VII.-  EL  SER,  EL  EXISTIR  Y  EL  SER-EXISTIR

 

 

El ser y el existir, así enunciados, como dos conceptos diferentes, hacen referencia a la forma sensible (existencia) y a la forma sustancial (esencia) que acabo de exponer en los capítulos anteriores. Pero el conocimiento no se siente tranquilo, porque repugna los dualismos y busca infatigablemente una realidad única para todas las cosas. ¿Es realmente cierto el dualismo esencia y existencia? Porque se intuye que tiene que haber una unidad profunda y desconocida bajo la apariencia diversa de las cosas. Y, efectivamente, una primera reflexión parece negar tal dualismo.

 

Si la existencia consiste en la individualidad de cada cosa en su aparecer en el espacio-tiempo, enseguida nos damos cuenta de que el fundamento de esa individualidad, lo que hace identificable su existencia entre todo lo que la rodea, se debe a que todas las demás cosas que la circundan no son de la misma naturaleza que la cosa en cuestión, nos damos cuenta de que el límite entre ella y lo demás lo marca la diferencia entre su naturaleza y las demás naturalezas que la rodean. El libro solitario en el estante aparece rodeado por el estante y por el vacío, que, siendo naturalezas diferentes a la suya, son la causa de que aparezca delimitado e individualizado el libro, es decir, existente. Con ello hemos desembocado en la inesperada sorpresa de que el fundamento del existir radica precisamente en el ser, pues en un hipotético universo de naturaleza homogénea, al desaparecer las fronteras de diferentes formas de ser, quedaría una sola existencia. Así nos vemos abocados a admitir que es la esencia, la forma de ser, lo que determina al existir.

 

Y siguiendo con este mismo tipo de discurso, si consideramos a continuación el ser, la naturaleza de la cosa material, el resultado es el mismo, pero en sentido contrario. El fundamento de la individualidad del ser de cada cosa, dentro del repertorio de todas las posibles formas de ser, consiste precisamente en que es ese ser, y no los demás, el que ha sido dotado de existencia, de aparición en el espacio-tiempo. Luego hemos desembocado, a su vez, en la inesperada sorpresa de que el fundamento del ser radica precisamente en el existir; que es el existir el que determina cuál la forma del ser entre todas las posibles. Según esto, es el existir el que determina al ser ...... justamente lo mismo de antes, pero a la inversa.

 

Uniendo los dos juicios anteriores, acabamos en la conclusión de que el ser y el existir se confunden, se justifican mutuamente, que no hay tal dualidad, sino una realidad única. Y sin embargo, una nueva mirada sobre el problema parece, a su vez, desmentirlo.

 

Ø      El fundamento del existir no puede radicar en el ser, porque si así fuera, otra cosa cualquiera que tuviera exactamente la misma forma sustancial que la cosa que consideramos, haría coincidir a las dos en una existencia única, lo cual no es cierto.

 

Ø      Y del mismo modo, el fundamento del ser no radica en el existir, porque si así fuera, las cosas que tienen diferentes existencias deberían poseer todas ellas, sin excepciones, diferentes esencias, lo cual tampoco es cierto. Si los seres clonados tienen la misma forma sustancial, deberían tener una sola existencia, y si tienen existencias diferentes, deberían tener esencias diferentes. Y ninguno de los dos supuestos se produce así en la realidad.

 

El ser y el existir constituyen un dualismo irreducible en la manifestación de cada cosa singular (esencia o forma sustancial y existencia o forma sensible).

 

Justamente a esto es a lo que me refería al encabezar este capítulo con “El ser y el existir”, así expuestos, por separado, haciendo clara alusión a dos verdades diferentes y distinguibles la una de la otra. Pero también en dicho encabezado figura el “ser-existir”, escritos seguidos los dos vocablos y con su guión en medio, lo que hace referencia inequívoca a una sola realidad, con lo cual queda claro que la cuestión no está resuelta del todo. ¿Se trata de dos realidades distintas o de una única realidad? La contestación es que no hay necesidad de elegir, no hay contradicción, los dos supuestos son ciertos a la vez, todo depende de la profundidad que le demos a los conceptos del ser y del existir, depende del nivel en el que investiguemos.

 

Un primer nivel de investigación es el que se deriva de la experiencia, la cual se detiene en lo que los sentidos captan de la cosa  y la mente descubre en su intimidad, y entiende que ser es la idea o esencia que diferencia a esa cosa de las demás cualitativamente y la identifica con una determinada naturaleza. Y por otro lado, identifica el existir con la aparición limitada de esa cosa en el espacio-tiempo, que la define cuantitativamente con sus formas físicas. Justamente a esto es a lo que he venido refiriéndome hasta ahora bajo los conceptos de forma sensible (pura física) y forma sustancial o esencia (pura idea), que constituyen un dualismo irreducible.

 

Pero el conocimiento sigue sin conformarse con este primer nivel porque es un modo demasiado restringido de contemplar la realidad, no es el modo perfecto y último de hacerlo, que será aquel que no se detenga en lo particular y contingente de cada cosa. Si nuestra mirada penetra en el fenómeno en sí mismo y hace abstracción de las formas concretas, si descendemos un escalón más en busca del profundo misterio de la realidad, enseguida nos parece descubrir que, por debajo de las formas particulares que nos revela la experiencia, en el fondo de todo aparece un mismo substrato, el ser, la acción de ser en sí misma, ajena a cualquier forma determinada; el existir, la acción de existir en sí misma, ajena a cualquier aparición concreta. Toda cosa es y existe, todas las cosas son y existen, y ante esta verdad crucial, resulta irrelevante añadir la forma particular y concreta que tienen de ser y el dato estadístico de dónde y cuándo existen.

 

El milagro ha sido posible porque la mente, aunque se alimenta de la experiencia, es capaz de remontarla con mucho, elaborando verdades complejas y distantes del simple dato experimental. Bajo el epígrafe de “trascendente”, viene agrupándose todo aquello que desborda al puro dato objetivo. Hasta ahora hablábamos del contenido del ser y el existir (cómo es, cuánto existe). Ahora no, ahora no hablamos de contenido ninguno, sino del ejercicio, de la acción de ser y existir, expresados en los términos aseidad y existencia, así, desnudos, sustantivados, sin adjetivaciones ni concreciones de ninguna índole. El vuelco dado a estos dos conceptos es radical.

 

Ø      Si tomamos el verbo ser como mera cópula para enlazar con un predicado, con un “ser esto” o “ser aquello”, si con él nos referimos a la forma de ser particular y concreta de cada cosa; y si tomamos, de igual manera, el existir y nos referimos con él a la existencia particular de cada cosa, entonces tenemos un ser y un existir diferentes entre sí y también diferentes de una cosa a otra. Estos ser y existir son  la forma física y la forma sustancial de páginas anteriores.

 

Ø      Pero si ahora tomamos los verbos en su sentido propio y absoluto, no en el sentido relativo de ser tal naturaleza y tener tal existencia, sino en el sentido de que la cosa ejerce la acción de ser y la acción de existir, con independencia de la forma particular de hacerlo; cuando se dice que algo es y existe, sin importar qué naturaleza concreta es y qué existencia concreta tiene, entonces tenemos un ser único, igual en todas las cosas, y un existir también único, igual en todas las cosas. Todas las cosas son y existen por igual.

 

Haciendo abstracción de las formas de ser y de existir particulares, todas las cosas son iguales en cuanto a que todas ejercen por igual la acción de ser y la acción de existir

 

Pero con este que calificaba hace un momento como “vuelco radical”, se ha producido un segundo descubrimiento más trascendente aún. Ahora ninguna de las diferencias anteriores entre el ser y el existir ha quedado en pie. Desde este enfoque metafísico, al desaparecer toda particularidad y quedar sólo las acciones puras de ser y de existir, éstas, no solamente son siempre iguales a sí mismas, con lo cual se ha suprimido la diferencia de unas cosas a otras, sino que, además, se han igualado entre sí, han pasado a constituir una única realidad, el ser-existir, suprimiendo así el dualismo intrínseco que constituían dentro de cada cosa particular.

 

Ø      En cuanto acción pura y trascendente, el ser y el existir no pueden ser diferentes e independientes entre sí, pues en tal caso, podría ser que algo que es no existiese, o que algo que existe fuese nada, lo cual es imposible

 

El segundo supuesto del punto anterior es tan obvio que no precisa comentario. No puede ser que algo exista y no sea absolutamente nada. Pero si el lector está pensando que el primero sí puede suceder, que es posible que algo sea sin existir, puesto que es capaz de imaginar cosas que no existen, debe darse cuenta de que eso que imagina, lo mismo que es en su imaginación, también existe en su imaginación, lo cual nada tiene que ver con que, además, sea y exista o no sea ni exista fuera de ella. Nunca olvidemos que la realidad tiene diferentes ámbitos, entre ellos el subjetivo de nuestro pensamiento, y que en cualquiera de los diferentes ámbitos, todo lo que es, existe; y todo lo que existe, es.

 

La acción pura y trascendente de ser y de existir constituye una sola realidad, un ser-existir único.  Dentro de cada ámbito, es imposible que haya un ser que no exista, ni que exista lo que sea nada.

 

Y puesto que constituyen una única realidad, cualquiera de los dos términos consiste en un mero heterónimo del otro. Afirmar que algo es y además existe, es igual de baldío que afirmar que “algo es y además es”, o que “existe y además existe”. La inclinación a distinguirlos, identificando el ser con la cosa misma y el existir con su constatación, procede del vicio de dar prioridad al mundo sensible y reducir la realidad solamente a la del mundo físico que nos rodea. De ahí ese matiz de aplicar la existencia solamente a lo “real”, entendiendo por real nada más que lo espacio-temporal, lo material, olvidando que real es todo, cada cosa en su ámbito.

 

Vayamos al caso concreto de este vicio de confundir los ámbitos y otorgar prioridad siempre al material, mediante un ejemplo. Cuando una persona admite el ser de algo como posibilidad porque es capaz de comprenderlo, pero se cuestiona si existe o no existe en realidad, parece, en efecto, que también está distinguiendo entre el ser y el existir trascendentales como diferentes e independientes entre sí, en un planteamiento de este tipo: “Algo puede ser, pero no tiene por qué existir necesariamente”. Por ejemplo: “Sé lo que es Dios, soy capaz de concebirlo, pero ¿existe realmente?” (Sé que Dios es posible, pero no sé si existe). Parece un planteamiento correcto, pero hay en él una trampa.

 

Ø      Cuando se refiere al ser o comprensión de lo que es Dios lo hace, lógicamente, en el ámbito de la razón. Se trata de Dios como pura idea en su mente.

 

Ø      Sin embargo, cuando se refiere a la existencia de Dios, aunque no determina en qué ámbito lo hace, da por obvio que se refiere a otro ámbito, al de lo exterior a su pensamiento. Se refiere a Dios como ser de hecho, no como idea.

 

Ø      No se trata, pues, de que Dios pueda ser, pero no existir, en un mismo ámbito, porque eso es imposible. El ser-existir es único. Se está refiriendo a ámbitos distintos.

 

Ø      Lo que realmente plantea la persona que así habla es si ese Dios que  es y existe en su pensamiento también es y existe fuera de su pensamiento.

 

Siendo el ser-existir trascendente una única realidad, cualquiera de los dos términos es un mero heterónimo del otro.

 

He aquí la diferencia conceptual dentro del encabezamiento de este capítulo, que parece, a primera vista, un simple juego de palabras: “El ser, el existir y el ser-existir”. Por un lado, el ser y el existir como diferentes, que están referidos a las formas particulares de ejercerlos cada cosa singular; y por otro lado, el ser-existir único que llega desde fuera de las cosas, que todo lo trasciende por igual y que es el mismo en todas las cosas.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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