V.- REFUTACIÓN DE POTENCIA-ACTO

(última actualización: 09-05-2016)

 

Su inteligencia es una máquina imparable. El topo es torpe, pero tiene una sed insaciable de seguir abriendo galerías. Ha nacido para eso. El hombre ha nacido para abrir galerías, descubrir la naturaleza y dominarla. Ya ha descubierto que no está hecho de materia, que se trata de una realidad solamente formal, pero aún así, le queda un larguísimo camino por andar, porque el mundo de formas que tiene delante es tan abigarrado que, aunque perfectamente ordenado (si no fuera así, habría desaparecido), la impresión que produce es la un comercio de saldos, o de “Todo a cien”. Está atestado.

 

El hombre-topo ya sabe que la suprema realidad que late debajo de todo eso es el Ser, pero el Ser resulta tan trascendente y le pilla tan lejos que urge encontrar una clave más cercana, un común denominador que explique, en una sola línea, el porqué de este inmenso catálogo de cosas. Tiene que existir una razón que sea más carnal y más inmediata que el Ser trascendental.

 

El pensamiento griego, varios siglos antes de Cristo, se afanó en ese empeño y, de una forma que hoy nos parece forzosamente ingenua, pretendió hallar ese denominador común, o principio único subyacente, en alguno de los elementos tan fecundos de la propia realidad: el aire, el agua, el fuego, el número. Estas eran las banales teorías que circulaban en la sabiduría presocrática. Se pretendía que alguno de esos elementos era el origen y raíz común de todo lo demás.

 

Parménides (Elea, VI a.C.), fue, sin duda, el gran genio que trascendió la apariencia de las cosas y halló la gran verdad que se halla debajo de todo: por muy diversas que aparezcan las cosas, todas son lo mismo en cuanto a que todas son. Parménides fue el primero en la historia del hombre que dio un paso más allá de la apariencia de las cosas y, a pesar de las diferentes formas que el ser adopta en cada una, se dio cuenta de que esencialmente siempre es el mismo y único Ser, la acción de ser, el Ser Trascendental que he desarrollado en el principio del libro; si bien Parménides lo enfocó en cuanto trascendido en las cosas, en cuanto encarnado en cada cosa. Y así enunció su gran sentencia: “Sólo el ser es y es imposible que no sea”, sentencia que determina, de paso, las propiedades inseparables al ser: uno, inmutable, eterno.

 

Si sólo el ser es, esto lleva implícito que fuera del ser no hay nada. Consecuente, entonces, con esa primera verdad, enunció otra del mismo rango que más tarde tantos filósofos se han empeñado en olvidar, o en poner en duda, hablando sin precisión del “no-ser”, que tantos científicos han manejado como si de una verdadera realidad se tratara. Esta segunda verdad fue: “El no-ser no es, no existe, no cabe hablar de él”. Así determinó las dos grandes verdades de la metafísica e inauguró la rama llamada ontología: sólo existe el Ser, la “nada” no existe. Esto mismo es lo que he tratado en los dos primeros capítulos de este libro.

 

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que quizás Parménides no era consciente de todo lo que encerraba su propio hallazgo, porque, cuando le era planteado el cambio permanente de la realidad, lo cual niega la inmovilidad del ser, no parece que fuera capaz de dar una explicación convincente, se limitaba a afirmar que la pretendida movilidad era aparente, que no pertenecía a la verdad, sino a la opinión de los mortales. Igualmente, en esa balbuciente captación del Ser, predicó de él el carácter de lo “perfectamente finito y acabado”, incongruencia a perdonar, teniendo en cuenta su enfoque del Ser como trascendido, más que como trascendental, es decir, el Ser uno y único intuido a través de las cosas finitas, más que intuido en sí mismo.

 

Heráclito (Éfeso, V a.C.) representa la cara opuesta de la moneda, respecto a Parménides. Si éste tuvo una visión intemporal, una visón estática de la realidad y por ello percibió el absoluto monismo del ser, Heráclito instaló su mirada en el tiempo, en el movimiento, y vio una realidad cambiante, inestable, sometida a la continua generación y corrupción de todo en todo, un absoluto pluralismo tan efímero que le inspiró su aforismo más célebre, dentro de los muchos que dictó: “Nada es, todo fluye”. Si la figura de Parménides resultó ser trascendental para la metafísica con su descubrimiento del ente, la de Heráclito ha resultado una premonición de lo que ahora expongo en mi libro “Nueva visión del Universo”, sobre la “naturaleza fluyente del espacio-tiempo”.

 

El ser en “potencia” (según Aristóteles)

 

Aristóteles, quizás la figura más gigantesca de la filosofía (y también la más discutible), nacido en Estagira, en el IV a.C., no dejó parcela del saber sin estudiar. Por encima de todo, fue el inventor de la lógica, el sistematizador de las ciencias naturales y el iniciador de la metafísica como tal, independientemente de la aportación primera del ente por Parménides. En cuanto a lo que aquí nos interesa, ha pasado a la historia como el filósofo que ensambló y sistematizó los dualismos existentes sobre la concepción de los cuerpos: por un lado, el ser o monismo de Párménides frente al devenir o pluralismo de Heráclito; pero también el ser atomista de Demócrito frente al dinamismo formal de Leibniz (independientemente, claro, de la distancia en el tiempo de éste último, que es del XVII). Y lo hizo Aristóteles mediante una tercera vía: el “poder-ser” o “potencia”, nueva aportación que, combinada con el ser, le llevó a consolidar su célebre teoría de “potencia-acto”.

 

Lo primero de todo es dejar constancia de que elaboró esta teoría como “hilemorfismo” (materia-forma), es decir, aplicada concretamente a las cosas, y no extendida, como luego han hecho los filósofos, a todo tipo de realidades metafísicas. La filosofía ha perpetrado un auténtico abuso con el pensamiento de Aristóteles. Por tanto, cuando aquí Aristóteles habla del ser y del no-ser tenga el lector bien presente que no está hablando del ser y del nihilismo o nada, que son absolutos, sino que está refiriéndose al ser y al no-ser relativos, es decir, las diferentes y concretas formas de manifestarse el ser en las cosas, el ser esto o ser aquello, y por la misma razón, el no-ser eso o aquello otro. De forma esquemática dice:

 

·               La realidad ofrece un devenir continuo. Algunos cambios se producen solamente en lo accidental, continuando la unidad sustantiva de la cosa, pero otros afectan a lo sustancial, dando lugar a la corrupción de la cosa y generación de otra nueva.

 

·               Cada vez que se produce un cambio sustancial, nada de lo que había en la naturaleza corrompida permanece, de modo que entre ésta y la nueva naturaleza se produce una ruptura o cesación total del ser. De aquí la negación del ser como algo permanente y la visión pluralista de la realidad de Heráclito

 

·               La nueva visión aristotélica, en cambio, contempla la realidad óntica total de la cosa, sólo limitada por la nada; es decir, lo que es y también lo que puede ser, todo junto. Y ello lo hace posible suponiendo que, eso que todavía no es, ya está en la cosa como un poder-ser. Por tanto, en cada cosa no solamente hay lo que limitadamente es en ese momento, sino que también hay lo que limitadamente no-es en ese momento y que nada impide que llegue a ser.

 

·               En la semilla hay un ser, el ser-semilla, pero también hay un no-ser relativo, el no-ser-árbol (todavía). Lo que no hay en modo alguno es un no-ser absoluto, la nada.

 

·               Este no-ser relativo (árbol), que no está en la semilla en acto, es decir, ahora, pero que (según Aristóteles) sí está ya en la semilla en cuanto a poder-ser con un cambio sustancial, es lo que el Estagirita llamó “ser en potencia”

 

·               La semilla es semilla en acto, pero también es árbol en potencia.

 

El motivo de esta especulación tan original del filósofo griego he dicho que se debió a la necesidad de armonizar los dos extremos que habían planteado Parménides y Heráclito. Por un lado, y si queremos que el saber filosófico tenga una base de saber necesario y universal, ha de fundamentarse en entes que, como tales, sean a su vez necesarios y universales, o lo que es lo mismo, que el ser del ente sea inmutable y eterno. Pero por otro lado, la experiencia atestigua que el ser de las cosas está en continua transformación, incurso en un proceso de corrupción-generación que desmiente esa pretensión anterior del ente imperturbable.

 

Para Aristóteles, el ser no es inmóvil, como pretendía Parménides, puesto que existe el cambio sustancial, por el que una cosa pasa a ser otra; pero tampoco el movimiento sustancial niega el ser, como pretendía Heráclito. ¿Cómo? Pues de la única manera posible: suponiendo que el ser permanece a través del cambio.

 

·               Según Aristóteles, los sucesivos estados que advertimos en los cambios sustanciales, mediante los cuales unas cosas pasan a ser otras diferentes, estados a los cuales él llamó “actos”, no requieren la desaparición total de lo anterior y la generación total de lo siguiente, con la nada en medio de ambos estados, sino que el ser permanece durante el proceso en forma de “potencia o poder ser”, de manera que la nueva cosa que surge del proceso no es sino un mero “acto o nuevo estado”. Tenemos, así, una potencia determinable y permanente que es actualizada en cada momento por medio de un acto determinante.

 

Ahora bien, como anterior o más simple que el ser no cabe pensar en nada, se entiende que estos potencia y acto no son realidades independientes y preexistentes. No cabe pensar en una pura potencia sin acto que la traiga a la realidad, ni acto sin potencia ninguna sobre la que encarnarse. Tal problema lo salva Aristóteles suponiendo que se trata solamente de dos “principios” (¿?), por cuya razón no tienen existencia anterior a la existencia del ente, no son preexistentes, y que además son inseparables, no tienen realidad por sí mismos si no es en mutua unión (¿?), de forma que se realizan en el propio ente. (¿¿¿???) ¿Te suena todo esto, amigo lector?

 

¡Claro que te suena! Acabas de escuchar la misma cantinela en el capítulo anterior, al desarrollar lo que la metafísica dice que es la “estructura del ente-particular”, en el cual la forma de ser o esencia variable y determinable es aquí la potencia, y la existencia que la determina y la hace ser lo que es en cada momento es aquí el acto. La cosa o “ente-particular” que antes estudiábamos es ahora, en el pensamiento de Aristóteles, una actualización determinada de las innumerables potencias o formas de ser posibles. Merced a esta teoría tan sibilina, la semilla que uno puede manejar en la mano es, además de semilla, un magnífico árbol, y también un mueble isabelino, depende de la actualización concreta que esa realidad, de por sí indefinida (potencia, materia prima), tenga en cada momento (acto, forma concreta).

 

·               La repercusión de esta doctrina aristotélica será ya clave en todo el desarrollo de la filosofía posterior hasta nuestros días. Profundizada y refundida por Tomás de Aquino en el XIII, la corriente aristotélico-tomista determinará la concepción estructural que, por desgracia, ha invadido toda la metafísica.

 

Pero aquí no estamos para seguir repitiendo, como autómatas, lo que la muchedumbre de metafísicos han venido repitiendo desde que se marchó del mundo Aristóteles, bajo amenaza de que decir lo contrario sería herejía; aquí estamos para herejes, para buscar un resquicio de luz en el interior de esa galería de topo que Aristóteles fue uno de los primeros en excavar. Los argumentos que puedan oponerse a potencia-acto serán probablemente muchos, y entre ellos los siguientes.

 

Crítica

 

Argumentos lógicos:

 

El “poder ser”

 

Comencemos por aquellos argumentos que están referidos a la falacia del lenguaje utilizado en la teoría potencia-acto. Si los conceptos que realmente se esconden detrás de las palabras son sustituidos por otros, el resultado de un razonamiento puede acabar siendo lo que su autor quiera, cualquier cosa menos la verdad. El poder-ser no es, en modo alguno, una forma de ser, como el filósofo pretende.

 

El gran hallazgo de Aristóteles fue haber rescatado, de la nada en que se hallaba, ese poder-ser de las cosas. Hasta entonces, se atendía solamente a lo que las cosas eran realmente (Parménides), o en el extremo opuesto, a lo que no eran por su fugaz devenir (Heráclito). A este dualismo añadió el Estagirita, como buen árbitro de paz, una tercera vía intermedia: las cosas no solamente son lo que tan limitadamente son, sino también son todo aquello que está fuera de sus límites y que, por lo mismo, ahora no son, pero pueden llegar a ser. Además de lo que la cosa es en acto, consagró el poder-ser de la cosa como una forma también de ser, y la llamó “potencia”.

 

o              Así, la cosa es en potencia infinitas otras, pero en acto es una sola, la que contemplamos. Como se ve, en esta propuesta se mezclan por igual la realidad y la pura especulación, por mucho que la filosofía lo haya aceptado y consagrado.

 

Más adelante desvelaré qué realidad es la que verdaderamente se corresponde con este concepto aristotélica de potencia. De momento, vamos a centrarnos, exclusivamente, en este aspecto que nos propone del poder-ser como algo incluible en la realidad de la cosa, al modo de una tercera vía o realidad intermedia entre el ser y el no-ser, entre lo que la cosa es de hecho, que él llama “ser en acto”, y lo que la cosa no es de hecho, que él llama “ser en potencia”. El filósofo pretende enlazar ambos extremos, el ser y el no ser, con la fórmula intermedia “lo que puede llegar a ser”, que es inaceptable. O se es o no se es, no hay nada intermedio

 

·               Lo que no se conoce por aprehensión directa, sino solamente por experiencias anteriores guardadas en la memoria (según las cuales hemos comprobado que a tal cosa sucede tal otra por cambio sustancial), ese tipo de conocimiento, por pura definición, no tiene más realidad que la exclusivamente eidética, es y existe sólo dentro de la conciencia, no se corresponde con un hecho exterior, actual y causal.

 

·               Apoyarse en ese hecho sólo de conciencia para otorgarle realidad también fuera de ella, según lo cual la nueva sustancia del cambio ya es y existe de alguna manera efectiva y no sólo ideal, llamado “ser potencial”, es falso por vulneración de los ámbitos de realidad. Cada sustancia es real sólo en su ámbito, no en los demás.

 

·               El “poder-ser” solamente es realidad ideal, no realidad sustancial, y no puede incluirse, por tanto, entre las cosas sustanciales del mundo tangible. Lo que “podrá ser” (potencia) podrá ser, pero hoy no es, y lo que hoy no es, no es, y no existe ningún grado intermedio entre el ser y el no-ser.

 

“Potencia para ser”, “poder-ser”, significa que aún no se es, y lo que aún no es, no es en grado ninguno. No existe realidad intermedia entre el ser y el no-ser; regla de oro que Aristóteles vulnera.

 

Equivocidad potencia-acto

 

Con solo el enunciado de los conceptos de potencia y acto surge ya la primera de las dudas. Malamente puede cimentarse una metafísica sobre términos que no son unívocos, sino radicalmente equívocos, términos que se intercambian entre sí los papeles desde cualquier punto de vista que se analicen.

 

La primera prueba de la equivocidad de estos dos conceptos, potencia y acto, es la radical oposición que se produce en su aplicación, según la haga el fundador, Aristóteles, o la lleve a cabo la multitud de filósofos copistas que le han seguido. La aplicación que hizo el primero fue para explicar la pretendida estructura de la cosa particular, teoría conocida como hilemorfismo, es decir, estructura de materia-forma. Son los demás los que la han extendido luego a toda suerte de realidades metafísicas, y entre ellas y singularmente al ente. Según la ontología, el ente es también una estructura de esencia y existencia, correspondiendo la potencia a la esencia y el acto a la existencia, es decir, considerando que es el acto de existir el que actualiza a la esencia. Y esto es una clara tergiversación de la primitiva y original idea aristotélica:

 

·               En el hilemorfismo (repito: genuina aplicación de potencia-acto), Aristóteles consideró como potencia, de modo perfectamente acorde con el significado de dicha palabra, aquello que es lo común e indeterminado, en ese caso la materia; y como acto, también de forma ortodoxa semánticamente, a lo concreto y determinante que actualiza a la potencia, en ese caso la forma. Quedémonos con la idea central bien amarrada a la memoria: En la doctrina aristotélica, la potencia representa lo común e igual sin determinar, y el acto lo particular y diferente que determina.

 

·               Pues bien, en el caso de la esencia-existencia del ente, estructura creada posteriormente por aplicación de la tesis aristotélica, si siguiéramos la lógica del creador de la teoría, Aristóteles, a quien procedería atribuir el papel de elemento común e indeterminado (potencia) sería a la existencia, puesto que la propia metafísica la considera igual en todos los entes; mientras que sería la esencia, representante de lo particular y diferente, la que debería desempeñar el papel de lo que determina y actualiza (acto).

 

·               Y sin embargo, la legión de filósofos que han inundado la metafísica con el concepto estructural potencia-acto, lo aplican, sorprendentemente, justo al revés de la idea de su fundador: consideran potencia a lo diferenciador (esencia) y acto a lo que es común (existencia), con lo cual se evidencia la intrínseca equivocidad de ambos términos.

 

He dicho que esa era la primera prueba, pero hay una segunda que surge inmediatamente como consecuencia de la anterior. Si la identificación de lo que es potencia y lo que es acto difiere de unos planteamientos a otros, la consecuencia inevitable es la contradicción continua. Si enlazamos ambas estructuras conforme a como se jerarquizan en la realidad, nos encontramos primero con la esencia-existencia del ente, y a continuación, al contraer el ente a sus inferiores, con la materia-forma como integrantes de la esencia de cada particular. El resultado es el siguiente, de acuerdo con la aplicación de potencia y acto que viene aceptándose oficialmente:

 

o              En el ente: esencia = potencia, existencia = acto.

 

o              En la cosa (hilemorfismo): materia = potencia, forma = acto.

 

o              Como puede comprobarse, lo diferente y particular (esencia, forma) constituya la potencia en la primera estructura, pero el acto en la segunda; y lo mismo, pero a la inversa, cabe señalar de lo que es común e indeterminado (materia, existencia), que tan pronto es potencia (2ª estructura) como es acto (1ª estructura).

 

En definitiva, este confuso intercambio de papeles entre lo común y lo diferente en los propios tratados de ontología, constituye prueba de la equivocidad de los términos potencia y acto y, por lo mismo, su absoluta improcedencia.

 

Potencia y acto no se reparten siempre en el mismo orden los roles de lo común y de lo diferente, evidenciando la confusión y equivocidad que preside esta tesis.

 

Y este continuo intercambio de papeles entre ambos términos, también se pone de manifiesto según analicemos la relación entre los dos desde el uno o desde el otro.

 

·               Potencia-Acto, vistos desde el acto:

Por acto, en el sentido aristotélico, se entiende la situación real del ente. Por tanto, el acto se refiere a la cosa concreta, la cosa existente, y se corresponde con el monismo de Parménides, con el ser; mientras que potencia se refiere a los demás entes particulares que subyacen como posibles y se corresponde con el pluralismo de Heráclito, con el devenir.

 

·               Potencia-Acto, vistos desde la potencia:

Por potencia, sin embargo, se entiende lo que es pura posibilidad, pero no actualidad, y requiere del transcurso del tiempo para poder realizarse. Vista esa misma realidad de antes, pero ahora desde el tiempo, el ser en acto se refiere a los múltiples actos acaecidos en ese tiempo, es decir, se corresponde con el pluralismo de Heráclito, con el devenir (un devenir de actos); mientras que potencia se refiere a la pura capacidad de ser que permanece en el tiempo y va recibiendo a los diversos actos, es decir, se corresponde con el monismo parmenidiano, el ser.

 

Como puede comprobarse, el resultado es justamente el contrario desde un enfoque o desde el otro. Puesto que lo actual cambia sin cesar, el término acto acaba por corresponder a todo, tanto a la semilla, como al árbol, como al mueble, todos son por igual actos, de modo que puede corresponder a un significado tan monista como pluralista, tanto al ser como al devenir, dependiendo de la secuencia de tiempo. Y de la misma forma, el término potencia puede significar tanto los posibles entes particulares semilla, árbol, mueble, como el “Ser o capacidad indeterminada y permanente” que los recibe, de modo que puede corresponder a un significado tan monista como plural, tanto al ser como al devenir.

 

·               En resumen: acto y potencia, aun en el caso de que se diese por cierta su existencia, supondría cimentar la metafísica sobre términos equívocos.

 

La potencia, vista desde el acto, es plural; pero el acto, visto desde la potencia que permanece en el tiempo, también es plural. Potencia y acto son términos equívocos que se intercambian los significados del ser único y del devenir múltiple.

 

Argumentos ontológicos:

 

“Potencia” y universo fluyente

 

En el capítulo II dejé establecido que la finitud no es una realidad acabada y estable, sino todo lo contrario, una realidad provisional, fugaz, una realidad que fluye continuamente, y cuyo ejemplo más cabal es la dilatación, distensión o fluencia del espacio-tiempo. Pues bien, en una finitud que fluye, no cabe pensar que lo que se recibe permanece. El ser y la existencia particulares no son algo que cada cosa recibe y ahí se queda, como de su propiedad. Si la finitud se está renovando a sí misma sin cesar, lo que se recibe también es recibido de forma continua.

 

Para comprender lo anterior, nada mejor que pensar en cualquiera de las manifestaciones que nosotros mismos ejecutamos. Si yo pienso o exhalo el aliento, esas cosas son, pero para que dejen de ser no es necesario que yo las aniquile, porque no tienen existencia propia e independiente fuera de mí, no tengo nada más que dejar de hacerlas y ya no son, porque sólo existen en tanto yo les doy vida. Si quien recibe el ser se convirtiera él mismo en el ser al recibirlo, entonces permanecería para siempre; pero nos consta que no es así porque no permanece, solamente lo recibe, y para permanecer en el tiempo, por consiguiente, ha de recibirlo de forma continua.

 

Lo que quiero significar con esto es que lo genuinamente existente es el ser de cada instante (el “acto” aristotélico), el ser recibido desde la realidad absoluta que nos lo infunde y que se renueva inmediatamente, como se renueva toda la finitud. A lo más que podemos aspirar es a que todos esos instantes o actos vividos, que siguen existiendo porque son espíritu, juntos constituyen un pasado, pero nunca puede conducirnos a especular con algo que todavía no existe ni ha existido, con algo que es una pura hipótesis, con un posible “futuro” (potencia aristotélica).

 

Existe el pasado como suma de todos los presentes (actos), pero no existe el “futuro” (potencia). Únicamente existirá cuando se haga presente y se constituya, inmediatamente, en pasado.

 

Frente a este fluir, el lector puede estar pensando en las cosas que permanecen y, además, de forma aparentemente estable. El mueble que tengo delante, lleva cuarenta años en ese mismo rincón. La respuesta es que el tener el ser de forma continua, lo único que acredita es que lo estamos recibiendo de forma continua, pero tal y como lo recibimos, también de forma continua lo perdemos. Se trata de una continua renovación, no de un permanecer.

 

Para comprender esto, sólo es necesario recordar que nadie puede acreditar que sea dueño de su ser en ningún momento, nadie puede conocer ni prevenir la suerte, el futuro, los acontecimientos, la muerte. Esto prueba que el ser no nos es concedido ni siquiera por un tiempo determinado, por ejemplo, por noventa años de vida, pues, si así fuera, mientras esos noventa años transcurren seríamos dueños de nuestro vivir, lo cual no es cierto.

 

Nadie es dueño de sí mismo ni de su futuro porque el don de la vida lo recibe instante a instante. Todo el universo fluye instante a instante.

 

Resumiendo: en el ámbito de la finitud universal, en el ámbito del ser y el existir particular de las cosas, ese ser que fluye, ese ser instantáneo que recibimos y perdemos, no puede ser identificado nada más que con el “ser en acto” aristotélico; pero el otro, el pretendido “ser en potencia”, es imposible que exista antes de ser recibido. En una naturaleza que fluye no existe futuro, lo que fluye constituye un acto fugaz, y si a pesar de eso permanece, es porque la fuente del ser infinito sigue estando detrás y lo renueva. Para mayor detalle sobre este tema, ir al apartado “El movimiento sustancial” del capítulo VI.

La realidad universal no está, la realidad universal fluye, recibe el ser instante a instante. Solamente existe el ser en acto y la permanencia de todos los actos (pasado). No existe futuro, no existe ningún “ser en potencia”.

 

“Potencia” y panteísmo

 

Cualquier ángulo desde el que se enfoque el proceso, puede servir para seguir relatando las innumerables trampas a las que conduce esta teoría. Una de ellas es la contemplación de la finitud como un todo panteísta. A las posibilidades infinitas de un ser en potencia para manifestarse en actos de forma directa, hay que sumar, además, las posibilidades de cada uno de esos infinitos actos cuando pasan a ser potencia de otros nuevos actos (la materia segunda que veremos en el capítulo siguiente) y las infinitas potencias y actos anteriores de los que derivó la potencia considerada, creándose tal maraña que, a la luz del manoseado “ser en potencia”, el universo regresa al cáos primitivo del Génesis.

 

Quizás el lector podría oponerme que, esto de potencia-acto, aunque suena tan artificioso, en definitiva no es otra cosa que una forma singular de volver a explicar el devenir del universo, y que su resultado final, por muy gigantesco y confuso que parezca, no deja de corresponderse con la dimensión gigantesca de los movimientos sustanciales y evolutivos de la naturaleza. Pero hay una diferencia capital, que está en la base del error del filósofo, y que consiste en no saber qué es, exactamente, lo que puede ser considerado como realidad:

 

·               El orden natural, con muy buen acierto, ha optado por considerar realidad solamente la única que lo es en cada momento. Si se extiende la mirada, solamente se divisa el ser en acto último, el de las cosas en ese justo instante. Todo lo anterior ya no es realidad.

 

·               Por el contrario, el orden aristotélico potencia-acto no contempla como realidad sólo el “ser en acto” de las cosas, sino también y a la vez el “ser en potencia” de las que aún no han llegado al acto. Del análisis de esta teoría se desprende que todas ellas son, existen e integran la realidad.

 

·               Afirmo esto último porque la concepción tradicional y académica de la potencia como aquello que, simplemente, es “capacidad de recibir actos”, plantea el insoluble problema de que la potencia consista, en sí misma, en un auténtico vacío, en el que, si nada se recibe, nada hay.

 

·               Si así fuera, no habría necesidad ni tendría sentido inventar la existencia de tal vacío, lo acertado sería suponer que los actos llegan directamente al ser sin necesidad de pasar por una supuesta realidad, la potencia, que resulta que no es realidad ninguna, puesto que consiste en un vacío.

 

·               Para aceptar la existencia real de la potencia, es forzoso que tiene que consistir en un “algo” y no en un simple vacío. El enunciado “ser en potencia”, aunque se le haya añadido la coletilla “en potencia”, quiere decir eso, el “ser”, lo que “es”, lo que “existe”; con la única diferencia de que el ámbito al que se refiere es el de la realidad eidética, en vez del ámbito de la realidad sensible del ser en acto. El ser en potencia no puede consistir en un ser en el vacío (lo cual es imposible), consiste en el ser sustancial de los universales, listos para pasar a ser en acto.

 

·               Según lo explicado, el ser en potencia ha de ser concebido como un ámbito de realidad eidética en el cual ya son y existen todos los universales posibles, y desde el cual pueden cobrar o no la realidad física del ser en acto.

 

·               Quede claro, por tanto, que ser en potencia y ser en acto, los dos consisten por igual en el ser, sin más diferencia que el ámbito en el cual militan.

 

Y ahora vienen las consecuencias de esta licencia de inventar una forma, la potencia, que “es”, pero, a la vez, “no es”, que pretende estar a medias entre el ser y el no-ser, a pesar de que tal pretensión es imposible:

 

·               Puesto que el ser en potencia todo lo abarca, la conclusión es que todos los entes universales han existido desde siempre. Retrocediendo hasta el límite en esa maraña, llegamos al pintoresco hecho de que, según esta teoría, el hidrógeno de las primitivas nebulosas, anteriores a la formación de la Tierra, gozaba ya del ser en cuanto hidrógeno (acto), pero también gozaba ya del ser en cuanto ser humano (potencia).

 

·               Resumen: Esta versátil estructura potencia-acto, levantada sobre el error de concebir un “ser que todavía no es”, ignorando que entre el ser y el no-ser no hay ninguna realidad intermedia, desemboca en tres resultados:

 

o              Puesto que concibe el ser de las cosas universales permanente, bien sea bajo la forma en acto o bajo la forma en potencia, cae en un confuso panteísmo en el que “todo es acto de todo” y “todo es potencia de todo”, al mismo tiempo.

 

o              Cada cosa, mientras es en acto, además de ser lo que es, también es, a la vez, todas las demás cosas (potencia).

 

o              El ser en acto de una cosa, más sus infinitas formas de ser en potencia, más las infinitas formas de ser en acto o en potencia de los cuales devino ella misma como acto, todas juntas consumen todo el tiempo universal; de modo que ese ente, de una de las formas o de la otra, ha existido siempre.

 

La teoría potencia-acto conduce a un caótico panteísmo en el que, en cada instante, cada cosa es la que es (acto) y también es todas las demás (potencia); y en todo caso, ha tenido el ser desde el instante cero del universo (potencia)

 

“Potencia” y Ser

 

Estimado lector: estás a las puertas del mayor de los despistes filosóficos que se ha dado en la historia. En este binomio genérico potencia-acto, que traducido a las cosas concretas es materia-forma, salta a la vista que uno de los dos elementos es clave. Mientras los actos y las formas representan lo advenedizo, lo fugaz en el tiempo, lo inestable y capaz de ser sustituido incesantemente, la potencia y la materia, por el contrario, gozan del aval de ser lo firme, lo que permanece en el proceso del devenir, lo estable, lo que garantiza la continuidad. Aunque en ambas teorías se conciben ambos elementos como “principios” de idéntico rango, resulta evidente que el protagonismo principal lo desempeña la potencia, la materia. Y lo desempeña mucho más aún si se tiene en cuenta el comentario del párrafo siguiente a éste.

 

“Repetida hasta la saciedad, pero por nadie comprendida, ni siquiera por el propio autor”. Esto es lo que cabe advertir sobre la tan celebrada “materia primera” de Aristóteles y, más genéricamente, sobre su igualmente célebre “potencia sin límites”. La auténtica devoción expresada por el propio autor de este hallazgo en su metafísica, revela que la intuyó a fondo, en toda su profundidad, pero ni aún así fue capaz de identificarla. Invito al lector a que repase el catálogo de alabanzas dedicadas a este concepto: “pura potencialidad”, “algo infinito”, “sin limitación ni concreción ninguna”, “verdaderamente inmutable”, “permanente a través del devenir de las cosas”, “ni generable ni corruptible”....... ¿Qué es lo que realmente se está describiendo con este catálogo de propiedades? La respuesta no puede ser otra: su autor lo llamará como quiera, pero lo que está describiendo no es otra cosa que el propio y universal Ser que trasciende todas las cosas.

 

o              El Ser trascendente es pura potencia, todo acto o forma cabe dentro de él.

 

o              El Ser trascendente no es limitado, se manifiesta por igual bajo todas las formas, pero no es ninguna determinada.

 

o              El Ser trascendente es inmutable, permanece bajo todo proceso.

 

Ilimitado, inmutable, permanente, incorruptible...... ¿A quién se está describiendo? Pues no, no se está describiendo al Ser que todo lo trasciende. Según Aristóteles, ésta es la descripción de su fantástica “Materia Primera”, y un poco más allá, de su también fantástica “Potencia”.

 

Lo que Aristóteles llama caprichosamente “materia primera”, como algo intangible, común, ilimitado, que permanece inalterable a lo largo del devenir universal, ¿qué es, sino el ejercicio del Ser, uno e idéntico en todas las cosas universales? Y sin embargo, en el pensamiento aristotélico, esta innegable identidad de conceptos entre el Ser y su pretendida “materia primera”, es ocultada bajo este sustantivo, a todas luces impropio y arbitrario, “materia”, lo cual presenta una impagable ventaja. Al tratarse de algo nuevo, permite al autor jugar a su antojo con el mismo, pasándolo de ser la entidad por antonomasia (el Ser que todo lo trasciende) a convertirlo en un mero “principio”, algo infinitamente más manejable.

 

Éste es el argumento más definitivo contra la metafísica de Aristóteles: haber copiado al Ser Trascendental en su “Potencia” y en su “Materia Primera”.

 

También he dicho que la impagable ventaja que presenta concebir algo bajo otro nombre que no es el suyo, como si de cosa nueva se tratara, es la de poder manejarlo a discreción. Porque diferente al Ser nada hay, y menos aún otra cosa que sea capaz de determinarlo o limitarlo, como se pretende con la el “acto” y con la “forma”. Los actos y las formas particulares de ser están ya en el ser, no “además” del ser, constituyen únicamente sus manifestaciones, igual a como las facultades de los seres vivos son meras manifestaciones y están ya en su alma, no además del alma. Por el contrario, en la metafísica aristotélica, los actos no están ya en la potencia ni las formas están ya en la materia, sino que están “además” de la potencia y de la materia, constituyendo otro “principio” diferente. Estas caprichosas teorías, al ocultar el Ser bajo otros nombres, dejan las manos libres para inventar nuevos elementos y “principios” capaces de limitarle.

 

Volver a la página principal

 

---------------------------

Esta publicación está destinada únicamente a interesados particulares.

Prohibida la reproducción total ni parcial por ningún medio.

Todos los derechos reservados.

© Gregorio Corrales.