III.-  LA  REALIDAD  CONOCIDA,  LA  FINITUD

 

 

La realidad conocida, la que nos consta y experimentamos, es decir, el todo universal, constituye en filosofía la llamada finitud. En su sentido etimológico, finitud es aquello que tiene fin o término, que está acabado, pero  lo que viene entendiéndose en filosofía por finitud es más bien lo que es limitado; no tanto el sentido de “acabamiento” o “finalización” de algo como el de que ese algo está encerrado entre límites. Realmente, se trata de una diferencia sólo de matiz, porque los dos vienen a converger en el mismo significado: si algo se considera como acabado, esto quiere decir que ha llegado a sus límites naturales, que tiene límites, porque, de no tenerlos, resultaría imposible acabarse.  Lo no limitado nunca se acaba, no tiene fin (infinito).

 

Toda la realidad universal , tanto física como espiritual, es una realidad finita, limitada.

 

Todo lo que conocemos es finitud porque todo en el universo tiene límites: la medida de un cuerpo, la capacidad psíquica de un ser vivo, la maldad moral de un acto, la perfección estética de una música,..... todo es limitado. Sin embargo, ya a la vista de estos pocos ejemplos se percibe la sensación de que el término límite encierra una cierta complejidad, porque los límites de un objeto físico nada tienen que ver con los límites del alma de un ser vivo, por ejemplo. Parece obvio que en el primer caso se trata de límites puramente cuantitativos y en el segundo de límites puramente formales. Todo lo que pertenece a la finitud física no ofrece dudas: tan fácil es medir lo extensivo (los metros de una pista) como lo intensivo (los vatios de una lámpara). Pero en cuanto se trata de la realidad espiritual, que ni ocupa espacio ni tiempo, parece que las diferencias entre unas cosas y otras nada tienen que ver con lo que es magnitud y por tanto medible, sino con lo que es diversidad en las formas de ser, en las formas sustanciales: no es lo mismo un lapsus lingüe que la belleza de un paisaje, o el alma de un mamífero que las leyes de Newton.

 

La limitación de lo material es cuantitativa. La limitación de lo espiritual es formal.

 

Y sin embargo y aunque a primera vista no lo parezca, toda finitud es magnitud en algún tipo de escala, también lo espiritual. El alma de un mamífero que acabo de poner como ejemplo, es indudable que se distingue del alma de un artrópodo porque constituyen dos formas anímicas diferentes, guardan entre sí una diferencia radicalmente formal, sustancial. Esto es cierto. Pero si lo analizamos en mayor profundidad, resulta que, además de eso, la diferencia formal conlleva que una de las formas está más arriba y la otra más abajo en una misma escala, la escala de la complejidad y perfección de los seres vivos, en la cual es perfectamente detallable, y por tanto valorable, la perfección de una y otra. Son, desde luego, dos formas distintas, pero, además de distintas, una es mayor que la otra en la magnitud de lo perfecto y complejo. Todo es magnitud.

 

Este hecho, sin embargo, no debe inducirnos a pensar que si todo es magnitud todo es medible. Antes cité la facilidad con la que es mensurable lo que se refiere al mundo de la materia, y la razón es obvia: pertenece a la realidad espacio-temporal, constituye una composición de partes, extensas o intensas, y todo consiste en contar dichas partes: los metros de una pista, los vatios de una lámpara.... Medir, sin embargo, la perfección estética de una sinfonía o la maldad moral de un acto humano no puede hacerse con instrumentos, no tiene partes, pertenece al ámbito de lo espiritual, de lo que es simple y sin partes, por lo cual solamente cabe la valoración subjetiva, que también es, en definitiva, una forma de medir, aunque imperfecta.

 

Toda limitación, material o formal, supone magnitud, pero solamente la magnitud de lo que es composición de partes (materia) es medible.

 

..... Excepto para el señor Hawking. Este eminente cerebro contemporáneo mantiene que el universo es todo lo contrario a lo que acabo de exponer, es “infinito y sin fronteras”. El problema insuperado (e insuperable) de una gran mayoría de científicos es que su enorme sabiduría en una ciencia determinada, junto a su indigencia en el mundo de las ideas, constituye una mezcla explosiva que nunca se sabe qué engendro puede alumbrar en cuanto intentan salir de la reducida parcela de su ciencia particular. Voy a limitarme a analizar tan infortunada afirmación en su doble aspecto de redundancia y de contradicción con la realidad, doble reparo que da fe del desconocimiento de conceptos que son elementales, por parte de este “genio”.

 

Ø      Redundancia: “Infinito” y “sin fronteras” es la misma cosa, de manera que esta afirmación, traducida al lenguaje de la lógica, queda así:

“El universo es infinito y sin fronteras  =   El universo es infinito y además es infinito”.

O bien: “El universo es infinito y sin fronteras  =  El universo no tiene fronteras y además no tiene fronteras”.

 

Ø      Contradicción: Si constatamos que absolutamente todas y cada una de las cosas que hay dentro del universo son magnitudes, son finitas y tienen fronteras, no se puede, acto seguido, afirmar que el conjunto o suma, el universo entero, es todo lo contrario, infinito y sin fronteras. Esto constituye una pura contradicción, porque una suma de magnitudes da otra magnitud mayor, pero nunca un infinito (x + x = 2x,  pero nunca  x + x = infinito). Esta contradicción quedaría así:

“El universo es infinito y sin fronteras  =   A pesar de ser finito, el universo es infinito”. O bien: “El universo es infinito y sin fronteras  =  A pesar de que sí que tiene fronteras, el universo no tiene fronteras,”.

 

Después de constituir una magnitud, el segundo carácter esencial que apreciamos en la finitud es que está en continuo movimiento. Cuando se habla de movimiento, el común de la gente entiende exclusivamente los cambios locativos a través del espacio, los meros cambios de lugar. También esto es movimiento, pero el genuino sentido en filosofía se refiere a los cambios de naturaleza del tipo generación-corrupción-generación, aunque esto solamente puede afectar a la finitud material, no a la espiritual.

 

En cualquier caso, la unión de toda clase de movimientos da por resultado una finitud que es muchas cosas y no es nada en concreto, nada estable o definitivo, un devenir incesante, una realidad fugaz. Antes de que pases esta página, ya habrá cambiado algo en tu cuerpo y en tu mente; pero también se habrán apagado algunas estrellas para siempre, habrán aparecido a la vida millones de nuevos seres, se habrán consumido algunos minutos en el reloj .... La causa de que esto sea así solamente puede ser una:

 

Ø      El Ser, como ha quedado establecido en el primer capítulo, constituye la única realidad existente

 

Ø      Tanto los límites como el movimiento, consisten precisamente en lo contrario, en la pérdida del ser.

 

Ø      Si la finitud universal es limitada y está en movimiento, es que no es el ser, sino que lo tiene porque lo recibe, y como lo recibe lo pierde.

 

La finitud, además de limitada, es fugaz, mudable. Sólo lo que no tiene el ser por sí mismo, sino porque lo ha recibido.  puede perderlo en los límites y en el movimiento.

 

La finitud, por tanto, tiene dos propiedades inseparables, ser limitada y ser móvil, y las dos apuntan a una misma causa: es limitada y está en movimiento porque el ser no es suyo, lo ha recibido. Pero hay dos formas de adquirir el ser, que es lo mismo que decir adquirir la existencia: el ser que es recibido por generación y el ser que es recibido por creación. De ellos nos vamos a ocupar en los capítulos que siguen. Ahora solamente los enunciamos.

 

Ø      El ser recibido por herencia, por generación, consiste en una nueva composición de partes que ya existían, que habían sido liberadas por la descomposición de otros seres anteriores. Proviene, por tanto, de lo ya preexistente y está sujeto a las leyes de la causalidad, constituyendo una cadena de transformaciones.

 

Ø      El ser recibido por creación no consiste en una nueva composición de lo ya preexistente y descompuesto, sino que le es otorgado el ser desde la nada por la acción de un creador. Constituye, por tanto, un ser único y solamente puede cesar por aniquilación.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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