poder, ésos que luego, en casa y en pijama, no son nada. Franco, desde luego, no era Alejandro Magno, Francisco Franco era bajito, regordete él, de voz aflautada y semblante amable, lo cual le acarreó el sobrenombre de “Paquito Culón” entre sus compañeros de carrera.

Querido lector de estas memorias, si eres demasiado joven y no tienes más visión de aquel pasado que la que te han contado en la actual democracia, te aseguro que el General era un General que tenía poco de General y menos del coco Camuñas, pero, eso sí, rodeado de una camarilla de aduladores que le hicieron creer que era no solamente General, sino el General Mesiánico enviado por el dedo mismo de Dios para salvar a España.

Evidentemente no era una figura mesiánica, pero se puso manos a la obra y resulta que la salvó. ¿Cómo? Pactó con quien tenía que pactar para ganar aquí dentro, pero acto seguido se puso de perfil cuando fue solicitado para participar allí fuera, en la guerra mundial. Franco era un hombre inmensamente irrelevante, pero también inmensamente pragmático. Una vez sorteado el barullo de las dos contiendas con éxito, la de dentro y la de fuera, tardó poco en granjearse la amistad de los vencedores, sus anteriores adversarios, las democracias de Occidente. Quizás aquello del gallego cauto que, puesto en una escalera, nunca se puede saber si sube o si baja, fuera ideado para describir a este insigne gallego de El Ferrol.

Franco no era el coco, ni siquiera aprendiz de coco, Franco era un pobre personaje gris y rematadamente iluso. ¿Piensas que esto es una auténtica exageración por mi parte? Basta con recordar la seguridad bíblica de su afirmación más conocida, cuando ya el pobre estaba para sopitas y buen vino. Rodeado de su séquito de aduladores, este patriarca de la posguerra dijo solemnemente para tranquilidad de las dos Españas: “Me marcho, pero dejo todo atado y bien atado”. Pues bien, acto seguido de tan sesuda proclamación, no habían tenido tiempo ni de decirle unas misas y ya estaban otra vez las dos Españas a la gresca: la Derecha escondida detrás de los escaños y de las leyes, y la Izquierda, como siempre, vociferando y tirando piedras desde la calle. Ni se ha arreglado la querella ni jamás se arreglará, porque jamás Quijote y Sancho llegarán a comer juntos.

 

Un paréntesis inolvidable

 

Junto al Arco de Cuchilleros y las Cuevas de Luis Candelas, de tal lugar tan castizo parte la línea que lleva hasta Talavera de la Reina. Pero la verdad es que no sabría decir cuál es más pintoresco, si el lugar o el autocar que nos aguarda: viejo, sucio, renqueante, con olor rancio a tortilla de patatas y el molde de mil traseros grabado en cada asiento. Te acomodes donde te acomodes, siempre te encuentras con una redecilla en el respaldo del anterior, donde colgar la tartera y la bota de vino.

De la ruta yo no me entero en absoluto. Es lo mismo que me lleven a Talavera que a Mongolia, con tal de salir de Madrid, de la rutina. Hay un sol clarísimo y helado que se cuela, empujado por el aire, a veces huracanado, por las infinitas rendijas de las puertas y de las ventanillas, que empaña los cristales y nos obliga a echar el aliento sobre las puntas de los dedos y restregarlas contra la ropa. Es un sol de invierno que, sólo verlo, da frío. De ahí lo de la tortilla y el vino. Las costumbres no son porque sí, son por el clima, por el paisaje y, a lo mejor, hasta por el influjo de la Luna o de las fuerzas magnéticas. ¡Quién sabe! El único resultado feliz de todas las teorías que puedan imaginarse para explicar tal comportamiento es que, de Madrid a Talavera y vuelta, hay que comer tortilla de la tartera y beber vino de la bota, porque sí.

-¿Qué pasa ahora, Fidel?

Fidel es el conductor. Esta gente se conoce, de tanto manosear la ruta. Pero que Fidel atranque el motor, abra la chirriante puertecilla y eche pie a tierra, es un episodio que, a pesar de repetirse inexorablemente en cada viaje, tiene su morbo y crea expectación.

-Algo se habrá roto.

-¡Vaya tiempecito para averías!

-Si a lo mejor es que se ha bajado para orinar.

-¡Que no, hombre, que no! Fidel le está dando con media patata a los cristales porque se empañan.

Acabo de aprender que en la caja de herramientas de las líneas pobres se lleva media patata cuando el invierno arrecia. A mí, que soy de ciudad y de pocos recursos prácticos, me maravilla la imaginación de esta gente y pienso que jamás sabría llevar un autocar desvencijado, nada menos que hasta Talavera, en vísperas de Navidad.

Fidel retorna de su urgente intervención, saca de la pelliza de cuero la navaja, le rebana una oblea a la patata para dejarla otra vez en buen uso, cierra la navaja, guarda la patata en la caja de herramientas y andando; y sin explicar ni media al personal, porque Fidel es un tío tan hermético como competente. Y el personal tan feliz. Aunque haya que restregarse los dedos y echar mano de la bota con frecuencia, al menos no han sido obligados a abandonar aquel nidito de maderas y hierros oxidados tan entrañable, donde, todos bien juntitos, se arrullan con su propio aliento y hacen saco de vecindad y consanguinidad. Todos hablan a la vez y se preguntan unos por otros, en un trasiego social que a mí, tan ajeno al círculo, me anonada.

-.... Vendió la huerta, se vino para Madrid y abrió en Vallecas una tienda de hules. Muy chiquitita, pero muy puesta. De todos los colores, con muñecos, y hasta con paisajes. Una preciosidad de hules.

Otros no se ponen de acuerdo fácilmente.

-¿Félix?

-No. El hermano, el casado.

-A ése le dieron una portería. Tú verás: un jornal y casa gratis ¡Tan ricamente!.

-¿Y el hermano?

-¿Félix?

-No, el otro, el que estaba en el paro.

-Lo metieron en el Ayuntamiento.

-¿De concejal?

-De barrendero. Una miseria. Dice que le engañan en el sueldo, claro; pero que en el trabajo desde luego que no.

Al fin llegamos a nuestro destino, en parte debido a la milagrosa media patata. Talavera de la Reina es una calle, la calle San Francisco, y al final la carretera, el parque, la plaza de toros y la Virgen del Prado. La plaza de toros tiene un trasunto de cosa sagrada porque en ella murió Joselito, con el estoque en la mano derecha y la muleta en la izquierda, entrando a matar.

La iglesia es destartalada y llena de tenebrosas sombras. Tiene los muros lejísimos mires a donde mires, separados por una oquedad negra y virginal. No sé qué tiene esa iglesia, pero nunca he conocido otra que tanto me haya seducido. El parque está lleno de bancos coquetones, barrocos, vestidos de la cerámica del lugar. Por el día lo pateamos todito mil veces en ambos sentidos, o nos vamos a jugar al billar, que es el deporte del municipio.

Por las noches nos metemos en el Casino, con todo Talavera en una piña, y yo la gozo en ese ambiente de humos, de música atronadora, tocada en vivo, y de frases perdidas e inconclusas que no es necesario que nadie conteste. Me encanta ese desorden, municipalmente programado y vecinalmente acometido con tanta inocencia. Todo el mundo habla con todo el mundo y nadie escucha a nadie, mientras la charanga acomete los valses, los pasodobles, los tangos y la conga; esta última, sin duda, el momento más divertido, excitante y atropellado. Eso de plantarle a la señora de delante las dos manazas en la cintura era un exceso en aquellos tiempos. Hoy, a fuerza de tenerlo todo al alcance de la mano, ya no existen los excesos, han perdido el encanto.

Pero en estos bailes nunca estaba Raquel. A Raquel no la conocí en estos bailes, me figuro que porque era una chiquilla demasiado sensata y con vocación inevitable de novia formal. A mí Raquel me miraba con el sosiego y la sencillez de un ángel, y le descubría irremediablemente el alma en los ojos, y tenía que dejar el grupo y marcharme solo, y me daba rabia y apretaba los puños porque no era capaz de sentir eso mismo por ella.

Un día le dije a Lorenzo, el novio de su amiga, las dos parejas que salíamos juntas, que no volvía más porque no estaba a su altura, porque no era sincero con ella. No tuve valor para decírselo personalmente. Y al pasar unos momentos después por la plaza, la vi detrás de las vidrieras, en el comercio de sus padres, de pie, apoyada la espalda en la pared, todavía con los zapatos de tacón puestos y las manos en los bolsillos del abrigo, desolada, mirando al suelo, desolada por la despedida que acababan de transmitirle de mi parte.

Ahora, ya viejos los dos, me han dicho que ha vuelto a preguntar por mí, que quería saber qué ha sido de mi vida. Pues qué iba a ser de mi vida, Raquel: nada, nada, lamentando haber pasado por la tuya sin enterarme. ¡Si supieras de cuánto infortunio te has librado con mi huida!

Los tíos vivían en un caserón destartalado, desparramado, de ésos llenos de puertas y cuartuchos sin objeto, todos interiores, llenos de sombras, comunicados todos con todos, un caserón laberíntico y aplastado, como los tentáculos de los pulpos. Perico me contó que una vez tuvieron una criada que era un pingo, y que él se levantó una noche para robarle el tarro de la miel, pero que no llegó jamás a su cuarto, porque se perdió en la oscuridad y en el laberinto, a pesar de ser su casa y conocerla desde que nació. Mi primo me lo contó impresionado y agradecido a la Virgen del Prado, porque él lo interpretaba como un milagro de la Virgen, que le ofuscó para que no cayese en el pecado.

Yo, con los debidos respetos y sin quitarle su mérito a la Virgen, pienso que el milagro más bien lo hizo, modestamente, el constructor que levantó la casa así, tan jeroglífica, quién sabe si pensando en la futura tentación de Perico. Había un lugar concreto, geográficamente situado en el centro del área de la cocina, el lavabo y la habitación de mis tíos, en el que todo eran esquinas y puertas que no daban a ningún sitio de provecho. Yo lo miraba y remiraba montones de veces sin encontrarle ninguna lógica. Me resultaba un enigma qué clase de tío caprichoso fue el que diseñó la casa tal cual.

El tío Pedro, sin embargo, nada tenía que ver con la casa de la que era propietario, a él lo diseñaron todo vertical y muy bien definido. Era un hombre largo y silencioso, con unas manazas inmensas, como las de todos los que tienen el natural concentrado y parsimonioso. Apenas se le oía meter la llave en el portón y subir los peldaños de la escalera y todos enmudecían. Tenía la pisada lenta, espaciada, inconfundible, como movida por una maquinaria pesada. Y hasta que él se sentaba a comer, nadie se sentaba, y hasta que él comenzaba a comer, nadie comía. La primera vez me pilló de sorpresa y me quedé maravillado, porque jamás había asistido a una comida familiar sin escuchar una sola palabra, como hacían ellos.

Enseguida aprendí que cuando este hombre estaba en casa, todos perdían la voz. Esperaban que cogiera las escaleras abajo para decretar asueto y abrir fuego. Y por el grado de soltura en la conversación también aprendí, sin preguntarlo, si el tío se había alejado solamente hasta su gueto particular, el despacho de la planta baja; o si se había ido más allá, hasta el Círculo de Labradores, al final de la calle San Francisco; o si verdaderamente se sentían en vacaciones porque se había marchado a ver sus tierras, al campo.

Sin embargo, algunas veces cometíamos lamentables errores de cálculo. Un día de los que pensábamos que estaba en el Alamillo, Perico se puso a fumar por la calle. Apenas habíamos llegado al cruce, camino del Prado, cuando oímos como se abría a nuestras espaldas la puerta del Círculo, y escuchamos la voz cavernícola del tío ordenando: ¡Perico! ¡A casa! A Perico se le atravesó el cigarrillo en la boca y dio media vuelta como en la mili, a botepronto, tan súbita media vuelta que nos dejó a todos con el paso cambiado, colgados en mitad de la calle.

La tía Caridad no, la tía Caridad estaba acostumbrada a estas batallas. Cuando llegamos a casa, sentó a Perico en el ángulo mismo del diván que hacía esquina, nos repartió a los demás a ambos lados y puso la mesa delante. No es que la tía hubiera leído ningún manual de cómo perder la guerra con honor, simplemente llevaba tantos años en ese frente que lo de atrincherarse era ya una rutina. Y luego resulta que no ocurrió nada. Cuando entró el tío nada dijo, pienso yo que precisamente por mí, porque era su invitado y también iba fumando con Perico por la calle San Francisco.

Como estábamos en Navidad, compraba una botella de anís del Mono. ¡Una tentación es una tentación, oye! El tío Pedro no sólo explotaba las tierras (y sabía hacerlo muy bien), es que, además, le habían enseñado que el mejor medio de que la caja engordase era tapando la salida. De despilfarros, nada. Pero las Navidades son las Navidades y bien merecían una canita al aire, ¡demonio! Sacaba un manojo de llaves, abría el aparador, se servía una copita, cerraba de nuevo, y allí no bebía nadie más, porque la bebida era un hábito muy perjudicial para los jóvenes. Se la bebía él solito, que para eso tenía ya sesenta, dando al anís vueltas y más vueltas en el paladar, a ver si así perduraba el aroma hasta las Navidades del año siguiente.

Mientras, se jugaba con mi hermano unas perras a las cartas. Perdía todas las noches, pero no importaba, porque nunca pagaba. Apuntaba el resultado meticulosamente en un papelito y lo guardaba junto al Mono (el anís), en el aparador, porque las deudas son las deudas (esto es lo que yo pensaba, quiero decir). Pero yo estaba equivocado. Al llegar la noche del treinta y uno y antes de que nosotros nos marchásemos a correr el tacón por Talavera, sacaba el papelito de la cuenta de las perras que le debía a mi hermano, proclamaba solemnemente eso de Año nuevo, vida nueva, lo rasgaba una y otra vez en pedacitos y pelillos a la mar.

Un día dijo que iríamos al Alamillo y fuimos primero a recoger el coche en el mecánico. El "coche" era un cajón negro con cuatro ruedas de radios, de aquellos que se veían en las películas de Charlot.

-¿Pero vamos a llegar con esto? -le pregunté a Perico.

Chist! ¡Calla, calla! -llevándose el dedo a los labios- ¡Cómo te oiga.....

Me arrugué en el asiento, me parapeté avergonzado, anonadado de ir en una cosa así por la calle, y envidié a los terneros, que tienen la suerte de viajar en furgonetas sin ventanillas, en la clandestinidad. Gracias a Dios, Talavera es pequeño y el Alamillo estaba solamente a un puñado de kilómetros.

-Lo malo son los pinchazos- me confesó Perico, en voz muy bajita y confidente.

Pero a pesar de lo confidencial del comentario, apenas dicho sonó el primer "pppsssss" inacabable, largo y mantenido, del aire escapándose despacio, muy despacito, como todo en aquel artilugio tan anciano.

-¡Vamos! ¡Todos abajo, a la rueda! -ordenó el tío.

La operación, mil veces ensayada en tantos viajes, se llevó a cabo a la perfección....... aunque al gato, que era de la misma quinta del auto, había que ayudarle con una palanca de hierro y con piedras, en una complicada sucesión de precisiones: aquí te empujo, aquí te trabo y aquí te doy a la manivela otra vez. Pero al fin, quedó todo resuelto.

-Todo el mundo al coche -ordenó.

Y todo el mundo al coche. Pero con las prisas, Perico se dejó los dedos imprudentemente entre el coche y la puerta y soltó un dolorosísimo "ppppsssss" igualito al del aire escapando de la rueda. El tío dio un manotazo brutal sobre el volante y soltó el primer gran taco desde que había nacido. Porque el tío se permitía vergonzosas licencias, como ésa de echarse un trago de anís en Navidad, pero lo de hablar mal nunca en todo el año.

-¡La jodimos! Ahora la otra. Pues no tenemos más ruedas.

A mi primo se le olvidaron los dedos en el instante, a pesar de que eran suyos.

-¿Y quién le dice que el pppssssss ha sido mío? -me confesó, aterrado- Échame una mano.

-¿Yo? ¿Y qué quieres que haga?

-¡Vamos! Todos abajo -ordenó el Sherif.

-Dile que has sido tú, dile que has sido tú -insistió Perico.

Yo ya estaba abajo. Perico no, Perico seguía empequeñecido, a punto de desaparecer en el asiento.

-¡Perico! ¿Qué haces ahí?

-Es que se ha pillado los dedos con la puerta -le expliqué.

-De eso no se ha muerto nunca nadie.

-No, si no se muere. No le ves porque está encogido. Pero.... ¿Para qué va a bajarse, si no hay ninguna rueda pinchada?

-Lo he oído yo, ¡coño!

-Que no, tío, que no, que el "pppsssss" ha sido de Perico, al pillarse los dedos.

Pero tampoco pasó nada, como el día anterior, cuando le pilló fumando en la calle San Francisco. Perico es un chico insignificante para su edad, y el tío es un varal. El uno lo mira desde abajo, siempre a punto de desaparecer de miedo, y el otro lo contempla desde arriba, a punto de engullirlo. Hay entre los dos una distancia infinita, pero la cubre por entero la tía, a pesar de que es una especie de bolita redonda.

La tía, tan pequeñita, con sus cejas en forma de dos uves invertidas y su carita enharinada, tan feliz siempre sin saber por qué, está encantada con esa simpleza de tener un hombre tan hombre, medio metro más arriba de los demás. Todos los días se va hasta el Prado, a ver a la Virgen y a darle gracias por un hombrón así. El tío será un ogro, una caja de rayos y truenos cuando se altera, pero no para ella. Con sus cejas en uve, su cara empolvada y su inmutable felicidad, observa siempre la tormenta desde detrás de los cristales.

-¡Abajo! ¡Abajo! ¡Deprisa!

La orden repentina, lógicamente, es del tío.

-¿Y ahora a qué se debe? -le pregunté a Perico, en cuanto me vi abajo.

-Pues a que esto, para el Abuelo, es peor que la Cuesta Moyano, nunca ha podido con ella.

Y apenas lo dijo, el Abuelo, como él lo llamaba, lanzó dos o tres ronquidos desesperados, dio dos o tres envites y desfalleció. Como Perico ya lo sabía desde siempre, trajo dos cantos gordos, los colocó de calzos detrás de las ruedas, se asomó discretamente a la ventanilla del tío y le oí decir, con la mayor naturalidad.

-Voy a por la yunta -y salió como un cohete.

Yo tengo leídos todos los relatos de los tomos Novelas y Cuentos que hay en la librería de casa, pero ninguno tan sorprendente como esta historia en vivo. El trayecto Talavera-Alamillo, a lomos del Abuelo, es una especie de show en versión hogareña. Si Granada tanto espoleó la imaginación de Irving es porque el anglosajón se equivocó de escenario y no asistió a la epopeya del traslado de los Martínez a su casa de campo, en la vieja Toledo, a bordo de un vetusto renault.

Parecía inaudito, pero no, era verdad. Mi primo Perico se había ido solo y ahora había regresado con un gañán y dos bueyes uncidos. Nadie le hablaba al tío Pedro, nadie se atrevía a mirarlo a la cara, ni siquiera el gañán, que se puso inmediatamente a enganchar la yunta delante del coche, sin saludar siquiera, con la cabeza baja y el gesto mohíno. Luego pinchó a los bueyes en las nalgas y el Abuelo, que quieras que no, avergonzado pero seguro, se fue cuesta arriba. El tío, sentado dentro y al volante. Perico y yo, a pie, con las manos en los bolsillos del abrigo, porque el aire es helador. A nuestro lado, el Abuelo, tan negro y tan cabizbajo. Y por delante los dos bueyes siguiendo los pasos del gañán, que, pica al hombro, dirigía la comitiva, camino del caserío.

En el Alamillo hacíamos vida salvaje. Estaba el caserío a orillas de un riachuelo tan lleno de juncos y mimbreras que a mí me traía a la memoria los versos de Lorca “Me la llevé al río pensando que era mozuela, pero tenía marido...". Se me antojaba que no podía existir mejor río para una tarea así que aquél, siempre con el cauce seco y muellemente enarenado. Pero la verdad es que no sé por qué digo tonterías como ésta, porque está claro que las chicas me entontecen y me las tomo muy en serio. Eso del alma femenina no sé de qué botica salió, pero me parece la única fórmula magistral realmente existente.

El caserío del Alamillo era largo, estrecho y enlazado sobre sí mismo, dejando un corral enorme y cuadrangular en el centro. Visto desde ese corral, en dos de los frentes estaban las cuadras y gallineros; en otro, los guardas; en otro más, las habitaciones y cocina de lumbre baja donde nosotros nos alojábamos. Perico y yo dormíamos juntos en una cama enorme y llena de tubos dorados, como órgano de catedral. Nos daban café, matanza, sopas de ajo y éramos rabiosamente felices porque éramos rabiosamente libres. El tío se había vuelto a su Talavera y a su copita del Mono.

-He mandado aviar el caballo -me ha dicho Perico.

-¡No me digas que también hay caballo!

-Claro, el de mi padre. ¿Es que quieres montar?

Yo no sabía montar. Solamente había estado cuatro veces encima de un caballo, pero suficientes para que eso de pasear tan arriba y tan inseguro me pareciese el colmo de la aventura. Éste era bayo, con un lucero en la frente, como casi todos los caballos, y no paraba de piafar y de patear, lenguaje de los caballos que yo, por supuesto, desconocía..... Y así me fue.

-Ahí lo tienes.

Tuvieron que ayudarme para subir a lo alto.

-A ver hasta dónde te vas a ir -me ha comentado Perico, con una sospechosa sonrisita

-Sólo pienso dar una .....

Pero no tuve tiempo de más. Quería decirle que sólo pensaba dar una vuelta por el camino, a orillas del riachuelo ese que inspiró a Lorca, llegar hasta el pueblo, que está al ladito, y volver...... Pero el caballo, al que sin duda le tenían sin cuidado mis intenciones, así que se vio con jinete encima enfiló el portón del corral y partió a toda pastilla, dejándome con la frase a medias en los labios y casi con los sesos a medias en el dintel del portón.

Cogió una trocha, luego giró ladera arriba, y al fin me llevó junto a un pastor que yo no tenía ni idea de quién era. Y allí se paró, todo como un autómata. Me vi de pronto de visita, sin saber con quién ni por dónde empezar. "¿Y de qué hablo yo con éste, que parece que he venido a verle?”. Me quedé como una estatua.... una estatua ecuestre. El hombre me miraba y me miraba igual de sorprendido, sin duda pensando lo mismo: “¿Y quién será este señorito de la leche?”

-Soy sobrino de Don.....

Pero aquel caballo loco estaba claro que la había tomado conmigo. El programa lo ponía él y yo debería limitarme a permanecer encima y calladito. De repente y sin dejarme terminar la frase, volvió grupas y enfiló la misma trocha por la que acababa de llevarme, pero ahora tocaba al revés, cuesta abajo. Yo no sabía montar, pero pesaba muy poco, tenía nervios de alambre y me agarraba donde fuera: a las crines, a la montura, donde fuera. Harto de cuadra y pesebre, con la misma galopada loca que acababa de subirme de visita al pastor, me bajó otra vez hasta el caserío.

A las puertas estaban esperando, intranquilos y metidos en una agria discusión.

-Se ha podido dejar los sesos en el travesaño del portón al salir -le decía el guarda a Perico, muy alterado.

Perico nada decía, Perico tenía una sonrisilla estúpida.

-Te había advertido que el caballo no está para bromas, que está “sobrao”, que lleva encerrado quince días. Hemos podido tener una desgracia, ¿lo sabes?, una desgracia. Y no se lo voy a contar a tu padre, pero debería.

A mi primo Perico le corroe la envidia. Es listillo y socarrón y, a veces, malintencionado. Cuando llegó la noche y me metí en la cama, traté de comprender por qué hace estas cosas. A lo mejor solamente se trataba de que tenía un par de años más que yo y andaba atrasadillo de estatura entonces. A lo mejor se trataba de que le tortura el complejo de pariente pueblerino. Perico era un calco de Casimiro, el de Alcolea de Calatrava,. No es que los dos se pareciesen entre sí en nada, se trataba de que yo, sin quererlo, parece que había sido capaz de despertar en los dos la misma envidia ponzoñosa, como son todas las envidias.

En muy pocos días volví a Madrid en el mismo autocar de línea, con las mismas redecillas en los respaldos de los asientos y la misma patata en la caja de herramientas del conductor, por si las nieblas. Sin embargo, en esta ocasión no me enteré de nada, me hice el viaje sin salir realmente de Talavera del todo, paseando aún por la calle San Francisco, dándole al taco en la mesa verde del billar del casino o tomando vinos por ahí. Y por supuesto, también me acompañó la imagen de Raquel, aquella chica que entonces pasó por mi vida desapercibida, pero que, luego de pasada, se ha quedado en la memoria para siempre.

 

Miluca

 

Todos los años salíamos en los expresos de la noche. Hasta que un día me puse a escribir "El Expreso de las 4,30" y un jefe de estación me ilustró, nunca supe que la diferencia entre rápidos y expresos se debía únicamente a que circulasen de día o de noche. Los estudiantes de Marina Mercante éramos adictos al expreso, y todos los junios y todos los septiembres de todos los años nos presentábamos en la estación de Atocha, o en la del Norte, y cogíamos uno de éstos, rumbo a Cádiz, a Barcelona o La Coruña, que era donde estaban las escuelas oficiales de la carrera

Hace unos capítulos conté todo lo referente a mis estudios en la "La Santa María", en Madrid. Pero cuando llegaban los exámenes, había que coger el expreso y plantarse en una escuela oficial.

Aquel año salimos del Norte unos cuantos. El primer tercio de la noche se iba en chistes. Luego los bocadillos y a fumar. De los exámenes nada o casi nada se hablaba. La mayor parte eran estudiantes pésimos, el desecho de otras carreras, que se arrimaban a la Marina Mercante por ver si en tres cursos eran capaces de hacer algo de provecho. Yo, con mis dieciséis, pero con la barba bien poblada, conseguía pasar como uno más entre aquel montón de veteranos, salvo para Lucio, un asturianín pequeño, delgado y fanfarrón que hablaba por siete. Lucio reconocía detrás de mi barba el niño que había y demostraba una irremediable inclinación a protegerme.

De junio del cincuenta, en el expreso a Coruña, además del humo asfixiante de los cigarrillos en la estrechez de los compartimentos, recuerdo a Arribas, desgalichado, feo y picado de viruelas, apoyado en el marco de la ventanilla y soltando al aire una voz densa, gangosa, con la que arrastraba, en perfecto estilo porteño, las tragedias de los tangos. No sé si porque la suya era de carne y hueso y la tenía a mi lado, pero esa voz me causó mayor impacto que la del propio Gardell cuando la escuché la primera vez.

Pero la monotonía de los trenes es demasiado, acaba con el más valiente. El traqueteo interminable va ahogando poco a poco las palabras, luego los silencios y, al fin, se engulle a todos tal y como los pilla, vencidos unos sobre otros, las bocas de par en par y las manos colgando en cualquier parte. El sopor de la marcha y la escasez de luz pudieron más que la locura de aquel montón de potros a los que se da puerta. Cuando el último se encontró a sí mismo hablando solo, decidió que esta vida era un asco, se revolvió en el asiento y también cerró los ojos. Todo se quedó como estaba, con ese vaivén estúpido de manos y rodillas repitiéndose indefinidamente a lo largo de la noche, al compás de las sacudidas del tren.

Abrí los ojos cuando amanecía, y en ese amago de luz que se extendía por los campos todo era rabiosamente verde: los árboles, las cercas, la tierra, las acequias.... hasta las piedras, sí, hasta las piedras, cubiertas de musgo. El horizonte despoblado de Castilla se había derrumbado por un precipicio saturado de cosas, el pardo color de mi Castilla se había teñido de pronto de un verde insultante. La humedad y el olor del mar trascendían desde lejos. Estaba en otro mundo. En aquel expreso del norte, un amanecer de junio del año cincuenta, aterricé en Galicia, y aterricé de paso en este mundo, del que había vivido hasta ese momento rabiosamente divorciado.

Era profundamente morena y profundamente vital, estaba empapada del realismo que a mí me faltaba. Miluca, Emiluca, tenía ojos oscuros y llenos de vida que miraban de frente y con insistencia, como si quisieran acaparar las cosas para siempre. Pero era en la voz donde su persona se vertía incontenible, llena de urgencias por salir fuera. En mis oídos nunca podrá apagarse la melodía de aquella voz, ondulante como Galicia, como los frescos vaivenes del mar.

Miluca reía continuamente con mis ocurrencias y parecía feliz, como si nuestra peripecia le encantase..... al menos de momento. Pero no sé cuál de aquellas tardes fue capaz de abrir la puerta, salir y mirarme desde fuera. Sus ojos oscuros me vieron de pronto como realmente yo era a mis dieciséis añitos, y la peripecia se le vino abajo. Viví en el año cincuenta la primera historia de amor con una mujer que me sacaba, según el bautismo, cuatro años, pero que podría llevarme veinte en su currículum. Ahora, con muchos más años encima, vivo la definitiva historia con una mujer que es rubia, de ojos claros y veinte años menos que yo. La vida es un misterio continuo.

En los siete días que duró la aventura hicimos de todo..... y con lo de "todo" no me refiero a nada malo. Las mujeres de entonces tenían, gracias a Dios, otras costumbres que no tienen las de ahora. La acompañé a misa un domingo, charlamos sin freno ante un café en cualquier terraza, vimos una película de Cary Grant, la cogí de las manos y le di un larguísimo beso una sola vez, solamente uno, al despedirnos en el portal, porque era la última noche. Al siguiente día volvió lo que quedaba de mí a casa en otro tren, pero las piezas ya no se recompusieron nunca. Con los años, conseguí pegar las partes, pero quedaron unas cicatrices que pueden tocarse con las manos.

En aquel desastre que explotó dentro de mí, sin embargo, lo de menos fue aquella mujer. Miluca no fue la culpable, sólo hizo de detonante. Miluca me quedaba demasiado lejos y demasiado mujer. Cuatro años de diferencia entre ella y él, a esa edad, no sé muy bien si es un muro o un abismo; en cualquier caso algo difícil de ignorar que los dos percibíamos y los dos silenciábamos. Lo de menos fue la corta aventura con Miluca. Nunca llegó a ser la mujer de mi vida, y menos en una corta historia de siete días. Se trata de que aterricé de sopetón y me dejé la piel en las piedras. Resulta que el mundo real existía y nada tenía que ver con el que yo me imaginaba, desde allá arriba, por encima de las nubes.

Ha pasado medio siglo y aún suena en mis oídos. Siempre que llego al mar y me paro un momento, creo que con el vaivén del viento y el vaivén del agua va y viene también la melodía de su voz. Tenía las manos carnosas y rojas porque estaba enamorada de la vida. Entre las suyas se perdían las mías, largas y frías, enamorado de nunca he sabido qué. Sus ojos oscuros indagaban sospechosamente en los míos, en un intento desesperado de confirmar lo que ya había de hombre y lo que aún quedaba de niño dentro de mí. Hoy, después de ese medio siglo, mis ojos los miro yo solo ante el espejo y me asusta lo que ya hay del hombre en ellos, y me encanta descubrir, todavía agazapado, lo muchísimo que aún queda del niño.

Pero a ella, claro, no le gustó mucho lo que descubrió en mi mirada y se llenó de desilusión en una sola tarde, aquella última, la del beso, la anterior a la mañana que cogí el tren y nunca más volví a verla. Se llenó de desesperanza porque acertó a ver en mis ojos que lo de la diferencia de edad era cierto, y pensó que todo se podría arreglar, menos esto de cuatro años de vida a la zaga en el hombre. Lo que ella no puede saber es que aquella aventura tan corta se escribió en una esquina de mi vida, donde el camino se quiebra y arranca otro. De haber continuado, hubiera sido un fracaso. Pero esa certeza no evita que siga habiendo un cruce allí, en el cual me estrellé.

Hoy, después de tantísimos años, he buscado su teléfono en la guía de Coruña con emoción y sin saber por qué. He comprobado que solamente hay un racimito de apellidos como el suyo, entre ellos su hermano, y he llamado.

-Sí, sí, mi hermana vive y sigue soltera. Es que en la guía sigue figurando el teléfono a nombre de mi madre, pero es el de ella -me ha dicho, dándome el número.

No he podido evitar un estremecimiento, porque eso de seguir soltera me daba libertad para llamarla, en otro caso no me hubiera atrevido. Se ha puesto una voz desconocida.

-Por favor, querría hablar con Miluca.

-Sí.

-¿Está Miluca?

-Yo soy.

Ha habido un momento de silencio, porque yo no era capaz de reconocer aquel mismo vaivén de voz de entonces.

-¿Quién es? -me ha preguntado

-No te lo figuras -le he dicho, y he dejado transcurrir unos segundos- Soy Goyo, Goyo Corrales.

El silencio ha sido entonces tan largo que ninguno de los dos ha sabido cómo cortarlo.

-Te llamo desde Ávila. Ya sé que han pasado demasiados años .... Perdóname, pero no he podido evitar el impulso.

Miluca ha seguido en silencio. Aunque ya estaba preparado para el impacto que iba a causarle, no he tenido más remedio que preguntarle.

-¿Estás ahí?

-Sí, sí

-No sé qué ha sido de tu vida. Dime algo.

Al fin, después de un leve titubeo, me ha contestado.

-Perdona, pero es que no sé quién eres.

¡Dios mío! Con esto sí que no había podido contar jamás. Me he quedado mudo un tiempo, no sé cuánto de largo.

-Miluca, soy yo. ¡Cómo no vas a recordar! Estuve en junio del cincuenta. Fui a examinarme de Marina Mercante y me alojé en el hostal que tenía tu madre, donde vivíais. ¿Recuerdas? Salíamos juntos todos los días.

-La verdad es que no sé con quién hablo -me ha confesado.

Y como me lo ha dicho con una convicción terrible, me he puesto a darle datos desesperadamente, sin llegar a creer lo que me estaba pasando.

-Era moreno, muy delgado....... Estudiaba Marina Mercante, pero lo que me gustaba realmente eran los toros ¿Te acuerdas ahora? Quería ser torero y tenía más aires de torerillo que de estudiante de Marina..... Llevaba las patillas un poco largas y mi pelo era fosco.... Tú trabajabas entonces en el despacho de un abogado por las tardes. Yo te acompañaba y luego iba a recogerte. Nos íbamos al cine, a las cafeterías, y si no llovía me enseñabas tu Coruña. ¡Cómo no vas a recordar!..... Te reías como una loca con mis ocurrencias....

-Lo siento, de verdad, pero no recuerdo nada de todo eso que me dices.

Me he sentido perplejo, confundido, helado.

-No es posible, no es posible. Pero Miluca, si la verdad es que nos quisimos, fuimos novios -me he atrevido a decirle al fin- ¿Cómo puedes haber olvidado eso? Seguiste escribiéndome por un tiempo a Madrid.

Creo que en ese momento ella ha llegado a sentirse culpable.

-No te disgustes, por favor -ha vuelto a titubear, antes de sincerarse- Es que he pasado mucho, ¿sabes?, y he desalojado parte de mi vida de la memoria. Hace años que decidí vivir sólo del presente y he borrado todo lo de atrás. Perdóname, perdóname.

No soy capaz de entender como puede borrarse la memoria con sólo un acto de voluntad, pero ella me lo ha dicho enteramente convencida. Ahora me he dado cuenta de por qué no he reconocido su voz. Miluca parece ser que murió hace ya años. Al otro lado del teléfono tenía una mujer que quería parecer normal, pero que estaba tan perpleja como yo, intentando poner en pie un pasado que no reconocía. No sé cuáles serían las graves razones que tuvo para decidirse a olvidar toda su vida anterior, pero con eso también se ha perdido la magia del recuerdo que de aquello nuestro guardo yo.

Le he mandado un libro, una carta larga y mis fotos de entonces, confiando en que con eso pueda resucitar el año cincuenta. Una de ellas es una fotografía de estudio, un perfil, con mis patillas, mi pelo fosco y mis aires de matador de toros. Viendo aquel que entonces fui, quizás ella sea capaz de reconocerme.... aunque yo, desde luego, no me reconozco. Cuando decidí ser torero se me puso cara de torero, y cuando empecé a tomar en serio la escritura se me puso una cara de gravedad de la que yo mismo me burlo, al verme por las mañanas.

Miluca no ha sido capaz de resucitar a ése del año cincuenta ni viendo la fotografía. Dejó al muerto tan muerto en su memoria que no hay posibilidad ninguna de hacer de él un nuevo Lázaro. Fueron solamente siete días, pero nos quisimos y siguió escribiéndome durante algún tiempo. ¿Puede acaso olvidarse eso? Recordando a Paulita, a la que quise con sólo siete añitos, a la que recuerdo como si ahora tuviera delante aquel año cuarenta y uno en el Carrizal, no puedo aceptar que esta mujer haya olvidado a quien quiso cuando tenía veinte. Lo que para mis dieciséis años de entonces tanto supuso, para ella parece que no fue nada......

....... O eso cree ella, porque me ha revelado algo que parece apuntar mucho más adentro en los pliegues del alma. En una de las dos o tres cartas que nos hemos cruzado con las fotos, se me ha ocurrido echar mano del último detalle en esto de refrescarle la memoria, le he contado que cuando entonces me escribía, no me mandaba las cartas a Ávila, me las mandaba a la casa familiar, en Madrid, por si eso le ayudaba a recordar. Miluca me ha llamado inmediatamente, un poco impresionada y un poco confusa, para confesarme una cosa que le resulta incomprensible:

Me ha dicho que sigue sin recordar absolutamente nada, pero que al leer en mi carta la dirección “Jorge Juan 34” le ha dado un vuelco el corazón, sin acertar a explicarse por qué.

 

Después de oír esto que le ha pasado, ya no sé qué es lo que realmente vio en mis ojos aquella última tarde, si sólo al niño que yo era entonces..... o vio algo mucho más profundo que, deliberadamente, se apresuró en sepultar.

 

Ávila

 

Fuera llueve. Hay un cielo gris y apretado que parece querer desplomarse en cada gota. Dentro no se ve nada, porque el día está así de triste y vacío. Mi padre se ha enrollado en una manta (que es una de sus debilidades) y se ha calado la gorra de visera todo lo que da de sí.

-Nene, atiza esa lumbre, echa leña.

Jamás se me ha ocurrido poner mala cara por lo de “nene”. Me encanta si es él quien me lo dice. Estamos los dos ante la chimenea, cada uno en su mundo, mundos densos y apretados como el cielo de fuera. Mi padre siempre parece estar fraguando ideas maravillosas, de tan callado como es. La inquietud de sus ojos, pequeños, negros y vivos, le delata. Él no es de hablar, no habla, todo el discurso lo lleva por dentro. Mi padre es una máquina imparable de pensar y trabajar, la misma máquina que me ha legado a mí.

Estamos en Ávila, en el chalet, en las pequeñas vacaciones de Semana Santa, y aquí tampoco para de hacer proyectos. A veces coge el papel cuadriculado (otra de sus debilidades, jamás le he visto usar cuartillas) y apunta cosas de forma apresurada, alternando números y frases. Tiene una letra alta y llena de trazos rectos y vigorosos, como es él mismo; letra de palabras afiladas como flechas disparadas hacia delante, y que acaban invariablemente en una recta tendida, imparable, llena de la energía que le rebosa dentro. Quizás pienses, amigo lector, que esto se contradice con las fobias y los temblores de manos que antes conté, pero es así. En la personalidad compleja de mi padre caben todas las incoherencias imaginables.

-Son ya las nueve -le advierto.

Me mira absorto, sin bajar de su mundo.

-.....Que si le digo a Teresa que vaya haciéndonos una tortilla de patatas.

-Lo que hace esa mujer no son tortillas, son cataplasmas. Llévale el diccionario, a ver si se entera de lo que son los huevos y las cebollas.

¡El diccionario a Teresa, la mujer del guarda, que solamente sabe cantar aquello de “Eran tres mis amores, eran tres bellas flores: madre, hija y esposa”! Mi padre habla poco, pero siempre que lo hace es así de original y de conciso. Todo lo que de él trasciende hacia fuera lleva el mismo sello de lo fantástico, da igual lo que diga o lo que haga. Yo sonrío y pienso que los Corrales no estamos muy cuerdos.

Tenemos en la familia otro Luis Corrales, un hijo de mi tío Severino, el médico de Alcolea, que siendo todavía un mozo se subió a un camión con voluntarios para el frente rojo, porque acababa de tener una bronca con su padre. Después, acabada la guerra, se afilió en los contrarios y se nos fue a Rusia, a pegar tiros con la División Azul de Franco. Luego intentó abandonar los estudios de medicina y enrolarse en un carguero para América. Más tarde se entretuvo en tener una hija natural con una compañera, mientras acababa la carrera en la Facultad de Granada. Con el título de médico se nos fue a recorrer el desierto africano, atendiendo a los nómadas en camiones climatizados. Luego se casó con una francesa. Y al final se dedicó a los quirófanos, le puso una farmacia a la hija de Granada y se casó con una iberoamericana, con la que tuvo otras dos hijas. ¡Eso son vidas, sí señor, y no las engendradas por la igualdad democrática!

-¿Por qué sonríes? -me pregunta mi hermano en voz baja, entrando en la habitación y dándome con el codo.

¿Cómo explicárselo? Pues como es, de la forma más clara, aunque en voz bajita para que no lo oiga nuestro padre.

-Sonrío porque papá, cuando habla lo hace a voces, y es Interventor del Estado, pero lo que le gusta es viajar en tercera, con bota de vino y tortilla de patatas. El tío Severino da más voces aún; y es médico, pero lo que le priva es cosechar vino. El primo Luis se ha alistado en dos guerras, ha trabajado en el desierto africano, le han puesto ante un pelotón de fusilamiento, se casó con una francesa, tiene una niña con una española y dos con una uruguaya..... Y yo sólo tengo diecisiete y soy torero, poeta y casi marino mercante, todo eso junto.

Se lo he dicho como es, con toda naturalidad, y he abierto los brazos, me he encogido de hombros y he fruncido la boca, como diciendo "¡Ahí tienes! ¿Quieres más?". Porque la verdad es que yo tampoco veo muy claro como hacemos tantas cosas tan extrañas.... los que llevamos ese germen, claro; otros son espantosamente aburridos, como precisamente mi hermano, que es un plasta.

-Dile que te dé un puchero de barro y hacemos unas sopas de ajo aquí, en la chimenea -ha sido la segunda contestación de mi padre, de forma inesperada, a mi pregunta anterior sobre la cena, después de no sé cuántos minutos de silencio.

-¿Y qué le pido? ¿Ajos, aceite...?

-No hace falta. Es lo único que sabe esa mujer, las sopas de ajo, porque no se echa casi nada.

He vuelto de la casita del guarda con la sal, con el pimentón, con los huevos y las rebanadas de pan. A mi padre le encanta cocinar tonterías, las cuales luego se come con prisas, como hace absolutamente todo, soplando y sorbiendo casi a la vez y sin parar. Mi padre, permanentemente cobijado en su interior, constituye un permanente espectáculo por fuera.

En el álbum de los disparates guardo uno enmarcado: el del día que le acompañé al dentista. Incapaz de soportar el pánico, se salió de repente de la sala de espera al vestíbulo de la casa y se puso a recorrerlo a zancadas. Pero el vestíbulo era pequeñísimo. Tres zancadas para allá, descanso de cara a la pared, apoyado en ella, y otras tres zancadas para acá, a la pared de enfrente, como los animalitos del zoológico...... pero rezando ¿eh?, rezando sin complejos, de forma casi audible.

Cada vez que un nuevo paciente llamaba a la puerta y pasaba la enfermera, le pillaba en el “llena eres de gracia” sobre la marcha, y la pobre se retiraba, mitad confusa, mitad para que no la arrollase; o le sorprendía en el “ruega por nosotros pecadores”, aparatosamente apoyado con la cabeza en la pared, igualito a los judíos en el muro de las lamentaciones, sólo que con el sombrero en la mano, dándose aire a toda pastilla.

Pero mi padre no está loco, aunque tanto lo parezca a veces, mi padre es un hombre absolutamente genial y estrafalario, un neurótico pintoresco y sorprendente al que le importa un higo la gente que le rodea.

Seguimos los dos sentados ante la chimenea. Éste no es el humo azulado de los cigarrillos de mi madre, éste es un humo ceniciento y ruidoso que se apresura por el tiro de la chimenea. Los leños enrojecen y se desmoronan por riguroso orden, llenando el hogar de diminutas chispas tan veloces que la vista no puede seguirlas. Hace frío porque la casa está deshabitada de todo el invierno. Yo también me he echado una manta por los hombros y he metido las manos entre las piernas, que es la esquina más cálida del cuerpo. El puchero de barro borbotea los ajos y el pimentón en la superficie del agua. Estamos en Ávila y estamos tan en silencio, sentados y con la vista clavada en la magia de la lumbre, que yo me he ido a aquellos días, cuando siendo un niño de ocho años vine por primera vez a Ávila.

 

El azul cegador y pedregoso de Ávila

 

Era yo un niño flacucho y con alpargatas blancas, de suela de cáñamo, cuando llegamos al “Puente” sobre el río Adaja, a los pies de Ávila, a una casita alquilada para pasar el verano. Le llamaban así al pequeño barrio construido alrededor del puente sobre el río.... en realidad, alrededor de los “puentes”, porque aún persiste, junto al nuevo, el otro, el puente medieval, estrecho y jorobado, como entonces los hacían, levantado con los mismos sillares de piedra rojiza que se ven en la muralla.

Ávila ha cambiado a lo largo de los siglos, pero la mayor parte de su alma medieval sigue encarcelada en esos sillares rojizos, en los que se estrella la luz del poniente. Ávila es tres cosas: piedra, luz cegadora y soledad, sobre todo soledad, paisaje en el que se torneó mi alma para siempre. De sus moradores, sin embargo, no quiero acordarme: mezquinos, envidiosos....... Vivo entre ellos, pero los mantengo dichosamente olvidados, tan olvidados como ellos de mí.

Hay detalles tontos que no sabes por qué se te quedan grabados en la memoria a fuego, como si ese detalle tonto fuese realmente el resumen más expresivo de ese momento, de esa situación. Si yo me veo con ocho años y en el campo, me veo ante todo con unas alpargatas blancas que parecen querer salirse de la imagen del recuerdo, como en esas fotografías en las que un detalle aparece iluminado, mientras el resto queda desenfocado. Aún guardo fotografías en las que se me ve con mis hermanas en el jardín de la casita alquilada a los Garza, ellas en pijama, o pantalones parecidos a los del pijama, lo cual entonces era una auténtica osadía, y yo con mi camisilla, mi cinturón bien apretado y mi repeinado pelo para salir en la foto .... y mis alpargatas, claro.

-Ven aquí, rapaz. Tengo que leerte la cartilla desde el primer día. Aquí tienes todo el jardín que quieras para trotar, pero dos sitios hay vedados: la huerta, donde no se puede pisar porque me desbaratas los surcos, y los árboles. ¿Tú sabes Historia Sagrada?

-Sí, claro -le contesté, sin entender a qué venía lo uno con lo otro.

-Pues Villa Camila es lo mismito que el Paraíso, sólo que al revés. Aquí el fruto prohibido no es un árbol, son todos los árboles menos uno. Puedes subirte al moral todo lo que quieras, puedes comer moras, cuando las tenga, hasta que te de una diarrea, puedes coger las hojas que quieras para los gusanos de seda.... ¿O no tienes gusanos?

Le dije que no los tenía, pero me dio él la idea en ese momento.

-Pues eso es cosa tuya. En el moral, lo que quieras. Como si te pones a orinar, que no se va a secar por eso. Pero que no te vea yo subido en ningún otro árbol, ¿entendido?, todos prohibidos, porque como me llamo Alfonso que te bajo a pescozones.

El resto se lo dijo a mi madre, que estaba junto a mí, como queriendo justificarse por tan dura y adelantada reprimenda.

- ..... No es por lo que valga la fruta, ¿sabe, doña Teresa?, es que los chiquillos se suben y hacen daño sin quererlo, rompen las ramas, tiran la fruta cuando aún no es ni un cogollo verde, ¿me comprende? Ni la aprovechan ni dejan aprovecharla. Y no es por lo que valga la fruta, como usted puede comprender ....

Don Alfonso hablaba con una cosa gallega que para qué, lo cual creo que era la primera vez que yo escuchaba. Pero aún así, le entendí perfectamente, a saber: que la fruta me estaba prohibida precisamente por lo que él decía que no tenía importancia, su valor en pesetas, porque los mayores suelen decir justamente lo contrario de lo que realmente piensan, pero los pequeños tienen una carismática claridad para entender lo que realmente están pensando los mayores.

Para mí, pensaba que aquel hombre jamás había sido niño. ¡Tan viejo, con un asma tan renqueante, tan antipático y poco afable conmigo, que solamente era un niño ávido de agradarle! Sin embargo, ella, la mujer toda consumidita de don Alfonso, doña Camila, que estaba arrugadita y encorvada y que apenas levantaba del suelo unos pocos palmos, era justamente su antípoda, o su complemento; quiero decir que era la dulzura personificada. Y además, una dulzura galaica. Ella siempre me hablaba sonriendo y con esa musiquilla melancólica aprendida, supongo, de las gaitas.

Tengo un puñado de recuerdos de ese tiempo muy apretado en el corazón. En lo más alto de todos está (¡Vaya novedad! ¿Qué habría hecho yo en este mundo sin las Evas?) una niña, Paloma. Ella era, como yo, la benjamín de una familia. Pasaron un par de veranos en una casita que tenían las monjas, tapia con tapia, al final de la huerta. Éramos vecinos. Paloma me miraba con una candidez coquetona que nunca podré olvidar. Intentaba hacer como que no me veía, pero si al abrigo de la situación se sentía capaz de hacerlo, yo la sorprendía siempre. Entonces ella sonreía tímidamente y retiraba la mirada, como diciendo: Me has pillado. Paloma era, ya entonces, una niña de ensueño, y tiene que haber llegado a ser, con el tiempo, una maravillosa coquetería de mujer.

A lo largo de un par de veranos que aquella familia coincidió con la nuestra, sin embargo, nos vimos muy pocas veces, porque Paloma no se prodigaba, andaba todo el día al otro lado de las tapias, detrás de las monjas como un perrillo faldero. Pero las pocas veces que nos encontrábamos, me regalaba una de aquellas miradas suyas tan huidizas y tan sugerentes, y a mí me embobaba para tres noches. Y un día, al atardecer, un día en el que debieron concertarse todos los astros por lo inesperado, se atrevió de repente a pedirme: Llévame en tu bicicleta...... y se paró el universo. Porque hay momentos en los que el universo se detiene, por mucho que lo niegue la ciencia, y se hace un cliché para el archivo de los tiempos, como cuando se oye la voz del fotógrafo gritando: Un momento, por favor, y todo se detiene y queda fijo para siempre en un cartón, como deberían ser todas las cosas y, desdichadamente, no son: fijas, inmóviles, eternas.

Se atrevió a pedirme que la llevase en la bicicleta. No sé si habrá sido por aquel idilio tan fugaz por lo que a mí me ha quedado esta pasión por las bicicletas. La cosa es que me lo pidió sinceramente, como violentándose mucho para hacerlo, como que estaba deseando, pero que a la vez era consciente de que aquello no quedaba muy bien, que sonaba a coqueteo descarado. Quizás no habría montado jamás y no pudo reprimirse. Yo la invité, ella se sentó en la barra, yo me incliné hacia delante, hasta poner las manos nuevamente en el manillar, casi abrazándola, y partimos por el camino de la huerta.

Podría jurar cómo era la luz, cómo estaban los pájaros en el cielo en ese instante. El sonido acompasado de los pedales aún está en mis oídos intacto. Respiré la fragancia de su cuerpecito cerca, inauditamente cerca, aprisionado entre mis brazos. Me pareció que toda ella estaba a mi merced. Paloma nada decía, pero la emoción le palpitaba hasta trascender fuera, como un campanario. Tenía su mejilla muy cerca de mis labios y su pelo, castaño, liso, sedoso, se venía a ráfagas sobre mí. Sentía sus hombros entre mis brazos, su espalda contra mi pecho. Por aquellos contactos tan leves y tan castos se descargó en mí toda su frágil intimidad. Estuve tan cerca de Paloma y de forma tan inesperada que, sin pasar en absoluto nada de nada, resulta que pasó de todo (en mi alma, quiero decir).

Hoy he vuelto a bajar al Puente y he recorrido de nuevo aquel paseo estrecho, cubierto de parras y orillado de azucenas blancas, y me he preguntado cómo pudo caber tan larga emoción en un camino tan corto y, encima, recorrido en bicicleta. Hoy, en ese mismo paseo, completamente sólo, con los ojos de la imaginación he llevado otra vez a Paloma entre mis brazos, su espalda contra mi pecho, su pelo castaño en mi cara; la he llevado por el mismo camino largamente, indefinidamente, hasta que el frío del atardecer me ha sacado de los recuerdos.

 

La sede del hampa: “El Churrero”

 

Toda mi vida ha estado ligada a esta tierra, a la que tan pronto amo como aborrezco. A Ávila le faltan unos grados en el termómetro y le sobra la inmensa mayoría de su vecindario, no porque sean demasiados, sino porque son deleznables. Una cosa es la ciudad, que es como un cuento de hadas medieval, y otra cosa es su gente, hosca y envidiosa. Ávila, vista desde lejos, en la quietud de la noche, encaramada más arriba del primer convento de Teresa, iluminado ese lienzo norte de la muralla, es para enlazar las manos y esperar el final de los tiempos sin moverse, sin decir nada, como quien se halla ante el cuento más fantástico jamás escrito. No sé qué podría yo contar de este Ávila desnuda y fría, levantada en piedra sobre una colina, colgada del cielo inmaculado de Castilla, sostenida por el brazo poderoso de su muralla.

Junto a la catedral hay un callejón que siempre está vacío, tan angosto que es del todo vertical entre dos murallones, tan frío y tan oculto que es como un alma que transita eternamente entre las piedras. Un día le hice un romance, quizás de lo mejor que haya escrito. Pero en Ávila solamente el romántico Constantino Benito se lo aprendió de memoria, de un tirón. Constantino, además de romántico, era médico, y como tantos médicos extraordinarios le tenía pasión a esto de las Letras. Me contó que un día se fumó un congreso por asistir a la versión cinematográfica de Los Santos Inocentes, de Delibes.

A Constantino me lo tropezaba siempre a la puerta de misa, donde esperaba la salida de los suyos. Un día me dijeron que tenía cáncer y no lo creí. Pero ya no me lo tropecé nunca más a la salida de misa, sino dentro, y comprendí inmediatamente que la noticia era del todo cierta.

Poco antes del final me escribió una carta como sólo saben escribirlas los que se sienten morir. Me contaba en ella que toda su vida había practicado la medicina para poder un día jubilarse y no parar de leer; y que ahora, llegado ese momento, se sentía cruelmente defraudado. Hoy estará en el Valle de Josafat, plácidamente sentado, al fin feliz, releyendo el "Callejón de la Muerte y la Vida", ese romance que yo escribí y él se aprendió de memoria, o leyendo "Los Santos Inocentes" de un tirón y sin necesidad de fumarse ningún congreso.

A Constantino le ha tomado el relevo, en esto de las devociones por mi romance del callejón, Isabelo Pindado, y anda por Torrevieja recitándolo y contándole a la gente cómo es Ávila. Hace no mucho me llamó y me dijo que los cuatro versos del estribillo de ese romance mío deberían estar esculpidos en la entrada del callejón.

Que mi calle está vacía,

que mi calle es toda ausencia

y tiene el alma esculpida

a puro golpe de piedra.

 

Isabelo es un alma apasionada y cándida que ya se ha olvidado de cómo son sus paisanos. En vez del estribillo de mi romance, han esculpido un reconocimiento a Enrique Larreta. Y es que hay palabras bíblicas que se cumplen a la perfección: “Nadie es profeta en su tierra”. En este pueblo, incluso la universal Teresa tuvo que soportar las envidias y oposiciones de sus paisanos. Eso sí: una vez aceptada por el universo entero, lo que les molesta ahora es precisamente eso, la “universalidad” de su paisana.

-¿Teresa de Jesús? ¡Ni hablar! Teresa es “Teresa de Ávila” -me han llegado a decir alguna vez esta gente.

¡Viva mi pueblo! A ella no la han olvidado (sería demasiado), pero se han atrevido a llamarla como si fuera una paisana más: Teresa de Ávila. Sin embargo, según la leyenda, cuando se marchaba tuvo la valentía de parar en donde hoy hay una cruz de piedra entre cuatro postes, lugar muy cercano desde el que se ve la ciudad amurallada, y haciendo un alto y volviéndose para contemplarla, se despidió con estas palabras, mientras se quitaba y sacudía las sandalias: “De Ávila, ni el polvo”.

Yo hice el camino a la inversa. Nacido y educado en Madrid, un buen día llegué y me quedé para siempre. Es Ávila, este Ávila austera y solitaria, la que me ha hecho cómo soy y luego se ha olvidado de mí, me ha cincelado a su imagen y semejanza y luego me ha dejado agonizar entre sus piedras.

Después de frecuentarla desde niño todos los veranos, a los veinte años desembarqué en ella para siempre, para trabajar en la Administración, en un invierno crudo y triste, de aquellos de los doce bajo cero que ya solamente son recuerdo. No había otra cosa que dos cafés en el Mercado Grande y el cine sórdido de la calle Vallespín. Y, por supuesto, todas las calles desiertas nada más anochecer. Fue un descalabro. ¡Yo de funcionario! Tenía que reventar por algún sitio. Me agarré al mundo de los maletillas y golfillos, los golfos de entonces, que nada tenían que ver con estos de ahora. Ni jeringas, ni drogas, ni sida. Sólo un poco de tinto y mucha imaginación.

Nos reuníamos en “El Churrero”, un tabernucho indecente que había a quince pasos del Mercado Grande, angosto y tenebroso, un agujero donde nos escondíamos del mundo los que no estábamos de acuerdo con el mundo. Éramos jóvenes, estrafalarios, hacíamos una multinacional confusa, desde señoritos desarraigados hasta quincalleros y hampones.

Yo entonces no lo sabía, pero lo único que nos unía era el desprecio por ese mundo que comenzaba de las puertas de la tasca para fuera. Además de no atrevernos con él (con el mundo), no nos interesaba, y nos encerrábamos allí para denunciarlo entre nosotros al calor de la frasca, como en las letras de los tangos. Y cuando ya andábamos calientes, a lo mejor hasta nos salíamos a la calle a cantar nuestra protesta, aunque realmente nosotros pensábamos que lo que cantábamos eran fandanguillos de Álvaro de la Isla.

La calle del Churrero era la calle Estrada, esa misma en la que, unos metros más allá, se asomaba a la fachada el mirador de la que había sido, antaño, casa de mis abuelos y en la que habían estrenado su matrimonio mis padres. La calle Estrada, con sus adoquines abajo y sus estrellas heladas en el cielo, entre el Mercado Grande y la plaza de Italia, recta, breve y entrañable, como el pasillo de una casa de vecindario, era nuestro hogar en las noches ateridas del invierno.

 

 

Aún hoy persiste el Churrero contra el ventarrón de tantísimos años por medio, con su fachada que quiere venirse abajo y su puertecilla de tablones de madera ocre, cerrada a cal y canto. Dentro, entre las telarañas y el agrio olor a moho, todavía estarán flotando nuestras palabras de entonces. No puedo entrar, pero le he hecho unas fotos a la fachada y a la puerta para que nunca pueda olvidar donde se quedó mi corazón por un tiempo, antes de que la excavadora municipal arremeta contra los recuerdos y los eche abajo para siempre.

Había un señor cincuentón, con su corbata, su camisa blanca y su traje gris de funcionario, un poco macilento él, con el rojo pimentón y berrugoso de los alcohólicos en la cara, que, según venía andando por Estrada todas las tardes, pegadito, pegadito a la pared, daba, de pronto, un empujón lateral al cuerpo y se colaba en medio de la tasca. Visto y no visto, como los prestidigitadores. Para quien estuviera en la calle en ese momento, sería talmente como si alguien se hubiera desintegrado de pronto. ¡Zas!, desapareció. Y en el mismo instante aparecía dentro, al calor de aquella gente que le trataba con mucho respeto y le nombraba con el don por delante, don José. Pero el pobre don José, a pesar de todo su don, entraba siempre desmoralizado, con el peso insoportable de sentirse un borrachín y pensando que, a pesar de su habilísima finta lateral al llegar a la puerta de la tasca, le habría visto todo el vecindario.

-¡Vamos, Tomasa! Ponnos la frasca. Y convida aquí, a don José.

Tomasa no era Tomasa, realmente era Tomás, un tío pequeño y feo, con todas las facciones seguidas, apelotonadas, pero muy anchas, aplastadas, como si le hubiera hecho su madre con un enorme esfuerzo. Todo él estaba blanco y enfermizo, y nunca pude llegar a saber por qué le llamaban en femenino al bueno de Tomás.

El Baruta y el Guille eran, conmigo, los señoritos del grupo, los que practicábamos la cosa de la automarginación sólo por hoby, para dejar clara nuestra protesta social. El Latiguillo se encargaba de organizarnos las cenas a escote. Nos subía al comedor del Churrero y nos preparaba unos “conejos” al ajillo que era meterles el diente y comenzaban a maullar. La Gorda tenía un tenderete de pipas y cigarrillos en los soportales del Grande, pero se dedicaba más que nada al pendoneo. El Espontáneo estaba metido en el negocio de la chatarra; pero tenía, más que nada, debilidad por trincar. El Escudero era un tipejo bajito y cabezón, de voz apasionada y aguardentosa, que sentía inclinación patológica por espiar la entrepierna de las tías, y que había recibido más de una vez en el ojo, a través de las ranuras del suelo de madera de los teatrillos ambulantes, la templada caricia de la meada de las vedettes cuando menos se lo esperaba.

Punto aparte merece El Guerra, un tío con pelo canoso y dos agujeros en la nariz. Éstas eran las dos cosas que dominaban su rostro al mirarlo de frente. Había sido torerillo en su juventud, y ahora había acabado en lo de llevar maletas en la estación. Dentro de su enorme pobreza, el Guerra vestía impecable, todo raído, pero impecable, bien planchado. Llevaba siempre un terno negro como el azabache y una camisa y alpargatas blancas inmaculadas. Se estiraba todo, como los gallos de pelea, y solía portar una varita de mimbre fino en la mano, lo mismito que el Antonio Vargas Heredia de la copla.

A mí me dijo mi madre un día que, muchos años atrás, cuando ella era joven, había un guapo que se paseaba, por aquel Ávila de rosarios y campanas, vestido de flamenco a todas horas, con chaquetilla corta de terciopelo y botos camperos. Ese tipo pintoresco de las memorias de mi madre no era otro que nuestro entrañable León, El Guerra.

A pesar de tan “plantao” como se le veía, León no era sino un pobre soñador, un despistado, por eso me caía tan bien. Viéndolo así, de frente, con su varita, su terno negro y sus dos agujeros inflados de la nariz, podría pensarse que uno se encontraba ante un chulo, pero en cuanto abría la boca todo se venía abajo. Era un inocente que iba por la vida de flamenco por despistar, porque esa tonta vanidad le hacía una ilusión loca.

Una pieza fundamental en la camarilla era el Chonero, apodo que yo le puse cuando comencé a frecuentar su barbería. Chon, en calorré, es el nombre que le dan los gitanos a la barba. Era un tío electrizante, con manos crispadas como alambres, que hablaba también en sacudidas, como los rasgueos de su guitarra, y que reía nerviosamente por cualquier fruslería.

El Guille era un señorito pintoresco, inteligente y de sonrisa amable; el Guille, Guillermo, tan callado, con sus gafitas y su aire intelectual y apacible, resultaba un tío profundamente enigmático. Por las tardes le daba a la frasca en el Churrero, con los desalmados; pero por las noches pasaba por el Grande, bajo los soportales, con un terno azul oscuro, una corbata a juego y un par de guantes, de un amarillo rabioso, en la mano, y se metía en Pepillo a tomarse un pernaud.

Esta osadía le revolvía las tripas al Escudero (el bajito de voz aguardentosa) y le corría por los soportales afeándole su deslealtad para con el ilustre mundo del hampa en cuanto lo veía transformado en señorito, con sus guantes amarillos y su aire de vizconde, camino del pernaud, en Pepillo, el café de más postín en aquel Ávila de entonces.

Al Guille le encantaba filosofar, o más que nada le encantaba liarla, y cuando más al rojo estaba la noche con cualquier tema tonto, se saltaba él de pronto con la existencia de Dios y desesperaba al personal. ¡De Dios, en medio de la mugre y la oscuridad semiinfernal del Churrero! Lo hacía sólo para dárselas de escéptico, como buen intelectual, pero ese tema siempre me ha tocado en el alma y no podía pasárselo por alto. Todas las noches se liaba la cosa, hasta que, en las sesudas esferas de la camarilla se produjo, al fin, un cisma: los discípulos del Ateo y los discípulos del Apóstol. Y cuanto más tintorro y más humo de tabaco picado, más cisma......

Visto desde hoy, me produce una dulce ternura aquel ilustre nombre con el que me rebautizaron los camaradas: el Apóstol, el Apóstol del Churrero..... Supongo que me produce tanta ternura porque me va un montón y nunca he conseguido ser apóstol de verdad.

Guillermo ha muerto hace ya muchísimos años. Al fin estará paseando por los soportales del cielo con sus flamantes guantes amarillos. Fue el primero que se marchó. Luego le han seguido Latiguillo, el Baruta y el Chonero. De aquella santa hermandad de hampones y señoritos renegados me han dicho que sólo queda el Escudero, viviendo en Pamplona, al ladito de la plaza de toros. En aquellos años, cuando todavía era mozo (pero ya bajito y cabezón) se apuntó a un festival con becerros y al primer achuchón se nos desplomó entre horribles convulsiones.

Cundió la alarma. Hicimos corro. El médico saltó a la arena y entre todos le bajamos los pantalones camperos a viva fuerza, porque él gimoteaba medio desmayado, pero se agarraba con la desesperación de un náufrago a los calzones. Cuando al fin lo conseguimos, nos cruzamos entre todos una rapidísima y piadosa mirada y se los subimos otra vez corriendo.

-¿Que tiene? -preguntó el comisario.

El médico era un tío concentrado que apenas abría la boca. Le costó hacerlo, pero al fin la abrió.

-Está fatal.

-¿Fatal? -repitió el comisario, alarmado- Llamo ahora mismo a la ambulancia.

-Mejor a la lavandería.

-¿Pero qué es lo que tiene, coño?

-Caquepsia -le dijo el médico, con toda la seriedad de un profesional.

 

Sangre y arena

 

 

 

“Estocada y Vuelta al Ruedo”de “El Piyayo

 

¿Tú conoces al Piyayo?

¿Un viejecillo renegro, reseco, chicuelo,

la mirada de gallo pendenciero

y el hocico de raposo tiñoso

que pide limosna por tangos

y maldice cantando fandangos gangosos?

A chufla lo toma la gente.

A mí me da pena

y me causa un respeto imponente.

 

Esto se dice de “El Piyayo, el personaje que inventó José Carlos de Luna, y así me llamaban a mí en el mini mundillo de la torería. En Ávila no había toreros, y yo, al menos, venía de la escuela taurina de Madrid y tenía carnet de "Aspirante a Novillero", como entonces rezaba en aquellos carnets que expedía el Sindicato. De uno de aquellos festivales de entonces en la vieja plaza de toros de Ávila, en el que conocí a Mario Cabré que asistió como invitado, son estas dos fotografías en las que aparezco entrando a matar y dando la vuelta al ruedo.

La escuela taurina de Madrid estaba en la vieja plaza de toros de Carabanchel. La regentaba Saleri II, un viejo enjuto y cetrino, siempre con la colilla en los labios, impecablemente vestido él, y que sabía de toros menos que los alumnos, a pesar de haber sido matador en sus tiempos. Nos daba los trastos y los carretones, se sentaba en barrera, encendía un nuevo cigarrillo, antecedente obligado de una nueva y eterna colilla, y esperaba pacientemente a que nos cansáramos de darle al trapo.

Nadie podrá nunca imaginar la inmensa ilusión con que me metí entonces en esto de los toros. Fue el primer gran amor de mi vida (después de los amores femeninos). El embrujo fascinante que sentía por el mundo del cante y de la gitanería lorquiana, nunca habría sido tan auténtico si no hubiera ido acompañado del trágico rito de la sangre y la arena. Y la verdad era que, si no había nacido para cantar como Manolo Caracol, que era lo que más me fascinaba, sí, al menos, para manejar la muleta y el capote con mucha más gracia que Saleri lo hubiera hecho nunca.

Vivía en ese narcótico mundillo de la copla y del toro, que nada tenía que ver con la realidad lóbrega y aburrida de un jovencito nacido en la calle Jorge Juan, de aquel Madrid. Pero, no sé por qué oculta ley camaleónica, a mí siempre se me ha asomado a la cara el color del corazón. Ahora, de pensador y escritor, tengo la calva, las gafas y el rostro afilado de la mayoría de mis colegas, y entonces tenía el perfil agitanado con el que murió, de “tres golpes de sangre”, Antonio Vargas Heredia. Creo que fue en esa misma tarde de la estocada y vuelta al ruedo de las imágenes anteriores, cuando Chon Tapia me hizo unos versos apasionados que todavía conservo, después de unas copas de fino en la bodega, celebrando el éxito.

 

 

Dos años antes de abandonarlo todo, en una exhibición que organizaron en la placita de la Casa de Campo para los nuevos torerillos de la Escuela Taurina, dejé a mi padre sorprendido cuando me arrodillé, en el centro del ruedo, para recibir al erial según salía de chiqueros. Mi padre había aparecido en la grada en el último momento, sin avisarme, acompañado de su amigo González Llana, con la secreta esperanza de comprobar que aquel brote, tan inesperado como exótico, en los genes heredados de un funcionario Interventor del Estado, no eran únicamente fantasías tontas de su niño.

-¿Pero quién es ese tío que no te ha dejado seguir? -fue lo único que me comentó por la noche, bastante indignado, refiriéndose a Saleri, que casi tuvo que entrar en el ruedo a por mí, porque no obedecía sus órdenes.

Estaba claro que mi padre soñaba con que su nene fuera capaz de dar un salto en el vacío y romper el ambiente mercantil y oscuro de la familia. Mi madre, en cambio, se angustiaba, como todas las madres. Un día que volví con el capote hecho jirones de las fiestas patronales de San Fernando del Jarama, me obligó a desnudarme para comprobar que no tenía el cuerpo como el capote. Mi padre no, mi padre gozaba secretamente con las locuras de su hijo y con la ilusión de verlo un día en la prensa. Nada decía, pero yo sé que soñaba con que su hijo pudiera alcanzar, al fin, todas las grandezas que él nunca había podido por culpa de su indomable neurosis, sin darse cuenta de que, junto con el delirio por las grandezas, también se hereda la personalidad neurótica, que ya entonces estaba a punto de aflorar.

De aquella camada de torerillos que le dábamos al trapo en la plaza de Vista Alegre, ninguno llegó a nada. Solamente Roberto Cardo recorrió Castilla dando novilladas sin picadores, y mira por dónde fue a caer en Ávila, cuando yo ya me había cortado la coleta. Pero como no había otro "profesional" con carnet del sindicato en la ciudad, me llamaron para pedirme por favor que cubriese el cartel como Sobresaliente de Espada. Y a los dos días estaba la ciudad empapelada de carteles.

El revuelo en el Churrero fue de época, porque nadie se esperaba verme en los papeles. Baruta apostaba por que mi nombre en los carteles era un puro trámite y que ese día no me verían torear, que una novillada era demasiado para mí y que no me atrevería a asomar del burladero. El Escudero, sin embargo, casi blasfemaba por la falta de fe entre colegas. La mayoría dejaba las cosas en el aire, recordándole al Baruta que el sobresaliente de espada no tenía obligación de torear si a los matadores no les ocurría nada. Yo les dejaba en la incertidumbre y me decía que ese día era el último de mis pasados sueños y no podía fallar.

La plaza, como se ve en las fotos, era un vetusto montón de piedras, como su muralla, como todo Ávila, tan carente de madera que ni siquiera disponía de barreras y callejón. Unas gradas para el público, el palco de la presidencia y, abajo, en el ruedo, unos pocos burladeros; ése era todo el ajuar.

Antes de que abriesen el portón de cuadrillas me acerqué a Roberto Cardo. Él, como todos los matadores en esos angustiosos momentos, tenía la boca apretada y no sabía dónde poner la mirada que no se le notara el miedo. Le pedí que me dejara dar unos lances al novillo. Descansó la mirada huidiza por un instante en mí para decirme que bueno, que estaba de acuerdo. Quizás vio el cielo abierto. Cualquier cosa era buena con tal de que alguien “rompiese aguas” antes que él.

Salió el primer novillo. Los peones lo recibieron como siempre, corriendo de burladero en burladero para ver las querencias del animal y se retiraron. Era agosto, y de la tierra abrasada del ruedo se levantaban nubes de polvo. Había un silencio contenido, expectante. Resulta que el Piyayo, como entonces me conocían los del toro en Ávila, estaba en el cartel y tendría que hacer algo. Había llegado el momento de la verdad, ese momento en el que hasta los espectadores se meten en la piel atormentada del torero. Sabía que mi ex colega, Roberto, estaba en ese instante crítico en el que cualquier torero daría el mundo entero por irse corriendo a casa, y yo tenía que aprovecharlo. “Sólo tres verónicas, tres nada más -me prometí a mí mismo- y esta aventura habrá concluido para siempre”.

Le hice un gesto de entendimiento a Roberto y me adelanté. Al novillo lo había cerrado la cuadrilla tan poquito, y en una plaza tan chiquita, que realmente se había quedado afincado en los medios, en el centro mismo del redondel, con la cabeza levantada y las dos astas mirando al aire. Esa situación no era la adecuada, pero no estaba yo para andar con excusas en un día así, y me fui a él. Eso que se dice en el mundillo taurino de que “una vez que ya estás ante el toro, nada existe que no sea el toro”, nada, ni el silencio expectante, ni la plaza, ni la gente, ni siquiera el propio corazón, que un instante antes golpeaba desbocado, todo eso es absolutamente cierto.

Lo cité, lo llamé, me engallé frente a él y el novillo se vino derecho. Le di la primera verónica. Se revolvió a la distancia justa. En la segunda, enmendé una pizca la distancia, y ya desde ahí encadené algunas más, que fueron, por supuesto, más de las tres de mi conjura..... hasta que Roberto se sintió empequeñecido, se cruzó, a punta de capote, y se llevó el novillo. Sin duda, él no había venido desde Madrid para que un sobresaliente de espada, por muy amigo que fuese, le robara la tarde.

Pero es que esa inolvidable tarde acababa yo de robarla para siempre. ¿Qué más podía pedir? En primera fila del tendido estaba la parroquia del Churrero al completo, acompañando mis capotazos con sus olés. En la placita de Ávila, por supuesto, no había banda de músicos, pero en mis oídos sonaba España Cañí. ¡Qué más podía pedir! Aquellos lances fueron los primeros y los últimos que le di a un novillo en una plaza...... pero sin toro ¡cuántos! Me ha quedado esa tonta manía. Siempre que me veo con un trapo entre las manos, surge de mis sótanos aquel torerito de entonces y le doy al bicho la media verónica final con la que, en aquella tarde calurosa, no me dejó rematar la faena el compañero de la Escuela Taurina.

En aquellos años me iba al Rastro a rebuscar discos antiguos. Fue entonces cuando descubrí voces míticas, como la de Manuel Torre, pero sobre todo descubrí, en los discos y en el cine, el hechizo de Imperio Argentina. Han transcurrido decenas de años y no puedo evitar que el dramático desamor de la Falsa Moneda resurja desde dentro cuando menos lo espero. Y sin embargo, salía de ver en la pantalla aquella reliquia del cine español, “Carmen, la Cigarrera, y me descubría a mí mismo, acto seguido, sentado en otro cine diferente, enamorado hasta la médula de Jean Simons haciendo la dulce y rubia Ofelia, de Hamlet. ¿¿¿Cuál soy yo??? Me he pasado la vida desconcertado, preguntándome cuál soy yo de todos los que llevo dentro, y sigo con la misma pregunta. Por eso un día me surgió ese desconcertante ¿Por qué? sobre las cuartillas de un poema, cuya estrofa final escribí así:

 

Por qué nunca he sido solo,

por qué hay en mí tantos hombres

si me pusieron un nombre,

tan sólo uno por todos.

Por qué nunca he sido solo,

por qué, si anhelo ser uno.

Nunca me veré desnudo.

Nunca sabré cuál de todos.

 

El Once de Artillería

 

-Gregorio Corrales -voceó el sargento.

-Sánchez de la Parra -contesté yo a gritos, desde lo lejos de la nave, acercándome lo que pude.

-Aquí pone Parra -dijo él.

-Sánchez de la Parra -insistí yo.

-Acércate más.

Era una nave enormemente sucia y llena de luz. Avancé hasta primera línea, como si estuviera ya en el frente.

-¿Cómo te llamas?

-Gregorio Corrales Sánchez de la Parra.

-Pues aquí pone Gregorio Corrales Parra.

Yo no comenté nada, claro. En todo caso, me pateaba que toda la nave tuviera los ojos en mí.

-¿En qué quedamos? -me preguntó de pronto, como si fuera yo el causante del problema.

-Yo sólo sé que me llamo así.

Se quitó la gorra, la depositó en la mesa, se rascó preocupado el cuero cabelludo y se arrancó el lapicero de la oreja. Lo del lapicero en la oreja únicamente se lo había visto a Domingo, el que despachaba las merluzas a mi madre, que tiraba del lapiz de la oreja y le hacía la cuenta en el papel de estraza del pescado en un periquete.

-Es que aquí yo no puedo rectificar nada,¡leche! Esto es una lista oficial.

Yo me quedé mudo, claro.

-¿Sabes lo que quiere decir eso? Pues que ha sido hecha en Comandancia. ¡Cómo voy a rectificar yo a la Comandancia!

Y en medio de la bronca se me quedaba mirando lleno de ira. Definitivamente, mi madre era la que tenía la culpa de todo, por haberme dado un segundo apellido distinto del que la Comandancia estimaba que debería ser el correcto.

-Vamos a ver, dime de una cochina vez cómo te llamas.

Según me lo preguntó, pensé si no sería mejor cambiarme el apellido y hasta el nombre de pila, lo que quisiera. Estuve en un tris de decirle que por mí no había problema, que si es que no cabía entero en la casilla, pues que abreviase por donde quisiera, que para los amiguetes yo era solamente Goyo. Pero resulta que a lo mejor me declaraban prófugo en la lista. Con la Comandancia ni una broma.

-Pues Gregorio Corrales Sánchez de la Parra.

-Pero es que aquí pone sólo Parra. Y esto es de la Comandancia -vociferó, fuera de sí.

-Pues como usted diga, mi sargento.

Lo de “mi sargento” me sonó rarísimo porque era la primera vez que lo soltaba en mi vida. Lo había aprendido en las películas.

-¿Cómo que como yo diga? -gritó- Yo soy nada más que un sargento, recluta. Te estás enfrentando a la Comandancia. Lo dejo como está escrito. Y cuando llegue el alférez vas y se lo explicas a él -concluyó, lleno de cólera.

Me quedé donde estaba. ¡Cualquiera se movía!

El sargento, grandullón y con un ojo entero y el otro sólo a medio hacer, continuó la lista sin más incidentes. Pero antes de concluirla, ya estaba allí el alférez.

“Ya me la he cargado”, pensé, viéndoles hablar en voz baja.

-A ver. Gregorio Corrales -preguntó el alférez, tomando la lista en sus manos.

-Sánchez de la Parra -contesté yo, todo lo bajito que pude.

-Aquí pone solamente Parra.

-Ya se lo he dicho yo -recalcó el sargento-, que esto es de la Comandancia.

-Los datos vienen del Ayuntamiento, del empadronamiento. Pero claro, puede haber un error -se explicó, todo seguido y en voz alta el alférez.

Tiró de estilográfica y se puso a corregir.

-Pero es que la Comandancia..... -insistió el sargento, viendo su autoridad militar por los suelos.

-¡Quién va a saber mejor que él sus apellidos!

El sargento me miró no sé cómo, pero a mí me pareció que nada más le faltaba echar espuma por la boca. ¡Pues si que empezamos con buen pie!, pensé. Se había calado otra vez el lapicero en la oreja, y es que sólo le faltaba el mandil a rayas negras y verdes para despachar merluzas, como Domingo.

El 11 de Artillería estaba en Vicálvaro, en un acuartelamiento de dos pisos, con sus patios, al estilo de los caserones del campo, pero viejo y sucio. Ignoro la causa por la que nos metieron en lo que antes eran las cuadras y allí nos mantuvieron lo más crudo del invierno, en literas de a dos, con las argollas de atar a las mulas colgando de la pared, entre las literas de arriba y las de abajo. Los había tan animales que, viéndolos roncar panza arriba, francamente, uno pensaba que lo de las argollas a lo mejor era un “por si acaso”.

A la mañana siguiente vi a todo el personal congregado en torno a la pila de cemento, corrida y larga, que en una de las esquinas habría cumplido, en otro tiempo, las funciones de abrevadero del ganado. Me acerqué con cautela. Resulta que la tal pila era el único servicio de baño disponible y todo el personal andaba dándole al jabón y a la maquinilla de afeitar. Primero los ronquidos de los que dormían al pie de las argollas. Y ahora esto. Comprendí que me encontraba en el centro de una manada. Así es que me puse a mirarlos más despacio, desparramando la vista de la forma más comprensiva de que era capaz...... y me encontré con que, efectivamente, me hallaba en medio de una manada.

-¿Te pasa algo? -le pregunté al compañero, el inquilino de la litera junto a la mía, que se había vuelto a tumbar y parecía que se quejaba sordamente.

Era un chico de pueblo, desmedrado, de pocas carnes y de un color rubio desteñido, justamente del mismo color del pigmento de tantos garbanzos, que se le había puesto todo en la piel.

-Me duelen los “huecos”.

Me situó en un apuro. Me puse a pensar en todos los huecos del cuerpo. Se dio cuenta de mi ignorancia y repitió, tanteándose a ambos lados por debajo de las costillas.

-.... Los huecos..... los huecos.

-¡Ah, ya! Pues han dicho que formemos en el patio -le notifiqué.

Pero me pareció que el Descolorido no sería capaz ni de levantarse. ¡Diablos! Esta era mi ocasión de rehabilitarme. Me fui en busca de mi amigo el pescadero..... quiero decir el sargento, y se lo llevé al colega.

-¿Qué te duele?

-Los huecos.

-Anda, anda; a mí no me vengas con milongas. Arriba y a formar.

-Es que me duelen, mi sargento.

-Bueno, ¿y qué? Yo tengo los pies sembrados de callos y nadie llama al teniente para que venga a verme a la cama.

-Es que a mí me duelen, me duelen -repetía una y otra vez el Descolorido, tocándose los costados.

-Pues ahí debajo no hay nada, ni están los bofes, ni la asadura, que estoy harto de ver la canal.

El sargento sería un bárbaro, pero acababa de fulminarme. Me sentí empequeñecido, inculto. Le di un codazo al de mi lado.

-Oye. ¿Qué son los bofes?

-Los bofes son los bofes -me aclaró él, cargado de razón.

-Sí, sí, pero ¿qué son?

-¡Pues qué va a ser! Con lo que respiras.

-¡Ah! ¿Y la asadura?

-¡La leche!

-¿La leche?

Era imposible que ahí hubiera leche.

-¡Digo que la leche! Así no se puede venir a la mili, tú. Sabes menos que una gorra en una percha.

-¿Quién rezonga por ahí? -preguntó el sargento, acercándose- Cuando yo me dirijo a la tropa, aquí no resuella ni Dios.

-........ Pero me duele -seguía el Descolorido, como atrancado.

-Eso no es más que un puñado de aire. Ventosea.

-No puedo.

-Te he dicho que ventosees -le ordenó.

Yo me aparté lo que pude, no mucho. Tampoco era cosa de llamar la atención y que le tomasen a uno por un remilgado.

-No puedo.

-Ventosea, ¡leche!, que estás en el Ejército.

Yo hice un aparte. Me sentía desbordado. Ni sabía lo que era la asadura, ni los bofes, ni la canal, ni acertaba a comprender del todo la relación existente entre el Ejército y la necesidad de ventosear.

-No, si es que no puedo, mi sargento.

-Tú, vete al almacén y que te den un palmo de manguera fina. Vamos a ver si éste echa o no echa ese bufido -ordenó a otro.

El recluta salió de estampida al almacén.

Yo me escabullí definitivamente, por si iba en serio lo de meterle la manguera. Pero el mogollón siguió allí mismo donde estaba, rodeando al sargento y celebrando ruidosamente sus genialidades. El sargento era como un oso grande y peludo, y cuando decía una gracia de este estilo miraba siempre a los reclutas con los dos ojos, el que tenía a medias y el entero, abría la bocaza, enseñaba las muelas de oro y soltaba una descomunal carcajada para que todos le siguiesen. Y le seguían.

Poco tiempo después nos trasladaron a Colmenar Viejo, a una inmensa llanura poblada de barracones que llamaban Campamento de San Pedro, donde nos juntamos varios regimientos, incluidos los de Infantería.

Lo que más grabado guardo en la memoria eran las calles entre barracones y barracones, sembradas de guijarros, y también las enormes lanchas de piedra que afloraban aquí y allá, como si se tratase de un campamento diseñado para la caballería ligera. Tengo esto que digo grabado en la memoria todavía hoy, pero entonces lo tenía grabado en las manos. Oír el grito de “¡Diana! ¡A formar!” y salir todos pitando de cualquier manera, en calzoncillos, metiéndose la camisa, con el mono y las alpargatas en la mano, era todo ello una sola cosa, y en esa única cosa tan breve, pero tan a lo bestia, yo me iba al suelo todas las mañanas. De ahí tanta memoria en mis manos, que eran las que paraban el golpe.

Formábamos allí mismo, en fila de a cuatro, y cada cual se vestía como podía, siempre con la velocidad del rayo: la camiseta, el jersey, el mono, el correaje, las alpargatas. El gorro no, el gorro ya venía en su sitio, el gorro era lo primero que todo el mundo se ponía al saltar de la litera para que no estorbase y para no olvidarlo, porque el gorro en el Ejército era sagrado. Aunque tan poca cosa, por sí solo daba fe de la existencia de un recluta debajo. Así es que la anchura entre barracón y barracón se llenaba de tíos casi en pelota picada, pero todos con su gorrito en lo alto de la cabeza y la borlita de su gorrito colgando. Bueno, todos menos Parra, y Parra en la mili era justamente el que esto escribe. Se había quedado así para siempre en el Once de Artillería.

Nunca podré explicármelo, pero era inevitable que en el corto trayecto entre la puerta del barracón y la formación en fila, cada diana, me sintiese zarandeado y acabase dando con mis sueños en el suelo, aquel amable suelo de guijarros. El pobre Parra jamás llegó a acostumbrarse a las urgencias de una diana militar y corría cada mañana todavía dormido, en calzoncillos y con la ropa en las manos..... hasta que aterrizaba contra los guijarros.

Entonces abría los ojos y descubría, de pronto, que estaba dentro una tropa formando “de a cuatro”, todos en coretas y todos vistiéndose, y entonces Parra (o sea yo) se ponía a lo mismo. Pero siempre acababa el último. A lo largo de los años he seguido formando “de a cuatro” infinidad de veces....... en mis pesadillas, quiero decir. En todas veo montones de gentes sin rostro que se van y me dejan solo.

Dije antes que tuve el campamento durante mucho tiempo grabado en las manos porque las manos es lo primero que se pone al caer. El desollado de las palmas se acumulaba con los desollados de días anteriores, y las llagas de los dedos por el frío se acumulaban con las nuevas llagas por los nuevos fríos. En el campamento de San Pedro ululaba el viento y todo era inhóspito.

Pero, aún con llagas y desolladas las manos, a mí me enloquecía aquello de la instrucción, creo que hasta era capaz de escuchar el himno nacional en lo más íntimo del alma mientras seguíamos al veterano que marcaba el paso, para mí como si aquel veterano fuera el propio Millán Astray en persona. Aquello de llevarse el mosquetón desde el suelo hasta el hombro en cuatro movimientos exactos, coordinados con los primeros cuatro pasos al arrancar, me llenaba de tanta marcialidad que no me extrañó el día en el que apareció el teniente, a comprobar cómo íbamos, y se puso a dar voces, desesperado.

-¿Esto es el Once de Artillería o es un desfile de señoritas? Si todos pusierais el nervio que pone Balmes, esto saldría como Dios.

Balmes también era yo. No sé qué tendría mi nombre que nadie me llamaba por él. Desde aquel primer accidente en la nave donde pasaron lista para asegurarse de que no faltaba nadie, yo era para todos “El Parra”..... menos para el teniente, que un día me pilló leyendo El Criterio, de Balmes, y le causó tal impacto un recluta leyendo filosofía que para él fui ya siempre “El Balmes.

Emilio aprovechó el “rompan filas” para convocarnos a Cotallo, a Tena, a Gamboa, y a mí. Emilio era empleado de banca y usaba un bigotito pinturero, al estilo de Clark Gable. Nos metió en la habitación que había hecho las veces de despacho y en la que él había hecho las veces de secretario para el nuevo alférez, que era de los de complemento y venía de cursar Sociología. Aquellos “alféreces de complemento” eran como un respiro en un cuartel, porque nada tenían que ver con la brutalidad militar. Dado que era sociólogo, a éste le pirraba hacer exámenes, encuestas, estadísticas y otros experimentos de ese tenor con la tropa. Pero a partir de ese día ya nunca más volvimos a verlo, porque el capitán no había estudiado Sociología y no entendía qué coños tenía que ver eso con las trincheras, el mosquetón, los disparos y la bandera.

Tampoco volvimos casi a ver al teniente, Luis Benavidez. Salvando las distancias, la Quinta Batería del 11 de Artillería era como una pequeña casa de los horrores, en la que el capitán iba decapitando a todos los oficiales que se acercaban a la tropa. El capitán, que era un fantasma (si se le miraba bien) y un chulo (si se le miraba mal), pensaba que la Batería era suya, con la misma certidumbre con la que el Generalísimo pensaba que España era suya. Oye, hay gente que es así, y hasta lo hacen con la mejor voluntad.

Volvamos al despacho donde nos había convocado Emilio, en ausencia del alférez. Tiró del cajón y puso sobre la mesa las cuartillas del último de los exámenes. El ejercicio consistía en una sola pregunta, "¿Qué es el teatro?", tan escueta, tan directa y tan al grano que al personal le había desconcertado. En la contestación de un recluta, con letras temblonas y grandes, se leía "Un local con sillas". En otra, con letra garrapateada, "Adonde se meten las mozas de los pueblos que se escapan". En una tercera, con lápiz gordo, se leía "Suben un telón y hablan".

Evidentemente, no podía negarse que en la Quinta Batería había todo tipo de filosofías, todo tipo de enfoques de la cuestión: "Donde las vedetes, para hombres viejos".... "El Tenorio, la monja y el Comendador"..... "Como el guiñol, pero de verdad"..... El más conciso y espabilado de todos los reclutas, a la pregunta “¿Qué es el teatro?” había atajado "Eso no lo hay en mi pueblo".

En la mayoría de las cuartillas se veía el mismo tachón hecho con trazo enérgico, de esquina a esquina, por la indignada mano del alférez. En la mía se veía un diez gordo, dentro de un círculo, y más abajo lo que yo había contestado al alférez sobre qué cosa es el teatro: “El teatro es una representación escenificada de la vida misma”. Siempre que me viene a la memoria este recuerdo pienso la cantidad de veces que luego, como escritor, he intentado construir eso mismo, “una representación escenificada de la vida misma” sobre las tablas de verdad de un teatro...... Pero nadie nunca ha vuelto a premiarme con un diez, como hizo el alférez.

Realmente, en la mili hubo muchas más cosas que éstas, todas ellas sórdidas y tristísimas. Allí aprendí que la desgracia mas intolerable que puede caerme es la pérdida de la identidad. Verme vestido igual al resto del rebaño, diferenciado sólo por un número, me resultó una ofensa que nunca podré perdonar a la sociedad. Sufrí con los inadaptados (que también los había) y odié a los pequeños tiranos, a los reyezuelos. Recuerdo haber visto a un campesino de casi dos metros, en la dura instrucción de los primeros días, soltar el mosquetón, sentarse en la tierra, allí mismo, donde estaba, delante de las barbas del sargento, y arrancar a llorar a moco y baba con el desconsuelo de un niño abandonado.

Recuerdo eso y también recuerdo el ruido metálico y espeluznante que hace un mosquetón al ser cargado por alguien que venía hacia mí, aparentemente dispuesto a disparar, en lo más negro de una noche sin luna; alguien de quien se oían los pasos acercándose al puesto en el que yo hacía guardia, sin identificarse y cargando el arma por toda respuesta a mi requerimiento del “Santo y seña”, un veterano, un tipo cuartelero y chulesco que gozaba torturando a los reclutas.

He preferido escribir en clave de humor lo que realmente constituye uno de los recuerdos más oscuros de mi vida. De aquel paso por los infiernos solamente rescataría el recuerdo de dos amigos del alma, dos espíritus inocentes que tampoco sé, como no lo sé de mí, qué era lo que hacían en semejante lugar.

A uno de ellos se le subía el tomate a la cara cuando reía. La verdad es que se le subía el tomate por cualquier cosa. Era un chico débil que tapaba su poquedad hablando de todo con cierto aire suficiente. Pero más adentro de ese barniz había una excelente e insegura persona, amable, fiel e inofensiva. Conservo en la retina su figura quebradiza, casi esquelética, sus orejas de soplillo y su piel descamada. Manolo daba la sensación de tratarse realmente de un lagarto en permanente muda de piel. Con el tiempo he sabido que a eso se lo llama soriasis, pero entonces era la primera vez que lo veía y me tenía intrigado.

Al cabo de unos años, cuando yo era guionista para la televisión, me tropecé con él en los estudios de Prado del Rey. Seguía idéntico, exacto, con su figura translúcida y sus orejas de soplillo; solamente le faltaban el mono y el mosquetón. Manolo continuaba siendo el mismo chico parlanchín y una pizca fantasma por fuera, pero indefenso y admirable por dentro. Volvimos a renacer la vieja amistad, pero por muy poco tiempo. Trabajaba en la parte oscura de la Televisión, la de la contabilidad, los despachos y los papeles. Lo destinaron a Canarias y nunca más lo volví a ver.

El otro amigo, el más amigo, era Joaquín. Aún no sé exactamente la causa, pero Joaquín me inspiraba una piedad infinita. Con su humildad, su prudencia y sus bolsillos siempre vacíos, me parecía haber sido diseñado para pasarlo mal en la vida. Había nacido en la tierra de los conquistadores, en Quintana de la Serena. Físicamente era exacto al Piyayo de José Carlos de Luna: renegro, reseco, chicuelo.... y usaba unas lentes absolutamente redondas y de montura fina, idénticas a las de Unamuno. Tena resultaba, en versión rústica, un cliché de la vieja España.

Tampoco puedo explicar cómo llegamos a intimar, porque él jamás alternaba, nunca salía del rincón de su litera en las horas libres. A esta entrañable persona no puedo recordarla si no es con sus cuartillas y su pluma, taciturno y enamorado, escribiendo permanentes y larguísimas cartas a su Manuela del alma. Tengo ahora más de sesenta y jamás he conocido otro hombre tan obsesionado por una mujer a lo largo de mi vida. Tenía yo la oscura sensación de que Tena lo pasaba mal, y tanta piedad me inspiraba que recuerdo que, para evitarle un gasto y facilitarle su amorosa obsesión, cuando volvía los lunes de pasar el fin de semana en casa con el "pase-pernocta", le llevaba una tira de sellos de correos.

Un inesperado día, al cabo de treinta años, descolgué el teléfono y me tropecé nuevamente con aquella voz, ya casi olvidada. Recorrimos Ávila, comimos otra vez juntos. Había venido a hacer turismo y a verme con su Manuela y su hija. Por fin aquel día y con más de treinta años de retraso, llegué a conocer a la destinataria de tantas y tantas cartas amorosas, algunas recibidas gracias a mis sellos. Fue una gratísima jornada..... Pero a mí nada podrá quitarme la sensación de que Tena seguía siendo aquel muchacho infeliz que entonces conocí, a pesar de haber conseguido casarse con su Manuela del alma. Bajo su humildad, sus escasas palabras y su sonrisa, a mí me pareció que seguía latiendo el mismo muchacho, lastimero y desconcertado, de entonces. Siempre he adorado a los humildes, seguramente porque nada de humilde tengo yo.

 

El Íncome Tax

 

Hace un montón de años que ya no leo nada, no tengo tiempo, me paso la vida escribiendo y escribiendo, que es mucho más interesante que leer. De aquel hartazgo de libros ajenos (quiero decir, escritos por otros) recuerdo uno que, años después, cuando aterricé en Ávila ya para siempre, me volvió inmediatamente a la memoria porque mi aterrizaje fue en la estrecha pista de la Delegación de Hacienda, y lo que yo había leído tantos añas antes trataba de eso, de la Hacienda Pública.

Pérez Galdós, en su novela “Miau”, retrataba un angustiado funcionario que se debatía entre el servicio activo en la Administración y las continuas cesantías según el vaivén político, es decir, entre el ser y el no-ser de Hamlet. Villamil, que así se llamaba el personaje de la novela, ni dormía ni le aprovechaba el café del desayuno haciendo planes de a cuántos amigos, amigotes y amiguetes debería visitar ese día para conseguir que su nombre fuera incluido en las próximas listas de paniaguados, destinados a cubrir las plazas vacantes en el muy codiciado Ministerio de Hacienda.

En mis tiempos ya existían oposiciones, pero todavía pululaban por las oficinas los vejetes que habían conseguido el sillón gracias al dedazo de algún jefecillo, como en “Miau”. Nada más entrar, me destinaron a la sección de Rentas Públicas y llegué a tiempo de conocer a una “funcionaria”, destinada ella en lo más sencillito: registrar todo lo que iba entrando en un libro muy gordo, en el cual, invariablemente, podía comprobarse que, al llegar al documento nº 999, el mundo matemático se extinguía y se volvía nuevamente a empezar con el documento nº 1.

Este misterio aritmético pude resolverlo el día en el que la susodicha compañera me contó su historia. Al llegar al mil se empezaba otra vez en el uno porque ella había nacido y había ido a la escuela en un pueblo, en el cual, una de las infernales noches del invierno abulense, el coche de un jefazo de la Administración se había quedado atascado por la nevada, y el servicial Alcalde del pueblo albergó en su propia casa al jefazo.

“Pídeme lo que quieras y te lo daré”, le dijo a la mañana siguiente Su Señoría, al estilo bíblico. Pero el humilde Alcalde no aspiró a la cabeza de Juan el Bautista, como hizo Salomé en el relato bíblico, se conformó con que Su Señoría le hiciera un huequecillo a su hija en algún Ministerio, porque, aunque solamente había ido a la escuela de chiquitilla, era muy espabilada. Hete aquí la causa del misterioso nº 1 que sucede al 999.

Volviendo al Miau de Pérez Galdos, resulta que el desolado Villamil, ése al que en el Ministerio despreciaban, era un iluminado que ya entonces (mil ochocientos y....) preconizaba nada menos que el Íncome tax, un nuevo y único impuesto que sustituiría a todos los demás, es decir, el germen embrionario de nuestro Impuesto General sobre la Renta de las Personas Físicas. Lo que yo digo: estos politiquillos de ahora nada inventan verdaderamente novedoso, escarban en el pasado y le agregan al nombre tres o cuatro vocablos más para que suene a cosa gorda. ¡Con lo fácil que es llamarlo Íncome Tax!

En el año cincuenta y cuatro, cuando llegué destinado a Ávila, nadie aparecía en la Delegación hasta las once y nadie se iba más tarde de las dos, tres horitas al amor de un entrañable braserito. Pero no de los eléctricos. Si se abusaba en esto de la corriente, se saltaban indefectiblemente los "plomos". Un braserito casero, de cisco, con su camilla circular y todo. Yo no, a mí me habían alojado detrás de un pupitre, junto a una ventanilla, para despachar a los dos o tres contribuyentes que aparecían cada mañana; pero las señoras funcionarias disfrutaban de sus camillas, sus faldillas (las de las camillas, quiero decir) y sus braseritos de cisco, con sus badilas para atizarlos de cuándo en cuándo.

Abajo, en el sótano, dormitaba la mastodóntica caldera de la calefacción, con la puertecilla y las rejillas tapadas de telarañas por falta de uso; y a su lado, la diligente calderita que enviaba calorías al hogar del Ilmo. Sr. Delegado. Ésa sí, ésa bramaba a todo trapo. Un Delegado de Hacienda era un Delegado de Hacienda, en aquel tiempo.

Por entonces había un susodicho llamado Don Gorrón. Se apuntaba a todos los ágapes, patronas y jolgorios y jamás preguntaba qué debía. A causa de esto me sentaban mal todos los banquetes y celebraciones de fraternidad. Los comenzaba lleno de ilusión, como todos; pero cuando ya andábamos por el postre y el coñac, me daba irremediablemente por pensar que la parte alícuota correspondiente, quizás un espárrago o quizás la guinda del corazón de la tarta que le servían a Don Gorrón, acababa de sufragarla yo con mi modesta paga del mes.

En Ávila, entonces, no se veían coches por las calles, tan pocos que en la Delegación solamente había dos: el del Tesorero, candidato al premio de la Asociación de la Prensa por leerse todos los periódicos en tan corto espacio de tiempo de la jornada laboral, encerrado en su despacho, y el de Germán. El del Tesorero era un Citroen "dos caballos" que, haciendo justo honor a su nombre, avanzaba a saltos; pero el de Germán era todo un cochazo para lo que se usaba entonces, era un auténtico “haiga”, como entonces se decía. Germán era un pudiente joven, distinguido y educado, descendiente directo de los caballeros medievales. Germán tenía una boquita cordial que arqueaba continuamente en forma vertical y dulzona, sonriendo a troche y moche, de manera que las compañeras habían dado enseguida con el apodo más descriptivo, “Bocaplátano”.

-Mañana me voy a Madrid contigo, si no te importa llevarme -le dije.

-Encantado. A las nueve en la puerta de la Delegación.

-Pero si mañana es sábado, despistado, no hay oficina.

-Es que todos los sábados llevo a don Gorrón.

Cuando llegué a la puerta de la Delegación al día siguiente, ya estaba montando guardia Germán, con su flamante automóvil.

-¡Vaya helada que ha caído!

Acababa de anunciarse un amanecer gélido en lo alto de los tejados, empujado por el viento del norte, y desde los tejados se desparramaba sobre el empedrado de las calles de forma inmisericorde.

-Se me están quedando los pies como planchas -le dije.

-Es que este tío siempre con las mismas -protestó Germán-, me cita treinta minutos por delante de la hora en la que realmente piensa salir.

En una situación así de gélida, hasta un gorrón se torna en un ser deseado. Los dos mirábamos anhelantes las escalinatas de piedra y el portón de hierro de la Delegación, esperando ver aparecer la graciosa figura de Su Merced Don Gorrón.

-Ahí está -dijo Germán de pronto, saliendo del coche.

Pero yo no pude entender lo que aconteció acto seguido: el dueño del coche, Germán, saliendo y dando la vuelta al vehículo, fue a sentarse en el lado derecho, el del acompañante, mientras Don Gorrón, en la puerta izquierda, se había despojado del gabán, se había enfundado un par de guantes impecables y se había sentado al volante.

- Buenos días -dijo con cara de vinagre, al verme dentro.

- Buenos días, don Gorrón -contesté yo (traducido, claro).

Le dio al contacto, luego un par de acelerones y partimos a todo gas. Yo no podía dar crédito a lo que veía. Todo tan natural que parecía cosa habitual de todos los fines de semana. No solamente le llevaba el funcionario Germán a Madrid, es que, además, se posesionaba del vehículo y lo conducía con sus impecables guantes. Todo en la Delegación era de él: la vivienda, la calefacción, las órdenes, los funcionarios y hasta el patrimonio de los funcionarios. Germán, en su propio coche, hacía de copiloto, aparentemente encantado y realmente asqueado.

-Ha quedado muy bien el patio después de las obras, muy bien -comentó Germán en seguida para demostrarle que sí, que estaba encantado por todo, incluido el alquiler gratis del coche.

-¡Ya era hora de acabar con las goteras en el dichoso patio! -sentenció Don Gorrón

-Pues no sé, no sé -aventuré yo-. Lo de las goteras, por supuesto. Pero podría haberse buscado otra solución un poquito más estética para solucionar el problema.

Germán rebulló en el asiento, todo alarmado. ¡Qué osadía la de este Corrales! ¡Hablarle así al Delegado!

-Otra solución.... ¿Cuál? -me escupió don Gorrón, irritado.

-A un patio de mármol, con columnas de capiteles de bronce, quitarle la claraboya de cristales de colores, con la imagen del escudo de España, y colocarle un gorro de hormigón armado como el de los urinarios públicos.......

-Ése no es asunto mío, pero sobre todo no es asunto de usted. Para eso hay un arquitecto.

Y lo dijo con tal contundencia que opté por no contestarle. Podría trasladarme de negociado, podría abrirme expediente disciplinario, y hasta pensé que podría abrir la puerta del coche, que consideraba suyo, y echarme fuera en marcha.

Don Gorrón, a pesar de su gabán Flómar y sus impecables guantes de conductor deportivo, no tenía formación ninguna, no sé si tendría quizás Bachiller, era uno de esos ascendidos desde la puerta trasera, a través de la escalera de servicio, hasta el salón principal, dentro de un colectivo en el que abundaban los paisanos del pueblo, los amigotes y las ex-amantes de turno, según la procedencia geográfica de los peces gordos.

En aquellos años, los peces gordos habían recalado todos desde las rías gallegas. En los enmoquetados despachos del Ministerio de Hacienda se hablaba con el dulce acento galaico, justo el que tenía Don Gorrón. Y ya está. ¡Cómo podría exigírsele un mínimo de sentido estético a un tío que había escalado por la puerta de servicio, hasta Delegado Provincial! Después de la atención cotidiana a los movimientos en el escalafón y a los enchufes que aparecían en el BOE, ya no le quedaba tiempo para más.

Había llegado yo al tajo administrativo, con mis veinte añitos, desde Jorge Juan 34, 2º izquierda, y desde las páginas del Quijote, y creo que algo de ese personaje se había quedado conmigo para siempre. Comprobar los mecanismos de servilismo-pelotilleo que se urden en el interior de la maquinaria burocrática fue el primer molino de viento que tropecé en el desierto solar de la Administración, tropiezo descomunal con el que luego no he dejado de estrellarme desde aquellos veinte años.

He perdido la cuenta de los expedientes disciplinarios que me han instruido a lo largo de mi odiosa vida administrativa. ¿Cuatro? ¿Cinco? ¡Qué más da! A Cervantes hasta le encerraron en mazmorra, y supongo que con la misma impagable satisfacción de no haberme doblegado jamás ante el “descomunal molino de viento de los ilustrísimos señores administradores de la corrupta señora Administración”. Sufrí no sé cuánto, pero me siento bien conmigo mismo.

-¿Cuál te parece a ti que es el primero de los deberes de un Delegado, al llegar a su nuevo destino?

Esta pregunta no corresponde al momento que estoy narrando, el de mi llegada a Ávila, esta pregunta se la hice, veinte años más tarde, a un nuevo compañero llegado de Valladolid, ante la maquinita que despachaba café con sólo oprimir un botón.

-Supongo que lo primero será conocer bien al personal.

-No sé para qué gasto el tiempo contigo. Eres bien intencionado, pero estás en offside. El primero de los deberes de un Delegado como Dios manda, al pisar la nueva Delegación, es desenrollar los planos del edificio y buscar a ver por dónde puede meterle mano para justificar todos los millones en obras que pueda.

Habíamos tirado los vasitos del café a la papelera y caminábamos por el patio.

-Me han dicho que hubo un Delegado que hasta hizo desaparecer la escalera -me comentó el compañero, quizás un poco incrédulo.

-Sí señor, una escalera que era un primor, que valía un capital, toda de madera, con sus balaustres así de gordos, rematados en bronce, una escalera digna de un palacio -le comenté yo- Y total para acabar en la entreplanta del palacio que se ha hecho el contratista de las obras.

Estábamos en el centro del patio. Le retuve por el brazo y le señalé hacia arriba.

-Pero si lo de la escalera fue un pecado capital, eso que ahora ves fue una blasfemia contra toda la corte celestial. Ahí había una cristalera divina, en color, como las de las iglesias góticas. Era de esos cristalitos que van ensamblados en junquillos de plomo. Una delicia. Pero cayó entonces por aquí Don Gorrón y se la cargó, porque aquella joya hacía goteras y él no tenía ni Bachiller.

-¿Don Gorrón? Oye, aquí le ponéis motes a todos los que van llegando.

-Para eso tenemos al Ordenanza Mayor. No hace otra cosa.

Don Pastor, el nuevo Delegado que había cuando llegó este compañero de Valladolid, tenía unos andares despatarrados y bamboleantes que nunca pudimos saber si eran de nacimiento o por unas hemorroides. Y como además llevaba siempre por detrás al Secretario, que aunque con nombre tan poco perruno estaba siempre dispuesto a ladrar a todo el que se aproximase a su amo (es decir, al Delegado), el Ordenanza Mayor, que se pasaba la vida en los pasillos, viéndolos juntos de acá para allá, el uno por delante, con sus andares despatarrados, y el otro por detrás, enseñando los colmillos a los funcionarios de a pie, los había rebautizado como el “Pastor” y el “Carea”.

-La saga de los delegados maderofóbicos la inauguró aquel Don Gorrón con la desaparición de la escalera y de la claraboya del patio, pero la han rematado estos de ahora, el Pastor y su Carea, con el asunto del despacho. ¿O es que no te lo han contado?

Habíamos llegado a la planta superior y nos habíamos refugiado en el despachito del compañero, que estaba muy cerca del despacho de la fe de autos que yo iba a relatarle ahora.

-...... Era un despacho regio -le expliqué-, de esos clásicos de estilo español. ¿Los conoces, no?..... Con sus cabecitas de angelotes labradas en relieve, oscuros y llenos del lustre de muchísimos años. Era un despacho digno del Rey de España, con una mesa importante y el armario a juego. Pero cuando llegó este último inquilino, el Pastor, que por encima de un responsable Delegado es un probo y diligente funcionario, aseguró que la tal mesa carecía de cajones suficientes para albergar tanto legajo como él tenía el propósito de mover, y que tanto la mesa como el armario carecían de los rieles necesarios para colgar carpetas archivadoras tamaño folio, en los que él pudiera abarrotar diligencias y más diligencias, expedientes y más expedientes, por cuya razón y en aras de una mayor eficacia en el desempeño de sus muy prolijos deberes, el tal mobiliario, honra de la Delegación de Hacienda de Ávila, a él le venía inservible y prefería uno moderno y funcional, cuanto más brillante y aerodinámico mejor; y una lámpara bien pulida, de brazo móvil, que hiciese juego con el relumbrón cegador del conjunto -le solté todo seguido al compañero vallisoletano, y me quedé jadeante.

-Ya me figuro qué es lo que sigue: que también ha desaparecido ese mobiliario.

-No. Por una excepción y sin que sirva de precedente, no ha desaparecido, se lo endosaron al Interventor, en cuyo despacho puedes admirarlo. Pero, amigo mío -le dije, cambiando de caso-, sin duda más impacto que el desprecio por un mobiliario así, me produjo el día que toqué en la puerta con los nudillos, pedí permiso para entrar, me contestó la voz engolada del Pastor, autorizándome, abrí la puerta y..... y me lo encontré inclinado y pasando la gamuza por los costados a su reluciente mesa nueva, digna de un hospital.

-¿El Delegado pasando la gamuza a la mesa? -repitió mi compañero, sin creérselo del todo.

-Pasando la gamuza a la mesa -repetí yo.

-Querrás decir entonces que le pillaste.

-No, no. ¡Cómo iba a pillarle, si me había dado permiso él! Seguro que antes de dármelo agarró la gamuza con toda intención, para darme un ejemplo de manual de lo que deben hacer los hacendosos funcionarios antes de abandonar el trabajo cada día. ¡Don Pastor es mucho Pastor!

Y como si una anécdota llamase a otra anécdota, en ese justo momento sonaron unos nudillos en la puerta del despachito en el que estábamos charlando. Los dos nos volvimos al instante, con la misma duda: “Igual aparece el Delegado, gamuza en mano, y nos echa una bronca por estar perdiendo el tiempo”. Pero no entraba nadie.

-Pase -dijo mi compañero.

Entonces se entreabrió la puerta muy despacito, muy despacito, desesperadamente despacito, como en las películas de suspense. El compañero y yo esperábamos intrigados. Pensábamos que don Miguel habría instalado algún sistema de escucha, espiaba a los funcionarios y entraría, expediente en mano.

Pero no, porque el Pastor, o sea, don Miguel, tenía la nariz puntiaguda y colérica, y esto que comenzaba a asomar humildemente por la puerta entreabierta era una chistosa nariz, gordinflona y blanca, que miraba hacia arriba en vez de al suelo, de puro respingona. Luego avanzó un poco más, y un poco más, y al fin, detrás de la repimpolluda nariz apareció toda la faz rubicunda de una mujer cuarentona y gorda, que preguntó enseguida, sin atreverse a entrar del todo, con voz bajita e insegura.

-Oiga. ¿Es aquí donde hay que “desbragarse”?

Ni el compañero ni yo contestamos una palabra, no podíamos. La mujer se cansaba de esperar. Luego se decidió a explicarse, cada vez más insegura.

-Es que he ido a la ventanilla, para lo de la Renta, ¿sabe usted? Pero como una es una ignorante, pues he preguntado con toda mi buena fe qué podía hacer, ¿sabe? Y la señorita que me ha atendido, que, por cierto, lo ha hecho muy requetebién, las cosas como son, me ha dicho enseguidita, mirando por una, claro, que yo tenía todo el derecho a “desbragarme”.

Los dos respiramos con alivio.

-Por supuesto, señora, por supuesto. Tiene usted todo el derecho. Pero se trata de desgravarse, señora, no de “desbragarse” -la corrigió el compañero- Pase usted, pase.

Anécdotas de este tipo en la Administración había para editar un libro, quizás lo único salvable dentro de un ambiente sólo respirable con mascarilla. El desventurado Villamil de Pérez Galdós, genial precursor del Íncome tax, se conformaba con pedirle a los Reyes Magos una humilde ventanilla por la que poder despachar documentos hasta su próxima cesantía, debida a los vaivenes políticos, siquiera fuera para tener qué comer durante una temporadita.

Quizás alguien del Ministerio leyese la novela. ¡Quién sabe! La cosa es que el caso “Villamil” llamó a las conciencias y se acordó que, haga lo que haga, un funcionario es un funcionario, sí señor. Así es que, en lo sucesivo, todas las ventanillas pasarían de ser propiedad del Ministerio a ser propiedad vitalicia de cada funcionario. Eso sí: el caso de la clausura de la numeración al llegar al 999 seguía siendo un suceso misterioso ocurrido en la Delegación de Ávila, pero que no empañaba el honor de la clase funcionarial entera.

Volviendo al principio, a cuando llegué destinado y dispuesto a quedarme para siempre, Ávila me recibió con treinta centímetros de nieve. Todavía conservo una fotografía con Sánchez y Jaime en todo lo alto de una bola de nieve descomunal, en medio del Mercado Grande, a la salida del trabajo el primer día en la Delegación de Hacienda. Sánchez hace tiempo que se ha jubilado, pero sigue tan grandote y tan despistado. Se pasó los últimos veinte años abrochándose la bragueta del pantalón en medio del patio, en el trayecto servicio-despacho. Las compañeras estuvieron por elevar una queja al Delegado, pero no sabían cómo explicarle eso.

-Podemos decirle que Sánchez es distraído, que le recuerde que hay señoras.

-¡Eso! ¿Y qué le explicas cuando te pregunte qué clase de distracciones?

-Pues se puede mirar en el diccionario. Todas las palabras tienen sinónimos.

-Para sinónimos de distraerse no hace falta diccionario, mujer.

-No, si yo me refería a sinónimos de bragueta.

A Tere se le iba la mano por la risa y se plantaba un tiznón vertical encima del ojo, como ése que llevan los del circo. Tere desplegaba todas las mañanas un escuadrón de tarritos a lo largo del borde del lavabo, en perfecta formación, esgrimía en la diestra una especie de brocha diminuta y, aquí me unto y allí me doy, se repartía por toda la faz un montón de toques preciosos: los azules, los salmones, los ahumados...... que así enumerados suenan a pescadería, pero la verdad es que la dejaban de portada de revista.

-Tengo la solución. Se pega un cartelito en la puerta del servicio y ya está.

-¿Y qué pones? ¿”Antes de salir, abróchese”?

-Os participo que ahora, de abrocharse ya nada. Están poniéndose de moda las cremalleras.

-Pues como comprenderás, no vamos a poner “Súbasela”.

Esta Administración de ahora, tan mecánica y tan impersonal, nada tiene que ver con aquello de entonces. Inmediatamente después de firmar en la entrada, lo reglamentario era celebrar el primer corrillo del día: ellos, alrededor del fútbol, ellas en el lavabo, mientras Tere desplegaba su escuadrón de tarritos y “aquí me unto y aquí me doy”.

-Vamos, niñas, ya está bien de cháchara, que es la hora del café.

-Pues un café rapidito, que hoy es viernes, hay mercado.

-¡Jesús, todo se junta! Una es que no para.

El centro de la ciudad hacía infinidad de años que se había trasladado al Mercado Grande, que ya no era mercado, sino una plaza con soportales y los dos cafés clásicos: Pepillo y el Águila; pero el Ávila medieval seguía dormitando en la antigua placita presidida por el Consistorio, ahora normalmente desierta, pero que llegado ese día de la semana resucitaba al abrigo de los tratos, el vocerío y la cháchara. La media provincia todavía labriega (la otra media ya no existía, se había ido, de uno en uno, a trabajar a Madrid) arribaba al Mercado Chico con sus gorrillas, sus chalecos, sus pantalones de pana y sus balanzas al hombro para pesar lo que traían de la huerta del pueblo. Verlos a todos juntos era una delicia.

Las mañanas de los viernes, por tanto, las funcionarias lo tenían muy duro, las agendas a tope: sesión de maquillaje, tertulia social, cafetito y ¡hala!, a la plaza, con el monedero en la mano y una gran bolsa. En la Delegación, los viernes por la mañana, a partir de la una y hasta las dos, que era la hora de irse por fin a casa después de una jornada tan laboriosa, junto a la pila de expedientes por tramitar, en todos los despachos descansaban, en su cesta, las lechugas y las zanahorias.

Una de esas mañanas, incomprensiblemente, la Casa de la Pradera no apareció a la cita, ella que siempre estaba en todos los saraos.

- ¡Fíjate qué cosas, con lo que es ella!

-Mujer, no habrá podido. Es que esto va por episodios, como en la serie de la televisión.

-Pues el último capítulo ha sido que se les rompía una rueda del carromato, camino de Oregón.

-No me digas más. Entonces lo que toca hoy es un problema en las llantas del coche, ya lo veréis.

La última palabra la tenía casi siempre Candelaria, con aquella mueca suya tan socarrona que parecía defender a todo el mundo, pero que realmente se reía de todo el mundo.

-La tomáis a broma, pero vale un montón. Además de ser una madraza y de sacar tiempo para venir todos los días a la oficina, sabéis que lleva veinte años encargándose de la organización de todos los actos, eventos, festejos, ágapes, meriendas y banquetes, con sus correspondientes rifas, lectura de aleluyas, becerradas y misas conmemorativas. Y además y por si no lo sabéis, ella es la que se encarga de llevar a bordar la bandera nacional a una sastra que es de Aragón, como Agustina, que vive justo frente al cuartel de la Academia de Intendencia del Ejército, y luego cuelga la bandera en el balcón principal de la Delegación, el Dos de Mayo.

-¿Agustina?

-No, mujer, nuestra compañera, la de la Casa de la Pradera.

En aquel tiempo (como comienzan todas las citas bíblicas), teníamos en la Delegación un compañero que se había equivocado. Todavía no sé por qué había hecho las oposiciones ni por qué se conformaba con aquella miseria de sueldo, porque lo que a él le iba un mogollón eran los negocios y las finanzas. Los montaba de todas las clases y a todos los niveles: de exportación de vinos, de fabricación de hamburguesas, de cualquier empresa era capaz. A mí me propuso un día montar una sauna en mi finca, aunque no era mía, era de mis padres todavía.

-Mira, no seas torpe, eso de la jardinería es muy romántico, pero no produce. De tanto regar te va a salir musgo en la barba -me dijo un día.

Y a lo mejor tenía toda la razón y me salía musgo, ¡quién sabe! Estábamos en la oficina. Tiró de papel de oficio y de bolígrafo y me hizo, en un santiamén, todo un proyecto. La verdad es que Gómez, además de decidido, era un tío competente.

-Nos hace falta medio millón para levantar el local, de dos plantas. Y nada de meter a la gente a sudar en un agujero, como hacen otros. Sauna con galería en la segunda planta, desde donde puedan contemplar el valle Amblés mientras adelgazan.

Yo, claro está, alguna vez intervenía modestamente, le hacía alguna pequeña observación.

-¿Pero no se empañarán los cristales?

Estas pequeñeces, la verdad, le desconcertaban. Gómez era un tío con muchísima imaginación y nunca se paraba en detalles tontos.

-Bueno, bueno, no te fijes en pijadas -protestó- Ya lo haremos cómo sea, pero tiene que verse el valle. Es un detalle capital para el proyecto.

Apuntó el medio millón en el papel y comenzó una serie meteórica de operaciones matemáticas. Gómez era profesor mercantil, nada menos.

-...... Al equis por ciento (ahora hay una oferta inmejorable del Banco de Crédito Industrial).... tanto, que sumado a lo anterior, tanto.... Hay que contar con un equis por ciento de encarecimiento de materiales.... Sé de buena tinta que ese sector productivo está para subir.... Más los diversos.... Ya me entiendes: licencias, impuestos, tramitaciones....

Echó, de repente, una gruesa línea horizontal y siguió con otro capítulo.

-..... Ahora el acondicionamiento interior, que son dos apartados: el de instalación propiamente dicha y el de mobiliario.

Y así, como quien no quiere la cosa, en un abrir y cerrar de ojos pergeñó todo lo que pudiera concernir al montaje e inauguración de un complejo, dedicado fundamentalmente a sauna. Vamos, que yo ya estaba viéndolo todo en pie.

-...... Ahí lo tienes: tantos millones, amortizables en tantos años, a tanto por ejercicio. Una operación redonda. Porque, amigo Corrales, yo no sé si tú has caído ya en el quid de este asunto -me dijo de pronto, agarrándome por el brazo, con ojillos chispeantes y cara de pícaro.

Yo, sin embargo, seguro que ponía una cara de imbécil tremenda, porque ni remota idea de cuál podría ser ese quid del asunto que me anunciaba. Entonces Gómez se acercó más y me anunció, con un incontenible gesto de satisfacción empresarial.

-...... El secreto de este negocio está aquí -me dijo rotundamente, apuntando con el dedo con el mismo vigor con el que Hitler plantaba su dedo sobre las líneas enemigas en el mapa- Éste es el secreto del éxito: el espacio reservado en el presupuesto al capítulo Cafetería. Éste es el punto capital para que no nos quedemos en cuatro días con un Ávila llena de flacos. ¿Me comprendes?

Quería comprenderle, pero no del todo.

-Mira, siéntate aquí y sígueme.

Tiró de nuevo del papel de oficio y se puso a hacer números con velocidad de ordenador (aunque entonces todavía no había ordenadores).

-Ávila tiene cuarenta mil habitantes, de los que son potencialmente clientes de una sauna un tal por ciento.... Y teniendo en cuenta otros imperativos diversos, como el clima.... Total, que nos va a visitar un cogollito de treinta o cuarenta como media diaria..... ¿Cuándo se nos acabará el negocio? -me preguntó, de improviso.

Yo me encogí de hombros. Lo mío era la literatura y los toros.

-...... ¡Pues nunca, hombre, nunca!, porque el quid del asunto está aquí -y volvió a estampar su dedo grueso y rojo en el espacio reservado a cafetería- Se monta con hilo musical, todo muy íntimo, todo a media luz, con un servicio impecable, de lujo, y se le ponen unos precios moderados. ¿Qué pasa entonces? Pues que salgas de la sauna, del vestuario, de la piscina, de dónde salgas......

-¡Ah! ¿Pero es que también hay piscina?

-Sí, sí, por supuesto. Estas cosas, o las montas a lo grande, o no te metas en ellas. Es un capítulo que no he incluido antes por olvido, pero que enseguida lo metemos en el presupuesto..... Bueno, pues como iba diciendo, vengas de dónde vengas, de la sauna, del vestuario, de la piscina, el secreto está en que todas las salidas tienen que pasar por la cafetería, que se monta a todo trapo. Y ahí está el asunto. Se contrata a un experto dietético, se le mete a las consumiciones una sobredosis de calorías -me dijo, dándome un codazo de complicidad- y a engordar en la barra lo que se ha perdido en la sauna. ¿Comprendes ahora? Esto está diseñado para que no se acaben los gordos en la vida. Todo Ávila bañándose y todo Ávila echando kilos y más kilos. El secreto de la planificación de los negocios, amigo mío, está en prever que no se agote el mercado.

La verdad es que Gómez era un tío fenomenal y en negocios no había cabo que se le escapase. No acometí yo su propuesta piscina-sauna-cafetería, con su bien pensado circuito de retorno cafetería-sauna-piscina, porque no soy hombre de negocios; pero, vamos, que Gómez era un lince en esto de la cosa mercantil estaba fuera de toda duda.

Le iban, más que nada, los proyectos faraónicos. Sánchez, ese niño grandullón que se abrochaba la bragueta por el patio, vino a verme una mañana todo asustado. Como era hombre tan candoroso, le causaba impresión tener un compañero de tan alto estanding. Me dijo, en tono confidente y sorprendido, que Gómez estaba hablando en esos momentos, por teléfono, con no sé qué país de extremo oriente, para fletar nada menos que un barco entero con productos españoles de exportación.

Luego me enteré de que, por una cochina casualidad, la coyuntura económica en ese país se había venido abajo justo en ese tiempo; en vista de lo cual, me explicó el propio Gómez que había decidido sustituirlo por hamburguesas con destino a Ibiza, que con eso de la explosión turística se había disparado la demanda. Poco más tarde y por no sé que problemas de aviación comercial, resulta que acabó por verse obligado a repartir las hamburguesas en Ávila. Pero bueno, eso se debía a los imponderables que rodean la actuación de cualquier magnate. Sus proyectos, no cabe duda, siempre eran geniales.

 

¿Futuro?....... ¿O pasado?

 

¿Qué fue del futuro?

Esta pregunta se la hace, decepcionado, todo el que tiene la santa costumbre de mirar hacia atrás. El futuro no está en ninguna parte. Cuando se es joven se piensa que ha de llegar, y cuando se es viejo se sabe que nunca llegó. El futuro es la fantasía tonta y necesaria para poder seguir cumpliendo años y creer que has vivido. Por eso en la eternidad se es feliz, porque se acabaron los futuros. Allí todo es presente.

Cuando miro a mis hijos, cuando miro a la gente joven, para nada veo en ellos el futuro. Al revés. Es como si me pusieran delante el espejo de mi olvidada juventud, solamente acierto a contemplar en ellos aquel que un día fui y que ya, gracias a Dios, he dejado atrás. Nada me cuesta adentrarme en su piel, en sus pensamientos, en su lógica, en sus sentimientos, nada me cuesta porque ya estuve bajo esa misma piel, vana y vacía, hace muchos años. Mirando ahora desde la meta, sólo puede verse lo único que existe en el camino: lo que ha sido ya hecho y ha ido amontonándose atrás, el pasado.

Ellos, en cambio, por esa lógica simplista que desarrollan mirando el mundo desde la cinta de salida, imaginando una carrera azul y feliz, lo que ven en el molesto personaje de facciones marchitas y pelo blanco que tienen delante de los ojos ahora, lo que ven en el viejo, no es su próximo y calamitoso futuro, es un error de la naturaleza que no comprenden y que les resulta ajeno. Se mire desde dónde se mire, desde delante o desde atrás, el futuro no se ve nunca porque el futuro sólo está en la imaginación. Lo único que se ve es lo único que existe, el pasado.

¿Que de dónde, amigo, vengo?

De una casita que tengo

allá abajo, en el trigal;

de una casita chiquita

para la mujer bonita

que me quiera acompañar.

 

Como yo había venido al mundo para eso, para una mujer bonita que me quiera acompañar, para compartir con ella una casita chiquita, allá abajo en el trigal, tan lejos del mundo y tan a solas, lo que me cantaba la sugerente voz de Imperio Argentina era la felicidad perfecta, el paraíso que me esperaba en la tierra. En aquella canción, arrastrada y dulzona, que llegaba como un soplo desde el continente andino, nada se decía de la única compañía que cabe entre el amor de un hombre y una mujer, pero tampoco hacía falta, se sobreentendía: una casita chiquita, allá abajo, en el trigal, en la que se oirían las voces inocentes de unos cuantos chiquillos. Eso era exactamente lo que yo esperaba de la vida: un rincón lejos del ruido del mundo, donde consumir los días envuelto en la felicidad de los míos para siempre.

Cuando esperas la felicidad la esperas así, duradera..... más aún, sin fin, la esperas eterna: una casita allá abajo, en el trigal, donde nadie llame a la puerta jamás, en donde a nadie se espere nunca, donde se viva un amor inagotable a solas con una mujer y con los hijos que ella te regale....... Así es la felicidad perfecta. Pero, sin que nadie te lo diga, ni siquiera Imperio Argentina en su canción, sin que tú mismo llegues siquiera a planteártelo, lo más importante de ese edén no es el propio edén, lo más importante es que esté hecho así para siempre, es que nunca se pueda pasar de hoja porque no haya más hoja que ésa, no haya álbum.

Cuando yo soñaba con la felicidad, de muchacho, no me planteaba que sobre ese edén caen luego los años, la casita chiquita se llena de grietas por el tiempo y los musgos que le nacen en los canalones taponan el paso del agua, la dulce compañera se llena de arrugas y pierde la ilusión por tu amor, y los niños crecen, se olvidan de ti y desaparecen. Allá abajo, en el trigal, donde la dulce voz de Impero Argentina le cantaba al amor y la felicidad, todo se viene en ruinas y la foto fija que tenías en la conciencia se desintegra al sol.

Un buen día compruebas que has dejado de ser joven precisamente porque has dejado de soñar las mentiras que la tropa humana cuenta.

-¿En qué consiste la felicidad?

-¡Hombre, qué pregunta más tonta: ser feliz consiste en eso, en sentirse feliz, es un sentimiento!

Pero, al tiempo que esto te decían, le daban cuerda al reloj para que no se parase y cambiaban la hoja del calendario cada noche. Felices, muy felices...... hoy. ¿Y mañana? ¡Quién sabe! Todo es cuestión de seguir dándole a las manillas del reloj y a las hojas del calendario como si nunca fueran a agotarse. Cuando eras jovencito nadie te contaba que ser feliz no consiste en lo que acabo de preguntar y contestarme yo solo, unos renglones más arriba. No, en absoluto. Ser feliz no consiste en ser feliz, consiste en que la felicidad jamás se acabe. Imperio Argentina cantaba a la casita chiquita como si siempre fuera a estar ahí, abajo del trigal, ajena a relojes y calendarios.

Fui, sin duda más que otros, un niño desvalido, expuesto a los vaivenes y a las brutalidades de los demás. Y fui más tarde, también sin duda y como reacción a lo anterior, un joven intransigente y arrogante. Luego me hice un hombre lleno de las mismas renuncias de todos los hombres. Y al final, me ha invadido el cansancio y me he quedado solo, como se quedan todos los viejos aunque estén acompañados.

Hoy, visto desde aquí, desde el final, me pregunto si alguna vez he llegado realmente a crecer, si no sigo siendo aquel niño desvalido de mi madre, “expuesto a los vaivenes y a las brutalidades de los demás”. Es como un sonrojo de desnudez que te empuja a ocultar, a ocultar afanosamente, a ocultar siempre quién eres en realidad. No me reconozco en aquel de los veinte años, con sus chaladuras y sus desplantes. Debajo no veo otra cosa que el niño desvalido, jugando a mayor. Y en el hombre taciturno y perplejo que, unos años después, se esforzaba en guardar el paso en el desfile, sigo descubriendo al niño desorientado, repleto de preguntas sin respuestas.

Siempre que se mira hacia atrás con la suficiente lejanía, a uno le acomete la irremediable sensación de haber sido un majadero integral que ha vivido, sin querer enterarse, del niño que tenía dentro; pero ocultándolo, como si eso fuera una vergüenza. También hay muchos otros que nunca llegan a tener conciencia de esto y cumplen años tan seguros de sí mismos. La mayor de las privaciones es la ceguera. A éstos les diría que el colmo de la majadería no es ser majadero, es no llegar a tener conciencia jamás de la majadería que todos llevamos dentro.

Si felicidad se llama a la temeridad del alma; si felicidad se llama a ser sinceros y nobles por ingenuos, no por virtud; si felicidad se llama a esas cosas tan ciegas, ser joven es ser feliz. Pero, desde dentro de esas cosas, resulta la vida tan trivial, tan vaporosa y tan tonta, de una luminosidad tan huidiza, es todo tan fugaz y tan inconsistente, que aquello que hacemos a los veinte años lo hacemos como el perro que aúlla siempre que oye la campana en el pueblo, sin saber por qué.

Quien no tiene experiencia, no conoce alternativas y no se entera de lo que vive. No puedo evitar que, vista desde lejos, me parezca tonta la felicidad que yo pude sentir de joven, la felicidad de los jóvenes. Y en todo caso, suponiendo que me equivoque y sí que sean felices, desde luego no se enteran de que lo son. El que está inmerso en algo no puede valorarlo hasta que sale, se distancia y lo pierde. He ahí las dos coordenadas necesarias: la distancia para comprenderlo y la pérdida para valorarlo.

Y la juventud, ¿con qué puede comparar su naciente existencia? La vive sin enterarse. Lo que vivió a los veinte no lo comprendió entonces, lo comprende al cumplir los cincuenta. Lo vivió entonces, pero lo entiende ahora. Por eso me parece tonta y vacía la juventud y no la añoro en absoluto. Pletórica de cuerpo, pero vacía de alma.

 

 

El peso del pasado

 

“Lo comprende al cumplir los cincuenta”, acabo de escribir dos renglones más arriba a propósito de la capacidad del hombre para comprender el pasado....... Y así suele ser, pero no siempre. A veces el pasado nos lastra, nos sentimos confusos ante él y no llegamos jamás a comprenderlo, como si eso que entonces hicimos no hubiera sido escrito por nuestra mano, sino ya redactado desde antes por el destino. Ésta es la dura sensación que me acomete cada vez que vuelvo la vista a los años cincuenta, al comienzo de un largo episodio que siento como algo ajeno, nunca conscientemente aceptado por mí.

 

-Cuando te pones así de trascendente intuyo que, en ese nuevo episodio de tu vida que vas a contarme, también estaba Eva.

Mi inseparable amigo, a pesar de inseparable, desconoce los detalles de mi vida porque él solamente es conciencia, no memoria, y yo siento un desahogo infinito vaciando esos recuerdos en él, como todos hacemos con el doble “yo” que nos acompaña por la vida.

-Por supuesto que también en este episodio estaba Eva, la que nunca falta en todo lo que yo vivo, pero con la salvedad de que esta Eva no había sido elegida libremente por mí, todo lo contrario, me había elegido ella, lo cual no era ningún obstáculo. Ya me conoces. Sabes que una mujer tiene que ser verdaderamente aborrecible para que me sienta incapaz de amarla. Todas las Evas del universo tienen siempre “algo” que las hace más o menos maravillosas y únicas. En esta también vi un cierto “algo”, aunque demasiado pequeño.

Como siempre que me desahogo con mi amigo estábamos en el parque, un parque húmedo y otoñal que invitaba a los recuerdos y a las confesiones, sobre todo a las confesiones. Aunque confesarse es siempre un episodio desagradable, en este caso no tenía otro remedio. Cerrar el libro de ni vida sin lo que voy a contar sería una tonta traición a mí mismo.

-Con aquella Eva que me llevó a los altares conviví más de veinte años, veinte años de penurias y estrecheces, pero bien llevados. Ella, dentro de su limitada cabecita, sin duda pensaba que yo era su marido. Lo que no puedo asegurarte es que yo hubiera llegado nunca a casarme realmente con ella. Entonces, sí, entonces lo creía, era demasiado joven. Pero han pasado tantos años de madurez que hoy día nada tengo que ver con aquel de los veinticinco añitos que creyó casarse ante el cura.

Mi amigo hizo una divertida mueca y me pidió calma.

-Calma, calma. Explícame despacio esa boda tuya tan original en la que uno se casa pero el otro no.

-¿No has leído aún mi “Teosofía de la Verdad”?...... No, claro, no la has leído. Pero no te sientas culpable. Los libros interesantes están escritos para no interesar a nadie. Si fuera una novela de espadachines de Pérez Reverte le interesaría a todos, incluso a los de la Academia de la Lengua.

-Me siento culpable, lo confieso. Pero ahora me lo cuentas tú y ya está.

-No, no te lo cuento. He venido preparado. Toma y lee en un momento esto que un día escribí en ese libro que tú has tenido la desconsideración de no interesarte por él.

Le di una copia de ordenador de poco más de una cuartilla. Mi amigo se sentó en uno de los bancos del parque y lo mismo hice yo. La copia de ese recorte de mi libro dice así:

 

Los que contraen matrimonio lo contraen ante Dios, ante el altar y ante los hombres, pero pudiera ser que Dios se hubiera ausentado de la ceremonia por la falta de compromiso limpio y sincero de los contrayentes, lo cual sólo Él ve; y también pudiera ser que Dios, sin altar y sin testigos, acepte el compromiso limpio y sincero de quienes optan por casarse sin iglesias ni ceremonias.

No otra causa puede tener el significado radicalmente literal que da a las palabras Jesús acerca del matrimonio. En el Evangelio de Marcos se relata como unos fariseos le plantearon la validez o no del divorcio, y Jesús les contestó, como siempre, de una forma para ellos desconcertante e inesperada: primero, por la prolija contestación, a todas luces excesiva y minuciosa; y por otro lado, por ser la contestación de un auténtico visionario que tiene toda la verdad en su mente. Les dijo esto:

“Desde el comienzo de la Creación Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mc 10,2-9).

Como puede verse, en sólo un párrafo lo expuso absolutamente todo, nada se dejó:

- Las naturalezas diferentes de las criaturas: varón y hembra.

- El marco del matrimonio: La ley natural.

- La raíz del matrimonio: El amor.

- Por esa atracción natural entre ellos, “dejarán a su padre y a su madre”.

- Si quedan unidos por el amor en cumplimiento de una ley impuesta por la naturaleza, quien ha establecido esa ley natural es el único oficiante de la unión entre ellos: El Creador.

Y ahora vamos con los formalismos, que es lo que tanto subyuga a la Iglesia. En esa genial contestación de Jesús a los fariseos nada dejó en el aire …. salvo una sola cosa, la que los fariseos le habían sometido precisamente, la mera formalidad de las ceremonias de casarse y divorciarse ante los hombres. Eso ni lo nombró. No se refirió para nada a los actos formales de hacer o deshacer matrimonios ante autoridad eclesial ni civil, para nada, ni tampoco hay motivo para darlo por sobreentendido; dijo, sencillamente, que la unión la hace Dios en el cielo de los que se aman, lo cual nada tiene que ver con lo que un hombre y una mujer puedan declarar ante el altar o ante la sociedad, porque las razones de los mortales para hacer algo pueden ser infinitas y, a menudo, inconfesables.

Con frecuencia, los contrayentes se acercan al altar no movidos por el amor, sino por toda clase de intereses (conveniencia, miedo a la soledad, prestigio, riqueza, posición social, deseo carnal…) y es obvio que Dios no los une en el cielo, por mucho que lo haga el sacerdote en la tierra, porque Dios no santifica actos de prostitución, y prostitución hace quien se casa por razones bastardas. Solamente une a los que se casan por amor”.

 

-Entendido -me dijo, devolviéndome el recorte- Antes me dijiste “que te llevó a los altares ella”, y ahora acabo de leer “que Dios solamente une a los que se casan por amor”. Deduzco que tú nunca te sentiste casado con ella.

-Tampoco lo interpretes al pie de la letra. Desde luego ella sí que me amaba..... “a su estilo”. En cuanto a mí, no es exactamente que no la quisiera nada de nada. Recuerda lo que antes te dije: “una mujer tiene que ser verdaderamente aborrecible para que me sienta incapaz de amarla”. Simplemente, creí entonces que la quería........ pero luego desfilan los años, unos detrás de otros, y es ese tiempo inmisericorde el que remueve las cosas y acaba colocando cada una en su sitio. Ha sido entonces, repasando la película de todas las que he conocido y me he sentido atraído por ellas cuando he comprendido que no, que aquella que me llevó a los altares es, precisamente, la única que jamás me inspiró esa emoción incontenible que he sentido por las demás.

-Me planteas un problema que no sé cómo solucionarlo. Que uno de los dos esté casado pero el otro no, según la autenticidad o no de su amor......

-Pues no sufras por ese problema, porque aquí abajo la vida da tantas vueltas y es tan provisional que resulta que la que se casó quizás del todo (o sea ella), luego resulta que también se cansó del todo (o sea, también ella), lo cual, ¡tontito de mí!, ni lo esperaba ni lo comprendí.

-Soy tu inseparable, tu conciencia, pero a veces no te comprendo -me dijo, incapaz de digerir tanta novedad-. Contra todo pronóstico, ahora resulta que la que se cansó fue ella, la que te amaba, pero no tú, que casi nada sentías por ella.

Le miré fijamente y eché mano de toda la sinceridad de la que soy capaz.

-Y así fue. Te juro que entre ella y yo todo era normal. Me hice a la idea de que era mi mujer y que la amaba. Te juro que de repente y sin que supiera por qué, la ilusión desapareció en ella, solamente en ella, le cambió el carácter y comenzó a hacerme la vida imposible, que es la táctica invariable de todas las mujeres para acabar con la unión.

-¿De repente? -me dijo, protestando, no creyendo que estas cosas tan serias puedan caer de pronto.

-Cambia el “de repente” por unos pocos meses, no sé cuántos, no lo recuerdo, pero desde luego menos de un año. Fue una guerra sorda y rápida, como si la hubieran dado la vuelta. Todas las mujeres tienen adición a eso de controlar a los hombres, pero sin reciprocidad. Ellas jamás cuentan sus cosas, y menos cuando se trata de cosas que entienden que no sólo van a cambiar sus vidas, sino que temen que también puedan cambiar la de ellos. Si estuvieras casado sabrías que las mujeres jamás hablan con claridad.

Estas últimas palabras le llevaron a mi amigo a pensar en algo escabroso y me dijo:

-Aunque yo sea tu conciencia, no te sientas obligado a contármelo todo. Hay cosas personalísimas de las que es mejor no hablar.

-¿Por qué no habría de contártelo? Es que no se trata de nada inconfesable, es mucho más simple de lo que estás pensando. Resulta que esa causa tan repentina y extraña de su cambio de carácter estaba ya prevista en el calendario.

Me miró por enésima vez, desconcertado.

-Resulta que estaba en el calendario -repetí-, resulta que la causa de su repentina transformación consistía en que le había llegado la edad de la desaparición de los estrógenos, el fin de la feminidad, el declive de la atracción hacia el hombre, el deseo repentino de independencia y, en resumen, la vuelta al origen de la Creación: Adán otra vez solo. ¡Ahí te quedas! Pero esta sociedad estúpida es incapaz de ver este problema en el origen de la mayoría de los descalabros de las parejas. Suelen ser ellas las que construyen el matrimonio y también ellas son las que deciden cuando se ha acabado.

-Dejando culpables aparte, supongo que el problema a que te refieres es que tardaste en descubrir lo que pasaba.

-No, no. Me refiero a que en este problema, no previsto en el Génesis, es de suponer que aquella primera Eva, la de Adán, se conformó con su nueva situación hormonal, pero las Evas de hoy no. ¿Ves a los hombres con faldas, los ojos y labios pintados y moviendo las caderas porque les ha llegado la impotencia?

Me miraba sin decir nada.

-Pero sí que ves a las mujeres con pantalones, el cigarrillo en la boca, dando al acelerador del automóvil y diciendo tacos. Adán sigue hoy siendo el mismo del texto bíblico. Eva se ha rebelado por segunda vez contra el Creador y ha decidido ser “él”, en vez de “ella”, sobre todo cuando cumple los cuarenta y ocho y se le agotan los estrógenos. A esa edad empuña la batuta, se sube al entarimado y se pone a dirigir el concierto, como si le corriera prisa vengarse del montón de años ejerciendo el papel de complaciente compañera. ¡Es durísimo comprobar cómo a la dulce Ofelia se le va el amor a chorros al llegar a esa edad, es durísimo!

La confesión había acabado. Nos levantamos a la vez y sin decirnos nada. Pero igual a como de niño adivinaba el pensamiento de la maestra, también ahora adivinaba la desolación de mi amigo. Tenía que darle una explicación que faltaba, algo que necesitaba preguntarme y no se decidía.

-Para entonces, ya teníamos seis hijos -le aclaré, aunque no se había atrevido a preguntármelo.

-Me lo figuraba. Y me causa una enorme tristeza -dijo, desolado.

Recogí las dos cuartillas que todavía estaban sobre la piedra helada del banco y echamos a andar.

-Este es el largo episodio de veinte años que, cuando vuelvo la mirada atrás, te dije que siento como algo ajeno, nunca conscientemente aceptado por mí. Después de haberme enamorado de tantas Evas, resulta que fui a caer en una que me dejó este oscuro fracaso del que nunca me he sentido protagonista, como si eso que entonces pasó no hubiera sido escrito por mi mano, sino ya redactado desde antes por el destino.

-Si no te causa demasiado dolor, cuéntame qué pasó al final.

-Después de muchos años ninguna cosa hay que puede ya causar dolor. Aquello, simplemente, lo contemplo con tristeza y vuelvo a dejarlo en su esquina olvidada del alma, la esquina en la que siempre estuvo y de la que nunca salió. El desenlace no sé por qué te interesa, porque también está escrito. Para los jueces no existe más ser humano que la mujer. El hombre es un animal abominable. A mí me desterraron fuera de mi casa con los cuatro hijos que quisieron venirse conmigo.

Me detuve para hacerle una aclaración importante.

-....... Porque la casa era solamente mía, ¿sabes?, heredada de mi madre, no era de los dos.

-¿Y ella?

-A ella la dejaron viviendo en el “hogar familiar” (así decía la sentencia, para más escándalo) con sólo dos hijos. Supongo que mi madre, en la tumba, se indignó ese día.

Habíamos llegado al final y nos dimos la vuelta. Seguro que él tendría infinidad de preguntas que hacerme, pero caminaba a mi lado sin decir nada.

-Te lo agradezco -le dije, refiriéndome a su silencio- No me gusta hablar de esto, pero tenía que contártelo y te lo he contado. ¿Me comprendes? Es algo que no podía faltar en mis memorias. Pero, una vez contado, prefiero dejar que ese triste recuerdo vuelva al rincón oscuro del alma en el que siempre estuvo, y ahí duerma ya para siempre.

 

Himar y Charisasi

 

Hay una sentencia en los labios de Jesús que cruza el mundo de un lado al otro a cada paso, pero que el mundo pisotea y ahuyenta: El que ama su vida la perderá; pero el que aborrece su vida en el mundo la guardará para la eternidad (Juan 12,25).

¿Alguien ha escuchado una denuncia más radical de la idolatría del hombre hacia el mundo? Nos dice que esta clase de amor es de necios, puesto que ya nos consta que se “pierde”. La vida del mundo acaba en la sepultura y de la sepultura nadie regresa. Sabio únicamente es el que comprende esta verdad tan simple y, precisamente porque ama la vida y la quiere para siempre, no la malgasta en el mundo, donde necesariamente se acaba.

Esto de renunciar a lo de aquí y guardarlo para el más allá ¿parece utópico, incumplible? Los monasterios están repletos de vírgenes y castos que desmienten esta pregunta. Los grandes amores no son cosa sólo de las novelas románticas, también se viven en el mundo amores intocados, deseados pero nunca consumados....... y a veces, amores consumados a los que se pone fin para que no se corrompan más. Esto es lo que voy a traer a la memoria de los descreídos, lo que un día hicieron Himar y Charisasi para salvar su amor.

Hace un buen puñado de años saltó a la actualidad la noticia. En Canarias, una pareja de jóvenes, Himar y Charisasi, vivían repletos de ilusión su reciente flechazo. La vida para ellos empezaba y terminaba en esa travesía tan luminosa que acababan de emprender de la mano y en la que el sol nunca se ponía....... hasta que un día inesperado comprobaron, con tristeza, que el sol reiniciaba su camino hacia el horizonte y se oscurecía. Ella, alarmada, preguntó a su madre si es que el amor no era para siempre y, claro está, su madre optó por decirle la verdad.

-El amor, como absolutamente todas las cosas de la vida en el mundo, nace, transcurre y acaba muriendo. Y si alguien te cuenta otra cosa, o es tan joven como tú o es que te miente. Creo que es mejor que conozcas la verdad.

-¿Y entonces vosotros.....? -preguntó ella, como no queriendo comprender la trágica realidad de ese anuncio.

-Tu padre y yo también nos conocimos muy jóvenes y nos quisimos mucho. Pero lo que hay que hacer con el amor es respetarlo y añorarlo cuando se va, no pretender mantenerlo atrapado para siempre, porque eso es imposible.

Estas palabras tan sinceras acabaron por disipar las dudas de la pareja, que contemplaban desolados la huida lenta del sol camino del horizonte, del cual ya no volvería nunca. ¿Qué hacer con su tesoro?

El desenlace final de esta historia tan dramática es por el que comenzaron la prensa y la radio de entonces: Himar y Charisasi, una pareja de jóvenes enamorados, incapaces de comprender la fugacidad de la vida, decidieron inmortalizarla en ese momento para siempre. Se abrazaron y, abrazados, se dejaron caer al vacío desde el puente en el que estaban. De su acto heroico no dejaron más huella que el casco de la bebida que los ayudó a ejecutarlo y sus cuerpos abrazados para siempre, como ellos querían.

Los juicios de Dios nadie los conoce, pero desde luego Dios es el bien, no el mal, así es que no puede ser que castigue la cosa más grande que Él mismo ha creado: el amor. Himar y Charisasi seguirán viviendo hoy y para siempre su felicidad en eso que obsesiona absolutamente a todos los hombres, aunque pretendan ignorarlo: la eternidad.

Titulé este libro Relato Inacabado porque, cuando lo comencé, hace tantos años, pensaba que seguiría escribiendo hasta mi último día y que la muerte me sorprendería con la pluma en la mano; pero hoy, a los ochenta y cuatro, es tal el cansancio y la decepción por todo lo que ocurre aquí abajo, que creo que mi mano ya no va a ser capaz de seguir contando cosas que luego el viento se lleva, no se sabe dónde...... como se lleva los amores consumados, tampoco se sabe dónde.

La habitación en la que duermo está llena de fotografías: unas en blanco y negro, otras en color; unas en las paredes, otras en los muebles; unas de personas que ya no están porque pasaron por mi vida y murieron; otras de personas que ya no están porque pasaron por mi vida y se marcharon...... que es lo mismo que morir, porque lo que ahora son nada tiene que ver con lo que antes de marcharse eran. Éste es el problema de todos los padres ante los que fueron sus hijos, ¿Quién los reconoce?

Frente a mí, sobre la mesilla, está la fotografía de la única mujer con la que yo soñé que todo sería para siempre, la que pretendió apurar la vida junto a mí todos los días, a pesar de tener veinte años menos que yo, la única mujer con la que llegué a casarme de verdad, en un atardecer de verano, sin altar, sin cura, sin invitados, porque la unión la hace Dios en el cielo de los que se aman”.

 

 

“La vida empezaba y terminaba en esa travesía tan luminosa que acabábamos de emprender los dos de la mano y en la que el sol nunca se ponía......”. El nuestro también fue un amor así, por eso lo cuento repitiendo las mismas palabras con las que he descrito la historia de Himar y Charisasi, porque todos los amores comienzan así, no importa a qué edad....... “Hasta que, pasados unos años, comenzamos a comprobar con tristeza que el sol iniciaba otra vez su camino hacia el horizonte, del cual ya nunca volvería”. También nuestro final fue así, y por eso con las mismas palabras lo repito.

El sol no volvió ya nunca para nosotros, pero los dos seguimos vivos y en el mundo, no nos arrojamos entonces al vacío desde ningún puente porque ninguno de los dos teníamos ya dieciséis años. Hemos soportado la realidad, hemos visto declinar el sol hasta ocultarse del todo en el horizonte, que es como acaban todos los amores consumados: “con respeto y añoranza hacia el pasado”, como le dijeron en su casa a Charisasi.

Tengo una hermosísima sentencia que resume en pocas palabras lo que estoy intentando contar:

 

Solamente aquello a lo que se renuncia permanece intacto y jamás se agota.

Lo que se consigue no, porque lo que se consigue se vive, y la vida es fugaz.

 

La mirada de una mujer enamorada solamente perdura si se guarda en el alma como es en ese instante y se pone fin a la historia. Pero cuando esa mirada se pretende seguir viéndola a diario, en el fondo de esos ojos va apareciendo el hastío y acaba por no verse nada. Esta verdad tan natural y tan odiosa, aunque ya la conocía, es la que me empeñé en ignorar cuando me casé con ella en “aquel atardecer de verano, sin altar, sin cura, sin invitados, porque la unión la hace Dios en el cielo de los que se aman”.

Compramos dos alianzas en las que decidimos no grabar ninguna fecha, como todos hacen, decidimos grabar la palabra “siempre” porque para siempre pensamos que serían, y aún las llevamos en las manos, quizás porque sea ésa la única rebeldía que aún nos quedaba contra la fugacidad de la vida. Ella, al igual que yo, también se afanaba en seguir manteniendo al menos las cenizas......., pero era tan joven que quizás no había contado con que aquí abajo, cuando llega el otoño, ni una sola hoja queda con vida.

Y así ha sido. Cuando ha comprobado que todas las hojas del otoño han muerto, que ya ninguna ilusión le aguarda al final del camino, que de aquel hombre al que tanto amó ya no queda sino una sombra a punto de extinguirse....., cuando todo eso ha llegado, entonces ha pensado que quizás se equivocó, que a ella, con veinte años menos y una familia esperándola, aún le quedan otras primaveras y otros otoños para vivirlos junto a los suyos....., cuando todo eso ha llegado, su conciencia no le ha permitido decirme adiós después de una historia en común tan larga, pero ha urdido que todo será más fácil si lo nuestro lo dejamos en una especie de “relación a distancia”. Las mujeres son maestras en ponerles lacitos de colores a sus intereses.

No la culpo. No quiero marcharme de la vida con esa verdad amarga. No puedo olvidar lo mucho que antes me amó. El mundo está hecho así, huidizo, inconsistente, despreciable, así está hecho y así me lo pone Dios delante de los ojos un día tras otro, escrito con letras inmensas, para que comprenda que nada, absolutamente nada debo esperar aquí abajo, que los amores consumados de aquí son como las hojas de otoño, que Él me tiene reservado otro destino.

“Solamente aquello a lo que se renuncia permanece intacto y jamás se agota”. Esto es lo que he dejado escrito más arriba, porque también es ley de vida que lo que el mundo te niega siempre queda vivo en el corazón. En mi alma se mantiene intacta la mirada de otra Eva de la que nada he contado, otra Eva que me amó con inocencia y se fue de la vida muy joven. La niña que así me miró un día no tuvo tiempo de decidir qué hacer con nuestro amor, pasó por mi vida tan sumamente deprisa que lo dejó todo inmaculado, intocado. “Solamente aquello a lo que se renuncia permanece intacto y jamás se agota”. Es éste un secreto que jamás he desvelado a nadie, a nadie. Entonces sufrí y ahora también. Doloroso fue entonces lamentar lo que pudo ser y no llegó a ser, y doloroso es ahora añorar lo que ya fue y se apagó.

 

él (según la carne)

 

Si hablo de Él, escrito con mayúscula, no puedo referirme sino a aquél en quien estás pensando, el Padre Eterno. Pero hay otro “él” más pequeñito, escrito con minúscula, no “Él, según el alma”; sino “él, según la carne”, con el que me refiero al padre que engendró este cuerpo en el que habito, de quien guardo un amoroso recuerdo. Cuando era niño, cuando era joven, más aún, cuando era ya hombre hecho y derecho, no me ocurría esto que voy a contar, señal indudable de que no le quería tanto. Ahora sí, ahora siempre que con ese “él” me refiero a mi padre del mundo, se me empañan los ojos; y a ti, lector que no me ves, te lo advierto. No sé cómo me saldrá esto, pero los ojos los tengo empañados.

Los primeros veinte años de mi vida los pasé junto a él. Pienso que jamás encontraré otro ser tan fascinante y tan misterioso. Han transcurrido cuarenta y seis años más y no puedo creer que todo eso es solamente pasado, me niego a creerlo. Hay cosas que no pueden admitirse, me niego en redondo a admitirlas. Yo, con mis sesenta y seis ahora, sigo siendo el “niño” de aquel hombre. Por estas jugarretas incomprensibles del tiempo, miro su fotografía y no alcanzo a comprender que ahora soy mayor que él, pero sigo siendo el “niño” de él.

Me llamaba Nene. De vez en cuando me llamaba Nene, me pedía que le llevase algo y me llamaba Nene. No puedo olvidarme de aquel pasillo de Jorge Juan 34, oscuro, estrecho, rancio, caminándolo en busca de las cosas que él me pedía. Pienso que me pedía cosas sólo como excusa para llamarme nene. "Nene, tráeme un café". "Nene, tráeme el diccionario". Sentado en aquel viejo diván del cuarto de estar, con los cafés sobre la mesa y los papeles delante, eternamente delante, es cómo le recuerdo, porque no conocía el descanso, estaba en un trabajo perpetuo, como ahora también hago yo. He heredado su actividad incesante: la mía lenta y meticulosa, la de él atropellada y enloquecida, pero las dos igual de incesantes.

Tengo sesenta y seis y siguen faltándome horas en el día. En aquellos años cuarenta y cincuenta, las horas del día le faltaban a él. Ahora me faltan a mí. Únicamente hago altos para hablar con el pasado. Le pregunto por qué tengo seis hijos y ninguno me quiere a mí como yo le amé a él. Luego me doy cuenta de que yo entonces le quería, por supuesto, pero ni me enteraba ni le quería tanto como ahora; me doy cuenta de que el amor a los padres solamente se hace consciente y crece cuando ellos mueren y uno tiene hijos, porque es entonces cuando se valora lo que los padres fueron, al comprobar el desdén y el egoísmo de nuestros propios hijos. A lo mejor sea que yo haya nacido para ser hijo, no para ser padre. No lo sé. Pero me siento su nene y pienso seguir siéndolo eternamente.

Murió una tarde de agosto, en Madrid, en la casa familiar de siempre. Me avisaron y llegué a tiempo desde Ávila. Le encontré en ese estado inconsciente en el que están todos los que mueren consumidos, agotados. Los demás rezaban. Yo no, yo tenía mis cinco sentidos clavados en él, en sus ojos cerrados, en su inmovilidad absoluta. Lo único que ya le quedaba era la respiración, sonora, enormemente profunda, pero cada vez más espaciada, más discontinua, precedida y seguida de unos silencios interminables, en los que podían contarse cada vez más y más segundos de duración…...

Hasta que en el último intento de aspirar aire le fallaron las fuerzas, dejó escapar un gemido muy débil, dos gruesas lágrimas y se marchó. Ése fue el momento preciso en el que abandonó su cuerpo. El alma se escapa así, con un leve gemido y dos lagrimones del cuerpo que se queda sin ella. Y se volvió marmóreo, transido, lleno de una infinita paz. Quien había pasado la vida sufriendo se quedó al fin así, lleno de una celestial paz.

Eso fue un atardecer, y al siguiente atardecer le enterramos. En el último instante, cuando le descendían a la fosa con las correas entre cuatro sepultureros, se dejó oír un fuerte golpe del cuerpo contra la madera del féretro. En aquel bamboleo apresurado de los cuatro hombres por acabar su trabajo, sin duda habían desplazado el cuerpo de mi padre hasta golpear con uno de los costados. No podía ser que le enterrasen así, descolocado, maltratado. Detuve a aquellos hombres y les ordené que le subieran de nuevo. Habían oído el golpe igual que yo, pero no entendían qué era lo que pretendía hacer. Reposaron el féretro en el borde de la fosa y les pedí que abriesen la caja.

No olvido el gesto de espanto de aquellos cuatro hombres; pero lo hicieron, casi a tientas, mirando a otra parte. A pesar del golpe escuchado por todos, el cuerpo de mi padre permanecía intacto, descansando en el centro del féretro, tal y como le habíamos dejado, con las manos cruzadas sobre el pecho y aquella tez marmórea que jamás olvidaré. Tan evidente era lo uno como lo otro, tan evidente había sido el ruido del golpe como evidente era que no había habido golpe ninguno. ¿Qué era lo que se había escuchado? ¿Qué era? ¿De dónde había surgido aquel ruido tan extraño?......

Supongo que todos los asistentes estarían tan intrigados y confusos como los sepultureros. Yo no, yo sabía que lo que mi padre quería era despedirse de su amado nene, que estaba allí, a su lado, de pie. Fue lo último que me pidió. Al resplandor de aquella luz dorada del atardecer, zarandeada por el vaivén de las sombras de los álamos, ante el desasosiego de los cuatro sepultureros, que no sabían hacia dónde mirar, y ante el estupor de todos los demás, que miraban sorprendidos, me arrodillé, le di mi último beso en la frente y volvieron a cerrar la caja y a bajarle a la fosa para siempre.

Ahora le tengo delante, en el portarretratos, con su frente surcada, atormentada, profundamente atormentada hasta el mismo final de sus días. El entrecejo fruncido y las cejas arqueadas, como suelen tenerlas los hombres geniales. Los ojos pequeñísimos, vivos, hirientes, negros, escrutadores, donde apenas caben dos insignificantes puntos de la luz reflejada del flash del fotógrafo, esa mirada que taladraba el alma. La nariz aguileña, de aletas sueltas, móviles, ardientes, apasionadas. La distancia a la boca grande, despejada, imprudente, espontánea. Los labios finos y apretados, idénticos a los que yo he heredado, delatores del hermetismo y el esfuerzo. Las mejillas llenas, bienhechoras, sociables, tan distantes de las mías, hundidas, espartanas.

Tengo su imagen delante de mí, en el portarretratos, y no he podido reprimir decirle lo que siento: No puedo admitir que hayan pasado más de cuarenta años, no puedo admitir que hayan pasado y que yo sea ahora mayor de lo que eras tú en esta fotografía. No puedo admitirlo porque sigo siendo tu niño y tú sigues siendo quien siempre has sido, mi padre. Y así es y así seguirá siendo para siempre. Seguiré aguardando ese día final en el que vuelva a escuchar tu voz llamándome. Yo me niego a ser yo delante de ti, ni aunque llegue a cumplir veinte o treinta años más que tú.

 

 

Han transcurrido solamente unas horas, las de una noche, y al despertar he recordado ese dulce encuentro que ayer tuve con él, mirando el portarretratos. Le tuve tan cerca, tan real, que recuerdo que acabé hablando con él. Y no sé cuál fue la relación, pero la cosa es que anoche, después de decirle lo que acabo de contar, terminé por recordarle que tiene un nieto que lleva el mismo nombre que yo, al que sin duda él podrá ver desde allí arriba, porque nosotros le hemos perdido el rumbo aquí abajo. Era el más frágil e inocente de mis hijos y murió siendo un adolescente, casi un niño; y digo que murió, aunque sigue vivo, porque lo que ha quedado de quién fue resulta irreconocible. Sabemos que sigue en el mundo, pero no sabemos dónde. Y cuando aparece, de tarde en tarde, nada tiene que ver con aquél que antes era.

Hablando con el portarretratos anoche, sin palabras, con la mente, como suelo hacer, todo esto le dije..... y él siguió mirándome con esos ojos suyos "pequeñísimos, vivos, hirientes, negros, escrutadores, donde apenas caben dos insignificantes puntos de la luz reflejada del flash del fotógrafo”, siguió mirándome como si nada hubiera oído, ajeno a mi súplica, y lo entiendo, porque, al fin y al cabo, es sólo una fotografía en un portarretratos…...

....... Eso es lo que parece, una fotografía en un portarretratos.... Eso es lo que parece..... Pero apenas he recordado todo esto hoy, esta mañana al despertar, me ha llegado desde arriba una ola de paz y de certeza que ha recorrido hasta el último de los huesos de mi cuerpo. Siempre son así los mensajes que recibo: mudos, sin una sola palabra, envueltos en un silencio que nada necesita, ni explicaciones ni promesas, cargados de lo único que el alma espera y recibe sin haber oído nada: la seguridad inviolable de lo que le dicen. Y así se cumplen siempre. Hoy sé que mi hijo recibirá lo que he pedido.

 

Él (según el alma)

 

Todos los que tenemos la suerte de comenzar a escuchar los pasos silenciosos de la muerte, los que tenemos la suerte de que no nos alcance de improviso, sentimos la necesidad de la despedida. Llegar a viejo y quedarse solo (no hay un solo viejo que no se quede solo, aunque le atiendan) puede parecer triste, y lo es, pero también es dulce la esperanza de aliviarnos de todo el peso que la vida ha ido echándonos encima. La muerte es una auténtica liberación.

Cuando comienzas a escuchar los pasos silencioso del final te das cuenta de que nada te queda ya por hacer, que no sea la feliz despedida. Todos los que escuchamos esos pasos sentimos un inmenso consuelo en dejar escrito algo, quizás un humilde y amoroso Adiós que no todos los herederos valorarían. Así es que nos afanamos en recopilar datos y disposiciones legales sobre qué hacer con las cosas del mundo, que teníamos en el mundo y que se quedan en el mundo para ellos.

También yo tengo hecho mi testamento, en el que para nada he intentado hacer justicia, porque, de hacerla, más de uno se habría quedado sin nada. No es la hora de venganzas justicieras. Más que dejarles unos bienes lo que he intentado ha sido hacerlo bien, conforme a la situación y circunstancias de cada uno. Suena casi lo mismo, pero no significa igual, y creo que serán capaces de entenderlo. Porque no existe testamento que sea realmente justo, y menos que ninguno el que se limita a repartir todo en partes iguales, porque no todos merecen partes iguales.

Tengo un Cristo heredado, de cruz de madera y cuerpo dolorido, ante el que mi padre rezaba cada mañana frenéticamente, nerviosamente, antes de salir a la calle para irse a trabajar. Junto con el Cristo, esa veneración de mi padre hacia Él también la he heredado, aunque para nada por la causa que mi padre lo hacía. Yo no le pido a Dios que me libere del fantasma de una agorafobia que me impida salir a la calle, como le pasaba a él; yo le pido que me libere de mí mismo, del que veo en el espejo cuando me miro, de éste de carne y hueso tan odioso y tan diferente del que late más adentro y que nadie conoce.

He hablado tantísimo, a lo largo de los años, con este Cristo, de cruz de madera y cuerpo dolorido, que quizás sea la herencia que más me duela dejar en el mundo...... y quizás, también, sea la que menos le interese a ninguno de mis hijos cuando llegue ese momento. Mirándole, mirándole desde abajo tantas horas y tantos días, he aprendido a hacer lo mismo que Él hace conmigo: hablarle sin decir nada, hablarle sólo con la mirada, como Él me habla mirándome desde arriba, con la cabeza pendiendo del madero y sin decir nada.

Es un dialogo sin palabras porque Él ya sabe todo lo mío sin necesidad de que yo llegue siquiera a abrir los labios...... y porque yo nada sé de todo lo suyo ni lo entendería aunque me lo explicase. Ni siquiera sé cómo va a hacer las cosas que le pido, solamente sé que las hace y que me mira desde arriba, con la cabeza abatida y pendiendo del madero, esa imagen tan viva que es el gran mensaje que todo lo resume y que siempre entiendo a la perfección: el sufrimiento.

En mi libro Teosofía de la Verdad he dejado escrito lo que pienso sobre esta virtud tan dolorosa y tan humana, el sufrimiento, y la he bautizado como la “Virtud obligada”: obligada porque es el precio del Mal, y virtud porque es el único mérito del hombre. Antes sufría por las cosas que esperaba del mundo y el mundo no me daba. Ahora sufro por las cosas que Dios espera de mí y yo suelo olvidar.

De aquellas primeras, las que yo esperaba del mundo, Él me ha liberado enteramente. Ya no espero nada y soy feliz. Comprobar lo fácil que es el triunfo de los mediocres en una sociedad tan hueca, antes me llenaba de perplejidad y de tristeza. Hasta que un día del mes de junio del año 1997, cansado, desilusionado, sentado ante los pies de la Cruz, mirándole desde aquí abajo, como suelo hacer, acabé mi queja con estas palabras exactas: “Tú dirás cuándo” . Me refería, obviamente, a que algún día acabarán reconociendo mi obra.

Él nada me dijo, por supuesto. Él nunca habla. Siempre me contesta con signos inesperados, imprevisibles, siempre diferentes, nunca hay dos iguales, como si quisiera demostrarme que son reales, que me los envía Él, que no me los figuro yo. Lo que sentí esta vez fue un cataclismo, una sacudida violenta, durísima, en el centro de mi ser, como un golpe repleto de autoridad que me decía, sin decirlo: “Así será. Yo diré cuándo”. Desde ese día de hace ya veintiún años, sé que yo nada he de hacer, nada que no sea seguir escribiendo en medio de mi soledad, porque “el día y la hora nadie la sabe, salvo Él”.

Pero no siempre ha sido así, silencio y sufrimiento. Hubo un tiempo breve (y demasiado lejano) en el que todas las noches, cuando me arrodillaba para despedirme de este Cristo crucificado de la pared, a la débil luz de la mesilla de noche y ante mis ojos cerrados, a través de los párpados veía una sombra pasar de derecha a izquierda por un instante. Así fue como se iniciaron aquellos encuentros nocturnos, en la soledad más absoluta, con todos dormidos y la casa en un silencio inmaculado, el mundo entero en un silencio inmaculado.

Pasaba esa sombra ante mis ojos siempre igual, siempre de derecha a izquierda, una noche tras otra, y yo me empeñaba en buscar una solución racional al suceso. Probé a dejar la luz apagada y seguía viendo el paso de la sombra, probé a taparme los ojos con las manos...... Hiciese lo que hiciese, veía la sombra pasar de derecha a izquierda, cada noche más insistente y más nítida.

Sé que, según la ciencia, los ojos no ven sólo lo que realmente ven fuera, sé que son capaces de ver imágenes producidas no por ellos, sino por la mente, imágenes de cosas que no tienen delante con todo realismo, sé que la predisposición de la mente es muy poderosa y no solamente recibe, también crea; así es que opté por rechazar lo que veía y esforzarme en olvidar el caso. Fuera cuál fuera el origen, lo mejor era no pensarlo y desaparecería con el tiempo..... Eso pensaba yo......

...... Eso pensaba, pero no desapareció. Hay otra realidad que nada tiene que ver ni con los ojos ni con la mente ni con la ciencia, que nada tiene que ver con la vida mortal, que sólo tiene que ver con el alma. No sólo no desapareció la sombra que todas las noches me visitaba, es que además comencé a sentir en la conciencia un reproche íntimo por mi falta de fe. Enseguida recordé cuánto atormentó a Teresa esta misma desconfianza en sus visiones y como lo consultaba inútilmente con los confesores una y otra vez. Teresa se equivocaba y yo no pensaba hacer lo mismo. Las cosas de Dios no se consultan con los hombres.

El resultado de este cambio mío de actitud y mi aceptación de lo que Dios me enviaba fue inmediato. Apenas deseché las dudas y me abandoné totalmente a la experiencia, la sombra que hasta el mismo día anterior pasaba ante mis párpados cerrados cesó...... cesó, pero no por desaparición. A partir de ese día, comencé a verla delante de mí fija, como aceptando la comunicación. Sólo con arrodillarme y levantar la mirada hacia ella todo yo me estremecía, preso de una felicidad que manaba desde el centro mismo de mi ser. Eran tránsitos breves, muy breves, pero fastuosos. Y tal como llegaban, tan súbitos, tal se iban otra vez, dejándome anonadado.

Una de aquellas maravillosas noches, la que resultó ser la última, también bajó la “sombra”, pero no a mostrarse desde fuera, como siempre, aquel último día sentí que me atrajo fuera de mí a no sé qué lugar en el que perdí la conciencia de mi cuerpo, que se quedó abajo, ni siquiera sé en qué postura, ausente, inexistente. Dónde estuve ni cuánto tiempo estuve no lo sé, porque la liberación del alma no tiene descripción posible para ningún mortal, ni siquiera para Juan de la Cruz, aunque tanto escribió sobre ello. Sólo sé que me ausenté del lastre del mundo y del lastre del cuerpo, exacto a como ocurre cuando se traspone el umbral de la muerte.

Pero esta felicidad nunca más he vuelto a vivirla. Llevo cincuenta años preguntándome qué es lo que hice mal para que nunca más volviera, ¡ingenuo de mí!, como si los prodigios de Dios dependieran de nuestra conducta. Él sigue estando muy cerca, sigue escuchándome en todo, sigue dirigiendo mi vida, sigue regalando mi existencia con milagros aislados, pero aquella maravilla nunca más se ha repetido...... Y también sigue pareciéndome a veces que Él me abandona, en ocasiones por causa de mis infidelidades y en otras ocasiones por causas que ignoro, pero siento que me abandona, y no existe dolor más terrible que ése. Entonces elevo con tristeza la mirada y le hago la misma pregunta que Él hizo al Padre desde el madero de la cruz: “¿Por qué me has abandonado?”

En la misa de Navidad del veinticinco de diciembre del noventa y nueve, en el convento de los franciscanos de Ávila, en el momento de la consagración del pan volvió aquella misma sombra que, tantos años atrás, se cruzaba ante mí de derecha a izquierda, teniendo los ojos cerrados. Habían transcurrido tantos años por medio que no pude evitar un sobresalto, como tampoco pude evitar volver a las antiguas dudas sobre la verdad de mis visones. Permanecí confuso, esperando a la consagración siguiente, la del vino, en la seguridad de que volvería a repetirse la misma visión y volvería yo a sumirme en las mismas dudas.

Esto último del párrafo anterior era como tentar a Dios, pero Dios no se había ofendido por estas dudas mías. Lo sé porque, tal y como esperaba, al consagrar el vino se reprodujo el milagro, pero no el mismo milagro, no vi esa sombra de derecha a izquierda ante mis ojos cerrados, la de siempre, la que esperaba, la de las dudas, la que acababa de ver en la consagración del pan; vi otro prodigio diferente, como si la indulgencia de Dios quisiera demostrarme que sus acercamientos eran verdaderos y que comprendía y toleraba mis faltas de fe. Al consagrar el vino lo que vi esa noche del veinticinco de diciembre fue un punto de luz hiriente, vivísimo, como una saeta que recibí por un instante a través de los párpados cerrados.

Me estremecí por la paciencia que Él tenía con mis vacilaciones y comprendí que tal retorno al pasado, después de tantos años, tendría forzosamente una explicación diferente, un nuevo significado. Fueron sólo dos o tres días de vacilación, de enigmática vacilación. ¿Qué había querido decirme Él de pronto y al cabo de tanto tiempo? ........

......... La oculta respuesta la leí en los medios de comunicación: El Gran Maestre de los Illuminate de Barcelona, secta luciferina y masónica, acababa de proclamar, como “Nuevo Orden Mundial”, el comienzo de la “Era Zión, consistente en “Libertad, Igualdad y Amor libre” propuesta que, por supuesto, comenzó inmediatamente a extenderse por el mundo, igual a como se extiende toda “doctrina” que predica el Paraíso en la Tierra y que, además, predica que no existe más dios que el propio hombre.

El fondo de la noticia era terrible, satánico...... si no fuera porque iba acompañado del siguiente relato del propio autor, en el cual, sin quererlo, él mismo daba testimonio de la banalidad de su peripecia intelectual, propia de un oculista (esa era su profesión, al parecer) metido a “iluminado” amateur. El mencionado relato del autor, en síntesis, decía así: Se le había aparecido Baphomet (Satán), le había ordenado coger papel y pluma y le había dictado el Líber Zión (libro de la humanidad futura), hecho lo cual desapareció Baphomet.

Si los Derechos de Autor hubieran existido en tiempos del otro personaje aficionado a este mismo tipo de cosas y tenido como “gran profeta”, Mahoma, este otro moderno Mahoma, este Gran Maestre masónico de ahora se habría visto envuelto en un serio problema de plagio, un plagio descarado:

 

El mismo modus operandi de Mahoma, el mismo planteamiento y la misma técnica, un mismo personaje mítico (ángel o demonio) que se aparece de repente, en forma personal, manda coger pluma y papel, dicta una nueva religión con la misma naturalidad con la que el otoño alumbra las setas, y desaparece de forma igual de repentina.

 

Esta desgraciada noticia sobre la iniciación de un “Reinado del Mal”, dentro de una sociedad degenerada y a la deriva, que se asoma ahora más que nunca al borde del abismo, es lo que yo interpreté, en aquella Navidad del año noventa y nueve, como causa del último mensaje recibido de Dios; es, también, lo que me impulsó a escribir mi libro Teosofía de la Verdad en defensa del cristianismo; y es, también, lo que me ha impulsado a incluir ahora, en este Relato Inacabado sobre mi propia vida, el testimonio personal de tantos encuentros con Él, con el Padre eterno y humanamente crucificado para la redención del hombre, la redención de todos los hombres, de todos, incluido el despistado autor de esta aberrante y tenebrosa “Era Zión.

Las caras del Mal son muchas. Nada tiene que ver el rostro de este incauto Gran Maestre de los Illuminati, que habla con cierto aire intelectual y sosegado de su blasfema “Nueva Era Zión”, nada tiene que ver éste con el rostro violento y las manos ensangrentadas de quien acaba de poner fin a la vida de otro. Nada tienen que ver, pero los dos son rostros del mismo personaje, Satanás. Ante esos rostros, el ser humano se desorienta y le gustaría asumir la santa ira del Dios justiciero del Antiguo Testamento. Tanto repugna cualquiera de los rostros del Mal que no parece que haya otra verdad, frente a él, que no sea la del “fuego eterno”.

Ya sé que ese temido infierno bíblico fue trasladado desde el Viejo al Nuevo Testamento como “realidad citada por el propio Jesús”. Quiénes esta barbaridad escribieron en el Nuevo texto sagrado (los Evangelistas) sabrán por qué lo escribieron (sin duda por ajustarse a la tradición, no porque Jesús lo dijera).

No es posible que de la boca del Hijo de Dios saliera un error tan rotundo, necesariamente tenía que saber Jesús que el mal sólo existe en el mundo, porque el mal es inherente a la materia, y sólo de materia está hecho el mundo. Este mismo Hijo de Dios capaz de conocer el pasado personal de la Samaritana, a pesar de que acababa de encontrarla en el camino, no puede ser que ignorase, sin embargo, algo tan trascendente como que la sede del Mal, el Infierno, no puede ser que resida en la Eternidad, porque la única Eternidad existente es la del Padre.

No obstante y puestos a aceptar la existencia de un infierno eterno, como dice el texto bíblico, en esto estaría de acuerdo cualquiera a primera vista: la necesidad de un lugar en el que se achicharre el Mal por los siglos de los siglos....... Pero, ¿Dónde situar ese temible Infierno? ¿En la eternidad, dicen? Imposible. La eternidad no es un “sitio donde podamos colocar algo”, los “sitios” solamente están en el mundo, que está hecho de “espacio-tiempo”.

¿Dónde situar el temible infierno? Si se tratase de un infierno transitorio en el que purgar las culpas por un tiempo determinado (el llamado por la doctrina “Purgatorio”), situémoslo en dónde queramos....... pero no en la eternidad, desde luego, porque Eternidad y Dios es lo mismo, es lo Infinito, lo que nunca fue creado por nadie, lo único que tiene vida en sí mismo y fuera del cual nada existe, salvo las criaturas por Él creadas.

Según esto último, ¿Es entonces Dios el único que ha podido donar vida al Maligno, igual a como se la ha donado al hombre? Pensar que el Dios bueno es el creador también del Mal constituye una blasfema incoherencia. ¿Dónde situamos entonces el Infierno, si es eterno? ¿Dónde?....... Por lo que se ve, en ninguna parte.

El círculo se ha cerrado sin respuesta: El repugnante rostro del Mal parece reclamar un fuego eterno, pero resulta que eterno sólo hay Dios y su obra, el espíritu del hombre. El círculo se ha cerrado sin respuesta posible.

......... Entonces apareció un galileo que se atrevió a decir lo que ningún hombre jamás ha dicho en la historia del mundo: que Él era el “Hijo de Dios hecho hombre”. También dijo que había venido a “completar” la Ley, pero de hecho no la completó, todo lo contrario, la derogó enteramente: “Oísteis que se os dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Si os abofetea en una mejilla, presentadle la otra”. También predicó un único mandamiento, el del amor: “No perdonarás a tu enemigo siete veces, sino setenta veces siete”. Y por último acabó con el Mal para siempre sin coartar la libertad del hombre, asumiéndolo sobre su espalda en la cruz.

Así fue. Pero...... ¿Y la justicia? Con este Dios perdonador ¿Dónde ha quedado la justicia? El rostro cínico de la “Nueva era Zión” y el rostro violento de quien asesina, todos los rostros del Mal, aparte de haber sido redimidos por Jesucristo, ¿Dónde han quedado? La cruz de Cristo ha pagado el precio de la deuda, pero..... ¿Y el deudor? ¿Nada se sabe de él? ¿Es que también en la Eternidad hay injusticia: los que han delinquido y los que no han delinquido, todos juntos y tratados por igual?

Si lees mi Teosofía de la Verdad encontrarás una respuesta más amplia que la que aquí voy a darte antes de despedirme para siempre. Lo que en mi Teosofía tengo escrito es que, si el Mal del hombre no es un mal absoluto, porque el hombre es un ser limitado y nada en él puede ser absoluto, nada, absolutamente nada, ni siquiera su pecado, entonces tampoco su deuda puede ser absoluta, es decir, no puede ser eterna. La justicia del Padre no es así, no es “eterna” como reza en el texto judío. Dios es el único capaz de conjugar lo que parece imposible conjugar: justicia y amor al mismo tiempo, infierno y salvación al mismo tiempo, de esta manera:

 

ü             Cuando dejes el mundo Él te iluminará para que descubras toda la fealdad que hay en tu alma. Has caminado por la vida sin tener conciencia exacta de la hondura del Mal que ibas sembrando. Sólo cuando dejes el mundo Dios te colocará ante el espejo y te iluminará para que contemples tu Mal desnudo en todo su negro esplendor. Sólo entonces conocerás realmente lo que es el Mal y sufrirás en la medida exacta de tus culpas por lo hecho (Infierno), sin necesidad de que Él te juzgue. Dios ama, no juzga.

 

ü             Sufrirás por tus culpas, como queda dicho, pasarás por un llamado “infierno”. Pero Él se ofreció en la cruz por todos, también por el traidor que le vendió por treinta monedas, también por los que le flagelaron, le coronaron de espinas y le clavaron al madero de pies y manos.

Y yo entonces te pregunto: ¿Va a ser tu culpa mayor que la de ellos?

 

“Sufrirás en la medida exacta de tus culpas” acabo de escribir, es decir, sufrirás, desde luego, pero por un tiempo proporcional a tus culpas, nunca por los siglos de los siglos, porque el hombre es un ser limitado, no absoluto, luego tampoco su pecado ni su infierno pueden ser absolutos, es decir, no pueden ser eternos. Pero tampoco es necesario meterse en profundos razonamientos para comprender todo esto, basta con un planteamiento muy simple:

 

ü             Un infierno en el que se amontona el Mal y jamás se extingue, un infierno tan eterno como lo es el propio Dios, además de ser cosa imposible, constituiría, de hecho, el triunfo final del Mal frente a Dios y frente al Bien. Y eso también es imposible.

 

* * *

 

Creo que es hora de apagar la luz y dejar este relato descansar sobre la mesa para siempre. No creo que vuelva a coger la pluma para añadir nada sobre él, salvo una única cosa que he dejado de forma deliberada para este final, ésta: Soy consciente de que una vida como la mía, la de este relato, en la que ha intervenido tanto la mano del destino no es fácil de creer. He sido sincero, sincerísimo; pero me doy cuenta de las dudas del lector en cuanto se le habla de comunicaciones con el “otro mundo”, el mundo del espíritu y de lo extra sensorial. Y como soy consciente de esto, dejo en prenda de la verdad de mis palabras una prueba:

 

ü             Soy licenciado en filosofía. Ni he estudiado ni tengo formación académica ninguna en astrofísica. Estudié Marina Mercante, lo cual nada tiene que ver con la astrofísica.

ü             En 1998 tuve un nuevo “viaje a lo desconocido” inesperado y deslumbrador. Estaba intentando comprobar la veracidad del Génesis bíblico a la luz de lo que la ciencia sabe sobre la formación y el funcionamiento del Cosmos hoy........ y de forma inesperada, apareció ante mis ojos un universo que en nada se parecía al que la ciencia describe, vi el cosmos como una llamarada que se desarrollaba desde un punto determinado en forma de espiral plana, a velocidades de vértigo.

ü             Esto fue el origen, y a partir de ahí, según iba escribiendo iban acudiendo las imágenes y las ideas sobre la formación de los astros, las causas de sus movimientos, el verdadero origen de la gravedad........ Fue una actividad frenética, impulsada desde fuera, como si enviaran un viento huracanado sobre mi mente, tanto que concluí la obra en muy pocos meses.

ü             Esto fue, como he dicho, en 1998. Titulé la obra “Nueva visión del Universo” y la registré en la Propiedad Intelectual en 1999.

ü             Ninguna editorial quiso publicarme este trabajo, bajo la excusa de tratarse de la obra de un autor que no era astrofísico y que, obviamente, no sustentaba sus teorías en fórmulas matemáticas. Tampoco fue admitido por la revista científica Infinite Energy

ü             Sin embargo, dos años más tarde, la ciencia, mediante los grupos de trabajo Boomerang y Máxima “descubrió” lo que ya había descubierto un español dos años antes: que el Cosmos no es esférico, sino plano.

ü             Mi descubrimiento sigue durmiendo el sueño de los justos porque ningún astrofísico se ha dignado comprobarlo y desarrollarlo científicamente..... y, desde luego, porque es Dios quien marca los tiempos.

 

Acabo de escribir que “dejo en prenda de mi palabra esta prueba”. Cuando Dios lo disponga, esta “Nueva visión del Universo” será reconocida como el “hecho inexplicable” de un autor que, sin tener formación científica ninguna, ha sido capaz de explicar el origen, desarrollo y funcionamiento del Universo de forma radicalmente diferente a la mantenida por la astrofísica hasta hoy, pero con el mismo resultado final. Dicho de otra manera, ha desembocado en el mismo universo que conocemos y regido por las mismas leyes que conocemos, pero dando a ese proceso una explicación causal que nada tiene que ver con la que la ciencia defiende (por ejemplo: El fenómeno gravitatorio, según la ciencia, está causado por una supuesta “atracción de las masas” nunca probada. Según mi descubrimiento, está causado por la combinación del movimiento de rotación con el movimiento de desplazamiento por el espacio debido a la expansión universal).

Cuando esto ocurra, amigo lector, recuerda que este tema concreto del Cosmos es un tema menor que a mí me trae sin cuidado; recuerda que esta “experiencia” que sobre él tuve me fue revelada únicamente para que sirva de prueba de todo lo demás que he dejado escrito sobre los temas trascendentales que inquietan al hombre. Lo importante no es que el mundo tenga la forma y el funcionamiento que he dejado escrito en Nueva visión del Universo, lo importante es cuánto he relatado en los demás libros sobre los temas trascendentales que inquietan a la Humanidad: la existencia real de Dios y el destino del hombre.

 

---------------------------------------

Esta publicación está destinada únicamente a interesados particulares.

Prohibida la reproducción total ni parcial por ningún medio.

Todos los derechos reservados.

© Gregorio Corrales.

 

Gregorio Corrales

(correo con el autor)

Volver a la página principal