Dibujo de Jesús María Navas

 

 

IX

 

El timbre sostenido del teléfono me despertó. Lo cogí con esa urgencia con la que hacemos todo al regresar apresuradamente del mundo de los sueños.

-Tiene conferencia. No se retire- me dijo el conserje.

En unos segundos me llegaron las palabras de Raquel, pero tan distantes, tan entrecortadas, que apenas pude distinguir algo más que mi nombre. Protesté.

-Perdone. No se recibe mejor.

-¿Me oyes?- preguntaba Raquel.

-No, no te oigo casi nada.

Y la comunicación se cortó. Protesté otra vez.

-Perdone, señor, pero no puedo hacer nada.

Colgué. Sin duda ella volvería a intentarlo. Metí los pies en las zapatillas y ya estaba el teléfono sonando de nuevo.

-¿Eres tú?- me preguntó.

-¡Cuánto tiempo sin oír tu voz!- dije, lleno de felicidad.

-¿Me oyes bien ahora?

-Te oigo y soy feliz.

-¿Cómo estás?

-Echándote de menos.

-Pues ha llegado el momento de que vuelvas. Tengo una gran noticia para ti.

Callé, pero estaba seguro de la noticia que iba a darme.

-El editor quiere verte. Ha leído lo que le di y está encantado. Quiere el resto. Debes coger el primer avión y venirte con todo lo que tengas escrito. Acabo de hablar con él. ¿Cuándo llegarás? Le he dicho que a primera hora de la mañana podrás verle.

-Creí que jamás escucharía esto- acerté a decir, conteniendo la emoción.

-Te dije que algún día llegaría, y ha llegado.

-Estás contenta.

-Estoy loca.

-Cogeré el primer tren de mañana.

-¿No hay ninguno esta noche?

-No puedo tan deprisa. Me he acostado casi al mediodía.

-¿Por qué?- me preguntó alarmada.

-Porque todas las noches escribo, porque Dimas me cuenta sus historias a esas horas.

-¿Pero qué clase de vida llevas?

-Muy desordenada. Pero duermo lo suficiente. El resto del día se me va entre hablar con él, pensar en ti y escribir. Tengo la agenda a tope.

-Estarás acabando el libro.....

-Creo que sí, que es suficiente con lo que ya tengo, aunque este hombre no tiene realmente final.

No pudo disimular su felicidad.

-Sé que esta vez va en serio. He notado que a este señor le ha encantado de verdad. Ya sabes que en estas cosas no me equivoco.

-Todavía no me has dicho ni qué editorial es.

-¡Y qué más da! ¡No tengo ni idea! Solamente sé que él es el jefe y que se llama Eduardo Guzmán.

Me quedé sorprendido, claro. Era el mismo editor para quien me había dado la tarjeta el director del periódico y ante quien había prometido recomendarme Mayte, que parecía tener una amistad tan "íntima" con él.

-¿Me oyes?- preguntó, por mi silencio.

-Sí, te oigo. Pero no sé cómo lo has conocido.

-Te lo contaré cuando vengas. Me ha llenado de felicidad comprobar que no eres tan desconocido como crees. Nada más decirle tu nombre, sabía quien eras, incluso tenía noticia de lo que estás escribiendo.

-Entonces ya tenemos algo que contarnos los dos: tú, cómo lo has conocido; y yo, por qué sabe quien soy.

Raquel enmudeció un momento, sin duda intrigada.

-Mañana por la tarde estaré ahí. Además, no podría irme de ninguna manera sin despedirme de Dimas.

-¿Cómo es?- me preguntó, llena de curiosidad.

-Extraordinario.

-Tengo celos, ¿sabes?- bromeó- Le quieres casi tanto como a mí. Es algo que se nota.

-¡Mujer! Tanto como a ti....

-!Cuántos días sin verte!

-Mañana saldré en el primer tren. Los aviones no me gustan nada, ya lo sabes.

Tenía tiempo para todo, pero tampoco podía dormirme. Nada más colgar, ordené y guardé las últimas cuartillas, las escritas la noche anterior y que todavía estaban en desorden sobre la mesita de la habitación. Acostumbraba a leerlas al día siguiente. Era lo primero que hacía cada día al levantarme. Pero, por una vez, era preciso vencer la tentación. Ya tendría tiempo en el tren.

Me vestí urgentemente y salí a la calle. Quería informarme y sacar el billete cuanto antes. Cuando llegué a la estación de Abando, todavía era media tarde. Me di cuenta de que mi reloj particular, el de mi sistema de vida, estaba retrasado por lo menos doce horas con el del mundo, lo que le había producido una dolorosa inquietud a Raquel. En el vestíbulo había un enorme tablero con los pormenores de horarios, trenes y destinos. Saqué billete para el de las ocho treinta de la mañana. Aún tenía tiempo de ver a Dimas, hacer la maleta y pagar el hotel.

Todo perfecto, pero sentía un agujero insufrible en el centro del estómago. Nada había tomado desde los pinchos del Goitik Bera la noche anterior y el tímido desayuno de por la mañana, antes de acostarme. También la cafetería de la estación era de color verde, como el Goitik Bera, pero un verde oscuro, apagado, discreto. Tomé un plato combinado y salí cuando las gentes comenzaban a invadir las calles. Decidí dar una vuelta para hacer tiempo. Calle Amézaga arriba, me puse a recorrer ese otro Bilbao para mí casi desconocido, el de las calles despejadas y los edificios nuevos.

-¿Quiere una flor, señorito?

Sin duda que la miré como quien acaba de regresar de dar mil vueltas a la órbita terrestre.

-...... Que si le pongo una flor en ese ojal, resalao- insistió.

Sonreí tan placenteramente por haber descendido de nuevo al planeta que la gitana comprendió y me la plantó en el ojal. Jamás había esperado encontrarme con una gitana vendedora de flores en pleno Bilbao, y jamás me había paseado yo con una flor en la solapa. La saqué del ojal y la dejé en el alféizar de una ventana baja. Quizás allí habitase alguna mujer a la que no le hubieran regalado una flor nunca. Y quizás abriese la ventana. Y quizás soñase.

Al volver por Urquijo, en la parroquia del Sagrado Corazón acababan de casarse dos. Posaban en el centro de la puerta gótica, del brazo, sonrientes, con su ramo purísimo puesto en medio, mientras los demás les hacían fotos, les tiraban arroz y les miraban tontamente. Esa clase de amor, loco y único, luego se marcha, las flores se marchitan y al arroz lo empuja el barrendero. Sin duda, yo era un privilegiado por haber encontrado a Raquel.

Por Correo y Sombrerería me interné en las callejas de siempre, o mejor, de nunca más, porque aquella noche era muy distinta, era la última. Lo encontré en el Etori-Bi.

-¡Qué extraño vienes hoy!

-Sí- le confesé.

-A lo largo de este tiempo te he visto un par de veces así. Y es lógico, porque tu vida está todavía en los vaivenes de alta mar. La mía ya fondeó.

No sabía cómo anunciarle que habíamos llegado al final, que tenía que irme.

-¿Puedes decirme que te pasa, o te importuno?

-Que ésta es la última noche que estoy contigo. Tengo un barullo infernal aquí- le dije, señalándome con el pulgar a mí mismo.

-No tendrá la culpa este viejo.... - me contestó, en tono de pregunta, de duda.

-Pues claro que la tienes. No va a ser tan fácil hacerme a la idea desde mañana.

-¡Tienes tanta vida por delante!

-¿Qué harás tú?

Dimas casi se echó a reír por lo tonto de mi pregunta.

-Pues no sé, hombre, no sé. Miraré la agenda, a ver que tengo, y consultaré con mi secretaria- y añadió, cambiando el tono de voz- Se te olvida que en mi programa ya no hay más actos. Si vuelves por Bilbao, acuérdate de esta callecita.

-Volveré.

-¿Qué te ha dicho tu Raquel?

-¿Pero tú cómo sabes....?

-Me has dicho que tienes un barullo dentro. De lo de aquí, soy yo el culpable. De lo que te espera, no puede haber más culpable que tu Raquel.

-Está loca de alegría. Ha hablado con el editor. Quiere que le entregue el resto del libro. Dice que hemos llegado al final, que ella nunca se engaña en estas cosas.

-Y no se engaña.

Me impresionó la firmeza con que lo dijo, igual a la de ella. Parecía que los dos se pusieran de acuerdo siempre.

-Cada mujer es como un oráculo para el hombre a quien ama- me dijo-. Entre ellas no hay grandes genios, pero en esto del amor son todas geniales.

-Aquí tienen el bacalao- nos interrumpió el tabernero- Y hoy no tienen que pagar. Invita la casa.

Dimas no se lo creía. Era la primera vez desde que frecuentaba aquella tasca.

-Es que, al entrar, le he dicho que hoy es la última noche- le expliqué.

Nos pusimos a comer en silencio. Cada vez que se repetía lo de mi marcha nos quedábamos en silencio. Miré a Dimas. Yo también podía adivinar, como hacen las almas femeninas, su contrariedad.

-Pues ahora ellas son independientes- le dije de pronto, volviendo al tema anterior y por decir algo, por distraer esa idea de mi marcha, que nos entristecía a los dos.

-¡Ni hablar!- me contestó.

-Trabajan, ganan....

-¡Y qué! Dependerán siempre de los hombres en su corazón. Aunque ahora se haya puesto de moda lo contrario, están hechas para amar y para ser madres por encima de cualquier otra cosa. Contra la naturaleza no se puede ir.

-Mira, Dimas, que es la última noche, no la líes- protesté, cariñosamente- Se puede amar y ser independiente a la vez, ¿no te parece?.

Pues no. Debió parecerle una tontería elemental, imperdonable.

-Eso es imposible. El amor es entrega. Cuando amas, dejas de vivir en ti y existes para el otro. ¿Qué mayor dependencia? Precisamente por eso nosotros somos independientes, porque no somos capaces de amar como ellas.

Me acordé de Raquel y me di cuenta de que el viejo tenía toda la razón del mundo, como siempre. Raquel vivía para mí.... y yo también vivía para mí.

-En el amor ellas van por delante de nosotros- añadió- Las mujeres son como la música de la Creación.... Y perdona que suene tan cursi.

-En todo caso, una música sin público. Consumimos la vida emperrados en vencer a la vida y pasamos junto a ellas sin enterarnos.

-Amén- apostilló él, con esa seriedad cómica que tanto usaba.

No obstante, como la palabra sonaba a verdadera chufla, aclaró, todo seguido

-.... Quiero decir que así es.

Una descarga eléctrica retumbó fuera y la luz del local se fue por un instante. La lluvia se puso a arreciar de forma inesperada en los cristales. Como por mano de un maleficio, todo parecía ponerse de acuerdo para convocar a la tristeza. No sé por qué, pero dije algo que sonaba mal y que, desde luego, no quería decir lo que parecía querer decir. Era solamente un modo figurado de hablar, y creo que así lo comprendió Dimas.

-Hay veces que uno tiene la tentación de acabar con todo- fueron esas palabras mías, tan desafortunadas.

-No seas dramático- me dijo, con una sonrisa benévola- Estás todavía lleno de proyectos. Ya ves, yo ya no tengo ni uno y sigo aún en pie.

Me obligó a recordar la enorme fe que le mantenía derecho, a pesar de estar tan de vuelta y ser tan escéptico.

-Te voy a confesar una cosa: el día que me dijiste que eres creyente me quitaste una gran inquietud de encima. No puedo explicarte por qué, pero no me hubiera gustado nada ese borrón en una persona como tú.

-Pero si esos “borrones” no existen, amigo. ¿Quien es el que no cree?

Esto sí que era bueno. Según Dimas, parece ser que no existían los ateos.

-Me lo preguntas como si no hubiera ni uno- protesté.

-Buscándolos con un candil. Que yo sepa, la inmensa mayoría del género humano lleva una vida honrada, respeta a los demás y cree en el bien y el mal.

-¡Y qué tiene eso que ver! Para ser bueno y honrado no hace falta ser creyente.

-Esa es la inmensa tontería que dicen ellos, los que presumen de ateos sin serlo. No me la repitas tú también, porque es una simpleza que no se tiene en pie.

No supe qué argumentar para convencerle de que lo uno nada tenía que ver con lo otro. Sólo se me ocurrió recurrir a la experiencia.

-Estoy cansado de conocer gente que es como “Dios manda”, pero no cree en ese Dios que, según nosotros, existe y así lo manda. Amar el bien y amar a los demás está en la naturaleza del hombre, como están los pulmones o está la facultad de hablar. No hace falta buscar otras razones.

Dimas se quedó mirándome con esa expresión suya, sorprendida, la que siempre aparecía ante las cuestiones vitales.

-¿Y con qué fin está en su naturaleza todo eso? Los pulmones están para seguir vivo y la facultad de hablar para comunicarse. Pero el amor y el bien.... ¿Para qué, si no son necesarios en modo alguno para seguir vivo? ¿Para qué, si realmente son un estorbo, son fuente de sufrimiento? La ley natural es la ley del más fuerte, no la ley del autosacrificio en beneficio de los demás.

Tuve que reconocer que no era capaz de seguirle, que me desbordaba. Se había pasado la vida pensando y me llevaba delantera. Yo no había tenido tiempo de plantearme tantas cuestiones.

-.... ¿Qué sentido tiene desperdiciar la vida en nombre del amor y del bien, si al morir nada queda, ni siquiera el amor y el bien, porque detrás de la muerte no hay nada, según los ateos?- me planteó.

-No estarás esperando a que te dé yo la respuesta....

-Pues sí, lo espero. La única respuesta que puedes darme es que, si existen el amor y el bien, es que existen para algo, no porque sí, y como ese algo no se ajusta a las leyes del mundo, tiene que ser algo de más allá del mundo.

Hizo la habitual parada, como dando tiempo a que yo lo pensara, y continuó.

-.... Lo que quería decirte es que, si un hombre asegura no creer nada más que en esta vida, no tiene ningún sentido que tire por la borda esta vida, que es lo único existente según él, en nombre de no sé qué ideales inventados. O está mintiendo o es un perfecto imbécil. Quería decirte que entre los ateos, solamente los inmorales, los que anteponen su satisfacción personal, su egoísmo, son coherentes con su no creencia.

Había vivido tanto que no necesitaba gran cosa para echar mano de un ejemplo. Sacó tabaco, como siempre hacía, y comprendí que tenía algo que contarme.

-Mira, como es la última noche, no vamos a dejarnos en el tintero nada. Ésta puedes escribirla en el tren, o en tus Madriles. ¿No le llaman así los castizos? Pero es que no puedo dejar en el aire eso de que ser ateo y ser moral son cosas independientes y compatibles. Eso es una contradicción.

Se dio un momento de respiro, para hacer memoria, y empezó el que sería su último relato.

-Entonces estaba yo en Gabón. Ya sabes que casi todo el país es pagano o musulmán. Esto que voy a contarte, sin embargo, ocurrió en una misión cristiana. Puedes titularlo “La Misión”. Pero realmente la misión es lo de menos, lo interesante es el testimonio de los personajes. Cada uno de ellos fue coherente consigo mismo.

 

 

LA MISIÓN

 

Dio las últimas vueltas al vendaje y rasgó el extremo en dos para anudarlo en el tobillo. El negrito todavía no había abierto la boca desde que entró en la enfermería de la misión. Mantenía la cabeza baja, la mirada clavada en el suelo, y se limitaba a asentir y a denegar cuando le preguntaban. La luz que se colaba en estrías por los resquicios de la persiana se estrellaba, dibujando rayas, en su cabeza.

-Vamos, ya estás listo- dándole una palmada cariñosa en la espalda- A ver, apoya el pie en el suelo.

El muchacho obedeció la orden incorporándose de golpe.

-No, no, con tantos bríos no, lo echarías todo a perder. Por unos días tendrás que cuidar un poco ese pie, moverte muy despacio, no caminar demasiado.

Luego sacó una pastilla del bolsillo.

-¿La quieres?

El muchacho echó la mano sin vacilar y se la llevó a la boca.

-Me gustaría darte algo más, pero ya sabes que soy tan pobre como vosotros. Bueno, miento; tengo algo mejor, algo que no te molestará y que me gustaría que llevases siempre. Verás.

Tiró de uno de los cajones de la estantería y sacó un humilde escapulario de tela que colgó del cuello del muchacho.

-Esto te ayudará mucho más que todos los amuletos del mundo, créeme.

Pero el negrito, arrancándoselo de un tirón, lo miró por unos instantes, lo arrojó al suelo y se fue con su pierna renqueante todo lo más aprisa que pudo. Kuma, el muchacho que ayudaba al misionero, hizo intención de perseguirlo, pero el misionero le retuvo por el brazo.

-Ha tirado el escapulario, padrecito. Es un sacrilegio.

-Si no se conoce a Dios no se le puede ofender, ¿no crees?

-¡Ya lo creo que le conoce, ya lo creo!

-Hace lo que ve a sus mayores.

-Yo te digo, padrecito, que si no escarmientas al primero, ninguno te respetará- le advirtió, recogiendo el escapulario.

-Y yo te digo que es mejor ser cordero que lobo.

-¿De qué hablas?

-De corderos y de lobos. El mundo está repartido mitad y mitad. En la aldea también los hay.

Habían dado unos pasos hasta la puerta.

-Anda, ve con los tuyos. Y ve hablándoles de corderos, a ver si siembras siquiera curiosidad.

Kuma se marchó taciturno. Al padre, a veces, no había cristiano que lo entendiese.

Después de ordenar un poco la enfermería, también él se dispuso a salir. La luz del atardecer, que poco antes vacilaba perezosamente entre las estrías de la persiana, le envolvió ahora de lleno, húmeda, caliente, pegajosa. El padre no tendría más de treinta y tantos, una barba bien poblada que le montaba sobre el cuello de la camisa y una figura elástica, aunque se movía siempre con sosiego.

Atravesó la aldea, unas pocas chozas con sus cubiertas de largas eneas. El niño de la negraza que molía maíz a la puerta de la choza, hizo intención de acercarse, pero la madre lo retuvo bruscamente. Al misionero ya no le chocaban estas cosas. Tenía asumido que la misión era un auténtico fracaso. Se internó en la espesura unas decenas de metros, como hacía todas las tardes, hasta un claro en el que había una cruz hecha con madera y, a los pies, ya cubierta de vegetación menuda, una tumba, la tumba del padre Philippe. Entre las dos luces del atardecer, la hora preferida para su visita diaria, aquel lugar tenía una subyugante paz, como si el mundo entero se hubiese divorciado de aquel minúsculo claro de la selva africana.

Se apoyó en el tronco del sicomoro que cerraba el claro al borde de la senda. A la memoria volvían los días felices vividos con el hermano Philippe años antes, y sin abrir los labios, se preguntaba cómo podía estar bajo tierra, enmudecido, un hombre tan lleno de vitalidad y de fe.

"Aquí estoy, querido Philippe. Vengo a decirte que todo sigue igual. ¡Cuánto te echo de menos! Me siento solo para pelear con esta gente. ¿Por qué me has dejado? Si vieras la inutilidad de tu muerte, llorarías amargamente, llorarías hasta morir otra vez. Lo ofreciste todo, tus ilusiones, tu juventud, y ya ves lo que queda: un poco de tierra y una cruz. Si tú supieras que de todas estas gentes solamente Kuma viene a ponerte unas flores.... Si supieras que desde tu muerte la misión sigue más oscura y olvidada que nunca....."

Avanzó los pocos pasos que le separaban de él. Bajo las sandalias, del suelo se levantaba un perceptible susurro de minúsculas cosas tronchadas. Se inclinó sobre la tumba y puso las manos en la tierra húmeda y caliente, como en un postrero esfuerzo por consolar el espíritu del camarada. En medio del silencio, percibió un leve ruido de algo que no era parte del ruido habitual de la selva. Extendió la mirada en derredor, sin ninguna inquietud, y se puso en pie, seguro de cual era la causa.

-Kuma, sal de donde estés. Sé que eres tú.

Y se puso a esperar, porque estaba seguro de que era el negrito y porque sabía que al negrito le costaba obedecer esa orden. Al rato, apareció de entre el follaje y se quedó al borde del claro, temiendo haber profanado la intimidad del misionero.

-Sabes que esto no se hace.

-Las fieras acechan, padrecito. Esta hora no es buena.

-¿Y quién va a defenderme? ¿Tú, con tu machete?

-No te rías, padrecito. Yo pelearía por ti, ya lo creo.

-Sé que lo harías, lo sé. Pero pienso que ninguna fiera se acercaría a la cruz, ¿no te parece?

-Eso es verdad. Pero a mí me da miedo que vengas solo hasta aquí, a estas horas. Aunque estoy enfadado y no debería importarme lo que te pase- dijo de pronto, iniciando la vuelta.

El misionero lo retuvo por el brazo.

-¿Por qué no me llamas por mi nombre ni cuando estamos solos?- protestó Kuma.

-¡Ah!, es eso. No te llamo por tu nombre cristiano porque temo que puedan oírnos. Déjalos que crean que vienes conmigo nada más por el interés. Si supieran que estás bautizado....

-No te entiendo. Tú me has dicho que hay que ser valientes y sinceros.

-Si lo miras así.... Pero más servicio puede hacer un Kuma vivo que un cristiano muerto.

-¿Me dejas que te acompañe?- le preguntó, otra vez lleno de satisfacción.

-Lo necesito. ¡Cualquiera sabe lo que puede pasar en un sitio como éste!- bromeó el misionero- Y ojalá pudieras quedarte conmigo también durante la cena, porque voy a enfrentarme, como cada noche, con el ejemplar más peligroso de toda la selva.

Rodeó con su brazo los hombros del negrito y juntos regresaron a la misión. Kuma se despidió al llegar a los escalones de la entrada. El misionero atravesó ésta, después el corredor y, por último, empujó la puerta de la pieza principal de la casa de la misión. Los Binet estaban a punto de concluir la cena.

-Le hemos esperado un poco, pero como tardaba....- se disculpó Natalie.

-Han hecho muy bien en empezar sin mí.

Uno de los negros de la personal escolta de monsieur Binet, que prácticamente había copado todos los servicios desde que llegaran a la misión, le sirvió la cena. Para sus adentros, el misionero se preguntaba si sería posible que, por una vez, le dejara en paz aquel hombre que tenía frente a él, al otro lado de la mesa. Pero no fue así.

-¿Ha bautizado hoy muchas almas?- le preguntó con sarcasmo el francés.

-Sabe usted muy bien cómo marchan las cosas aquí sin necesidad de que yo le explique nada.

-Estoy al tanto. Por eso es mejor que se limite a curar las almas y yo les curaré las piernas a estos negros.

-Ya entiendo. Se refiere al muchacho de esta tarde.

-Exactamente. Es usted inteligente, para ser cura.

-Fraile, monsieur- le rectificó.

-Es igual. Todos de la misma calaña.

Binet, el médico, era hombre ya cincuentón, que elevaba por encima de todas su voz ronca, casi hiriente en los oídos. Tenía barba también espesa, como la del misionero, y mirada obsesiva. Se llevaba continuamente el pañuelo a la cara, porque el calor y el alcohol le prestaban un aspecto sudoroso y feroz. El misionero suspendió la cena para decirle con su habitual serenidad.

-Esperaba que alguna vez, siquiera una sola vez, pudiera mirarme, si no como a un amigo, a lo cual sabe que siempre estoy dispuesto, al menos con la cortesía de la indiferencia. Pero ya veo que es imposible. Sin embargo, monsieur Binet- añadió, reanudando la cena- acabo de descubrir que esto me satisface.

-¡Ah, ya! Se estima usted injustamente perseguido, y eso le otorga digamos que una cierta aureola de santidad. En definitiva, se cree usted importante.

-En absoluto. Pero es que, detrás de cada rabieta, hay siempre una frustración. A lo mejor todo su problema es que no se atreve a confesarse, a sí mismo, que me aprecia y que le gustaría acercarse un poco a la Iglesia.

Binet rompió en una carcajada clamorosa. Su brazo desnudo, lleno de repulsivas cicatrices, golpeaba la mesa al compás de las risotadas, haciendo bailar la sopa en el plato del misionero.

-¿Has oído, Natalie, has oído al curita? ¡Estaría yo bonito rezando el rosario!

-Estoy plenamente de acuerdo en que resultaría algo insólito para los que le conocemos. Pero menos se lo esperaba Pablo.

-¡Al diablo con esas mojigangas!- enfureciéndose de pronto, levantándose bruscamente de la mesa- Echaré a latigazos al primer negro que vea en sus manos.

-No, eso no lo hará, amigo mío- le contestó con toda firmeza- No olvide que esto es mi misión, no su hospital.

-Aquí el único médico soy yo.

-Sí, sí, no hace falta que me recuerde que mis superiores me ordenaron poner esto a su disposición. Pero aquí no se dan latigazos a nadie.

-Curita, a sus rosarios. No meta las manos en mis asuntos.

Desde fuera se colaba el mágico concierto de la noche africana, coreado, a ratos, por el mágico concierto de la noche de los negros. El aliento de aquellas pocas personas apenas cabía en la espesa atmósfera de la estancia. El sirviente, el único que parecía respirar sin esfuerzo, movía esa densidad con indiferencia cada vez que pasaba a poner o quitar algo de la mesa. La luz de los quinqués trepaba a lo largo de las paredes y se escapaba entre el bambú de las persianas.

Natalie, la mujer de Binet, permanecía sentada a la mesa, aunque también había concluido de cenar. Tenía una veintena de años menos que el médico y unos bellísimos ojos negros que no se cansaban de mirar al misionero. Binet se había llenado un vaso de whiskey y el sirviente le había añadido un poco de agua fría.

-Yo, a mis rosarios, como usted dice. Pero si el médico no está, no puedo negarme a atender a esta gente.

-¿Qué insinúa?

Un grito desgarrador, algo parecido a un grito humano, o mejor a un grito infantil, rompió ese concierto de la noche. Los tres se interrumpieron. Pero al comprobar que el sirviente continuaba sus quehaceres con la misma indolencia de siempre, comprendieron que el grito casi humano, o mejor casi infantil, era, más bien, de alguna presa del leopardo.

-Monsieur Binet, ¿cómo es que no me conoce aún? Debería saber que yo jamás insinúo nada. Digo claramente lo que pienso, o en todo caso, no digo nada, pero nunca hablo con doble sentido.

-¿Pretende acaso que le esté reconocido por el favor de suplir mis ausencias, señor fraile?.

-No pretendo nada, señor galeno- dijo el misionero, acabando la cena y dirigiéndose a la salida.

Binet se interpuso en el camino. Tenía en la mano el vaso de whiskey y el rostro bañado en sudor, como siempre.

-No se meta en mi trabajo, señor fraile. Es la última vez- le amenazó.

El misionero le miró con indulgencia.

-No sea rabioso. ¿Cuándo va a convencerse de que no le tengo miedo? Todo lo contrario. Le aseguro que lo estimo.

 

....../......

 

Sonaron tres golpecitos acompasados. Era Kuma, seguido de una corta fila de enfermos que aguardaban en el corredor.

-Adelante. Pero de uno en uno, como siempre.

-Tiene mucha calentura y dice que le duele el vientre- le explicó Kuma, mientras ayudaba a un hombre que apenas se sostenía.

-¿Tampoco hoy está el doctor?

-Nunca está.

El misionero le hizo una ligera presión con las manos en el vientre y el hombre se retorció de dolor.

-Sácalo al corredor y que lo espere- le ordenó a Kuma.

-Es que dice que se siente morir.

-No podemos hacer otra cosa. Necesita que el doctor le quite el apéndice.

La mujer que esperaba turno se acercó y abrió la boca de par en par, sin decir una palabra.

-Ya veo, úlceras.

Al volver con un frasco para darle unos toques en la boca enferma, se encontró con que Natalie estaba en la puerta, mirándole, no sabía desde cuando.

-He venido para ayudarle. Me figuro que unas manos más le vendrán bien.

-Desde luego- dijo el misionero- Pero ¿y su marido?

-No se inquiete por mi marido. Vocifera mucho, pero nada más.

-Después de todo lo que me ha dicho, parece una temeridad que usted me ayude.

-Le aseguro que a mí no me da voces.

-Como quiera. Si tiene tanta seguridad....

Hizo unas curas en la boca enferma de la mujer El negrito que venía detrás abrió la boca también de par en par. Natalie hundió otro algodón en la misma tintura. El misionero retiró la mano de Natalie y sacó una pastilla del bolsillo.

-Todos los días viene y hace lo que ve al anterior. A lo que viene es a por la pastilla. Me las mandaron por cajones desde París. Son para la garganta, pero la verdad es que saben muy bien, aunque no arreglan nada.

-Ha sido con hierro, padrecito- le explicó Kuma, enseñándole la herida del siguiente.

-Entonces hay que inyectarle, y esto sí que no puede esperar.

Desde aquel primer día, Natalie aparecía en cuanto había enfermos a la puerta de la misión. Binet jamás estaba, siempre ocupado con su todoterreno, su botella de whiskey, sus rifles y sus incansables cacerías; así es que, a pesar de las amenazas, el misionero se veía obligado a atender la mayoría de los casos. Natalie preparaba algunas cosas y, cuando no había qué hacer, se justificaba cambiando las medicinas de sitio en los anaqueles, fingiendo un eterno juego de que las ordenaba, cualquier cosa con tal de estar cerca del misionero, que no tardó en darse cuenta. Un día, cuando el último de los pacientes hubo salido, él alejó a Kuma con un pretexto cualquiera. En los triunfales ojos de ella brilló una chispa de placer. ¡Al fin!

-Mire, Natalie, le estoy muy agradecido, pero creo que es mejor que no vuelva.

Se deshizo en toda clase de disculpas para hacerle comprender que le guardaba eterna gratitud, pero que, dado el carácter tan celoso de su marido, aquello constituía un juego realmente peligroso; más aún, constituía una auténtica provocación de la que el furibundo Binet acabaría por enterarse. Le expuso todo tipo de razonamientos por los que no era conveniente que ella siguiera visitando ese ala de la misión, que era la residencia de los frailes, y que en este caso habitaba únicamente él. Le expuso todo tipo de peligros, si bien no le confesó el principal de todos: la poca seguridad que acababa de descubrir en sí mismo. Natalie era demasiada Natalie para soportarla tan cerca y tan asiduamente.

-¿Lo comprende? Temo por el día en que se entere su marido. No quiero más cuestiones entre él y yo.

Natalie no estaba en absoluto acostumbrada a renunciar a nada, y menos a que la despidiesen tan amablemente en lo que ella consideraba realmente una humillación. Natalie no estaba acostumbrada a perder, no conocía más código que el de satisfacer sus deseos. Después de un silencio exageradamente largo, que él aprovechó para seguir llenándolo de disculpas y más disculpas, ella abrió, al fin, la boca.

-Vamos, padre, no sea hipócrita.

El padre se quedó de hielo.

Las últimas luces del día se ocultaban por detrás de los tejados circulares de las chozas, dejando un rastro anaranjado en el aire. Se entretuvo en prender la mecha del quinqué por no enfrentarse a la mirada de aquella mujer.

-No le teme a él- añadió Natalie- Me teme a mí.

Era la primera vez que el misionero podía contemplarla a sus anchas. El despecho acababa de destruir lo que ni las vulgaridades de su marido ni la monótona y aburrida vida de la aldea africana habían conseguido vencer: su aspecto siempre impasible, su eterna seguridad.

-¿No es usted el que siempre tiene en la boca lo de la verdad? Pues hablemos claro- le provocó, irritada, en vista de que él nada decía.

-Puesto que así me acosa, le confieso que sí, que la temo.

-¿Y no se avergüenza? ¿Es usted un hombre?

-Soy un religioso. Y lo que no voy a hacer, en modo alguno, es ponerme a prueba sin necesidad.

Estaban de pie, muy cerca el uno del otro. La escasísima luz del quinqué, por momentos más vacilante, ponía a intervalos algo sobrecogedor en las pupilas de Natalie.

-No me gustan los hombres cobardes.

-Pues a mí me encanta que no le gusten. Ya ve que soy uno de ellos.

El misionero se dirigió a la puerta para invitarla a salir y, con el bamboleo de su cuerpo, la enfermiza llama del quinqué, que venía presenciando desde su agonía la querella entre los dos, dijo al fin adiós y se extinguió, dejando un rastro vertical de humo.

La penumbra lo llenó todo, lo invadió todo: las reducidas paredes de la enfermería, el ambiente sugerente, el silencio expectante. Estaban los dos y estaban solos, frente a frente, muy cerca. Apenas distin­guían sus propias formas, pero se adivinaban en la oscuridad, casi se sentían el aliento.

-Vamos, no seas tonto. Hasta las cosas se ponen de mi parte- le dijo ella, tuteándole de pronto, acercando las manos hasta tocarlo- Aquí no hay nadie.

Y ese último susurro de palabras tan tontas "Aquí no hay nadie" fue como una espoleta que puso en movimiento, en un segundo, todo lo que llevaba tantos años dormido. El hombre que sesteaba bajo la piel del misionero se despertó de forma imprevista. No dijo nada, no podía hablar, el alma le anudada la garganta. Su mano buscó la mano que le abrasaba. Sintió que los brazos le rodeaban apasionadamente el cuello, y al abrazo respondió con el abrazo, al beso con el ardiente beso. Ella se había desabrochado la blusa y apoyaba su desnudez contra el pecho de él. Le dirigió las manos, le dirigió las manos despacio, sabiamente. Le aflojó las ropas, lo acarició.....

 

....../......

 

-¿Es que ni siquiera a la hora de la cena podré verte?

Estaba fuera del poblado y se lo habían dicho a sus espaldas. La voz era sin duda la de ella. Se volvió. Natalie le había alcanzado.

-Eres como un animal huido- continuó diciéndole.

-Un animal huido- repitió él- Tú lo has dicho.

-¿Y de quién huyes? ¿De mí? Lo nuestro no ha hecho nada más que empezar.

-Lo nuestro es imposible, y tú lo sabes.

-¡Imposible!- repitió ella, con sarcasmo- Si los dos queremos....

-Es que yo no quiero.

Natalie clavaba sus negrísimas pupilas con una agresividad que hacía daño.

-Llevo noches enteras sin dormir, esperando que aparezcas.

-Eso nunca más se repetirá.

-¿Por qué? Soy libre.

-No sé qué quieres decir.

-Que él ya no está.

También al misionero acababan de decirle que Binet había desaparecido. No quería preguntar nada, pero su silencio era una pregunta llena de ansiedad. Natalie se encogió de hombros.

-Se habrá cansado de mí- le dijo, con la mayor naturalidad.

Le espantaba la indiferencia de ella, le espantaba que la huida de Binet pudiera estar relacionada con lo que había ocurrido entre ellos dos, y le espantaba que este nuevo acontecimiento acabase de hundirlo en su frágil resistencia.

-No crees en nada- le dijo él, resumiendo la situación, más como un lamento que como un reproche.

-En la vida. ¿En qué más? No hay otra cosa.

Se lo dijo tan rotundamente que él renunció a discutirlo. En lugar de eso, le anunció que se iba.

-He estado en Oyem y en Libreville.

-Lo sé. Quince días. Los he contado uno a uno, esperando a que volvieras.

-He estado en Oyem y en Libreville a pedir que me cambien de misión.

-Y hasta les habrás dicho que hay una mujer que quiere seducirte.

-Me he confesado, si es lo que quieres saber.

Las pupilas de Natalie brillaron en ese momento, quizás de cólera, quizás de desprecio, quizás porque el sol se ponía delante de ellos.

-Ese día me pediste que fuera sincero- continuó el misionero- y voy a serlo. Quisiera aborrecerte, lo deseo con toda mi alma, pero no puedo. Confieso, si eso te hace feliz, que en ese momento te amé. Eres la única mujer que he tenido en mis brazos. Y te juro que me hubiese gustado que eso fuese bueno y fuese para siempre.

Dio unos pasos, se volvió de espaldas, como si prefiriese no verla para poder contarle su resolución.

- Pero no es posible. Debo elegir y elijo volver a mi camino. He pedido que me cambien de misión y me cambiarán inmediatamente.

-Te seguiré.

-No sabrás dónde estoy.

-Diré lo que hay entre nosotros- le amenazó ahora.

-Todo lo que puedas decir ya lo he confesado yo.

Natalie entornó los ojos. Las sombras de la noche se apresuraban, como aquella última vez. Natalie era desconcertante y cruel.

-No estoy hablando de contárselo a tus frailes, querido, estoy hablando de organizar un escándalo público que llegue hasta el mismo Vaticano.

-Incluso así, me iré. Hagas lo que hagas, no conseguirás impedir que me vaya.

Le dio por última vez la espalda y se fue en dirección al poblado. Pero aún pudo oír la voz de ella diciéndole algo terrible, algo que le obligó a detenerse definitivamente.

-Tú no te irás sin mí, querido mío, si es que quieres conocer a tu hijo.

 

* * *

 

Contra toda lógica, parecía que Dimas daba por acabado el relato.

-Serás capaz de dejarme en lo más interesante.

-¿Es que no adivinas lo que pasó? ¿Qué crees que puede hacer un hombre tan estricto cuando una mujer le dice que va a tener un hijo de él?

-Marcharse con ella. Pero es que éste era fraile.

-Sí, era fraile, pero decidió en conciencia que, por muy solemnes que fueran sus votos, más solemne era ante Dios su deber de padre. Se fue con ella lejos, lo más lejos que pudo, a Australia. Quizás pensó que, cuanto más lejos, antes los olvidarían y menor sería el escándalo.

Pensé por un momento la papeleta de conciencia en la que se vio atrapado el misionero y no supe resolverla.... o mejor, no me dio tiempo, porque Dimas me sacó del problema con otra revelación que no esperaba.

-Pero a los pocos meses, él estaba otra vez en Gabón.

-¿Con ella?

-Solo.

-¿Haces el puñetero favor de acabar de contármelo?

-Ya te he dicho cómo era aquella Natalie. Esta historia ha salido a colación de lo que deberían hacer los ateos, las personas que no tienen más religión que la de este mundo. Ni honradez, ni verdad, ni respeto ninguno, ni mucho menos norma moral de ningún género, deberían impedirles conseguir lo que desean. Si después de la muerte no hay nada- dijo, encogiendo los hombros y haciendo un gesto expresivo- los códigos morales son una solemne estupidez, porque son antinaturales y porque solamente sirven para fastidiar al hombre y hacerlo infeliz en la tierra. ¿Cuál es el fundamento de obedecer leyes que no responden a realidad ninguna?

-Pues está muy claro, Dimas: sin ellas, esto sería la jungla, la ley del más fuerte y, quizás, la autodestrucción de la sociedad.

-¡Pero qué dices! Se te olvida que esa ley del más fuerte es justamente la ley de la naturaleza, la ley de los animales y, que yo sepa, no se han autodestruido, les va la mar de bien. Al contrario, se selecciona lo mejorcito. ¿Por qué razón las leyes que son buenas para la naturaleza no han de serlo para el hombre, si es una pieza más de esa única realidad, la naturaleza?

Me di por vencido, asentí con un leve movimiento de cabeza y le pregunté, llenándome de tolerante y cordial paciencia.

-Está bien, los ateos-morales son unos acérrimos incoherentes, de acuerdo, pero pregunto humildemente, ¿puedes contarme qué pasó con el fraile, la mujer y el rorro, que es lo que más me interesa?

-¡Pues qué va a pasar!- exclamó y se quedó mirándome, como cosa que tenía una respuesta sencilla- que no había tal rorro. Natalie era inmoral, pero no olvides que, además, era mujer, era sagaz. Si no podía conseguirle con súplicas ni con chantajes ¿qué mejor que llamarle a un hombre a la conciencia, si además resulta que la tiene muy gorda porque es fraile? Cuando él quisiera descubrir el engaño, ella ya le habría disfrutado, que era de lo que se trataba, en definitiva. Y por eso mismo no le siguió cuando él se vino. Australia era una tierra hermosa y llena de posibilidades..... y de hombres, claro.

-Tampoco me has dicho qué fue del marido de Natalie, del furibundo Binet.

-Hoy estás distraído- me dijo- Cuando regresó el misionero, se vio de lleno en un proceso por la muerte de Binet. Poco después de la huida de ellos, se descubrió el cadáver del médico. Binet, en realidad, tampoco era el marido de ella, era su amante, un médico aventurero que le ofreció la posibilidad de una experiencia nueva, la de vivir en un lugar tan inquietante como África.

-No entiendo por qué tendría que adivinar yo todo eso. No entiendo por qué dices que estoy distraído.

-Porque te has empeñado en olvidar que Natalie era una persona sin códigos.

Me miraba de una forma sugerente. Creí intuir su pensamiento y me quedé helado.

-No irás a decirme que le mató ella......

-Según se mire. No fue tan perversa como para darle cicuta, pero tampoco fue tan tonta como para no aprovechar la ocasión. Parece ser que, durante ese tiempo que el fraile estuvo fuera para pedir el cambio de misión, ellos salieron a recorrer algunos de los poblados del distrito y él tuvo un percance bastante común allí, la mordedura de una serpiente. Desde luego, Natalie no fue la serpiente que lo mordió, pero vio el cielo abierto y se largó, lo abandonó a su suerte.

-Ése era entonces otro motivo para que ella no quisiera volver de Australia.

-Dicen los escolásticos que todo ser es bueno para sí mismo- me dijo, sin contestar a mi comentario- Si la serpiente muerde, eso es bueno para ella, porque así cumple el fin que le corresponde en el universo. Natalie era abominable moralmente, pero también era buena para su papel en el mundo, como se ha puesto ahora de moda con el Evangelio de Judas. Natalie era la encarnación de la supermujer de Nietzsche, trasladada a África y al tiempo actual. Los sumisos, los buenos, los humildes y, por lo mismo, los creyentes y sus códigos morales, son despreciables, según el loco de Nietzsche. Nietzsche los despreciaba porque, cuando no se espera nada después de la muerte, todo eso sólo representa debilidad y sinsentido. Nietzsche era un ateo coherente.

-Ya te he dicho lo que le contestaría a Nietzsche un filántropo: para ser bueno, no hace falta creer en el más allá.

-El filántropo ese podrá decir lo que le dé la gana, pero la renuncia a la propia vida en favor de los demás es contranatura, absurda y sin ningún fundamento; más aún, es perversa en el orden natural de las cosas. El filántropo ese dirá que él no cree, pero con sus actos altruistas está demostrando justamente lo contrario de lo que dice

Nos callamos los dos a la vez. Era demasiado para una sola noche y, además, una noche especial, una noche triste y lluviosa. La cazuelilla del bacalao también estaba vacía, entre los dos, esperando las manos del tabernero. El cigarrillo del viejo humeaba al borde de la mesa. La despedida nos pesaba en el corazón a los dos. Le puse una mano sobre el brazo y le supliqué.

-Dimas, amigo, dime dónde vives. Quiero saber que podré encontrarte cuando necesite encontrarte.

El viejo bajó la mirada.

-¿Por qué esa obstinación?- insistí.

-Es más bonito así, ¿no crees? Me has conocido aquí, has conocido lo bueno de Dimas, su vida llena de aventuras, sus monsergas filosóficas. No lo estropeemos al final.

-Estropearlo.... ¿por qué?

-Porque sí, porque esa otra vida, la de cada día, está cuajada de pequeñeces que a todos nos decepcionan. Me niego a estropear la imagen que tienes de mí con el Dimas achacoso y lleno de ruinas.

-Pero cuando te pase algo ¿qué será de ti?, ¿quién te atenderá?

-Soy un hombre solitario. Quiero morir a solas con quien me dio la vida. Pero mientras llega eso, ya sabes donde paro. Ven, si tienes un día.

-Vendré.

-Me gustaría conocer a esa mujer.

-Yo también deseo que os conozcáis.

-¿Qué piensa de mí?

-No lo sé exactamente, pero algo maravilloso.

Dimas llenó los vasos y levantó el suyo.

-Por tu Raquel.

-Por ella.

Luego de bebernos los brindis y despedirnos de aquella gente de la tasca, salimos a la calle. Había dejado de llover. La noche, como siempre, se deslizaba sobre el agua del asfalto, siguiendo senderos luminosos de las farolas que recorrían las calles en mil direcciones. No había ni un solo ruido, como si el vientre de la noche se hubiera vaciado. Nuestros pasos avanzaban en la convicción de estar cometiendo una horrible profanación en el silencio de la calle Ronda. No sabíamos de qué hablar ninguno de los dos.

Al llegar a la esquina de Achuri, delante del puente que cruza la ría, los dos nos detuvimos. Los dos seguíamos mudos. El viejo me miraba insistentemente, como si quisiera grabar aquel momento en su memoria, como si adivinara que aquel momento ya no se repetiría nunca más y quisiera llevárselo intacto consigo. Al fin, abrió los brazos y me recibió contra su corazón cansado. Permanecimos así instantes, segundos, eternidades. El viejo hizo un supremo esfuerzo y ahogó cuatro palabras en mi oído. Yo no fui capaz ni de eso.

-Adiós, amigo, hasta siempre.

Y cada uno seguimos nuestro camino, yo por la Ribera adelante, y Dimas, mi viejo e inolvidable Dimas, no sé hacia dónde.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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