El expreso de las 4,30

 

 

Sobre los brazos del viejo perchero de madera descansaban la gorra y el rojo banderín del Jefe de Estación. Había olor a humedad, a una humedad rancia, enclaustrada, que se pegaba a los pulmones y a la ropa. Por lo demás, el silencio era casi absoluto, únicamente roto por el siseo de sus brazos sobre la mesa o el imperceptible crujir de los papeles. Visto desde atrás, el jefe era como una enorme calva inclinada perpetuamente sobre los libros. Visto desde atrás porque él siempre estaba contra la pared, sentado ante la mesa estrecha y larga del control, la cual recorría la pared frontal de la oficina. Era un lugar pequeño y sombrío, de paredes sucias y a menudo desconchadas por donde se deslizaban trabajosamente las horas. El perchero y el taquillón de chapa lo presidían todo desde su altura. Y en la pared, el viejo reloj y el calendario de la Caja de Ahorros Provincial. En el pizarrín, colgado de dos escarpias, las siete vías de la estación y el número de las unidades que ocupaban algunas de ellas. Más abajo, un listín con los teléfonos de más urgencia. Y luego la mesa de trabajo, con sus enormes libros de control de la circulación, sus teléfonos y el pequeño pupitre en el que se apiñaban las teclas.

-..... Cuadro de distribución funcional..... ¿Qué coños es un cuadro de distribución funcional?

El que acababa de hablar no era él, el que acababa de hablar era el ayudante, el factor que habían destinado pocos días antes. Sentado sobre el alféizar de la ventana, con un pie sobre una silla y sobre la rodilla una revista, garrapateaba las columnas de un crucigrama con evidente esfuerzo.

-¡Eh! ¿Tú sabes qué es eso?.... Una, dos, tres, cuatro... once letras. Y empieza por o.

Pero el jefe no le contestó, el jefe siempre estaba a lo suyo, con la calva inclinada sobre los libros y el bolígrafo en la mano. Aprovechó la pregunta del factor para hacer un alto y llevarse el último sorbo del café con leche a los labios. Siempre tenía un café con leche delante, un café con leche sombrío y pringoso, del mismo color de la estación.

En ese momento se inundó la oficina y el andén, toda la estación se inundó del trepidante forcejeo de un tren que llegaba.

-Anda, apunta a ése.

El factor se sentó ante los libros y se puso a garrapatear en horizontal, como si se tratara de otro crucigrama.... “hora, las cuatro y dos minutos.... tren, setecientos dos.....”, mientras repetía a viva voz lo que iba apuntando.

-Organigrama.

El factor no pudo por menos de levantar la cabeza y suspender el apunte en el libro.

-¿Qué dices?

-Organigrama- se limitó a repetir el jefe.

-¿Pero de qué hablas?

-De tu crucigrama. Del cuadro de distribución funcional.

El jefe era así, era un hombre concentrado y responsable y jamás daba una cosa por perdida. Parecía que estaba únicamente a sus libros, pero la verdad era que estaba a todo.

Luego descolgó el teléfono interno y pulsó la tecla de la estación de procedencia.

-Sin novedad en el Alcázar- dijo, cuando le contestaron- Quiero decir que en este momento llega tu setecientos dos. ¿Acabas de entrar de turno?..... Que tengas una breve y celestial noche.

El factor había acabado su apunte y se disponía a atacar nuevamente el crucigrama.

-Depresión propia de un curso fluvial..... ¿Por qué no me echas una manita?

El jefe debió de encontrarlo tan sencillo que le dedicó una mirada insistente. “¿Y éste es el que me han destinado?”, debió de pensar. Luego pulsó la tecla de la siguiente estación.

-Va para allá el setecientos dos.

Cogió el banderín y la gorra y salió por la puerta de cristales que daba hacia el andén. Un revoltijo de frío se coló precipitadamente, rodando por las baldosas rojas del suelo y trayendo un soplo de humedad que todo lo empapaba. Enseguida se oyó el silbato del jefe, lejos, oculto por la bruma, y luego la potente bocina del tren y su partida, con un lentísimo chirriar de bielas y traqueteo sobre los raíles. Las luces de las ventanillas del convoy pasaban, colándose por un segundo en la oficina de control a través de los cristales y reflejándose, a ráfagas, en el crucigrama del factor. Enseguida, el traqueteo se hizo lejano y se perdió en la bruma.

-Hay una niebla de los demonios- comentó el jefe al regresar.

No era fácil oírle decir nada, fuera de lo imprescindible. Entró en el servicio, se oyó el pequeño estrépito de la cisterna y retornó a su asiento, ante los libros.

-¿Pero qué coños tienes que hacer a estas horas?

-Estadística.

-¿A las cuatro de la madrugada?

Pero como el jefe no contestaba, como el jefe nunca estaba dispuesto a soltar más palabras que las precisas, acabó por apuntillar él solo

-¡Estadísticas a las cuatro de la madrugada!

Y dicho, cogió el teléfono, porque acababa de encenderse el piloto de la siguiente estación y había sonado el timbre.

-Dime..... Sale para acá el diez veintiocho. Enterado.

Y aún transcurrieron unos segundos sin que sucediese nada. Pero inesperadamente, precipitadamente, de forma inhabitual en él, el jefe descolgó el teléfono y pulsó con urgencia la misma tecla de la estación que acababa de hablar.

-Repite lo que acabas de decirle a éste........ ¿Que le has dado salida al diez veintiocho? ¿Pero tú no me has dado antes la salida del mercante 803?..... Pues todavía no está aquí. Yo no te he dado la llegada. ¿Cómo le has dado salida al segundo?...... No, no te he dado la llegada del 803. Compruébalo en tu libro- el tono iba subiendo sin parar, el jefe estaba excitado, quizás excitado por primera vez en su vida, el factor no le había visto así- .......¡Pero cómo que no pasa nada!..... ¿Que estará para llegar, dices? Pero aún no ha llegado, señor mío. Y es un mercante. Y el que acabas de dar salida por detrás es un expreso. En quince minutos le ha cazado.... Tú eres un irresponsable, ¿me oyes?, un irresponsable. Ponte a rezar, si es que sabes hacerlo.

Colgó bruscamente y se quedó mirando a la pared, helado, angustiado. Las ideas se le amontonaban. Se puso a rebuscar en los bolsillos con prisas y sacó las llaves del coche.

-Hay que detener ese expreso cómo sea. Toma las llaves de mi coche. Coge un farol y una señal.

-¿Y qué quieres que haga con eso?

-No seas imbécil. Colocarlos en medio de la vía. ¿O es que todavía no sabes que la carretera y la vía van casi juntas?

-Mejor vete tú y yo me quedo aquí.

-¿Dejar en tus manos la estación en un caso así? Ni lo sueñes.

-Si yo no sé conducir. Saqué el carnet....- hizo un gesto exagerado- No me acuerdo de nada, de nada.

-Pues haz memoria, porque vas a salir a la carretera, y en cuanto haya pasado el mercancías, vas a parar el expreso, ¿me oyes?, vas a pararlo. Están en juego cientos de vidas.

-¿Dónde tiene la primera?

-Donde la tienen todos los coches- le gritó, agarrándolo por el jersey y arrastrándolo hasta la puerta- ¡Sal y para ese tren!

El jefe se dejó caer, se desplomó sobre el asiento, y se llevó las manos a la cabeza. Se le escapó un “¡Dios mío!” lleno de angustia, de pánico. Descolgó y pulsó la tecla de la Central.

-Central, Madrid, Madrid...... Muy urgente, emergencia. De la anterior me han dado la salida del expreso diez veintiocho sin haber llegado aquí todavía el mercante 803...... Un error. No lo tiene apuntado en el libro....... ¡Y qué sé yo! Estará aburrido, estará dormido, no lo sé...... Todo eso y mucho más ya se lo he dicho yo, pero el expreso sigue avanzando. ¿Puedes comprenderlo?..... ¡Por los clavos de Cristo! Con palabras y palabras no se detiene un tren. ¿Quieres decirme de una puñetera vez qué es lo que hago?....... Pues si tú no puedes hacer nada, yo tampoco. Ya he cumplido con mi deber avisando.

Y sin más palabras cortó y pulsó la tecla de la Subestación de Energía Eléctrica. Pero nadie se ponía del otro lado. El jefe comenzó a aporrear frenéticamente la tecla, mientras repetía en voz alta:

-Oye, oye, Subestación. Escúchame, Subestación. ¿Pero qué es lo que pasa? ¡Descuelga, coño! Subestación.....-Y se puso a golpear desesperado el pupitre-..... ¡Subestación! ¡Subestación!...... Lo que me faltaba. ¡Será posible!

En un respiro, cogió el teléfono exterior y marcó la Central de Teléfonos.

-Señorita, soy el Jefe de Estación. Es urgentísimo. Necesito comunicarme con la Subestación de Energía, necesito parar un tren en circulación como sea. Estoy llamando por el teléfono directo y no lo cogen. Ayúdeme, por favor...... Sí, sí, ya sé que son las cuatro de la noche, pero en la Subestación tiene que haber alguien de guardia....... También tendrán un teléfono directo con la calle y no sé cuál es. Llame, hay un montón de vidas en peligro. ¡Deprisa!

Sonó el directo y se encendió la tecla de la Central de Madrid.

-Dime...... Ya sé que eso es lo primero que hay que hacer, cortar la energía de la línea, pero da la cochina casualidad de que en la Subestación nadie coge el teléfono....... ¡Y a mí qué coños me importa que le levantes un expediente disciplinario! ¿Cómo paro yo el tren?

Colgó irritado en el momento en el que sonaba el teléfono exterior.

-Dígame, señorita. ¿Ha conseguido hablar con la Subestación?....... ¿Pero con quién estoy hablando? ¿Quién es?............ Que ya viene el niño, que ya tienes dolores..... Pero Juana, ¿no podrías elegir otra noche? ¿No ves que hoy no puede nacer?........ No, no puede nacer, has oído bien......... Tú tienes eso y yo tengo un tren lleno de gente a punto de darse la torta......... Ya lo sé que es mi hijo. Y el expreso también es mío y se va a estrellar.

Colgó sin más y se puso a llamar otra vez a la Subestación.

-Subestación. Vamos, coge el teléfono si te da la gana, desgraciado........ Subestación.... Subestación........

Se abrió la puerta y se plantó en medio de ella el compañero, el factor.

-¿Pero ese coche no tiene la primera arriba, a la izquierda, como todos?

-¿Pero es que todavía estás aquí?

-Como que no consigo arrancarlo. En cuanto suelto el embrague, se me cala.

-Vete a la cafetería, que te echen una mano- se puso a vociferar el jefe- Vete al infierno, pero arranca ese coche y vete a parar el tren.

-¿En la cafetería, a estas horas?

-Pues coge al primero que pase, a Satanás en persona, pero sal de aquí.

Y se puso a sonar otra vez el teléfono exterior.

-Dígame........ Sí, soy el jefe de estación. ¿Ha conseguido hablar con la Subestación?....... Que no contestan. ¿No será una avería? ¿No puede hacer nada?........ Es preciso cortar la energía en toda la línea, es preciso parar ese tren cómo sea, ¿me comprende? Tengo que hablar con la Subestación. Compruebe si no es una avería, de prisa.

Se detuvo por un brevísimo instante en medio de aquella vorágine de llamadas. Eran tantas las urgencias que no sabía bien por dónde seguir. Consultó el listín de la pared y marcó una vez más.

-¿Cruz Roja? Le hablo desde la estación, soy el jefe de estación. Va a ocurrir una catástrofe y no puedo hacer nada, absolutamente nada. Va a ocurrir un alcance de trenes y tienen ustedes que estar allí con todos los coches que puedan, ¿me comprende?......... Oiga, oiga........

Sacó el pañuelo del bolsillo, se secó el sudor de su interminable calva y se puso a renegar él solo en voz alta: “¡Lo que nos faltaba! Ahora me deja y se va a buscar a no sé quién”.

Al fin, se puso al teléfono quién fuese, uno que estaba más dormido que despierto.

-........ No tengo tiempo de repetir lo mismo. Tienen que acudir con todas las ambulancias que dispongan a la carretera, junto a las vías. Está a punto de ocurrir un desastre........- Y aquí el jefe comenzó a irritarse- No me empiece como todos. Va a ocurrir porque va a ocurrir, porque no puedo evitarlo. ¿Si pudiera evitarlo iba a perder el tiempo en llamarle a estas horas?........ Un exprés lleno de pasajeros...... ¿Que dispone de dos ambulancias nada más? ¿Pero qué hacemos con eso?........ Pues llame a sus superiores, llame a Cruz Roja Internacional, llame al diablo, pero envíe un montón de coches a esa zona, un montón de coches. ¡Ya!

Volvió a encenderse la tecla de la Central.

-Dime, Madrid........ No, no he conseguido hablar con la Subestación........ Pues porque el tío se ha dormido, o se ha ido de juerga......... Por mí, podéis fusilarle. ¿Pero quién me para a mí ese tren.

Se abrió por tercera vez la puerta y apareció de nuevo su querido compañero, el factor. El jefe no se lo quería creer. Y para remate, le tiró sobre la mesa las llaves.

-Ahí tienes tus llaves. Yo en ese coche no sé andar.

El jefe no le dijo nada, no podía decirle nada. Dejó caer el teléfono que tenía entre las manos y se le quedó mirando fijamente, fuera de sí. El querido compañero seguía hablando como si nada pasase.

-....... No puedo andar, no puedo andar, ¿comprendes? Meto la primera, desembrago y ¡zas!, se cala. Además, hay una niebla que no se ve ni leche.

El jefe, al fin, reunió las fuerzas suficientes para abrir la boca, aunque le hubiera apetecido más echarle las manos al cuello.

-Ahí fuera, en medio de esa niebla que tanto miedo te da, a más de cien kilómetros hora, se nos está echando encima un tren como una noche de largo, un tren lleno de pasajeros, cientos de pasajeros que duermen. Y delante marcha un pobre mercancías del que no le dará tiempo de ver ni el farol de cola, porque cuando quiera enterarse, ya se lo habrá tragado- le agarró de las solapas y comenzó a zarandearle- Y tú y yo sabemos que eso va a suceder. Busca a alguien, pero arranca ese coche que está ahí fuera. Vete a parar ese tren porque si no te juro que te hago echar aquí mismo la primera leche que mamaste. No tengo tus años, pero te juro que soy capaz de estrangularte- le dijo, mientras se lo llevaba a rastras a la puerta- Arranca ese coche. ¡Vamos!

Apenas había tenido tiempo de echarle fuera cuando comenzó a sonar otra vez el teléfono exterior.

-....... Mira, Juana, no sé qué dolores tendrás, no sé si vas a parir, pero lo que sí sé es que yo voy a parir por la cabeza, de lo que me duele....... Estás ya harta de tener críos, te las sabes todas, retrásalo, entretenlo, haz lo que te dé la gana....... ¿Que estás sola? ¿Pero cómo crees que estoy yo?....... Tú esperas un crío, ya lo he oído, y yo un tren lleno de gente que se va a matar........ No, no puedes tenerlo esta noche. Te lo prohibo, ¿me oyes?, te lo prohibo terminantemente. El niño no puede nacer esta noche.

Y colgó todo convencido de que su hijo no podía venir al mundo en una noche así. Ahora lo único importante era el tren, lo que a él le quitaba el aliento y la vida era el tren. Así es que no podía evitar el pensar en voz alta:

-....... Pues si no puedo ni siquiera cortar la corriente de la línea, que se levante ese tío, a ver si él es más listo.

Consultó el listín de la pared y marcó por el teléfono exterior.

-¿Comisaría?.......... Aquí el Jefe de Estación. Ya sé que son las cuatro de la madrugada, pero tengo que hablar con el Gobernador Civil......... Buena noticia. ¡Hombre, no se me había ocurrido que podía estar en la cama! A estas horas, todo el mundo está en la calle, es obvio. ¿Pero por qué cree que llamo a Comisaría? Pues porque están en el mismo edificio y porque estoy seguro de que tienen algún medio de comunicarse con él en caso de emergencia.......... ¿Que qué pasa? Que el expreso de las cuatro treinta está a punto de alcanzar al mercancías ochocientos tres que circula por delante. ¿Le parece suficiente?........ Está bien, que se ponga el Comisario en persona, pero a ver si nos da tiempo de saludarnos siquiera antes de que ocurra la catástrofe......... ¿Señor Comisario?............ Ya le han dicho quién soy, ya le han dicho qué es lo que pasa, póngame en contacto inmediatamente con el Gobernador........ ¡Por los clavos de Cristo! Hay todo un tren repleto de gente a punto de darse la castaña y pretende que empiece la historia otra vez......... Ya sé que estoy hablando con el Comisario Jefe, y usted está hablando con el Jefe de Estación. Pero da la puñetera casualidad de que ni usted ni yo podemos parar el tren. Póngame con el Gobernador bajo mi entera responsabilidad........... Quedo esperando su llamada. Pero le recuerdo que cada segundo es decisivo.

Aprovechó para pasarse el pañuelo por la frente, por el cuello, por la enorme calva. Se aflojó la corbata, se sentía asfixiar bajo el peso de los acontecimientos. ¡Y encima aquella humedad pegajosa! Pero tampoco tenía tiempo para pensarlo, porque el teléfono sonaba una vez tras otra. En esta ocasión era la voz de Manolo, el de la cafetería.

-Me ha dicho el factor que te lleve una aspirina, que estás muy revolucionado esta noche; pero no puedo llevártela, estoy solo.

El Jefe colgó sin contestar nada, indignado, mientras maldecía en alta voz: “¡Maldita sea!” Volvió a intentar conectar con la Subestación. Del otro lado seguían sin descolgar. Y aún estaba con el auricular en la mano cuando sonó el otro teléfono, el exterior. Lo cogió apresuradamente.

-¿Es el Gobernador? Oiga. ¿Hablo con el Gobernador?

-¡Anda tu madre! ¿Pero qué te pasa esta noche? Soy Manolo otra vez.

-Cuelga y no vuelvas a llamar.

-Pues no es para tanto. Porque no pueda llevarte una aspirina.....

-Estoy esperando una llamada urgente del Gobernador.

-¡Y a mí qué leches me importa!

-¡Pero a mí sí, imbécil! Cuelga o te cierro la cafetería tres meses.

Y colgó, fuera de sí. Se levantó del asiento, desesperado. No sabía qué hacer. Se puso a dar pasos rápidos y sin rumbo entre aquellas cuatro paredes que se le venían encima. Fuera, veía en su imaginación el tren avanzando y sin modo alguno de detenerlo. Se puso a aporrear la mesa con los puños, de impotencia, de rabia. Luego se quedó mirando al teléfono y comenzó a gritarle: “¡Suena, suena, suena!”. Y fue como si el teléfono le hubiera escuchado, porque se puso a sonar.

-......¿Hablo con el Gobernador?........ Es una catástrofe, ¿sabe?, una catástrofe. Ya le habrán contado lo que pasa, y no veo el medio de detener ese tren, por eso le llamo a estas horas......... ¿Que no sabe qué puede hacer? Pues yo tampoco, señor mío. Pero usted es el Gobernador, ¿no? Pues tenía que comunicárselo. Este pobre Jefe de Estación ya no puede hacer más........ Lo sé, lo sé, pero siempre queda algo que hacer por su parte, aunque sólo sea acudir al lugar. Ya sabe que la carretera corre junto a las vías........ Claro que puede mandar un coche patrulla, es una buena idea........ ¿Que qué he hecho yo? He llamado a Telefónica, a Cruz Roja, a la Central de Madrid. ¡Si ya sólo me queda llamar al purgatorio! El único remedio en estos casos es cortar la energía eléctrica en todo el tramo, pero el compañero de la Subestación se ha dormido, o se ha largado. o a lo peor le ha dado un infarto. La cosa es que no contesta. Mande otro coche a la Subestación y que tiren la puerta, a ver que le pasa a ese tío.

Y según colgó, volvió a sonar.

-Perdona que insista, perdona que no cumpla tu orden, pero es que yo así no puedo estar, ¿me comprendes?

-¿Pero quién es ahora?

-Si me voy así a casa sé que no voy a poder dormir, sin saber en qué te he ofendido. Tienes que comprenderlo, Ramón, estoy completamente solo. Pero eso sí, si te esperas un ratillo, salgo de mi turno y te la llevo.

-Que me la traes....¿Pero el qué?- gritó el Jefe, desesperado.

-La aspirina.

-¿Pero tú otra vez, Manolo?

-Ya lo sé, ya lo sé, me has dicho que no te llame; pero es que yo así no puedo estar, Ramón, no puedo. Si te he ofendido antes, perdóname, coño.

-¡Manolo, por tus muertos, no me ocupes la línea! Tráeme la aspirina, tómatela tú mismo, haz lo que te dé la gana, pero no me ocupes la línea. Cuelga o vas a ser el segundo que me cargue esta noche.

Pero, según colgó, el dichoso teléfono seguía sonando.

-¡Que te la tomes tú!- gritó a vivo pulmón-.......... ¡Ah, eres Juana!.......... Pues sigue aguantando, no le dejes salir........... ¿Pero cómo pretendes que me vaya a casa en este momento, cuando están en un hilo cientos de vidas?........... Ya sé que soy tu marido y el padre de la criatura, pero también soy el Jefe de Estación. ¿Es que no lo sabías?...... Mira, Juana, divórciate, pégame un tiro, haz lo que sea, pero yo no puedo tener un hijo en este momento.

De forma milagrosa y sin que supiera por qué extraño maleficio, ninguno de los dos teléfonos volvió a sonar durante un rato. En ese momento descubrió que no sabía que cosa era peor, si que sonasen los dos a la vez o que no sonase ninguno, porque era como para comerse las uñas. Así aguantó cuanto pudo, hasta que no fue capaz de contener su propia mano y se sorprendió a sí mismo marcando el teléfono de Comisaría.

-¿Ha salido por fin el coche patrulla?.......... ¿Que están en contacto por radio con el coche?........... Sí, lo estoy oyendo directamente, lo estoy oyendo. Si suben un poco más el volumen.........

Aunque confusa y con interferencias, le llegaba a través del teléfono la conversación por radio entre el coche patrulla y Comisaría:

-¿Me oyes, Central? Vamos circulando despacio, muy despacio. Hay una niebla espesísima. No se ve nada, es realmente peligroso. Hasta este momento no hemos visto ningún tren, pero creo que si aparece va a ser imposible distinguirlo. ¿Cómo sabré yo si es un expreso o un mercancías?

-¡Por Dios! Dígale que no se preocupe de expresos ni mercancías- intervino el Jefe en medio de la conversación- Tiene que dejar pasar al primero que aparezca y tiene que intentar parar al segundo. ¿Está claro?

Transcurrieron unos segundos mientras le transmitían la orden.

-....... Entendido- contestó la voz del coche patrulla a través de la radio- Pero dudo mucho que nos vean ni aunque nos metamos en la vía misma. Hay una niebla infernal..... Seguimos muy despacio. Detrás de nosotros vienen dos ambulancias, todos muy juntos, siguiendo los pilotos del que circula delante. La niebla casi se puede palpar...... ¡Atención, atención! Ahora empieza a escucharse el ruido de un tren........ Sí, sí, eso parece, un tren. Esperad un momento..........

Y se hizo un silencio absoluto. El Jefe permanecía aferrado al teléfono, paralizado. Se puso a sonar el teléfono directo y se encendieron dos pilotos simultáneamente. Pero él permanecía ajeno, aferrado al teléfono exterior, el que le traía la voz del coche patrulla desde Comisaría. Y después de unos segundos interminables, volvió a escucharse la radio, pero casi ininteligible. No pudo evitar la protesta.

-¿Pero qué es lo que pasa ahora? ¿No pueden arreglarlo? No se entiende nada.

-........ ¡Atención, atención!- volvió a escucharse con claridad- Efectivamente, se oye un tren, se acerca un tren. Tiene que estar ya cerca. Pero todavía no vemos nada- mientras se escuchaba el traqueteo cada vez con mayor claridad- Al fin vemos su luz cuando ya está casi encima. En estos momentos pasa a nuestra altura, pero no podemos distinguir si es un mercancías. Ahora pasa........

El Jefe era consciente de que le daría un infarto si aquella situación duraba un segundo más.

-........ Salen mis compañeros con faroles para intentar interceptar la vía en cuanto haya acabado de pasar. Encendemos también los reflectores del coche.

Aún se percibía, a través de la radio del coche patrulla, el penoso avanzar del mercancías alejándose.

-........ ¡Atención! Aparece una segunda luz en las vías. Tiene que ser el expreso...... Los compañeros le hacen señales agitando los faroles. Pongo también en marcha la sirena del coche........... Pero sigue avanzando, viene muy deprisa.......... Está encima, está encima.......... Ahora parece que quiere detenerse, se oye el chirriar de las ruedas sobre los raíles............ Pero ya es tarde........ Ya es tarde..........

Y se dejó oír, a través de la radio, el choque ensordecedor de los dos trenes y se cortó bruscamente la comunicación.

El Jefe estaba paralizado, incapaz de moverse. El teléfono se le escurrió de las manos hasta caer, quedando suspendido por el cable en el aire. Y así permaneció un largo rato, inmóvil, fija la mirada en la pared, en el vacío, como si efectivamente estuviera a punto de morir. Era un silencio absoluto, angustioso.

De pronto se abrió la puerta y apareció el factor.

-Pues me importa un higo lo que puedas decirme, pero yo no soy capaz de andar con ese coche- le dijo, lleno de firmeza, tirando las llaves sobre la mesa- Ni a estas horas hay nadie que me eche una mano. ¡Quién va a haber, a estas horas, si no son las lechuzas! Así es que me trae sin cuidado lo que puedas decirme, y si quieres, pues me abres un expediente disciplinario, ¿Te enteras? Me trae al fresco.

Y soltada toda esa insolente y resuelta parrafada, comenzó a reparar en la extraña actitud del Jefe.

-¿Que si me has oído?- le gritó.

Pero el Jefe permanecía inmóvil, ajeno a todo. El compañero le contemplaba sorprendido, atónito, sin saber qué hacer en semejante situación. Le puso una vacilante mano sobre el hombro para cerciorarse de que aquella estatua seguía siendo el Jefe.

..........Y el Jefe, al fin, se movió, no estaba muerto.

Se levantó del asiento como un autómata, con una lentitud desesperante. Recogió de la mesa las llaves del coche y miró, por un instante, al compañero sin decir nada, abstraído, absolutamente ajeno a todo. Luego le dio el banderín y el gorro de Jefe de Estación y se dirigió a la puerta. Se movía con una serenidad premiosa, con la lentitud de un sonámbulo o de un muñeco mecánico. Parecía mirar más allá de donde ponía los ojos, parecía un ser alucinado.

Abrió la puerta, salió al andén y se marchó en busca de la salida de la estación, despacio, absorto, como si no supiera realmente lo que hacía.

Había una niebla espesísima.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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