IX.- LA LIBERTAD

(Última actualización: 09-05-2016)

 

Soñando, soñando, como Martin Lutero King...... Soñando si fuéramos capaces todos de abandonar las trincheras de los predeterminismos, si fuéramos capaces de correr en búsqueda de la realidad tal cuál es, en vez de valorarla a nuestro capricho, y además fuéramos también capaces de “dejarnos enamorar” por esa verdad objetiva, convirtiéndola de verdad solamente comprendida en verdad sentida, es obvio que entonces no existirían opiniones, existirían verdades, y es obvio que entonces el hombre no sería libre, por supuesto, pero poseería algo infinitamente mejor, la verdad. Este razonamiento no pasa de ser una simplona utopía, es cierto, pero la moraleja que de él se extrae ni es simplona ni es utópica: la opinión personal, el criterio no objetivo de cada cual ante la realidad conduce, es cierto, a la libertad personal...... pero también conduce, y esto es lo grave, a que ambas, opinión y libertad personales, tan glorificadas por la sociedad, realmente constituyen un desdichado estigma del hombre.

 

La libertad es una miseria del hombre, causada por su incapacidad para conocer dónde está la verdad. Si la conociese, no sería libre, pero sería feliz.

 

Como la finitud es parcialidad, este universo en el que nos desenvolvemos está repleto de “cosas”, y lo problemático es que nos afectan todas ellas de alguna manera, unas de forma acuciante y otras menos, unas directamente y otras no tanto, pero nos afectan, y el sujeto se ve obligado a elegir porque también es limitado, como todo en el universo, y no puede hacer suyas todas las cosas a la vez. Este es el concepto de libertad que tiene el común de los mortales: La posibilidad de elección entre las opciones que se nos presentan.

Pero este es un concepto ramplón de la libertad, es la mísera libertad de los animales, que sólo pueden elegir entre lo que les ofrece la naturaleza, aunque en su caso es aún peor, puesto que están predeterminados, inevitablemente, por la mayor o menor conveniencia de cada una de las opciones, y además, no conocen las “opciones virtuales”. Los animales no son libres, se sabe de antemano cuál va a ser su elección: la de aquella opción que es la más conveniente para su vida en cada momento. Si se le ofrece comida a un animal hambriento, comerá...... pero si se le ofrece a un hombre hambriento, puede ser que la rechace por hacer penitencia, por desear adelgazar, o vaya usted a saber por cuál cúmulo de distintas razones. Este ejemplo tan simple, resulta tan elocuente, que no es preciso decir mucho más sobre la clase de libertad del hombre.

 

La causa de lo imprevisible de las acciones humanas se debe, como siempre, a su mayor inteligencia. El hombre no se ciñe a las opciones reales que se le presentan, tales como satisfacer el apetito, sino que es capaz de plantearse también opciones que de momento no existen, pero que son posibles, lo que podríamos calificar como opciones virtuales: alcanzar la virtud de dominar el cuerpo mediante la penitencia, es una mera posibilidad; conseguir una pérdida de peso mediante una dieta, es otra mera posibilidad. La mente del hombre es capaz de operar con estas posibilidades, o virtualidades. La del animal no.

 

La primera puerta que se abre a la “libertad” del hombre se funda en el conocimiento de la realidad actual y de la realidad posible.

 

Acabo de escribir “libertad”, entre comillas, porque quizás el lector se haya dado cuenta de que esto sigue siendo un poco mísero. La posibilidad de elegir entre lo actual y lo posible no es otra cosa que una mera ampliación del horizonte de elecciones. Al fin y al cabo, el hecho de poder elegir sólo entre cuatro opciones reales, o poder hacerlo entre esas cuatro más otras cuatro virtuales, no deja de ser, al fin, elegir entre ocho, que es un número de opciones determinado. La única diferencia es, simplemente, que hemos aumentado el número de opciones. Sigue siendo una libertad mediocre.

 

Lo que quiero comunicar al lector con esto es que una libertad pura y auténtica consistiría en no tener que ceñirse a opciones determinadas de ningún tipo, ni las actuales ni las posibles, sino hacer lo que uno desee, todo lo que nuestra mente sea capaz de proponernos, desde salir volando hasta resucitar a nuestros muertos. Esta última libertad, la que opera sobre una realidad que podemos bautizar como realidad imposible, es precisamente la que disfruta el hombre durante los sueños, en los cuales no hay restricción ninguna al ejercicio auténtico de la libertad. En los sueños se vuela y se resucita a los muertos.

 

Bien. Prescindiendo de utopías, ya hemos situado al hombre frente a su mítica y loada “libertad”: la de poder elegir, no sólo entre lo actual, sino también entre lo posible.... Pero, de todas formas, verse forzado a elegir, porque la realidad es finitud y no podemos poseerla toda a la vez. Todo lo que uno es capaz de soñar con los ojos cerrados, y alguna vez, incluso con los ojos abiertos, reducido a unas poquitas cosas que nos ofrece la cicatera realidad. Sin duda que esto es una auténtica desgracia. Pero es que este tipo de verdades desgraciadas, a nadie le interesa reconocerlas. El hombre vive de engañarse a sí mismo con un loable fin: seguir viviendo, lo cual está muy bien. Lo que está muy mal es que llegue a creerse su propia mentira. Nadie reconoce nada.

 

ü             Los animales son cómo son. El hombre no, porque para eso es inteligente. Tiene la perniciosa habilidad de valorar sus deficiencias como virtudes. Lo que en sí mismo es un dilema y una fuente de inseguridad, lo rompe por las costuras, lo da la vuelta y lo presenta como algo enormemente positivo: el ser nada menos que “libre”.

 

Pero si hay una situación en la que la libertad es capaz de mostrar su cara más amarga, es, sin duda, la situación de verse desamparadamente libre ante el mal. En realidad es toda una desgracia, un infortunio que sitúa al ser humano ante la posibilidad de la caída, la indignidad y la esclavitud moral. En todo caso, incluso aunque sea capaz de superar el mal que le tienta, éste ya le ha sometido, de antemano, al dolor de la tentación. La libertad no es algo para sacar pecho, como todo el mundo pregona a los cuatro vientos, es una auténtica maldición que, incluso en el relato bíblico, le acarreó al hombre la proscripción.

 

Todo lo que hace superior al hombre (libertad, conciencia y sentido moral) le sume en la angustia y el sufrimiento.

 

A cualquiera se le ocurre que felicidad, en todo caso, será la de los seres sobrenaturales, esos que nos cuentan los textos sagrados, dotados de clarividencia, en vez de racionalidad, gracias a lo cual captan con tanto realismo la inconmensurable belleza del bien que lo ejecutan sin esfuerzos, sin dudas, sin restricciones, sin leyes, sin tentaciones ni vacilaciones. Aunque lo conocen, son felices en su mundo ajeno al mal. Porque no es necesario suponer que su naturaleza esté, necesariamente, predeterminada hacia el bien y carezca de libertad. Lo más lógico, puestos a suponer, es que contemplen con tal realismo y fuerza la extrema belleza del bien y la extrema fealdad del mal, que se sientan irremediablemente atraídos por lo que es bueno. De esa misma y supuesta bendición gozaría el hombre si no fuera, precisamente, eso que todo el mundo elogia estúpidamente: “racional” y “libre”.

 

·               La necesidad de elegir entre el bien y el mal (libertad) es fuente de inseguridad, frustración, angustia, responsabilidad y, en resumen, de infelicidad.

 

·               Siendo el hombre el único ser moral del universo, no se concibe otra felicidad para él que no sea la de estar unido irremediablemente al bien, y desvinculado de toda posibilidad del mal..... Lo cual sería, precisamente, no ser libre.

 

·               El simple hecho de tener poder para elegir el mal, aunque se renuncie a él, el simple hecho de ser tentado, introduce en la conciencia inseguridad y dolor.

 

Toda elección conlleva responsabilidad y frustración. La libertad no es un privilegio, es una maldición, tal y como está descrita en el Génesis.

 

¿Somos realmente libres?

 

Esta pregunta, planteada en un libro de filosofía, puede causar hilaridad en cualquier persona con suficiente edad. Nadie que haya pasado de la ensoñación de la adolescencia está en condiciones de aceptar que el hombre sea realmente libre. Pesan demasiado las limitaciones que afloran desde dentro, y las que nos imponen desde fuera, como para sentirse libre. Aceptaría que el hombre intenta ser libre, y que incluso a veces lo logra, pero tanto como ser realmente libre..... Pues, aunque parezca mentira, existe una teoría capaz de responder a la pregunta ¿Somos realmente libres? con esta insólita afirmación: “Todos los hombres tienen conciencia de libertad cuando actúan”.

 

·               La conciencia más bien registra, revisa, juzga y censura lo ya actuado. Los actos del hombre suelen ser obra más bien del enemigo de la conciencia, del ego, que está mucho más próximo.

 

·               Lo que realmente se quiere decir en esa afirmación no es que los hombres tengan “conciencia” de libertad cuando actúan, sino convicción, lo cual tiene más de estado de ánimo que de verdadera conciencia. Judas hizo lo que hizo convencido, y acto seguido se ahorcó concienciado. Si la conciencia actuase por delante, no habría arrepentimientos.

 

Tampoco todo lo anterior quiere decir que la capacidad de gestión del ser humano sea tan precaria que nunca procedería ser juzgado. Tampoco es eso. Todo lo expuesto ha sido referido al sujeto que se enfrenta a situaciones concretas, puntuales, como ahora se dice tanto. Ante la realidad diaria, el sujeto reacciona “cómo sabe”, que quiere decir, como viene haciéndolo desde siempre, predeterminadamente. Nadie cambia de forma de actuar de la noche a la mañana. Conocida una persona, puede preverse con bastante éxito en qué dirección va a reaccionar. Sin embargo, pasados unos cuantos años, puede ser que de la antigua persona nada quede y el nuevo personaje sea literalmente otro, con otros modos de mirar la vida y de reaccionar. ¿Cómo explicar esa evolución? Pues parece que así:

 

ü             El hombre no es verdaderamente libre en sus actos, considerados uno a uno, pero sí es verdaderamente libre ante la cadena causal de todos sus actos. No es dueño de sí mismo en las distancias cortas, pero sí suele serlo ante la conciencia, con el tiempo, y capaz de cambiar de sentido la cadena entera.

 

El hombre no es enteramente libre en sus actos, pero sí es enteramente libre en la evolución de sus actos en el tiempo.

 

La célebre “división de poderes” como única fórmula garante de un buen gobierno, no solamente es aplicable a la sociedad, también al interior de cada cual. El intelecto legisla, la voluntad ejecuta y la conciencia juzga. La gran diferencia consiste en que, en el interior del individuo, el legislativo y el ejecutivo pueden equivocarse, como ocurre en la sociedad, pero el judicial nunca, y en la sociedad mucho. Y no solamente la conciencia juzga los actos de la voluntad a la luz de las leyes morales, también discierne lo que establecen las propias leyes morales a la luz de la norma suprema, la ley del bien y del mal.

 

Este implacable juez, la conciencia, que tiene la osadía de estar tan dentro de cada uno y ser, al tiempo, tan independiente de cada uno, tiene la molesta costumbre de registrarlo todo, también la voz inmediata y certera de la intuición. El acto ya ha sido ejecutado y ya es pasado, pero la censura ha quedado ahí para siempre. La ejecutora, la voluntad, es discontinua, actúa por móviles inmediatos y de forma imperiosa. La conciencia es permanente, obedece a leyes objetivas y de forma fría. La voluntad rige los actos, uno a uno; la conciencia rige la actitud que genera la cadena de todos los actos. Rectificar la actitud es el todo. Ahí es donde el hombre aparece libre.

 

Los determinismos

 

Hablando de libertad es ineludible hablar de determinismos. La libertad tiene tantos enemigos, tantas limitaciones y condicionantes, que hace un momento la tachaba de precaria y, sin duda, me quedaba corto. En la filosofía se han producido serias dudas sobre la existencia objetiva de esta capacidad. En la teología, todas las corrientes convergen en la declaración que antes exponía y que citan poco menos que como axiomática, aunque no pasa de ser una simple convicción psicológica: “En cada decisión, la conciencia siempre experimenta la seguridad de actuar libremente”. Lo mejor es que el lector lea y pondere cuánto hay de “libre” en la “libertad”.

 

Predeterminismo subjetivo

 

A propósito de “El sentimiento intuitivo”, en el capítulo VII, he dejado escrito:

 

·               Lo que gobierna al hombre es un substrato profundo que todo lo enfoca de una manera determinada y personalísima, que dirige su voluntad en un sentido predeterminado e invariable. Conocida una persona, se sabe cuáles van a ser sus decisiones en todo lo que sea trascendente, a pesar de que el propio sujeto las ponga en duda y las delibere. Y si fallamos en la predicción, o es porque no le conocemos a fondo o porque el asunto no es trascendente.

 

·               Esa personalidad intransferible está constituida por límites ya expuestos: predisposición genética, herencia cultural, experiencia, influjo social, prejuicios, hábitos.... Todo ello constituye una carga extremadamente pesada e imposible de olvidar.

 

Ahora, a propósito de la libertad, hay que retomar esas palabras. Pero también hay que completarlas, porque en ese “molde” que hay en cada sujeto y que le empuja a actuar de una manera predeterminada, parte del mismo le ha sido impuesta desde fuera, como la predisposición genética, como la influencia social; pero otra gran parte se la ha construido el propio sujeto, como los hábitos, los prejuicios o la conciencia. La partida está en tablas. Por lo que se ve, esa predeterminación subjetiva no se trata de un oscuro oráculo con el que se nace y hasta la muerte, sino que se trata de algo manejable, encauzable, sujeto al tiempo, hasta el punto de que puede ser el propio sujeto, a fin de cuentas, el responsable en mayor medida del “molde”.

 

Ante nuestra libertad, ¿Cómo elegimos? ¿Cuál es el mecanismo en el que se apoya la voluntad para decidir? En el resto de los seres vivos, esos mecanismos son preestablecidos e inalterables: apetición sensitiva, instintos. En el animal no valora él, la valoración le viene impuesta, de manera inflexible, por su propia naturaleza, diseñada para el fin último del equilibrio de la naturaleza en su conjunto. Y además, esto va unido a que no conoce más opciones que las reales, desconoce el mundo de los posibles, de la actuación por fines. Pero el hombre siempre es aparte, no pertenece a la naturaleza (a pesar de su aparente revestimiento animal), objetiva al mundo y lo interpreta a su modo, en parte según la predisposición recibida y en parte según su propia cosecha, como antes hemos dicho. ¿Cómo valora el hombre?

 

En filosofía, la ciencia que trata de los valores se llama axiología, y no existe una ciencia menos exacta que ésta de valorar. ¿Cuál es el valor de una cosa determinada? Para esta pregunta nadie tiene una respuesta, porque no existen valores objetivos y tasados, lo que existe es el acto subjetivo de valorar. Pensemos en una cantidad determinada, X, de dinero. Pues bien, ese valor X objetivo no existe en la realidad, salvo en el momento de contar los billetes. Salvo ese instante contable, a ese valor hay que sumarle, o restarle, la mucha o poca utilidad que ese dinero tiene en la mente del poseedor. Las monedas cobradas por Judas tendrían un valor inmenso en las manos del mendigo de la sinagoga, pero en manos de Judas representaban todo lo contrario, el precio de una traición, y las arrojó al suelo antes de suicidarse (quizás el lector piense que cito en exceso a Judas, pero es que se trata de un personaje inquietante, misterioso, y por el que siempre he sentido piedad).

 

Para el ser humano no existen valores objetivos de las cosas. Lo que existe es la valoración subjetiva que de cada cosa él hace.

 

El valor objetivo de un franqueo de correo es el que figura en el propio sello, pero el valor de la esperanza de quien deposita la carta en el buzón es muy diferente, y no digamos lo que representa para un filatélico. Huelga aclarar que tal cosa solamente puede hacerla el hombre, que es el único capaz de plantearse valoraciones de lo “posible” más allá de lo objetivo. Los animales actúan mecánicamente, en función del determinismo objetivo que le imponen las cosas. Mi perro es capaz de valorar lo que es un “franqueo”, no el de una carta para conseguir que llegue a su destino, pero sí el “franqueo” de traerme la correa para conseguir que lo lleve a la calle. No es exactamente una valoración, es una simple asociación de ideas: correa y calle van unidas. Lo que cae absolutamente fuera de su capacidad, y es imposible que haga, es otorgar valor espiritual a las correas en sí mismas y hacer colección, como hace el filatélico con los sellos.

 

Max Scheler, iniciador de esta filosofía, estableció los principios que están en la raíz de esta facultad humana del valorar.

 

o              Lo primero es que se trata de una intuición, como todo lo esencial en la mente humana, no de una elaboración racional (se puede valorar la sabiduría y, sin embargo, despreciar la moral, lo cual no resulta muy racional).

 

o              Lo segundo es la polaridad: los valores se presentan por parejas de opuestos, pero esto no significa que uno sea la negación o ausencia del otro, ambos son sustanciales, pero de signo contrario (el vicio no es negación de virtud, es vicio).

 

o              Y lo tercero consiste en que afecta a todos y obliga a una toma de posición. El valor nunca nos deja fríos, como un teorema matemático.

 

También Max Scheler estableció una serie de clases y rangos, dentro de los valores, según diversos parámetros (relativos, convencionales, lógicos, éticos, estéticos....). Pero, al margen de esa diversidad, todos ellos responden a un denominador común: el modo global de enfocar la realidad por el sujeto. Todas las valoraciones relativas a los diversos fines tendrán un inconfundible sello personal en su conjunto, impulsando al sujeto a actuar en una dirección uniforme. Ante una misma situación y para lograr un mismo fin, dos sujetos diferentes probablemente elaborarán valoraciones diferentes, cada uno la esencialmente suya.

 

La verdad existe, pero el hombre la pasa por el tamiz de su personalidad. No ve la verdad, “valora” su propia verdad (predeterminismo subjetivo).

 

Efectivamente, cada sujeto “valora su propia verdad”, como acabo de escribir; pero, acto seguido, me he cuidado de dejar entre paréntesis la otra verdad que está por encima del hecho concreto de cómo se valora: el predeterminismo. Porque, quizás de lo que llevamos escrito, entienda el lector que la forma de valorar sea la raíz del perdeterminismo subjetivo, y no es así, sino al contrario: no es que el sujeto esté predeterminado por sus valores, sino que valora las cosas a las que su predeterminismo le inclina. El concepto predeterminación es amplísimo, engloba todo aquello que, de forma constante, coarta la libertad del hombre y le impulsa en un sentido concreto de actuación. El sujeto está tan sometido que su pensamiento no es un pensamiento, en el sentido estricto del término, es una convicción profunda, un “criterio” excluyente que se resiste a la verdad.

 

De lo que estamos hablando, por tanto, no se trata de un determinismo en sentido estricto, porque para ser determinante debería producirse, de forma simultánea, en el propio acto de la voluntad, como vamos a ver inmediatamente, al tratar del determinismo en el punto que sigue a éste. Se trata de un condicionante que ya existe en el sujeto desde antes de poner en juego su libertad, por eso el llamarllo predeterminismo. Este carácter de “anterioridad” es lo que restringe, aún con mayor violencia, la libertad del individuo, confinándola en un encasillamiento de convicciones difíciles de desalojar. Casi nadie está dispuesto a cambiar de opción política o de creencia religiosa, por poner dos ejemplos típicos.

 

Sin embargo y como dije al principio, este “substrato profundo” o “predeterminación” no ha de tomarse tampoco como un “oscuro oráculo”, ajeno al individuo, llegado desde fuera y que le conduce a un destino inexorable. El agustino y reformador de la Iglesia Martín Lutero sufrió, durante años, a causa de este “oscuro oráculo” sobre su destino personal. No existen oráculos. Se trata de una predeterminación, únicamente, en cuanto a que limita la dirección de los actos en el día a día, pero no se trata de una predeterminación, ya terminada y recibida desde el destino y para siempre, sino construida en parte por el propio sujeto y abierta a continuos remodelados, hasta el punto de ser susceptible de total demolición. La historia está llena de individuos inmovilistas, pero también de otros que han levantado un hombre nuevo sobre las cenizas del anterior.

 

El hombre está predeterminado desde antes de actuar, pero su conciencia es libre para cambiar sus predeterminaciones a lo largo del tiempo.

 

Determinismo objetivo

 

Aunque el sermón sea único, cada feligrés está de antemano dispuesto a interpretarlo a su modo. Eso es lo que acabamos de ver en el apartado anterior. La verdad objetiva no es aceptada por el sujeto tal cuál es, sino tal cuál él la ve después de pasarla por el íntimo tamiz de sus predeterminismos. Pues bien, según la filosofía, esto no ha hecho nada más que empezar, porque después de este recorte de alas del predeterminismo interior, a la libertad le aguarda una nueva censura (según la filosofía): la que le impone el propio objeto desde fuera (determinismo objetivo).

 

Al lector puede extrañarle un montón esto de que el objeto, al cual imagina siempre como una naturaleza muerta, sea capaz de imponer nada de nada a la cabeza pensante del hombre (y no va descarriado, como enseguida veremos). Pero la filosofía lleva siglos viéndolo de esta forma tan increíble, es decir, al revés de como realmente se produce, ve al pobre objeto despertando de su perpetua hibernación, erigiéndose en protagonista y dictando sus particulares leyes al insolente sujeto que tiene delante y aspira a conocerlo.

 

Ante las opciones, necesariamente el hombre decide por la de mayor bondad. A esto, que no es otra cosa que la predeterminación del sujeto hacia el bien, la filosofía invierte la dirección del fenómeno y dice que es lo contrario, una “determinación del objeto hacia el sujeto”.

 

Para entender este nuevo tropezón de los “pies de barro de la filosofía”, es preciso remontarnos a lo dicho sobre el bien en páginas anteriores de este mismo capítulo, es decir, a que toda actuación del sujeto está predeterminada hacia lo que es bueno, y es lógico que así sea, porque nadie en su sano juicio se figura al hombre deseando lo contrario, no sólo en el ámbito de la ley moral, sino también en el ámbito relativo de las leyes naturales. Para alcanzar un fin determinado, nadie hará lo que es contrario a ese fin (lo malo), sino lo que es acorde (lo bueno).

 

Una vez recordado esto tan obvio, que el ser humano está predeterminado por el bien en todas sus acciones, y no por el mal, es fácil comprender que, cuando el sujeto decide elegir y valora las distintas opciones, su voluntad nunca será libre, puesto que quedará determinada necesariamente por la bondad del objeto, por la opción que encierre más cantidad de bien, por la que sea la mejor. Este es el determinismo objetivo que pretende la filosofía y ante el cual el lector se ha rebelado, por no entender muy bien como las “cosas” pueden imponerse a la mente humana. Y el lector tiene toda la razón. Hay, al menos, tres razones para rechazar este pretendido “determinismo objetivo”.

 

1.      El pretendido “determinismo objetivo” resulta incomprensible si no se parte de la existencia previa del predeterminismo subjetivo como fundamento, porque si no se tiene el concepto previo de lo que es bueno, es imposible que ningún objeto bueno determine nuestros actos. Lo que determina al sujeto no es la “bondad del objeto concreto”, como la filosofía pretende, sino la bondad en sí misma, siendo indiferente en cuál objeto aparece la bondad. No se trata de que las frutas sean más sanas que los lácteos, se trata de que lo más sano es mejor que lo menos sano. Lo que determina en la elección, evidentemente, no son las frutas por sí mismas (los objetos), es lo saludable que hay en las frutas y no hay en los lácteos (predeterminismo subjetivo hacia lo mejor).

 

El determinismo objetivo no existe, no es otra cosa que la proyección del predeterminismo subjetivo sobre las cosas.

 

2.      Solamente la intuición es capaz de aprehender la realidad con cierta objetividad, pero ha quedado claro que la voluntad conduce el carro del pensamiento por otro camino muy personal y acabe en una valoración particularísima. Ese pretendido “determinismo que impone la bondad del objeto”, realmente no es tal, sino que es el “determinismo que impone la bondad del objeto.... pero según la valoración que de la bondad hace el propio sujeto”, con lo cual se nos ha colado de nuevo por delante, como no puede ser de otra manera, el sujeto y su predeterminación por lo que él valora como lo más conveniente. Aplicado al ejemplo anterior, puede que el sujeto valore como más saludables los lácteos, por error, y los prefiera antes que las frutas.

 

Puesto que las cosas no tienen valor objetivo, sino la valoración que de ellas hace el sujeto, jamás pueden ser las cosas las que determinan al sujeto. Es el propio sujeto el que se auto predetermina con su valoración.

 

3.      Incluso en el caso de que todos fuéramos capaces de ver la misma verdad, la objetiva, la que realmente es, en vez de los predeterminismos personales, ya quedó expuesto que el hombre no se rige por la verdad comprendida (que sería este valor objetivo), sino por la verdad sentida. De poco le serviría comprender, de forma fría y bien ponderada, la bondad o maldad intrínseca de aquello por lo que ha de decidir, si su “corazón” está pidiéndole otra cosa.

 

De todas formas, lo objetivo tiene muy poco peso ante la libertad del hombre, que se rige por lo “sentido”, no por lo “comprendido”.

 

El lector puede pensar que esto de la “verdad sentida” es más de lo mismo, porque si se trata de una verdad que se “siente”, eso quiere decir que forma parte del predeterminismo subjetivo ya expuesto. Pero no es así. El concepto de lo predeterminado se refiere al comportamiento habitual, es decir, a lo que es conducta, mientras que ahora no hablamos de conductas, sino de la reacción del individuo ante una verdad aislada y significativa. Si sólo la comprende, pero no la siente, le producirá indiferencia. Únicamente si es sentida, incluso sin ser comprendida, moverá la voluntad del sujeto. Dicho de otra manera: una verdad nueva y sentida es capaz de alterar todos los predeterminismos del mundo (Pablo, camino de Damasco).

 

Poco antes incidí en el hecho de que el predeterminismo subjetivo tiene un peso enorme en la conciencia de cada sujeto. Ahora acabamos de añadir una piedra más en esa pesada mochila, admitiendo que puede aparecer la fuerza irresistible de nuevas verdades “sentidas”. Esto último viene a confirmar lo que dije sobre la posible evolución de los “predeterminismos”, a pesar de su enorme peso específico. Hay quien llega a la muerte siendo, sustancialmente, el mismo que salió del vientre de su madre y del vientre de la sociedad, pero también hay quienes van enderezando el rumbo a medida que cubren millas, “esculpiendo su alma”, como acertó a decir Ángel Ganivet. Porque también escribí que “la predeterminación subjetiva no se trata de un oscuro oráculo con el que se nace y hasta la muerte”, y ahora acabamos de ver hasta qué punto es capaz el sujeto de esculpirla a su gusto.

 

 

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